<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464</id><updated>2012-02-07T10:28:25.874-08:00</updated><category term='España - México'/><category term='Alemania'/><category term='Argentina'/><category term='Colombia - El Carnero III'/><category term='Panamá'/><category term='Brasil'/><category term='Chile'/><category term='Rusia'/><category term='Francia'/><category term='Colombia - El Carnero I'/><category term='Uruguay'/><category term='Colombia - El Carnero II'/><category term='USA'/><category term='Venezuela'/><title type='text'>DANDO VUELTAS POR EL MUNDO</title><subtitle type='html'>Literatura, en especial cuentos traducidos,
 a veces con algún comentario mio o de otra persona.
     ¡Cuidado con las erratas de transcripción!</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>21</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-7222318058601479938</id><published>2011-02-28T03:01:00.000-08:00</published><updated>2011-02-28T03:31:50.612-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Colombia - El Carnero I'/><title type='text'>JUAN RODRÍGUEZ FREYLE: El descalabro de las tropas del gobernador Fernández Lugo</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;De forma general, las historias, cuentos, historielas” o “memorabiles”, de&lt;/em&gt; El carnero,&lt;em&gt; son seleccionados de manera arbitraria por los estudiosos. Los análisis realizados enumeran entre 23 y 25 los textos que podrían entrar en la categoría de “cuentos”, aunque la ficción no participe en ellos&amp;nbsp;y su apoyo argumental sea en su totalidad histórico.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;En principio, lo que prima en la selección es un hecho posible de aislar del texto de los capítulos, y en el que sea posible distinguir una voluntad literaria -sin adjetivo- al escribirlo. Debe tener un principio, un desarrollo (o nudo) y un fin. Evidentemente, todo acto humano tiene un inicio que lleva consigo un fin, sea inmediato o diferido, con lo cual, de la demencial floresta de hechos del descubrimiento y conquista de América, es posible extraer cientos de historias extravagantes y exóticas como para llenar varios “libros de cuentos.” &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;Por ejemplo, de las truculentas vidas de los primeros gobernadores de Santa Marta, Freyle podría haber confeccionado otros cuentos. Digamos, de Rodrigo de Bastidas, el primer gobernador, quien debió enfrentar la sublevación de seis de sus nueve capitanes y a consecuencia de la cual una noche fue asaltado y herido gravemente a cuchilladas; los tres capitanes “fieles“ aprovecharon la ocasión para nombrar a uno de ellos gobernador y arrebatarle así el mando a Bastidas. Este, aceptando los hechos, solicitó quedarse en Santa Marta, pero el nuevo poder denegó tal deseo, enviándolo en barco a Cuba, donde murió a consecuencias de las heridas, y no a la Española, donde le hubiera sido posible denunciar ante la Real Audiencia los hechos y exigir respaldo militar para recuperar su gobernación.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;Pero esta extravagante historia de las Indias, fue desechada por Freyle, quien prefirió narrar la terrible historia de las “cabalgadas” de las huestes de Fernández Lugo, capitaneadas por Gonzalo Jiménez de Quesada. La estructura narrativa es “perfecta” y reúne las condiciones exigidas para ser considerada un buen texto literario. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;EL DESCALABRO DE LAS TROPAS DEL GOBERNADOR FERNÁNDEZ LUGO&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El año adelante de 1535 dio el Emperador este gobierno (Santa Marta) por capitulación al Adelantado de Canarias, don Pedro Fernández de Lugo, y a don Alonso Luis de Lugo, su hijo, en sucesión; los cuales partieron de España al principio del dicho año en siete navíos de armada, en que venían mil y cien soldados, con capitanes y oficiales y soldados . &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llegados a Santa Marta, luego el gobernador, en cumplimiento de lo que el Emperador le había ordenado, hicieron una entrada a las tierras de Bonda, Matubare, y a la Ramada y al Río del Hacha, con intento de hacer aquellas conquistas; y no hallaron la gente que buscaban por haberse retirado, con que se volvieron perdidos, muertos de hambre y con más de cien hombres menos de los que llevaban, y gastaron todo el año de 1536 en aquel viaje sin ningún fruto ni provecho.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como de la salida de los soldados no surtió efecto ninguno, el Adelantado, por cumplir con lo que el Emperador le había mandado, luego por cuaresma del año de 1537, nombró por su teniente de gobernador al licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, su asesor, que había venido con él y en su compañía, y era natural de Granada, para que descubriese nuevas tierras, con comisión que faltando él, quedase por te-niente en el mismo cargo el capitán Juan del Junco, que era persona principal; el cual después de hecha la conquista de este Nuevo Reino y fundada la ciudad de Santafé, cabeza de él y la corte y de la de Vélez, que fue la segunda, el dicho capitán Juan del Junco pobló la ciudad de Tunja, que fue la tercera de este Nuevo Reino. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salieron de Santa Marta en conformidad de lo proveído y ordenado, por la misma cuaresma del dicho año , ochocientos soldados poco mas o menos, con sus capitanes y oficiales, en cinco bergantines, por el río arriba de la Magdalena, con mucho trabajo y sin guías, a donde se murieron y ahogaron muchos soldados hallándose en el río y en sus márgenes muchos indios caribes, con los cuales tuvieron muchas quazábaras, en que murieron muchos soldados flechados de flecha de hierba y ponzoña, y otros comidos de tigres y caimanes, que hay muchos en el río y montañas de aquel río; y otros picados de culebras, y los más del mal país y temple de la tierra; en cuya navegación gastaron más tiempo de un año, navegando siempre y caminado sin guías, hasta que hallaron en el dicho río, hacia los cuatro brazos, un arroyo pequeño, por donde entraron, y subiendo por él encontraron con un indio que llevaba dos panes de sal, el cual los guió por el río arriba, y salidos de él por tierra los guió hasta las sierras de Opón, términos de Vélez, y hasta meterlos en este Nuevo Reino.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Murieron en el camino hasta llegar al Reino más de seiscientos soldados, y llegaron a este Reino ciento y sesenta y siete, entre capitanes y soldados; estos reconocieron la gente que había en la comarca de Vélez, y lo propio hicieron de los de Tunja; y de allí se vinieron a esta de San-tafé, de donde salieron a reconocer otras partes y tierras, de las cuales se volvieron a esta de Santafé a fundar la ciudad para que fuese cabeza de las demás que se fundasen en este Nuevo Reino .&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;NOTAS&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;El hijo de Fernández Lugo recibió la capitulación y las cédulas con el nombramiento de su padre como Gobernador General y Capitán General de Santa Marta, el 22 de febrero de 1533.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;La expedición salió de Tenerife el 3 de noviembre de 1535 y en los primeros días de 1536 llegó a su destino.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;La ciudad de Tunja fue fundada por el capitán Gonzalo Suárez Rendón, el 6 de agosto de 1539.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Jiménez de Quesada, Fernández de Piedrahita y Fernández de Oviedo, siguiendo éste el Gran Cuaderno de Jiménez de Quesada, fijan la salida de la expedición en abril de 1537.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Fernández de Oviedo señala que seiscientos hombres iban por tierra y doscientos en los bergantines.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Significa pelea, combate, batalla, enfrentamiento militar. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;En lo referente a las fechas, sigo las notas de Darío Achury Valenzuela a su edición de &lt;em&gt;El carnero&lt;/em&gt; (Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1979), y en lo referente a Bastidas, a Juan Friede en su libro sobre el &lt;em&gt;Descubrimiento del Nuevo Reino de Granada y fundación de Bogotá&lt;/em&gt; (Banco de la República, Bogotá, 1960).&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-7222318058601479938?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/7222318058601479938/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=7222318058601479938' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/7222318058601479938'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/7222318058601479938'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2011/02/el-descalabro-de-las-tropas-del.html' title='JUAN RODRÍGUEZ FREYLE: El descalabro de las tropas del gobernador Fernández Lugo'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-8861030312826514274</id><published>2011-02-23T10:24:00.000-08:00</published><updated>2011-02-23T11:18:17.057-08:00</updated><title type='text'>FANTASMAS EN LA ESPAÑOLA - Las Casas - Mártir de Anglería</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;I. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;De los primeros hechos fantásticos vividos por los soldados españoles en América, el más repetido figura en la crónica de Las Casas&lt;/em&gt;. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Por esta causa (la cantidad de muertos y enfermos), muchos tiempos en esta isla española se tuvo por muchos ser cosa averiguada no osar, sin gran temor y peligro, pasar algunos por la Isabela después de despoblada, porque se publicaba ver y oír de noche y de día los que por allí pasaban o tenían que hacer, así como los que iban a montear puercos (que por allí después hubo muchos), y otros que cerca de allí en el campo moraban, muchas voces temerosas de horrible espanto, por los cuales no osaban tornar allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dijo también públicamente y entre la gente común al menos se platicaba y afirmaba, que una vez, yendo de día un hombre o dos por entre aquellos edificios de la Isabela, en una calle, aparecieron dos rengleras, a manera de dos coros de hombres, que parecían todos como gente noble y del Palacio, bien vestidos, ceñidas sus espadas y rebozados con tocas de camino, de las que entonces en España se usaban. Y estando admirados aquel o aquellos a quien esta visión pare-cómo habían venido allí (a) aportar gente tan nueva y ataviada, sin haberse sabido en esta isla de ellos nada, saludándolos y preguntándolos cuándo y de dónde venían, respondieron callando, solamente echando mano a los sombreros para los resaludar, quitaron juntamente con los sombreros las cabezas de sus cuerpos, quedando descabezados, y luego desaparecieron. De la cual visión y turbación quedaron los que los vieron cuasi muertos y por muchos días penados y asombrados. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;II&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;em&gt;Sin embargo, antes que estas extrañas visiones de los soldados en La Española, Mártir cuenta en el Libro Tercero de la Primera Década, correspondiente al segundo viaje de Colón, una historia igual de fantástica:&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al salir a un mar abierto, observo el almirante, a distancia de ochenta millas, otro elevadísimo monte. Se dirigió a él para proveerse de agua y de leña. Entre palmeras y pinos muy altos halló dos manantiales de agua dulce. Mientras cortaban madera y llenaban los barriles, uno de los ballesteros se aventuró en el bosque con ánimo de cazar, y allí se ofreció a su vista tan de improviso un hombre revestido de una túnica blanca, que al principio creyó ser un fraile de la orden de Santa María de la Merced, que el almirante llevaba consigo como sacerdote; pero al punto se juntaron s éste otros dos, procedentes del mismo sitio, y no tardó en revisar una tropa de cerca de treinta individuos, cubiertos con vestidos. Entonces, volviendo las espaldas y dando voces, huyó hacia las naves lo más rápidamente que pudo. Los de las túnicas se esforzaron por todos los medios y le persuadían a deponer todo temor; pero nuestro hombre no interrumpió su fuga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el almirante tuvo conocimiento de esto, satisfecho de haber hallado gente civilizada, envió al punto a treinta hombres armados con orden de que si era preciso, se internasen cuarenta millas por la isla hasta que, buscándolos con toda diligencia, encontrasen a aquellos hombres u otros indígenas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de cruzar el bosque tropezaron con una extensa llanura cubierta de hierba, en ninguna parte de la cual se veía vestigio de sendero; al intentar abrirse camino por la hierba, se vieron tan embarazados, que apenas pudieron avanzar una milla, pues aquella no era menor que nuestras mieses espigadas. Regresaron extenuados, sin haber encontrado una senda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente envió Colón veinticinco hombres armados, a los que ordenó averiguar qué clase de gente habitaba aquella tierra. Los emisarios vieron no lejos de la playa huellas recientes de grandes animales, entre los cuales juzgaron que las había de leones, por lo que se dieron prisa a regresar llenos de miedo. (&lt;em&gt;No doy el nombre del lugar a donde llego Colón para no equivocarme: la unica indicacion que hallo es que "Al salir a mar abierto, observó el Almirante, a distnacia de 80 millas, otro elevadísimo monte. Dirigiose a él...")&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-8861030312826514274?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/8861030312826514274/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=8861030312826514274' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/8861030312826514274'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/8861030312826514274'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2011/02/fantasmas-en-la-espanola-las-casas.html' title='FANTASMAS EN LA ESPAÑOLA - Las Casas - Mártir de Anglería'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-2055683434939427822</id><published>2011-01-29T09:06:00.001-08:00</published><updated>2011-02-23T11:17:00.767-08:00</updated><title type='text'>VAMPIROS (Una mirada ortodoxa)</title><content type='html'>&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-2055683434939427822?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/2055683434939427822/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=2055683434939427822' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/2055683434939427822'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/2055683434939427822'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2011/01/vampiros-una-mirada-ortodoxa.html' title='VAMPIROS (Una mirada ortodoxa)'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-4246837573811136595</id><published>2009-12-15T02:52:00.000-08:00</published><updated>2011-02-28T03:21:09.636-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Colombia - El Carnero II'/><title type='text'>JUAN RODRÍGUEZ FREYLE:  El indio dorado</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;De las muchas leyendas de las que surgió y se amplió la fama de “El Dorado”, la más probable es la registrada por Juan Rodríguez Freyle en su crónica conocida como&lt;/i&gt; El Carnero&lt;i&gt;. En ella incluye, en el capítulo II, una costumbre de los chibchas contada a él por un heredero del “trono”, don Juan, su amigo y futuro cacique y señor de Guatavita. La ceremonia ritual de la toma del poder del sobrino del anterior “rey” -los sobrinos eran los herederos-, movió a muchos españoles a buscar los tesoros de la laguna donde se realizaban las ofrendas. Ya en el último tercio del siglo XVI -según Freyle-, antes de la escritura de&lt;/i&gt; El Carnero&lt;i&gt;, un tal Antonio de Sepúlveda capituló con Felipe II para desaguar la laguna de Guatavita; fue fama&lt;/i&gt; &lt;i&gt;que el secado parcial permitió el hallazgo de piezas de oro y piedras preciosas por un valor superior a doce mil pesos de oro, incluyendo una esmeralda de dos onzas, valuada en quinientos pesos. Freyle cuenta que conoció bien y charló mucho con Sepúlveda, y que la segunda vez que trató de hacer un nuevo desagüe a la laguna, no pudo: “murió pobre y cansado”. Antes que él, y siglos después, se trató de sacar más tesoros de la laguna, y según cuenta Darío Achury Valenzuela, en su magnífica edición crítica de&lt;/i&gt; El Carnero&lt;i&gt;, en el fondo de la laguna Guatavita “yacen una apreciable cantidad de maquinas -grúas, bombas desaguadoras, palas y mezcladoras- que los ingleses abandonaron al regresar a su país” al estallar la segunda guerra mundial. Ignoró si después de estas noticias, aún se persiste -o se persistió- en extraer tesoros de la famosa laguna.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;EL INDIO DORADO&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;…Entre los muchos amigos que tuve fue uno don Juan, Cacique y señor de Guatavita, sobrino de aquel que hallaron los conquistadores en la silla al tiempo que conquistaron este Reino; el cual sucedió luego a su tío y me contó estas antigüedades y las siguientes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Díjome que al tiempo que los españoles entraron por Vélez al descubrimiento de este Reino y su conquista, él estaba en el ayuno para la sucesión del señorío de su tío; porque entre ellos heredaban los sobrinos hijos de hermana, y se guarda esa costumbre hasta hoy día; y que cuando entró en este ayuno ya él conocía mujeres; el cual ayuno y ceremonias eran como se sigue.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Era costumbre entre estos naturales, que el que había de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo de su tío, a quien heredaba, había de ayunar seis años, metido en una cueva que tenían dedicada y señalada para esto, y que en todo este tiempo no había de tener parte con mujeres, ni comer carne, sal ni ají, y otras cosas que les vedaban; y entre ellas que durante el ayuno no habían de ver el sol; solo de noche tenían licencia para salir de la cueva y ver la luna y estrellas y recogerse antes que el sol los viese; y cumplido este ayuno y ceremonias se metían en posesión del cacicazgo o señorío, y la primera jornada que habían de hacer era ir a la gran laguna de Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio, que tenían por su dios y señor.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, la aderezábanla y adornábanla todo lo más vistoso que podían; metían en ella cuatro braseros encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el sahumerio de estos naturales, y trementina con otros muchos y diversos perfumes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Estaba a este tiempo toda la laguna en redondo, con ser muy grande y hondable de tal manera que puede navegar en ella un navío de alto bordo, la cual estaba toda coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chaguales y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda, y luego que en la balsa comenzaba el sahumerio, lo encendían en tierra, en tal manera, que el humo impedía la luz del día.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto todo de este metal. Metíanle en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos muy aderezados de plumería, coronas de oro, brazales y chagualas y orejeras de oro, también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En partiendo la balsa de tierra comenzaban los instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran vocería que atronaba montes y valles, y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía señal para el silencio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hacia el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en el medio de la laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban, hacían lo propio; lo cual acabado, abatían la bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas a su modo; con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba reconocido por señor y príncipe.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado de El Dorado, que tantas vidas ha costado, y haciendas. En el Perú fue donde sonó primero este nombre dorado; y fue el caso que habiendo ganado a Quito, donde Sebastián de Belalcázar andando en aquellas guerras o conquistas topó con un indio de este Reino de los de Bogotá, el cual le dijo que cuando querían en su tierra hacer su rey, lo llevaban a una laguna muy grande y allí lo doraban todo, o le cubrían de oro, y con muchas fiestas lo hacían rey. De aquí vino a decir el don Sebastián “vamos a buscar este indio dorado”.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De aquí corrió la voz a Castilla y a las demás partes de Indias, y a Belalcázar le movió venirlo a buscar, como vino, y se halló en esta conquista y fundación de esta ciudad, como mas largo lo cuenta el padre fray Pedro Simón en la quinta parte de sus noticias historiales, donde se podrá ver…&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-4246837573811136595?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/4246837573811136595/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=4246837573811136595' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/4246837573811136595'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/4246837573811136595'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2009/12/el-dorado-juan-rodriguez-freyle.html' title='JUAN RODRÍGUEZ FREYLE:  El indio dorado'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-6888608393142914032</id><published>2009-11-25T07:22:00.000-08:00</published><updated>2009-11-25T07:22:30.217-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Chile'/><title type='text'>MANUEL ROJAS. El vaso de leche.</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Durante años, la literatura chilena ha registrado entre sus mejores cuentos, “Un vaso de leche” de Manuel Rojas, publicado en 1927. Veinte años más tarde, 1948, haciéndose eco de un juicio ya establecido, Luis Durand opina que es “un cuento que hubiera enorgullecido a Knut Hamsun”, y afinando agrega: “Cuento con mucho de la sensibilidad de Durand, la inteligencia de Latorre, la energía de Lillo y la sugestión de D’Halmar y Gana”. Diez años más tarde de la opinión de Durand, 1957, ya no es posible dudar de que ese cuento de Rojas sea “una pequeña obra maestra”, tal como asienta Enrique Espinoza en la antología que preparó para la editorial Zig.Zag. Ese un juicio consagrado hasta el presente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sia embargo, en 1967, Leonidas Morales Toro, en la antología de Rojas que publicó en la colección dirigida por Pedro Lastra, “Letras de América”, de la Editorial Universitaria de Chile, presenta si no la primera discrepancia con el juicio general, sí la más respaldada, tanto por los nombres de Lastra como por el de la Universidad chilena. Para el antólogo, “El vaso de leche” “ha venido gozando de un prestigio antológico que no nos convence y porque la vigencia plena de Manuel Rojas para los lectores de hoy día está, a nuestro juicio, en cuentos como “Una carabina y una cotorra”, “Laguna”, “El delincuente”, “Pancho Rojas”. Para Morales Toro, las razones son obvias. Las inicia con la observación de que “de no mediar la sobriedad en la ambientación, la calidad del lenguaje y la perfección técnica, esos ingredientes: el sentimentalismo, el azar y el final feliz, apurarían su parentesco con los del melodrama”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero este dubitativo comentario se ve reforzado por un comentario más categórico y concluyente: “El vaso de leche” carece de tensión real y de ´perspectiva’: el personaje no presenta el rasgo ´positivo’ capaz de generar una acción a contrapelo de lo real existente y por eso mismo expresiva de lo real posible. Ello explica que el hambre caiga en tierra de nadie, fuera de lo real; el personaje la sufre sin que la tensión del sufrimiento ilumine lo real existente y nos descubra una virtualidad. El pudor y la vergüenza, resistencias puramente sentimentales, son de nula eficacia cognoscitiva, y estimulan para sostenerse la gratuidad inherente al automatismo de las emociones. A los defectos registrados debemos sumar uno más. La lógica de lo real en literatura no puede prescindir de la necesariedad, y es esa lógica la que dictamina los finales desastrosos. Pero Rojas, que la respeta en sus mejores cuentos, introduce en “El vaso de leche” el azar, el capricho, y sobre él construye un final feliz que le permite a Menton sacar esta conclusión: el cuento se distingue “por su visión optimista de hombre y de la vida en general”. ¿Cómo va a ser optimista una visión que dice al hombre: confía en lo imponderable? Sólo en cuentos infantiles están bien los finales con hadas buenas (la mujer de la lechería es una versión de la madre-hada).” &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;El VASO DE LECHE&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Afirmado en la barandilla de estribor, el marinero parecía esperar a alguien. Tenla en la mano izquierda un envoltorio de papel blanco manchado de grasa en varias partes. Con la otra mano atendía la pipa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzo después, caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando. .&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;-¡I say; look here!&lt;/em&gt; (¡Oiga, mire!).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-&lt;em&gt;Hallow! What?&lt;/em&gt; (¡Hola! ¿Qué?). &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-&lt;em&gt;Are you hungry? &lt;/em&gt;(¿Tiene hambre?).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hubo un breve silencio, durante el cual joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-&lt;em&gt;Non, I am not hungry! Thank you, sailor.&lt;/em&gt; (No, no tengo hambre. Muchas gracias, marinero).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-&lt;em&gt;Very well.&lt;/em&gt; (Muy bien).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sacóse la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado. El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un instante después un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-&lt;em&gt;Are you hungry&lt;/em&gt;?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No había terminado aún su pregunta cuando el atorrante, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en las manos, contestó apresuradamente:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-&lt;em&gt;Yes, sir, 1 am very much hungry!&lt;/em&gt; (Si, señor, tengo harta hambre).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni si quiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calentito aún, sentóse en el suelo, restregándose las manos alegremente al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí, presenció la escena.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El también tenia hambre. Hacia tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como en el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa aumentaba su hambre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Seis dias hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo habia dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en donde había desertado de un vapor en que servía como muchacho de capitán. Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austríaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el norte embarcóse ocultamente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y enviárónlo a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que tocó el vapor lo desembarcaron, y allí quedó como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después... La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; parecíalo un lugar de esclavitud, sin aire, cura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Estaba poseído por la obsesión del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven había hecho varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra casi no tenían aplicación.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Después que se fue el vapor anduvo y anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras volvía a sus canchas familiares; pero no encontró nada. El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba na lo aceptaron.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata, como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delito; atorrantes abandonados al ocio,-que se mantienen de no se sabe qué, mendigando o robando, pisando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquellos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo. Una hilera de hombres marchaba, dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada , hasta la escotilla de la bodega, donde los estibadores recibían la carga.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Estuvo un rato mirando hasta que atrevióse a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y ánimosamente formó parte de la larga fila de cargadores.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Durante el primer tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron vahídos, vacilando en la planchada cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo de la cual, el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;A la hora de almorzar hubo un breve descanso y en tanto que algunos fueron a comer en los figones cercanos y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último acercóse a él y confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Contestóle el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y,que todavía sería necesario el día siguiente para concluir de cargar el vapor,¡un día más! Por otro lado, no adelantaban,un centavo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Pero -le dijo-, si usted necesita, yo podría darle unos cuarenta centavos ... No tengo,más.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Agradeció el ofrecimiento con una sonrisa angustiosa y se fue.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Le acometió entonces una desesperación aguda. ¡Tenía hambre, hambre, hambre. Un hambre que lo doblegaba como un latigazo; veía todo a través de una niebla azul y al andar vacilaba, como un borracho. Sin embargo, no había podido quejarse ni gritar, pues su sufrimiento era oscuro y fatigante; no era dolor, sino angustia sorda, acabamiento; le parecía que estaba aplastado por un gran peso.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sintió de pronto como una quemadura en las entrañas, y se detuvo. Se fue inclinando, inclinando, doblándose forzadamente y creyó que iba a caer. En ese instante, como si una ventana se hubiera, abíerto él, vio su casa, el paisaje que se veía desde ella, el rostro de su madre y el de sus hermanos, todo lo que quería y amaba apreció y desapareció ante sus ojos cerrados por la fatiga ... Después, poco a poco, cesó el desvanecimiento y se fue enderezando, mientras la quemadura se enfriaba despacio. Por fin se irguió, respirando profundamente. Una. hora más y caería al suelo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Apuró el paso, como huyendo de un nuevo y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo; lo importante era comer, comer, comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra: comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No pensaba huir; le diría al dueño: "Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar... Haga lo que quiera".&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocito muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubiertas de mármol. Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia con un delantal blanquísimo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle,pero se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de leche a medio consumir.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y paróse a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo unas miradas que parecían pedradas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;¡Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, quien, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer una hora sentado, y leyendo, por un gasto tan reducido.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos, la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto dé leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y dirigióse a la puerta. Salió; era un vejete encorvado, con trazas de carpintero o barnizador.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Apenas estuvo en la calle, afirmóse los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a lavar, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y dirigióse hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió y tropezó en una silla, instalándose después en un rincón.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó: -¿Qué se va usted a servir?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sin mirarla, le contestó: &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Un vaso de leche. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Grande?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Sí, grande.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Solo?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¿Hay bizcochos?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- No; vainillas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Bueno, vainillas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó Las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platillo lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Su primer impulso fue el de beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida .se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, conocería su estado de ánimo y su propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pausadamente tomó una vainilla, humedecióla en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su.corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que se estrechaba más y más. Resistió,- y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas se le nublaron los ojos y algo tibio rodó su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Afirmó la cabeza err las manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiera llorado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;* * *&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Inclinado estaba y llorando, cuando sintió que una mano le acariciaba la cansada cabeza y que una voz de mujer con un dulce acento español, le decía: &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Llore, hijo, llore... &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba parecióle que su vida y sus senoniicntos se limpiaban co. mo un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miro a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En la mesita, ante él, había un nuevo vaso lleno de leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador. Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que le diría a la señora al despedir sin ocurrírsele nada oportuno.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al fin se levantó y dijo simplemente: &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Muchas gracias, señora; - adiós ...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Adiós, hijo... -le contestó ella.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una, calle que bajaba, hacia los muelles. La noche era hermosa y grandes estrellas: aparecían en el cielo de verano.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido e hizo propósitos de pagarle y recompensarla de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud se desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y de decisión.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente sintiéndose renacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Miró el mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espalda mirando el cielo largo rato... No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hasta que se quedó dormido con el rostro vuelto hacia el mar.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-6888608393142914032?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/6888608393142914032/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=6888608393142914032' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/6888608393142914032'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/6888608393142914032'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2009/11/manuel-rojas-el-vaso-de-leche.html' title='MANUEL ROJAS. El vaso de leche.'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-4472255286159086777</id><published>2009-11-19T11:30:00.000-08:00</published><updated>2011-02-28T03:22:48.098-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Colombia - El Carnero III'/><title type='text'>JUAN RODRIGUEZ FREYLE: La bruja de Cartagena</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El Carnero &lt;em&gt;es una crónica sui generis de Hispanoamérica y concretamente de Colombia. El autor, Juan Rodríguez Freyle, nacido en Bogotá en 1566 (se supone fallecido en 1640), decidió narrar, según dice, la conquista del Nuevo Reino de Granada, pues, a su parecer, había sido descuidada por los historiadores y estaba en riesgo de ser olvidada; la decisión fue puesta en práctica en 1636 y concluida en 1638 (pero su rara primera edición es de 1859). El título que le puso al libro es de una extensión inaudita, aunque algo común en su tiempo, y por más explicaciones que se han dado para aclararlo, lo cierto es que se le conoce, se le nombra y cita sólo con la frase inicial:&lt;/em&gt; El carnero&lt;em&gt;.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;La parte histórica del libro de Freyle es valiosa y aporta datos importantes (transcurre de 1539 a 1636), pero el encanto de los estudiosos y el interés de los lectores radica en los más de veinticinco cuentos –Oscar Gerardo Ramos propone llamarlos “historielas” y Pedro Lastra, “memorabiles"- que se han acomodado en su desarrollo. Son historias de asesinatos, adulterios, robos, malentendidos, castigos, ejecuciones, todos ellos realizados por la crema y nata de la sociedad colonial de ese tiempo. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;En el inicio mismo del libro, Freyle ya presenta la tónica de su narración, al contarnos, con detalle, como de los mil cien españoles que viajaron en los cuatro navíos en de la flota que llevó a Santa Marta el nuevo gobernador Fernández de Lugo, un par de años más tarde solo sobrevivían 167, “entre soldados y capitanes”. En el enfrentamiento natural con los ríos, los nativos armados de flechas envenenadas (“hierba y ponzoña”), los tigres y caimanes, las culebras, además “del mal país y temple de la tierra”, la derrota de los conquistadores fue el descalabro total. Y para no perder el tiempo, Freyle, en el siguiente capítulo, el segundo, ya está explicando el origen del nombre “El Dorado”, atribuyéndolo a una costumbre ceremonial de la “toma de posesión” del nuevo monarca de la tribu nativa, y a historietas nacidas en el Perú y que marearon a Sebastián de Benalcázar hasta el punto de hacer famosa su frase “vamos a buscar a ese indio dorado”, búsqueda que duró siglos y que causó la muerte de centenares de conquistadores y exploradores europeos.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;Del cúmulo de histórielas o memorabiles que surgen en cada capítulo del&lt;/em&gt; El Carnero&lt;em&gt;, la más conocida y antologada es la que implica a una bruja, a un marido infiel y a su esposa, tan infiel como él, pero con el terrible problema de haber quedado embarazada durante la larga ausencia del esposo (viajó a España). Los cuentos de Freyle son argumentos presentados para situar en el tiempo colonial de Hispanoamérica el origen de la ficción narrativa del continente. Nadie podrá dudar que la historia de la bruja es un cuento literario, quizá no una obra maestra ni el mejor cuento que se escribió dentro de las crónicas en el siglo XVI y XVII, pero, con seguridad, es una historia ficticia, amena de leer, fruto de la imaginación o del deseo de narrar histórielas, memorabiles, o simplemente cuentos fantásticos, del cronista literario que fue Juan Rodríguez Freyle.&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;LA BRUJA DE CARTAGENA (o Santa Fe de Bogotá)&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las flotas que fueron y vinieron de Castilla después de la prisión de Montaño, pasó en una de ellas un vecino de esta ciudad, a emplear su dinero: era hombre casado, tenía la mujer moza y hermosa; y con la ausencia del marido no quiso malograr su her-mosura, sino gozar de ella.&amp;nbsp; Se descuidó y hizo una barriga, pensando poderla despedir con tiempo; pero antes del parto le tocó a la puerta la nueva de la llegada de la flota a la ciudad de Cartagena, con lo cual la pobre señora se alborotó y hizo sus diligencias para abortar la criatura, y ninguna le aprovechó. Procuró tratar su negocio con Juana García, su madre, digo su comadre: esta era una negra horra que había subido a este Reino con el Adelantado don Alonso Luis de Lugo; tenía dos hijas, que en esta ciudad arrastraron hasta seda y oro, y aun trajeron arrastrados algunos hombres de ellas. Esta negra era un poco voladora, como se averiguó; la pre¬ñada consultó a su comadre y le dijo su trabajo, y lo que quería hacer, y que le diese remedio para ello. Le dijo la comadre: &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Quién os ha dicho que viene vuestro marido en esta flota? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le respondió la señora que él propio se lo había dicho, que en la primera ocasión vendría sin falta. Le respondió la comadre: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Si eso es así, espera, no hagas nada, que quiero saber esta nueva de la flota, y sabré si viene vuestro marido en ella. Mañana volveré a veros y dar orden en lo que hemos de hacer; y con esto queda con Dios.”&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El día siguiente volvió la comadre, la cual la noche pasada había hecho apretada diligencia, y venía bien informada de la verdad. Le dijo a la preñada:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Señora comadre, yo he hecho mis diligencias en saber de mí compadre: verdad es que la flota esta está en Cartagena, pero no he hallado nueva de vuestro marido, ni hay quien diga que viene en ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La señora preñada se afligió mucho, y rogó a la comadre le diese remedio para echar aquella criatura, a lo cual le respondió:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No hagáis tal hasta que sepamos la verdad, si viene o no. Lo que puedes hacer es. - - - ¿veis aquel librillo verde que está allí?” &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dijo la señora: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues, comadre, henchídmelo de agua y metedlo en vuestro aposento, y aderezad qué cenemos, que yo vendré a la noche y traeré a mis hijas, y nos holgaremos, y también prevendremos algún remedio para lo que me decís que queréis hacer.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Con esto se despidió de su comadre, fue a su casa, previno a sus hijas, y en siendo noche juntamente con ellas se fue en casa de la señora preñada, la cual no se descuidó en hacer la diligencia del librillo de agua. También envió a llamar otras mozas vecinas suyas, que se viniesen a holgar con ella aquella noche. Se juntaron todas, y estando las mozas cantando y bailando, dijo la comadre preñada a su comadre:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Mucho me duele la barriga: ¿queréis vérmela?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Respondió la comadre:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí haré: tomad una lumbre de esas y vamos a vuestro aposento. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tomó la vela y se entraron en él. Después que estuvieron dentro cerró la puerta y le dijo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Comadre, allí está el librillo con el agua. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le respondió:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues tomad esa vela y mirad si veis algo en el agua. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Lo hizo así, y estando mirando le dijo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Comadre, aquí veo una tierra que no conozco, y aquí está fulano, mi marido, sentado en una silla, y una mujer está junto a una mesa, y un sastre con las tijeras en las manos, que quiere cortar un vestido de grana. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le dijo la comadre:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues esperad, que quiero yo también ver eso. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se llegó junto al librillo y vio todo lo que le había dicho. Le preguntó la señora comadre:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Qué tierra es esta? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y le respondió:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es la isla Española de Santo Domingo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En esto metió el sastre las tijeras y cortó una manga, y se la echo en el hombro. Dijo la comadre a la preñada:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Queréis que le quite aquella manga a aquel sastre? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le respondió:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues ¿cómo se la habéis de quitar? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le respondió:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Como vos queráis yo se la quitaré.” &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dijo la señora:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues quitádsela, comadre mía, por vida vuestra.” &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Apenas acabó la razón cuando le dijo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues vedla ahí -y le dio la manga.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se estuvieron un rato hasta ver cortar el vestido, lo cual hizo el sastre en un punto, y en el mismo desapareció todo, que no quedó más que el librillo y el agua. Dijo la comadre a la señora:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;“Ya habéis visto cuán despacio está vuestro marido, bien podéis despedir esa barriga, y aun hacer otra.” &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La señora preñada, muy contenta, echó la manga de grana en un baúl que tenía junto a su cama; y con esto se salieron a la sala, donde estaban holgándose las mozas; pusieron las mesas, cenaron altamente, con lo cual se fueron a sus casas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Digamos un poquito. Conocida cosa es que el demonio fue el inventor de esta maraña, y que es sapientísimo sobre todos los hijos de los hombres; pero no les puede alcanzar el interior, porque esto es sólo para Dios. Por conjeturas alcanza él, y conforme los pasos que da el hombre, y a dónde se encamina. No reparo en lo que mostró en el agua a estas mujeres, porque a esto respondo, que quien tuvo atrevimiento a tomar a Cristo, señor nuestro, y llevadlo a un monte alto, y de él mostrarle todos los Reinos del mundo, y la gloria de él, de lo cual no tenía Dios necesidad, porque todo lo tiene presente, que esta demostración sin duda fue fantástica; y lo propio sería lo que mostró a las mujeres en el librillo del agua. En lo que reparo es la brevedad con que dio la manga, pues apenas dijo la una: “pues quitádsela comadre,” cuando respondió la otra: “pues vedla ahí,” y se la dio; también digo que bien sabía el demonio los pasos en que estas mujeres andaban, y estaría prevenido para todo. Y con esto vengamos al marido de esta señora, que fue quien descubrió toda esta volatería.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llegado a la ciudad de Sevilla, al punto y cuando habían llegado parientes y amigos suyos, que iban de la isla Española de Santo Domingo, contáronle de las riquezas que había en ella, y le aconsejaron que emplease su dinero y que se fuese con ellos a la dicha isla. El hombre lo hizo así, fue a Santo Domingo y sucedióle bien; volvió a Castilla y empleó (su dinero); y hizo segundo viaje a la isla Española. En este segundo viaje fue cuando se cortó el vestido de grana; vendió sus mercaderías, volvió a España, y empleó su dinero; y con este empleo vino a este Nuevo Reino en tiempo que ya la criatura estaba grande y se criaba en casa con nombre de huérfano. Se recibieron muy bien marido y mujer, y por algunos días anduvieron muy contentos y conformes, hasta que ella comenzó a pedir una gala, y otra gala, y a vueltas de ellas se entremetían unos pellizcos de celos, de manera que el marido andaba enfadado y tenían malas comidas y peores cenas, porque la mujer de cuando en cuando le picaba con los amores que había tenido en la isla Española. Con lo cual el marido andaba sospechoso de que algún amigo suyo, de los que con él habían estado en la dicha isla, le hubiese dicho algo a su mujer. Al fin fue quebrantado de su condición, y regalando a la mujer, por ver si le podía sacar quién le hacia el daño. Al fin, estando cenando una noche los dos muy contentos, le pidió la mujer que le diese un faldellín de paño verde, guarnecido: el marido no salió bien a esto, poniéndole algunas excusas; a lo cual le respondió ella:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-A fe que si fuera para dárselo a la dama de Santo Domingo, como le disteis el vestido de grana, que no pusierais excusas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Con esto quedó el marido rendido y confirmado en su sospecha; y para poder mejor enterarse la regaló mucho, le dio el faldellín que le pidió y otras galitas, con que la traía muy contenta. En fin, una tarde que se hallaron con gusto le dijo el marido a la mujer:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hermana ¿no me diréis, por vida vuestra, quién os dijo que yo había vestido de grana a una dama en la isla Española? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le respondió la mujer:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues ¿lo queréis negar? Decidme vos la verdad, que yo os diré quién me lo dijo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Halló el marido lo que buscaba, y le dijo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Señora, es verdad, porque un hombre ausente de su casa y en tierras ajenas, algún entretenimiento había de tener. Yo di ese vestido a una dama. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dijo ella:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues decidme, cuando lo estaban cortando ¿qué faltó? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le respondió:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No faltó nada. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Respondió la mujer diciendo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Qué amigo sois de negar las cosas. ¿No faltó una manga? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El marido hizo memoria, y dijo:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Es verdad que al sastre se le olvidó de cortarla, y fue necesario sacar grana para ella. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entonces le dijo la mujer:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Y si yo os muestro la manga que faltó, conocerla heis. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le dijo el marido:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pues ¿la tenéis vos?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Respondió ella:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, venid conmigo, y mostrárosla he. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se fueron juntos a su aposento, y del asiento del baúl le sacó la manga, diciéndole:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Es esta la manga que faltó? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dijo el marido:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Esta es mujer; pues yo juro a Dios que hemos de saber quién la trajo desde la isla Española a la ciudad de Santafé.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y con esto tomó la manga y fuese con ella al señor obispo, que era juez inquisidor, y le informó del caso. Su señoría apretó en la diligencia; hizo aparecer ante sí la mujer; le tomó la declaración; confesó llanamente todo lo que había pasado en el librillo del agua. Se prendió luego a la negra Juana García y a las hijas. Confesó todo el caso, y como ella había puesto el papel de la muerte de los dos oidores. Depuso de otras muchas mujeres, como constó de los autos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Substanciada la causa, el señor obispo pronunció sentencia en ella contra todos los culpados. Corrió la voz eran muchas las que habían caído en la red, y tocaba en personas principales. En fin, el Adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada, el capitán Zorro, el capitán Céspedes, Juan Tafur, Juan Ruiz de Orejuela y otras personas principales acudieron al señor obispo, su¬plicándole no se pusiese en ejecución la sentencia en el caso dada, y que considerase que la tierra era nueva y que era mancharía con lo proveído.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tanto le apretaron a su señoría, que depuso el auto. Topó sólo con Juana García, que la penitenció poniéndola en Santo Domingo, a horas de la misa mayor, en un tablado, con un dogal al cuello y una vela encendida en la mano; a donde decía llorando: “¡Todas, todas lo hicimos, y yo sola lo pago!” La desterraron a ella y a las hijas de este Reino. En su confesión dijo que cuando fue a la Bermuda, donde se perdió la Capitana, se echó a volar desde el cerro que está a las espaldas de Nuestra Señora de las Nieves, donde está una de las cruces; y después, mucho tiempo adelante, le llamaban Juana García, o el cerro de Juana García. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;El Carnero, pág. 124 a 129.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;• He encontrado referencias a Freyle llamándolo Freile, Fresle y Freire, esta última en la consultada edición de Miguel Aguilera, en que lo nombra así a lo largo de su comentario. Me quedó con Freyle.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-4472255286159086777?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/4472255286159086777/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=4472255286159086777' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/4472255286159086777'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/4472255286159086777'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2009/11/juan-rodriguez-freyle-la-bruja-de.html' title='JUAN RODRIGUEZ FREYLE: La bruja de Cartagena'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-8098586841469905031</id><published>2009-10-27T03:32:00.000-07:00</published><updated>2009-10-27T03:35:39.190-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Panamá'/><title type='text'>GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO. El primer cuento panameño</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;En la obra de los primitivos cronistas de Indias está la proto-novela de América, se ha dicho. La opinión gana cada día terreno entre los estudiosos de nuestra historia literaria, y merece meditarse. Porque la versión que nos da el español de entonces de su experiencia en este de verdad nuevo mundo es de tal manera fabulosa, que difícil resulta establecer la línea divisoria entre la hazaña imaginada y 1o que fue heroica y trabajosa empresa humana. A esa zona ambigua donde se mezclan realidad y fantasía pertenece el encantador relato —nuestro primer cuento— de don Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, maestro de cronistas, clásico historiador de Indias. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;En verdad, se trata de un relato magistral, que la vocación narradora de don Gonzalo adorna con las galas de una feliz fantasía, pero en cuyo fondo de suceso real está el tema inigualable para el cuentista. Y aún motivo para la curiosidad del hombre interesado en las letras panameñas de hoy, que alguna vez ensayó explicarse la ausencia del mar en nuestra literatura.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;¿Cómo, en efecto, explicar que un país donde el mar es dimensión omnipresente haya podido eludirlo en la obra de sus escritores? La respuesta hay que buscarla, como ocurre casi siempre en estos casos, en razones ajenas a la literatura; hay que buscarla en las peripecias de nuestra vida económica y social. Y nos encontramos aquí con este hecho enorme e indiscutible en una forma orgánica y sistemática, el mar no ha desempeñado papel importante en la vida económica y social del Istmo, es decir, no ha sido incorporado en forma notoria y permanente a nuestra economía vernácula. De donde resulta que ese vacío literario es prueba por negación de una falla de nuestra economía, y nuevo testimonio de la función social de la literatura.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. Nació en Madrid, en Agosto de 1478. Cortesano en su juventud, fue luego soldado en Italia, donde conoció a Leonardo, a Ticiano, a Miguel Ángel. Su carrera en tierras de América se inició cuando, en 1514, formó parte de la expedición de Pedrarias, con el cargo de Veedor de las Fundiciones de Oro de Tierra Firme. En 1515 viajó a España, para retornar al Istmo en 1520, acompañado ahora de mujer (su segunda esposa) e hijos, y nombrado Regidor Perpetuo de Santa María la Antigua y Escribano General. Trasladado el gobierno a la recién fundada ciudad de Panamá, Oviedo quedó en Darién. Allí construyó su casa, “en la cual se pudiera aposentar un príncipe, con buenos aposentos altos y bajos y con un hermoso huerto de muchos naranjos y otros árboles, sobre la ribera de un gentil río que pasa por aquella ciudad”. En Santa María perdió a uno de sus hijos y a su esposa. En 1523 tornó por segunda vez a España, llevando el manuscrito de la primera parte de su &lt;em&gt;Historia.&lt;/em&gt; Volvió a Panamá con Pedro de los Ríos en 1526 y aquí permaneció, con ligeras ausencias, hasta 1529. A partir de entonces ya no regresó al Istmo, aunque vivió muchos años más en el Nuevo Mundo. Muy viejo, murió en Valladolid, en 1557, dejando una obra escrita que ha dado inmortalidad a su nombre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La figura de Oviedo, típico español renacentista, tiene especial significación para los panameños. Sus años de residencia entre nosotros le vincularon a la tierra, a la que profesó verdadero cariño. Por otra parte, por su significación cultural es el lógico patrón de nuestros historiadores y hombres de letras. &lt;strong&gt;RODRIGO MIRÓ&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;strong&gt;Replica de Franz García de Paredes:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;Sin embargo, antes de empezar el panorama del cuento panameño propiamente dicho, Rodrigo Miró advierte que como homenaje a Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés incluye el capítulo XXXVIII del libro Sexto de la&lt;/em&gt; Historia General y Natural de las Indias&lt;em&gt;, que contiene un relato del gran humanista, y, según Miró, el primer cuento panameño. Es importante recalcar aquí que Miró, además de rendir homenaje a Fernández de Oviedo, califica su relato como el primer cuento panameño. Es extraño que Miró utilice un texto que no corresponde genéricamente a lo que entendemos por cuento, convirtiéndolo en lo que ahora, parodiando a Luis Alberto Sánchez, llamaríamos un “protocuento”. Esta indeterminación genérica se produce, creo yo, no por inconsistencia teórica de Miró sino por un loable intento de sustituir la pobreza y escasez del género cuentístico en el devenir histórico de Panamá, privilegiando un texto que, pese a exhibir ciertas semejanzas que lo podrían acercar al cuento, está inserto en un discurso narrativo que posee características genéricas propias. En realidad el cuento panameño propiamente tal aparece en 1890, como lo señala el propio Miró, con la generación modernista compuesta por Salomón Ponce Aguilera, Simón Rivas, Darío Herrera, etc.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;strong&gt;EL NADADOR Y LA RAYA GIGANTE&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;El caso peligroso e experimentador de la grandísima habilidad que tuvo un vecino de la Ciudad de Panamá en nadar, (&lt;em&gt;y fue de tal manera, que salvo su vida donde hubiera muy pocos en el mundo que dejaran de ser ahogados, si lo mismo les aconteciera).&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el capítulo XXXII hice memoria de aquel nuevo tratado que un caballero docto ha escrito, llamado &lt;em&gt;Silva de varia lección&lt;/em&gt;, y en la verdad a mi gusto es una de las que más contentamiento me han dado de las que he visto en nuestra lengua castellana. Y entre las otras gentilezas y admirables casos que han pasado, hace memoria del nadar de un hombre, de donde le parece que tuvo origen la fábula de peje Nicolao; y trae a consecuencia algunas historias de grandes nadadores, y en especial de un hombre llamado el pece Colan, natural de la ciudad de Cathania en Sicilia, y de otros, como lo podréis ver lector en el tratado que he dicho. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y esto ha sido causa para acordarme de poner aquí un depósito, en tanto que llegáremos al libro XIII de esta parte primera de la &lt;em&gt;General Historia de las Indias&lt;/em&gt;, porque allí en el capítulo XII lo entiendo escribir mas largo. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Supe, y fue así verdad, que a un hombre de bien llamado Andrea de la Roca, vecino de la ciudad de Panamá, le acaeció un caso que me hace pensar que en el ejercicio del nadar dejó á este hombre experimentado y aprobado por el mayor nadador que hoy vive, ni ha habido grandes tiempos ha. A mi parecer todo lo que aquel caballero Pedro Mexía escribe en su Silva de varia lección de aquellos grandes nadadores que allí pone, todo es poco en comparación de lo que ahora diré; porque de nadar un hombre por su placer ó por necesidad, hay mucha diferencia a llevarlo atado y arrastrando debajo del agua por la fuerza de un grandísimo animal marítimo, que los tales son de tanta velocidad, que ningún ligero caballo o ciervo en la tierra no es tan suelto ni ligero. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He visto yo muchas veces en ese grande mar Océano ir una nao cargada de todas velas y con mar bonanza, y largo y recio viento, y tal que en un día puede andar cien leguas y más, y andan los tiburones, y los marraxos, y toñinas y los dorados y otros pescados a par de la nao, y le dan muchas vueltas en torno, y andan tanto y mucho más que la nao, cuanto un hombre muy ligero correrá más que un niño de tres años; y me parece que es mucho más, sin comparación, lo que tales pescados corren más que las naos, por muy veleras que sean. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pues habido esto por máxima, oíd, lector, un caso que en esta materia del nadar es muy extremado y para espantar; y muchos son al presente que saben lo que ahora diré, y que ellos y yo conocemos á este Andrea de la Roca: el cual, como hombre de la mar, tenía cargo, como mayordomo, de andar mirando los indios de la pesquería de las perlas en la isla de Terarequi, que es en la costa de la mar del Sur, a quince leguas de Panamá. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un día, por su placer, quiso ir á pescar, como otras veces, por arponear algún buen pescado desde su canoa, y vio una raya ó man-ta y le tiró el arpón con una buena asta, e hirió la manta: la cual, incontinenti, con la mayor presteza que decirse puede, viéndose herida se metió para el profundo del agua, y el cordel del arpón, saliendo tras el pescado con el mismo ímpetu, desastradamente, se asió de tal forma a un pie del Andrea, que le arrebató y llevó tras sí fuera de la canoa; y arrastrando le llevó la raya más de una legua. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y en aquella legua se puede decir que nadó más de quince, porque muchas veces le metió la raya cincuenta y cien brazas debajo del agua; é tuvo tanto esfuerzo y aliento y sentido, que, como era mancebo recio é grandísimo nadador, se supo asir del cordel, para que el pié pudiese, aflojando algo la cuerda, sacarle del lazo en que iba asido. Pero a lo que en esto se pudo alcanzar, según el juicio de los más, fue que como el arpón se trabó bien con los huesos de la raya, y la herida bastó para matarla, en aquel espacio que corrió arrastrando al pescador, ella, desangrada, se debilitó y aflojó después su curso, y él tuvo lugar de desasirse y dejar la cuerda. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo tengo por más cierto que su maña ni su habilidad de él ni de otro no bastará para dejar de ahogarse, si no fuera socorrido de la Madre de Dios, a la cual, según él mismo me dijo después, se encomendó tan devotamente como su necesidad lo requería. Y de donde sacó el pie del cordel a la superficie del agua, subió más de treinta brazas, y se fue nadando hacia donde vio su canoa más de una legua apartada de él con sus indios, los cuales le recogieron desde a más de dos horas después que la raya le sacó de ella. Esto pasó el año de mil e quinientos e diez y nueve donde es dicho.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y porque podrá parecer dudoso a muchos poder estar un hombre debajo del agua tanto tiempo y en especial con tanta necesidad y trabajo, platicando yo con él en esto, me dijo que más de veinte veces entró debajo del agua e salió encima. Pero a muchos es público en aquella tierra, que todas las veces que este hombre quería estar una hora debajo del agua, lo hacía; mas, cómo yo no he visto, aunque le he tratado y le conozco, no quiero, en esto del tiempo de estar debajo del agua, persuadir al lector que lo crea ni que lo dude. Mas creyendo, como es verdad, lo que está dicho, por ahí se debe entender la habilidad que este hombre tenía en tal ejercicio. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La manta o raya me dijo que era tan grande, como un repostero que estaba colgado en casa del gobernador Pedrarias Dávila, donde estábamos cuando él me informó de lo que es dicho, el año de mil y quinientos y veinte y uno, en la dicha ciudad de Panamá: que por lo menos podría tener dos varas y media de ancho y tres de caída, que son cuarenta y cuatro palmos en circuito; y así por esta grandor grande de estas rayas, les quitan los marineros su nombre y las llaman mantas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-8098586841469905031?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/8098586841469905031/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=8098586841469905031' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/8098586841469905031'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/8098586841469905031'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2009/10/gonzalo-fernandez-de-oviedo-el-primer.html' title='GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO. El primer cuento panameño'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-726362047072531304</id><published>2009-10-17T02:27:00.000-07:00</published><updated>2009-10-17T02:27:30.090-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Venezuela'/><title type='text'>LUIS MANUEL URBANEJA ACHELPOHL. Ovejón</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por consenso unánime, la crítica venezolana no ha dudado en situar a Luis Manuel Urbaneja Achelpohl (1873-1937) como el máximo representante del llamado criollismo literario y como el iniciador del cuento moderno de su país con el tan celebrado “Ovejón” (1914). &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ya en 1951, marcando una pauta que se irá repitiendo con pocas variantes, José Fabianni Ruiz, consideraba este cuento como el “más logrado de Urbaneja y uno de los más hermosos en la historia del género en Venezuela”, y explica: “El poeta describe de modo directo, pero –repitámoslo- el paisaje responde a la tonalidad general del cuento, vale decir, no es el paisaje con soplos bucólicos, sino más ajustado a la verdad del realismo. Quizá un poco Pereda. En “Ovejón” no sobra ni falta nada. En esa prosa cuidada, en el personaje de Ovejón, resonante de leyenda, de jugo tradicional, se encuentran reunidos el fondo y la forma de lo que se ha denominado “cuento venezolano”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Años después, en 1964. Fernando Paz Castillo también refrenda la calidad de “Ovejón” calificándolo como “uno de los mejores que se han escrito, no sólo entre los de Urbaneja, sino en Venezuela, en donde, sin duda alguna, hay obras maestras en el género, desde “Flor de la Selva” –también de Urbaneja- hasta hoy”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Alberto Zum Felde (1964), sin nombrar “Ovejón” y citando “Flor de las selvas” (1901), La casa de las cuatro pencas (1937), pasando por Los abuelos, novela ¡En este país! (1910), y El tuerto Miguel (19027), califica a Urbaneja entre los mejores costumbristas sudamericanos. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Luis Alberto Sánchez (1968) empareja a Urbaneja y Miguel Eduardo Pardo y los sitúa entre lo que podría llamarse “el costumbrismo débil” de Hispanoamérica, al considerar que adoptan “un aire entre lírico y crítico, tierno y censor”… “los dos señalan las deficiencias, pero sin indignarse, como condescendiendo y hasta felices de ello”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Luis Leal (1971) resume el argumento de “Ovejón” -“tal vez su mejor cuento”, dice- y el de “El ancestro”, para concluir afirmando que Urbaneja “puede ser considerado, sin duda alguna, como el fundador del criollismo en Venezuela y también como el maestro de Blanco Fombona. Coll, Pocaterra, Gallegos”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En 1980, Oswaldo Larrazabal Henríquez, demostrando la supina ignorancia en que ha caído el famoso “Ovejón”, hace una escalofriante lectura de tan famoso cuento, y termina su análisis asegurando que es “una novela de enredos amorosos, muy picarescamente presentados y muy hábilmente especulados en lo que tienen de jocosos y de absurdos, a veces” (y no se trata de una errata sino de una manera de leer e interpretar).&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En 1985, José Balza publica una antología del cuento venezolano con la advertencia de que Urbaneja, “siempre considerado como baluarte del criollismo, escribió, sin embargo, animados relatos de tono psicológico (“Ovejón”, “El enigma”) y enérgicas visiones de la guerra, como en el texto “Upa, Pantaleón, upa”, incluido aquí” (en su antología). El traslado de “Ovejón” desde un concepto de fundador de una de las corrientes importantes de Venezuela, el criollismo, a una militancia psicológica, permite imaginar una revisión de la valoración, no tan radical como la lectura de Larrazabal, pero si esperanzadora de nuevas estimaciones.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por mi parte, y he de decirlo rápidamente, “Ovejón” me parece un cuento excesivamente ensalonado, es decir, para contarse en lo salones de clase media antes de la primera guerra mundial. Literariamente aplica un grado de inofensiva confusión al famoso argumento de la fábula del león y la espina, haciendo que tanto el león del cuento (¿será Ovejón; será el mendigo?) como el buen hombre que le quita la espina (es una fábula de Esopo de cinco siglos antes de Cristo) sean malos y buenos intercambiablemente. En la primera escena, Ovejón es el bueno que ayuda al mendigo enfermo que se encuentra al borde de ahogarse: le lava las heridas, las cubre con un pañuelo de seda,, le regala su camisola, le da monedas y, además, ¡¡un venezolano de oro!! Ovejón, sin duda, es el bueno del cuento. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En la escena siguiente, inmediata, Ovejón es el malo –ha robado y matado a un hombre-, que huye, en una yegua robada, de sus perseguidores. Estos, para seguir al famoso bandido, sueltan la potranca de la yegua en que huye Ovejón; ahora, el mendigo, tras un estricto examen de conciencia sobre lo acertado y beneficioso que sería para él conseguir la recompensa por la captura de Ovejón, decide realizar una rápida retirada con su faz abofallada, llena de nudos y pústulas (heridas con pus y costras), más el pie deforme recién lavado, para situarse estratégicamente y al ver pasar la potranca atontarla de un buen palazo y con otro tirarla a un barranco. De pronto el mendigo es también el malo: ayuda a un ladrón y asesino a huir, y además mata a una pobre potranca. Digamos que una vez Ovejón fue bueno y en la siguiente malo; y el mendigo una vez nada, ni león ni bueno, y en la otra malo. “Hoy por ti mañana por mi” es la equivocada y egoísta moraleja de Urbaneja. Una cosa es sacarle la espina a un león…&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Dudo que Ovejón o el mendigo sean figuras o personajes tipicos de Venezuela; son el lugar común de cualquier país del mundo donde existan bandidos a los que se les conmueva el corazón y mendigos a los que ayuden los bandidos. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y en lo referente al paisaje, uno es bucólico e indefinido, y el otro es una pulpería -no descrita- donde el farolero del pueblo bebe uno que otro trago con unos parroquianos; la conversación gira sobre los últimos delitos de Ovejón y su leyenda de una manera bastante trivial. Nada tampoco que pueda definirse como propio de Venezuela. Y en realidad, dos o tres venezolanismos no son suficientes para convertir el cuento en uno de los más hermosos de Venezuela y como el más típico representante del criollismo nacional. FTH &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;José Fabianni Ruiz: &lt;em&gt;Cuentos y cuentistas&lt;/em&gt;, 1951&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Fernando Paz Castillo: &lt;em&gt;Reflexiones de atardecer&lt;/em&gt;, 1964&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Osvaldo Larrazabal Henríquez: &lt;em&gt;Historia y crítica de la novela venezolana del &lt;/em&gt;XIX, 1980&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;José Balza: &lt;em&gt;El cuento venezolano&lt;/em&gt;, 1985&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Alberto Zum Felde: &lt;em&gt;La narrativa en Hispanoamérica,&lt;/em&gt; 1964&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Luis Alberto Sánchez: &lt;em&gt;Proceso y contenido de la novela Hispano-americana&lt;/em&gt;, 1968&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Luis Leal: &lt;em&gt;Historia del cuento hispanoamericano&lt;/em&gt;, 1971&lt;/span&gt; &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;OVEJÓN&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y en las bocacalles, sobre el camino real, se aglomeraban grupos de curiosos que alarmados repetían:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Ovejón! ¡Ovejón! ...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sin embargo, en la carretera no se distinguía nada, sino el sol aragüeño dorando la polvareda.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nadie habíalo visto, pero la gente armada que en su seguimiento venía desde Zuata, atropellando el sendero, así lo aseguraba. Ellos dieron la voz de alarma. Tal huésped no era para dormir con las puertas de par en par, según la vieja costumbre de los vecinos, quién sabe si obligados por el cultivo que constituía una de las fuentes de su prosperidad: el ajo, el ajo que por cuentas de ristra, como blancas y nudosas crinejas colgaban en todas las ahumadas vigas de las cocinas, en las madrinas de los corredores, en las salas y aun en la misma sacristía de la vieja iglesia, por los grandes días de la cosecha, en aquel risueño poblado, el más alto orgullo de la feraz comarca.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ovejón, como de costumbre, había desaparecido a la vista de sus perseguidores, en el momento trágico, cuando bien apuntado lo tenían y con solo tirar del gatillo de las carabinas, hubiese rodado hecho un manare el ancho pecho. Pero el bandido extendió ante ellos como una niebla cegadora y escapó. Ovejón. Ovejón sabía muchas oraciones.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los grupos de curiosos desperdigábanse, volvían a sus casas comentando lo ocurrido: aquello era lo de siempre, carreras y sustos, y Ovejón haciendo de las suyas. A aquellas horas, cuán lejos estaría de los alrededores...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Con una suave tonalidad de violetas, en el vasto cielo iniciábase el crepúsculo, un crepúsculo de seda. En las colinas desnudas de altos montes tendíase un verde como nuevo y lozano, un verde de primavera, y en las crestas montañosas, un oscuro verde intenso, como el perenne de los matapalos laureles. Casi blanca, cual una flor de urape, la estrella de los luengos atardeceres, en el Poniente, en apariencia fija y silenciosa, prestaba al ambiente una dulcedumbre pastoril. Todo en la campiña era grave y apacible: sobre la alta flecha de la iglesia se espolvoreaba una rubia mancha de luz. En el paso del río, en medio de los cañamargales, el agua se deslizaba, clara, limpia, con un grato rumoreo, y en medio de las cañas y malezas brillaban destellos de sol azulosos y anaranjados.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un mendigo, sucio y roto, abofallado el rostro, los labios gruesos y la piel cetrina, llena de nudos y pústulas, penosamente arrastraba un pie descomunal, hinchado, deforme, donde los dedos erectos semejaban cueros bajo una piel agrietada y escamosa. Un destello de sol violáceo y fulgente envolvía al mendigo, quien hacía por esguazar el río saltando sobre chatas piedras verdosas y lucientes por la babosidad del limo. A lo lejos un manchón de boras, cual una diminuta isla anclada en medio de la corriente, se mecía, y el nenúfar de los ríos criollos comenzaba a entreabrir sus anchos cálices sobre las aguas tibias. De cuando en cuando, desde una caña cimbreante, el martín pescador se dejaba caer como una flor de oro al agua y alzaba de nuevo revoloteando, entre sus gritos secos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo se apoyaba en una vara alta y su burda alforja limosnera le colgaba a un lado, escuálida, sin que en ella siquiera se dibujara el disco abultado y duro de una arena aragüeña, dorada al rescoldo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Avanzaba el mendigo y la luz fuerte y violácea hería sus ojos opacos, en tanto que tanteaba con la vara la firmeza de los pedruscos y alargaba con precaución su pie deforme. La babasa era traidora y la luz cegaba, y el mendigo cayó de bruces contra las piedras y la estacada, que cual una triple hilera de dientes enjuncados, resguardaba de los embates de las crecientes a aquellas pródigas tierras de labrantío, famosas ya, antes que el sabio germano las apellidara jardín.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;A los ayes lastimeros del mendigo, surgió un hombre apartando la maleza. Era de mediana estatura y sus ojos fulguraban. Su mirar era inquieto, pero en las líneas duras de su boca vagaba en veces una sonrisa bonachona y mansa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El hombre se lanzó al río, y como si el mendigo fuese un niño, lo tomó por debajo de los brazos y lo sacó con gran suavidad al talud. El mendigo era todo ayes y lamentos. Su carne podrida, magullada, no había cómo tocarla. El tobillo deforme sangraba. Un ñaragato con sus curvas y recias espinas rasgara profundamente aquellas carnes fofas. Gruesas lágrimas abotonábanse al borde de sus párpados hinchados.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El hombre levantó los ojos y miró alrededor. Su mirada fue larga y honda, como una requisitoria que llegara al fondo de los boscajes y las malezas. Y todo era calma y penumbra en la solemnidad del atardecer. Solo el martín-pescador, desde la caña cimbreante se dejaba caer como una flor de oro al agua y alzaba revoloteando, entre sus secos gritos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El hombre se aproximó al mendigo, examinó la herida y con el agua del río comenzó a lavarla, como lo hiciera una madre a su tierno infante. La sangre no se detenía, no era violenta, pero sí continua. El hombre se alejó. Inclinado sobre la tierra buscaba entre los yerbajos. Se incorporó. Entre sus dedos fuertes tenía hecha una masa con unos tallos verdes. La aplicó a la herida y como el mendigo no tuviese un trapo propio para un vendaje, desabrochó la amplia camisa de arriero que le cubría del cuello a la pantorrilla, y sacó un pañuelo de seda, uno de esos vistosos pañuelos de pura seda, con que la gente que venía de Las Canarias gustaba regalarnos en su comercio de contrabando.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo veía hacer al hombre sin decir palabra y éste solo atendía a la herida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando la sangre se menguó, el hombre aplicó el vendaje. Ni la más ligera sombra purpurada teñía la albura de la seda. Una sonrisa de satisfacción apuntó a los labios del hombre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo murmuraba:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡Gracias! ... Estoy curado. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El hombre:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No tengas miedo. El cosepellejos cerrará tu herida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo hacía por levantarse. El hombre le tendió la mano cordialmente y le puso en pie. Sus ropas estaban empapadas, adheridas al cuerpo. El hombre se deshizo de su camisola de arriero y se la obsequió.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo le miraba admirado; bajo la burda camisa, el hombre llevaba encima un terno fino de blanco hilo. Y mientras éste le ayudaba a cubrir con la camisola, le examinaba atento. Un detalle se fijó en su mente: los ojos eran brillantes, muy brillantes, y el pelo crespo y melcochado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El hombre, al ponerle en sus manos la vara en que se apoyaba, recogió del suelo la alforja limosnera y viendo que ésta se hallaba vacía, desabrochó la ancha faja, de la que pendían un puñal y un revólver de grueso calibre, y de ella extrajo, una tras otra, muchas bambas y, como en ellas viniera un venezolano de oro, lo miró un instante y echó todo en la alforja y dijo:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Para ti debe ser, porque por su boca salió.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo quiso besarle las manos. Era aquello un tesoro con que no había soñado nunca. Dábale las gracias y le bendecía. Caminaba tras él con la boca rebosando gratitud. El hombre se volvió y dijo:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Hoy por ti, mañana por mí.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El sol ya no ofuscaba los ojos del mendigo. El poblado no estaba distante. Aún brillaba una dulce claridad en aquel largo atardecer de otoño y echó a andar alegremente, sin cuidarse de su pie deforme. Venus ya no era una nítida flor de urape, sino un venezolano de oro en la gloria del crepúsculo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Aún el farolero no se había entregado a su habitual tarea. Su escalera hallábase arrimada a la pared bajo el farol por el cual comenzaba siempre. Adentro, en la pulpería, en un vaciar de tragos, comentaba junto con otros la última hazaña de Ovejón. En Zuata robara a un hacendado y matara un hombre a puñaladas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;A la puerta de la pulpería asomó la faz abofallada, llena de nudos y pústulas, el mendigo. Ante su pie deforme, todos callaron, esperando oír su voz plañidera implorando la caridad, en tanto que su mano escuálida alargara el sombrero, sucio y deshilachado, para recoger la dádiva. Pero el mendigo se llegó hasta el mostrador y pidió un trago. Bajo la luenga camisola sentía la humedad de sus ropas, y tenía hambre y frío. Bebió la caña vieja y paciente se dio a masticar el pan duro de la mendicidad.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los otros, sin verle, prosiguieron su charla. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Dijo el farolero:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-De que tiene oraciones, las tiene.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un negro emburrador de caña en una hacienda vecina, pringoso y oliente a melaza, afirmó:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Lo que tiene es un escapulario ensalmado. Mientras lo lleve encima, nunca le pegará una bala.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El pulpero, descreído:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Lo que tiene son alcahuetes; ¡a que si le espanto un tiro con mi morocha se le acaba la gracia! &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un mocetón aindiado:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Yo quisiera conocer a Ovejón por ganarme los quinientos pesos. Quinientos pesos dan a quien lo coja vivo o muerto.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El negro pringoso:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Es muy fácil. Es un catire, de buen tamaño, con los ojos como dos monedas y el pelo como una melcocha bien batida. Anda, ve a buscarlo al monte. Cuando lo traigas me brindarás el trago.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El farolero:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Este trago ya me lo estoy bebiendo. No hay mejor aguardiente como el de los velorios.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo hacía por ablandar entre su boca el ribete de una torta de cazabe e interiormente pensaba: "El hombre del río, el hombre del río es Ovejón. Quinientos pesos a quien le entregue vivo o muerto. El brujo. Ovejón, quien tiene el alma vendida. Si le entregara no pediría más. No me arrastraría por los caminos. Me curaría mi pierna. ¡Quinientos pesos! ... Con dinero, los médicos me sanarían". El mendigo metió la mano en su alforja en busca de otro pedazo de cazabe y sus dedos tropezaron con las monedas. Allí estaba el venezolano de oro. Tornó a pensar: "Ovejón debe tener muchos como éste. No tiene grima en dar. Es un buen corazón, y ¿por qué robará? Es caritativo. Éstos, los que aquí están, me tienen asco, no me hubieran lavado el pie. ¿Por qué inspiré lástima a ése, quien mata y roba en los caminos?" Y recordó sus ojos y sus cabellos melcochados. Su boca dura y su mansa sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En la calle se sintió el paso largo y acompasado de una cabalgadura. El mendigo se volvió para ver.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En un caballo moro iba un hombre de altas botas jacobinas, con una cobija de pellón en el pico de la silla. Al pasar frente a la pulpería marchaba a todo andar. El hombre del caballo volvió la faz y los ojos del mendigo se encontraron con los del jinete. La boca de aquél se abrió, alargada, pero se cerró enseguida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El pulpero sacó la cabeza para ver. El del caballo iba lejos; el pulpero observó:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Buena bestia.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo interiormente: "Es él. Ovejón: le vi los ojos, lucían como dos monedas, como dos puñales".&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El farolero:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Voy a encender el farol.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El negro pringoso, mechificando al indio: &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Por qué no te has ido en busca de Ovejón? Cuidado si esta noche lo tropiezas metido en tu chinchorro. Anda por el pueblo. Esta noche es de patrulla. Cuidado con Ovejón.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo, para sí: "Era él, era él. Va huyendo. Mató a uno. Robó a otro. ¿A quién mataría? ¿A quién robaría?".&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por el camino se acercaban cuatro hombres corriendo. Venían armados. Entraron de sopetón en la pulpería.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿No le han visto pasar? &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El pulpero:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿A quién? ¿A quién? &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡A Ovejón! ¡A Ovejón! &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Todos se vuelven asombrados: &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡A Ovejón! ¡A Ovejón! &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los hombres:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Se ha robado la yegua mora. ¡La montura y las botas del general! &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los hombres:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿No le han visto pasar? &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El pulpero:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Uno pasó. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Los hombres:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿En la yegua mora?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El pulpero, volviéndose al mendigo:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Mira tú, que te pusiste a mirar. ¿Era una yegua mora?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo: &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-No la vi. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El pulpero:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Suelten la potranca. Ella buscará el rumbo de la madre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El indio:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Suelten la potranca y los quinientos pesos serán nuestros.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo se escurrió como una sombra. A lo largo de la calle se alejaba renqueando. El farolero encendía los mecheros. La gente armada soltaba la potranca y corría tras ella. El mendigo había dejado atrás la última casa del poblado y se perdía en la carretera. Se detuvo en un recodo. Era aquél un paso estrecho y peligroso. Se agazapó contra el talud.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pronto sintió el correr menudo de la potranca. Era una potranca nuevecita. A lo lejos se oía el voceo de los hombres, quienes venían reclutando voluntarios. El trote se hizo más cercano. La potranca estaba allí, en el recodo. El mendigo alzó su palo con ambas manos y lo descargó con fuerza sobre la cabeza del animal. La potranca se detuvo, aturdida. Otro golpe le hizo precipitar al barranco.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El mendigo ganó los sombríos cafetales e interiormente murmuraba: "Hoy por ti, mañana por mí."&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y Venus, en el ocaso, resplandecía como un venezolano de oro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Luis M. Urbaneja Achelpohl: &lt;em&gt;Selección de cuentos&lt;/em&gt;, 1976 &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-726362047072531304?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/726362047072531304/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=726362047072531304' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/726362047072531304'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/726362047072531304'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2009/10/luis-manuel-urbaneja-achelpohl-ovejon.html' title='LUIS MANUEL URBANEJA ACHELPOHL. Ovejón'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-62449122229301457</id><published>2009-10-13T05:41:00.000-07:00</published><updated>2009-10-13T07:25:17.677-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Uruguay'/><title type='text'>EDUARDO ACEVEDO DÍAZ. El combate de la tapera</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Para la crítica uruguaya, y al decir de Ángel Rama, “no hay en la literatura narrativa de nuestro siglo XIX un cuento que pueda parangonársele: es la joya de nuestra cuentística decimonónica y es una de las piezas indispensables en cual-quier rigurosa antología del cuento uruguayo”. “El combate de la tapera”, de Eduardo Acevedo Díaz (1851-1921) es, agrega Rama, “una novela despojada de ripios”.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;También, en juicio generalizado, se afirma que con sus cuatro novelas históricas -&lt;/em&gt;Ismael (1888), Nativa (1890), Grito de gloria (1893) y Lanza y sable (1914)&lt;em&gt;-, Acevedo Díaz no sólo contribuyó al establecimiento de la narrativa en el Uruguay sino que también aportó una obra capital para la fundación de nuestra nacionalidad, anota Walter Rela.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;EL COMBATE DE LA TAPERA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Era después del desastre del Catalán, más de setenta años hace.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un tenue resplandor en el horizonte quedaba apenas de la luz del día.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La marcha había sido dura, sin descanso. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por las narices de los caballos sudorosos escapaban haces de vapores, y se hundían y dilataban alternativamente sus ijares como si fuera poco todo el aire para calmar el ansia de los pulmones.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Algunos de estos generosos brutos presentaban heridas anchas en los cuellos y pechos, que eran desgarraduras hechas por la lanza o el sable.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En los colgajos de piel había salpicado el lodo de los arroyos y pantanos, estancando la sangre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Parecían jamelgos de lidia, embestidos y maltratados por los toros. Dos o tres cargaban con un hombre a grupas, además de los jinetes, enseñando en los cuartos uno que otro surco rojizo, especie de líneas trazadas por un látigo de acero, que eran huellas recientes de las balas recibidas en la fuga.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Otros tantos, parecían ya desplomarse bajo el peso de su carga, e íbanse quedando a retaguardia con las cabezas gachas, insensibles a la espuela.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Viendo esto el sargento Sanabria, gritó con voz pujante:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Alto!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El destacamento se paró.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se componía de quince hombres y dos mujeres: hombres fornidos, cabelludos, taciturnos y bravíos; mujeres-dragones de vincha, sable corvo y pie desnudo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dos grandes mastines con las colas barrosas y las lenguas colgantes, hipaban bajo el vientre de los caballos, puestos los ojos en el paisaje oscuro y siniestro del fondo de donde venían, cual si sintiesen todavía el calor de la pólvora y el clamoreo de la guerra.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Allí cerca, al frente, percibíase una tapera entre las sombras. Dos paredes de barro batido sobre "tacuaras" horizontales, agujereadas y en parte derruidas; las testeras, como el techo, habían desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por lo demás, varios montones de escombros sobre los cuales crecían viciosas las hierbas; y a los costados, formando un cuadro incompleto, zanjas semicegadas, de cuyo fondo surgían saúcos y cicutas en flexibles bastones ornados de racimos negros y flores blancas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡A formar en la tapera! -dijo el sargento con ademán de imperio-. Los caballos a retaguardia con las mujeres, a que pellizquen... ¡Cabo Mauricio! haga echar cinco tiradores vientre a tierra, atrás del cicuta!... Los otros adentro de la tapera, a cargar tercerolas y trabucos. ¡Pie a tierra dragones, y listo, canejo!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La voz del sargento resonaba bronca y enérgica en la soledad del sitio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ninguno replicó.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Todos traspusieron la zanja y desmontaron, reuniéndose poco a poco.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las órdenes se cumplieron. Los caballos fueron maneados detrás de una de las paredes de lodo seco y junto a ellos se echaron los mastines resollantes. Los tiradores se arrojaron al suelo a espaldas de la hondonada cubierta de malezas, mordiendo el cartucho; el resto de la extraña tropa distribuyose en el interior de las ruinas que ofrecían buen número de troneras por donde asestar las armas de fuego; y las mujeres, en vez de hacer compañía a las transidas cabalgaduras, pusiéronse a desatar los sacos de munición o pañuelos llenos de cartuchos deshechos, que los dragones llevaban atados a la cintura en defecto de cananas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Empezaban afanosas a rehacerlos, en cuclillas, apoyadas en las piernas de los hombres, cuando caía ya la noche.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Naide pite -dijo el sargento-. Carguen con poco ruido de baqueta y reserven los naranjeros hasta que yo ordene... ¡Cabo Mauricio! vea que esos mandrias no se duerman si no quieren que les chamusquee las cerdas... ¡Mucho ojo y la oreja parada!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Descuide, sargento -contestó el cabo con gran ronquera-; no hace falta la advertencia, que aquí hay más corazón que garganta de sapo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Transcurrieron breves instantes de silencio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Uno de los dragones, que tenía el oído en el suelo, levantó la cabeza y murmuró bajo:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Se me hace tropel... Ha de ser caballería que avanza.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un rumor sordo de muchos cascos sobre la alfombra de hierbas cortas, empezaba en realidad a percibirse distintamente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Armen cazoleta y aguaiten, que ahí vienen los portugos. ¡Va el pellejo, barajo! Y es preciso ganar tiempo a que resuellen los mancarrones. ¡Ciriaca! ¿te queda caña en la mimosa?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Está a mitad -respondió la aludida, que era una criolla maciza vestida a lo hombre, con las greñas hacia arriba y ocultas bajo un chambergo incoloro de barboquejo de lonja sobada-. Mirá, güeno es darles un trago a los hombres...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Dales chinaza a los de avanzada, sin pijotearles.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ciriaca se encaminó a saltos, evitando las "rosetas", agachándose y fue pasando el "chifle" de boca en boca.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras esto hacía, el dragón de un flanco le acariciaba las piernas, y el del otro le hacía cosquillas en el seno, cuando ya no era que le pellizcaba alguna forma más mórbida, diciendo: "¡luna llena!"&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Te ha de alumbar muerto, zafao! -contestaba ella riendo al uno; y al otro; -¡largá lo ajeno, indino! -y al de más allá-: ¡a ver si aflojás el chisme, mamón! &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y repartía cachetes.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Poca vara alta quiero yo! -gritó el sargento con acento estentóreo-. Estamos para clavar el pico, y andan a los requiebros, golosos. ¡Apártate Ciriaca, que aurita no más chiflan las redondas!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En ese momento acrecentose el rumor sordo, y sonó una descarga entre voceríos salvajes.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El pelotón contestó con brío.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La tapera quedó envuelta en una densa humareda sembrada de tacos ardiendo; atmósfera que se disipó bien pronto, para volverse a formar entre nuevos fogonazos y broncos clamoreos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;II&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En los intervalos de las descargas y disparos, oíase el furioso ladrido de los mastines haciendo coro a los ternos y crudos juramentos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un semicírculo de fogonazos indicaba bien a las claras que el enemigo había avanzado en forma de media luna para dominar la tapera con su fuego graneado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En medio de aquel tiroteo, Ciriaca se lanzó fuera con un atado de cartuchos, en busca de Mauricio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cruzó el corto espacio que separaba a éste de la tapera, en cuatro manos, entre silbidos siniestros.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los tiradores se revolvían en los pastos como culebras, en constante ejercicio de baquetas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Uno estaba inmóvil, boca abajo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La china le tiró de la melena, y notola inundada de un líquido caliente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Mirá! -exclamó-, le han dao en el testuz.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ya no traga saliva, -añadió el cabo-. ¿Trujiste pólvora?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Aquí hay, y balas que hacer tragar a los portugos. Lástima que estea escuro... ¡Cómo tiran esos mandrias! &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mauricio descargó su carabina.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras extraía otro cartucho del saquillo, dijo, mordiéndolo:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Antes que éste, ya quisieran ellos otro calor. ¡Ah, si te agarran, Ciriaca! A la fija que te castigan como a Fermina.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Qué vengan por carne! -barbotó la china.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y esto diciendo, echó mano a la tercerola del muerto que se puso a baquetear con gran destreza.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Fuego! -rugía la voz del sargento-. Al que afloje lo degüello con el mellao.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;III&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las balas que penetraban en la tapera, habían dado ya en tierra con tres hombres. Algunas, perforando el débil muro de lodo hirieron y derribaron varios de los transidos matalotes.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La segunda de las criollas, compañera de Sanabria, de nombre Catalina, cuando más recio era el fuego que salía del interior por las troneras improvisadas, escurrióse a manera de tigra por el cicutal, empuñando la carabina de uno de los muertos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Era Cata -como la llamaban -una mujer fornida y hermosa, color de cobre, ojos muy negros velados por espesas pestañas, labios hinchados y rojos, abundosa cabellera, cuerpo de un vigor extraordinario, entraña dura y acción sobria y rápida. Vestía blusa y chiripá y llevaba el sable a la bandolera.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La&amp;nbsp;noche estaba muy oscura, llena de nubes tempestuosas; pero los rojos culebrones de las alturas o grandes "refucilos" en lenguaje campesino, alcanzaban a iluminar el radio que el fuego de las descargas dejaba en las tinieblas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al fulgor del relampagueo. Cata pudo observar que la tropa enemiga había echado pie a tierra y que los soldados hacían sus disparos de "mampuesta” sobre el lomo de los caballos, no dejando más blanco que sus cabezas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Algunos cuerpos yacían tendidos aquí y allá. Un caballo moribundo con los cascos para arriba se agitaba en convulsiones sobre su jinete muerto.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De vez en cuando una trompa de órdenes lanzaba sones precipitados de atención y toques de guerrilla, ora cerca, ya lejos, según la posición que ocupara su jefe.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una de esas veces, la corneta resonó muy próxima.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A Cata le pareció por el eco que el resuello del trompa no era mucho, y que tenía miedo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un relámpago vivísimo baño en ese instante el matorral y la loma, permitiéndole ver a pocos metros al jefe del destacamento portugués que dirigía en persona un despliegue sobre el flanco, montado en un caballo tordillo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cata, que estaba encogida entre los saúcos, lo reconoció al momento.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Era el mismo; el capitán Heitor, con su morrión de penacho azul, su casaquilla de alamares, botas largas de cuero de lobo, cartera negra y pistoleras de piel de gato.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Alto, membrudo, con el sable corvo en la diestra, sobresalía con exceso de la montura, y hacía caracolear su tordillo de un lado a otro, empujando con los encuentros a los soldados para hacerlos entrar en fila.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Parecía iracundo, hostigaba con el sable y prorrumpía en denuestos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sus hombres, sin largar los cabestros, y sufriendo los arranques y sacudidas de los reyunos alborotados, redoblaban el esfuerzo, unos rodilla en tierra, otros escudándose en las cabalgaduras.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Chispeaba el pedernal en las cazoletas en toda la línea, y no pocas balas caían sin fuerza a corta distancia, junto al taco ardiendo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una de ellas dio en la cabeza de Cata, sin herirla, pero derribándola de costado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En esa posición, sin lanzar un grito, empezó a arrastrarse en medio de las malezas hacia lo intrincado del matorral, sobre el que apoyaba su ala Heitor.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una hondonada cubierta de breñas favorecía sus movimientos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En su avance de felino, Cata llegó a colocarse a retaguardia de la tropa, casi encima de su jefe.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Oía distintamente las voces de mando, los lamentos de los heridos, y las frases coléricas de los soldados, proferidas ante una resistencia inesperada, tan firme como briosa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Veía ella en el fondo de las tinieblas la mancha más oscura aún que formaba la tapera, de la que surgían chisporroteos continuos y lúgubres silbidos que se prolongaban en el espacio, pasando con el plomo mortífero por encima del matorral; a la vez que percibía a su alcance la masa de asaltantes al resplandor de sus propios fogonazos, moviéndose en orden, avanzando o retrocediendo, según las voces imperativas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De la tapera seguían saliendo chorros de fuego entre una humareda espesa que impregnaba el aire de fuerte olor a pólvora.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el drama del combate nocturno, con sus episodios u detalles heroicos, como en las tragedias antiguas, había un coro extraño, lleno de ecos profundos, de esos que solo parten de una extraña herida. Al unísono con los estampidos, oíanse gritos de muerte, alaridos de hombre y de mujer unidos por la misma cólera, sor-das ronqueras de caballos espantados, furioso ladrar de perros; y cuando la radiación eléctrica esparcía su intensa claridad sobre el cuadro, tiñéndolo de un vivo color amarillento, mostraba al ojo del atacante, en medio de nutrido boscaje, dos picachos negros de los que brotaba el plomo, y deformes bultos que se agitaban sin cesar como de retumbos, a manera de gigantescas cabelleras de fuego desplegando sus hebras en el espacio lóbrego, contrastaban por el silencio con las rojizas bocanadas de las armas seguidas de recias detonaciones. El trueno acompañaba al coro, ni el rayo como ira del cielo la cólera de los hombres. En cambio, algunas gruesas gotas de lluvia caliente golpeaban a intervalos en los rostros sudorosos sin atenuar por eso la fiebre de la pelea.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En continuo choque de proyectiles de barro seco, ya débil y vacilante a causa de los movimientos de hombres y de bestias, abriendo ancha brecha por la que entraban las balas en fuego oblicuo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La pequeña fuerza no tenía más que seis soldados en condiciones de pelea. Los demás habían caído uno en pos del otro, o rodado heridos en la janza del fondo, sin fuerzas ya para el manejo del arma.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pocos cartuchos quedaban en los saquillos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El sargento Sanabria empuñando un trabuco, mandó cesar el fuego, ordenado a sus hombres que se echaran de vientre para aprovechar sus últimos tiros cuando en enemigo avanzase.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ansí que se quemen éstos -añadió- monte a caballo el que pueda, y a rumbear por el alo de la cuchilla... Pero antes, naide se mueva si no quiere encontrarse con la boca de mi trabuco... ¿Y qué se han hecho las mujeres? No veo a Cata...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Aquí hay una -contestó una voz enronquecida-. Tiene rompida la cabeza, y se ha puesto medio dura...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ha de ser Ciriaca&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Por lo motosa es la mesma, a la fija.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Cállense! -dijo el sargento.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El enemigo había apagado también sus fuegos, suponiendo una fuga, y avanzaba hacia la tapera.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sentíase muy cercano ruido de caballos, choques de sables y crujidos de cazoletas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No vienen de a pie, -dijo Sanabria-. ¡Menudeen bala!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Volvieron a estallar las descargas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero, los que avanzaban eran muchos, y la resistencia no podía prolongarse.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Era necesario morir o buscar la salvación en las sombras y en la fuga.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El sargento Sanabria descargó con un bramido su trabuco.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Multitud de balas silbaron al frente; las carabinas portuguesas asomaron casi encima de la zanja sus bocas a manera de colosales tucos, y una humaza densa circundó la tapera cubierta de tacos inflamados.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De pronto, las descargas cesaron.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al recio tiroteo le siguió un movimiento confuso en la tropa asaltante, choques, voces, tumultos, chasquidos le látigos en las tinieblas, cual si un púnico repentino la hubiese acometido; y tras de esa confusión pavorosa algunos tiros de pistola y frenéticas carreras, como de quienes se lanzan a escape acosados por el vértigo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después, un silencio profundo...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sólo el rumor cada vez más lejano de la fuga, se alcanzaba a percibir en aquellos lugares desiertos y minutos antes animados por el estruendo. Y hombres y caballerías parecían haber sido arrastrados por una tromba invisible que los estrujara con cien rechinamientos entre sus poderosos anillos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;V&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Asomaba una aurora gris-cenicienta, pues el sol era impotente para romper la densa valla de nubes tormentosas, cuando una mujer salía arrastrándose sobre manos y rodillas del matorral vecino; y ya en su borde, que trepó con esfuerzo, se detenía sin duda a cobrar alientos, arrojando una mirada escudriñadora por aquellos sitios desolados.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Jinetes y cabalgaduras entre charcos de sangre, tercerolas, sables y morriones caídos acá y acullá, tacos todavía humeantes, lanzones mal encajados en el suelo blando de la hondonada con sus banderolas hechas flecos, algunos heridos revolviéndose en las hierbas, lívidos, exagües, sin alientos para alzar la voz: tal era el cuadro en el campo que ocupó el enemigo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El capitán Heitor yacía boca abajo junto a un abrojal ramoso.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una bala certera disparada por Cata lo había derribado de los lomos en mitad del asalto, produciendo el tiro y la caída la confusión y la derrota de sus tropas, que en la oscuridad se creyeron acometidas por la espalda.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al huir aturdidos, presos de un terror súbito, descargaron los que pudieron sus grandes pistolas sobre las breñas, alcanzando a Cata un proyectil en medio del pecho.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De ahí le manaba un grueso hilo de sangre negra.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El capitán aún se movía. Por instantes se crispaba violento, alzándose sobre los codos, para volver a quedarse rígido. La bala le había atravesado el cuello, que tenía todo enrojecido y cubierto de cuajarones.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Revolcado, con las ropas en desorden y las espuelas enredadas en la maleza, era el blanco del ojo bravío y siniestro de Cata, que a él se aproximaba en felino arrastre con un cuchillo de mango de asta en la diestra.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hacia el frente, veíase la tapera hecha terrones; la zanja con el zicutal aplastado por el peso de los cuerpos muertos; y allá en el fondo, donde se menearon los caballos, un montón deforme en que sólo se descubrían cabezas, brazos y piernas de hombres y matalotes en lúgubre entrevero.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El llano estaba solitario. Dos o tres de los caballos que habían escapado de la matanza, mustios, con los ijares hundidos y los aperos revueltos, pugnaban por triscar los pastos a pesar del freno. Salíales junto a las coscojas un borbollón de espuma sanguinolenta.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al otro flanco, se alzaba un monte de talas cubierto en su base de arbustos es-pinosos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En su orilla, como atisbando la presa, con los hocicos al viento y las narices muy abiertas, ávidas de olfateo. media docena de perros cimarrones iban y venían inquietos lanzando de vez en cuando sordos gruñidos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Catalina, que había apurado su avance, llegó junto a Heitor, callada, jadeante, con la melena suelta como un marco sombrío a su faz bronceada: reincorporose sobre sus rodillas, dando un ronco resuello, y buscó con los dedos de su izquierda el cuello del oficial portugués apartando el líquido coagulado de los labios de la herida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Si hubiese visto aquellos ojos negros y fijos, aquella cabeza crinuda inclinada había hacia él, aquella mano armada de cuchillo, y sentido aquella respiración entrecortada en cuyos hálitos silbaba el instinto fiero como un reptil quemado a hierro, el brioso soldado hubiérase estremecido de pavura.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al sentir la presión de aquellos dedos duros como garras, el capitán se sacudió, arrojando una especie de bramido que hubo de se grito de cólera; pero, ella, muda e implacable, introdujo allí el cuchillo, lo revolvió con un gesto de espantosa saña, y luego cortó con todas sus fuerzas, sujetando bajo sus rodillas la mano de la víctima, que tentó alzarse convulsa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Al ñudo a de ser! -rugió el dragón-hembra con ira reconcentrada.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tejidos y venas abriéndose bajo el acerado filo hasta la tráquea, la cabeza se alzó besando dos veces el suelo, y de la ancha desgarradura saltó un espeso chorro toda la sangre entre ronquidos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esa lluvia caliente y humeante bañó el seno de Cata, corriendo hasta el suelo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Soportola inmóvil, resollante, hoscosa, fiera; y al fin, cuando el fornido cuerpo del capitán cesó de sacudirse quedándose encogido, crispado, con la uñas clavadas en la tierra, en tanto el rostro vuelto hacia arriba enseñaba con la boca abierta y los ojos saltados de las órbitas, el ceño iracundo de la última hora, ella se pasó el puño cerrado por el seno en expresión de asco, hasta hacer salpicar los coágulos lejos, y exclamó con indecible rabia:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Que la lamban los perros!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Luego se echó de bruces, y siguió arrastrándose hacia la tapera.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entonces los cimarrones coronaron la loma, dispersos, a paso de fiera, alargando cuanto podían sus pescuezos de erizados pelos como para aspirar mejor el fuerte vaho de los declives.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Algunos cuervos enormes, muy negros, de cabeza pelada y pico ganchudo, extendidas y casi inmóviles las alas empezaban a poca altura sus giros en el espacio, lanzando su graznido de ansia lúbrica como una nota funeral.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cerca de la zanja, veíase a un perro cimarrón con el hocico y el pecho ensangrentados. Tenía propiamente botas rojas, pues parecía haber hundido los remos delanteros en el vientre de un cadáver.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cata alargó el brazo, y lo amenazó con el cuchillo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El perro gruñó, enseñó el colmillo, el pelaje se le erizó en el lomo y bajando la cabeza preparose a acometer, viendo sin duda cuán sin fuerzas se arrastraba su enemigo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Vení, Calenón! -gritó Cata colérica, como si llamara a un viejo amigo-. ¡A él Canelón!...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y se tendió desfallecida...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Allí a poca distancia, entre un montón de cuerpos acribillados de heridos, polvorientos, inmóviles con la profunda quietud de la muerte, estaba echado un mastín de piel leonada como haciendo la guardia a su amo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un proyectil le había atravesado las paletas en su parte superior, y parecía postrado y dolorido.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Más&amp;nbsp;lo estaba su amo. Era éste el sargento Sanabria, acostado de espaldas con los brazos sobre el pecho, y en cuyas pupilas dilatadas vagaba todavía una lumbre de vida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Su aspecto era terrible.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La barba castaña, recia y dura, que sus soldados comparaban con el borlón de un toro, aparecía teñida de roji-negro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tenía una mandíbula rota, y los dos fragmentos del hueso saltados hacia fuera, entre carnes trituradas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el pecho, otra herida. Al pasarle el plomo el tronco, habíale destrozado una vértebra dorsal.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Agonizaba tieso, aquel organismo poderoso.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al grito de Cata, el mastín que junto a él estaba, pareció salir de su sopor; fuese levantando trémulo, como entumecido, dio algunos pasos inseguros fuera del cicutal y asomó la cabeza...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El cimarrón bajó la cola y se alejó relamiéndose los bigotes, a paso lento, importándole más el festín que la lucha. Merodeador de las breñas, compañero del cuervo, venía a hozar en las entrañas frescas, no a medirse en la pelea.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Volvióse a su sitio el mastín, y Cata llegó a cruzar la zanja y dominar el lúgubre paisaje.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Detuvo en Sanabria, tendido delante, sobre el lecho de cicutas, sus ojos negros, febriles, relucientes, con una expresión intensa de amor y de dolor.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y arrastrándose siempre llegóse a él, se acostó a su lado, tomó alientos; volvióse a incorporar con un quejido, lo besó ruidosamente, apartole las manos del pecho, cubióle con las dos suyas la herida y quedóse contemplándole con fijeza cual si observara cómo se le escapaba a él la vida y a ella también.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nublábansele las pupilas al sargento, y Cata sentía que dentro de ella aumentaba el estrago en las entrañas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Giró en derredor la vista quebrada ya, casi exagüe, y pudo distinguir a pocos pasos una cabeza desgreñada que tenía los sesos volcados sobre los párpados a manera de horrible cabellera. El cuerpo estaba hundido entre las breñas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¡Ah!... ¡Ciriaca! -exclamó con un hipo violento. &lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En seguida extendió los brazos, y cayó a plomo sobre Sanabria.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El cuerpo de éste se estremeció; y apagose de súbito el pálido brillo de sus ojos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Quedaron formando cruz, acostados sobre la misma charca, que Canelón olfateaba de vez en cuando entre hondos lamentos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-62449122229301457?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/62449122229301457/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=62449122229301457' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/62449122229301457'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/62449122229301457'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2009/10/eduardo-acevedo-diaz-el-combate-de-la.html' title='EDUARDO ACEVEDO DÍAZ. El combate de la tapera'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-3146306370015032850</id><published>2009-09-24T03:31:00.000-07:00</published><updated>2009-09-24T06:43:39.767-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Uruguay'/><title type='text'>JUAN CARLOS ONETTI. El infierno tan temido</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;En su magnífico estudio de la obra de &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_0"&gt;Onetti (Uruguay&lt;/span&gt;, 1909-1994), Mario Vargas Llosa considera a esta narración "el más extraordinario de sus cuentos y, acaso, la más inquietante exploración del fenómeno de la maldad humana"; y, además, "uno de los más admirables relatos que hayan visto la luz en el siglo &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_1"&gt;XX&lt;/span&gt;, en cualquier lengua". &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;De acuerdo a una lectura simple, dice &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_2"&gt;MVLL&lt;/span&gt;, &lt;/em&gt;El infierno tan temido&lt;em&gt;, es la historia de la venganza de Gracia César, cuando su marido, el periodista &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_3"&gt;Risso&lt;/span&gt;, se divorcia de ella y la abandona al enterarse por ella misma que, en una de las giras de la compañía teatral por provincia, su mujer se ha acostado con un desconocido. Esto parece una historia más bien &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_4"&gt;convencional&lt;/span&gt;,casi tópica, pero deja de &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_5"&gt;serlo&lt;/span&gt; por la naturaleza de la venganza que lleva a cabo Gracia César: enviar a su &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_6"&gt;exmarido&lt;/span&gt; fotografías en las que se la ve copulando con los amantes de ocasión con los que se acuesta a lo largo y ancho de &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_7"&gt;Sudamérica&lt;/span&gt;. Es una venganza astuta, sutil y &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_8"&gt;diábolica&lt;/span&gt;...". Pero, advierte Vargas Llosa, "las pocas páginas de que consta&lt;/em&gt; El infierno tan temido &lt;em&gt;son engañosas, pues, aunque la historia parece de entrada claramente inteligible, la verdad es que toda ella está cargada de sobreentendidos, alusiones, pistas, referencias, omisiones y acertijos que permiten lecturas muy diversas y hacen de ella unas suerte de &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_9"&gt;palimpsesto&lt;/span&gt; en el que distintos niveles &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_10"&gt;superpuestos&lt;/span&gt; de escritura trazan una inquietante descripción de la vocación de crueldad congénita a la condición humana" (Mario Vargas Llosa:&lt;/em&gt; El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_11"&gt;Onetti&lt;/span&gt;&lt;em&gt;.&lt;/em&gt; &lt;em&gt;Alfaguara. Madrid, 2008. 248 &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_12"&gt;págs.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#ffff00;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#ffff00;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;                                                            El infierno tan temido&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera carta, la primera fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con famlliar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras. Estaba escribiendo "Cabe destacar que los señores comisarios nada vieron de sospechoso y ni siquiera de poco común en el triunfo consagratorio de Play Roy, que supo sacar partido de la cancha de invierno, dominar como saeta en la instancia decisiva", cuando vio la mano roja y manchada de tinta de Partidarias entre su cara y la máquina, ofreciéndole el sobre.&lt;br /&gt;-Ésta es para vos. Siempre entreveran la correspondencia. Ni una maldita citación de los clubs, después vienen a llorar, cuando se acercan las elecciones ningún espacio les parece bastante. Y ya es medianoche y decime con qué queres que llene la columna.&lt;br /&gt;El sobre decía su nombre, Sección Carreras. &lt;em&gt;El Liberal&lt;/em&gt;. Lo único extraño era el par de estampillas verdes y el sello de Bahía. Terminó el artículo cuando subían del taller para reclamárselo. Estaba débil y contento, casi solo en el excesivo espacio de la redacción, pensando en la última frase: "Volvemos a afirmarlo, con la objetividad que desde hace años ponemos en todas nuestras aseveraciones. Nos debemos al público aficionado". El negro, en el fondo, revolvía sobres del archivo y la madura mujer de Sociales se quitaba lentaménte los guantes en su cabina de vidrio, cuando Risso abrió descuidado el sobre.&lt;br /&gt;Traía una foto, tamaño postal; era una foto parda, escasa de luz, en la que el odio y la sordidez se acrecentaban en los márgenes sombríos, formando gruesas franjas indecisas, como en relieve, como gotas de sudor rodeando una cara angustiada. Vio por sorpresa, no terminó de comprender, supo que iba a ofrecer cualquier cosa por olvidar lo que había visto.&lt;br /&gt;Guardó la fotografía en un bolsillo y se fue poniendo el sobretodo mientras Sociales salía fumando de su garita de vidrio con un abanico de papeles en la mano.&lt;br /&gt;-Hola -dijo ella-, ya me ve, a estas horas recién termina el sarao.&lt;br /&gt;Risso la miraba desde arriba. El pelo claro, teñido, las arrugas del cuello, la papada que caía redonda y puntiaguda como un pequeño vientre, las diminutas, excesivas alegrías que le adornaban las ropas. "Es una mujer, también ella. Ahora le miro el pañuelo rojo en la garganta, las uñas violentas en los dedos viejos y sucios de tabaco, los anillos y pulseras, el vestido que le dio en pago un modisto y no un amante, los tacos interminables tal vez torcidos, la curva triste de la boca, el entusiasmo casi frenético que le impone a las sonrisas. Todo va a ser más fácil si me convenzo de que también ella es una mujer".&lt;br /&gt;-Parece una cosa hecha por gusto, planeada. Cuando yo llego usted se va, como si siempre me estuviera disparando. Hace un frío de polo afuera. Me dejan el material como me habían prometido, pero ni siquiera un nombre, un epígrafe. Adivine, equivóquese, publique un disparate fantástico. No conozco más nombres que el de los contrayentes y gracias a Dios. Abundancia y mal gusto, eso es lo que había. Agasajaron a sus amistades con una brillante recepción en casa de los padres de la novia. Ya nadie bien se casa en sábado. Prepárese, viene un frío de polo desde la rambla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Risso se casó con Gracia César, nos unimos todos en el silencio, suprimimos los vaticinios pesimistas. Por aquel tiempo, ella estaba mirando a los habitantes de Santa María desde las carteleras de El Sótano, Cooperativa Teatral, desde las paredes hechas vetustas por el final del otoño. Intacta a veces, con bigotes de lápiz o desgarrada por uñas rencorosas, por las primeras lluvias otras volvía a medias la cabeza para mirar la calle, alerta, un poco desafiante, un poco ilusionada por la esperanza de convencer y ser comprendida. Delatada por el brillo sobre los lacrimales que había impuesto la ampliación fotográfica de Estudios Orloff, había también en su cara la farsa del amor por la totalidad de la vida, cubriendo la busca resuelta y exclusiva de la dicha.&lt;br /&gt;Lo cual estaba bien, debe haber pensado él, era deseable y necesario, coincidía con el resultado de la multiplicación de los meses de viudez de Risso por la suma de innumerables madrugadas idénticas de sábado en que había estado repitiendo con acierto actitudes corteses de espera y familiaridad en el prostíbulo de la costa. Un brillo, el de los ojos del afiche, se vinculaba con la frustrada destreza con que él volvía a hacerle el nudo a la siempre flamante y triste corbata de luto frente al espejo ovalado y móvil del dormitorio del prostíbulo.&lt;br /&gt;Se casaron, y Risso creyó que bastaba con seguir viviendo como siempre, pero dedicándole a ella, sin pensarlo, sin pensar casi en ella, la furia de su cuerpo, la enloquecida necesidad de absolutos que lo poseía durante las noches alargadas.&lt;br /&gt;Ella imaginó en Risso un puente, una salida, un principio. Había atravesado virgen dos noviazgos -un director, un actor-, tal vez porque para ella el teatro era un oficio además de un juego y pensaba que el amor debía nacer y conservarse aparte, no contaminado por lo que se hace para ganar dinero y olvido. Con uno y otro estuvo condenada a sentir en las citas en las plazas, la rambla o el café, la fatiga de los ensayos, el esfuerzo de adecuación la vigilancia de la voz y de las manos. Presentía su propia cara siempre un segundo antes de cualquier expresión, como si pudiera mirarla o palpársela. Actuaba animosa e incrédula, medía sin remedio su farsa y la del otro, el sudor y el polvo del teatro que los cubrían, inseparables, signos de la edad.Cuando llegó la segunda fotografía, desde Asunción y con un hombre visiblemente distinto Risso temió, sobre todo, no ser capaz de soportar un sentimiento desconocido que no era ni odio ni dolor, que moriría con él sin nombre, que se emparentaba con la injusticia y la fatalidad, con el primer miedo del primer hombre sobre la tierra, con el nihilismo y el principio de la fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda fotografía le fue entregada por Policiales, un miércoles de noche. Los jueves eran los días en que podía disponer de su hija desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Decidió romper el sobre sin abrirlo, lo guardó y recién en la mañana del jueves mientras su hija lo esperaba en la sala de la pensión, se permitió una rápida mirada a la cartulina, antes de romperla sobre el waterclós: también aquí el hombre estaba de espaldas.&lt;br /&gt;Pero había mirado muchas veces la foto de Brasil. La conservó durante un día entero y en la madrugada estuvo imaginando una broma, un error un absurdo transitorio. Le había sucedido ya, había despertado muchas veces de una pesadilla, sonriendo servil y agradecido a las flores de las paredes del dormitorio.&lt;br /&gt;Estaba tirado en la cama cuando extrajo el sobre del saco y la foto del sobre.&lt;br /&gt;-Bueno-dijo en voz alta-, está bien, es cierto y es así. No tiene ninguna importancia, aunque no lo viera sabría que sucede.&lt;br /&gt;(Al sacar la fotografía con el disparador automático, al revelarla en el cuarto oscurecido, bajo el brillo rojo y alentador de la lámpara, es probable que ella haya previsto esta reacción de Risso, este desafío, esta negativa a liberarse en el furor. Había previsto también, o apenas deseado, con pocas, mal conocidas esperanzas, que él desenterrara de la evidente ofensa, de la indignidad asombrosa, un mensaje de amor.)&lt;br /&gt;Volvió a protegerse antes de mirar: "Estoy solo y me estoy muriendo de frío en una pensión de la calle Piedras, en Santa María, en cualquier madrugada, solo y arrepentido de mi soledad como si la hubiera buscado, orgulloso como si la hubiera merecido".&lt;br /&gt;En la fotografía la mujer sin cabeza clavaba ostentosamente los talones en un borde de diván, aguardaba la impaciencia del hombre oscuro, agigantado por el inevitable primer plano, estaría segura de que no era necesario mostrar la cara para ser reconocida. En el dorso, su letra calmosa decía "Recuerdos de Bahía".&lt;br /&gt;En la noche correspondiente a la segunda fotografía pensó que podía comprender la totalidad de la infamia y aun aceptarla. Pero supo que estaban más allá de su alcance la deliberación, la persistencia, el organizado frenesí con que se cumplía la venganza. Midió su desproporción, se sintió indigno de tanto odio, de tanto amor, de tanta voluntad de hacer sufrir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Gracia conoció a Risso pudo suponer muchas cosas actuales y futuras. Adivinó su soledad mirándole la barbilla y un botón del chaleco; adivinó que estaba amargado y no vencido, y que necesitaba un desquite y no quería enterarse. Durante muchos domingos le estuvo mirando en la plaza, antes de la función, con cuidadoso cálculo, la cara hosca y apasionada, el sombrero pringoso abandonado en la cabeza, el gran cuerpo indolente que él empezaba a dejar engordar. Pensó en el amor la primera vez que estuvieron solos, o en el deseo, o en el deseo de atenuar con su mano la tristeza del pómulo y la mejilla del hombre. También pensó en la ciudad, en que la única sabiduría posible era la de resignarse a tiempo. Tenía veinte años y Risso cuarenta. Se puso a creer en él, descubrió intensidades de la curiosidad, se dijo que solo se vive de veras cuando cada día rinde su sorpresa.&lt;br /&gt;Durante las primeras semanas se encerraba para reírse a solas, se impuso adoraciones fetichistas, aprendió a distinguir los estados de ánimo por los olores. Se fue orientando para descubrir qué había detrás de la voz, de los silencios, de los gustos y de las actitudes del cuerpo del hombre. Amó a la hija de Risso y le modificó la cara, exaltando los parecidos con el padre. No dejó el teatro porque el Municipio acababa de subvencionarlo y ahora tenía ella en el sótano un sueldo seguro, un mundo separado de su casa, de su dormitorio, del hombre frenético e indesetructible. No buscaba alejarse de la lujuria; quería descansar y olvidarla, permitir que la lujuria descansara y olvidara. Hacía planes y los cumplía, estaba segura de la infinitud del universo del amor, segura de que cada noche les ofrecería un asombro distinto y recién creado.&lt;br /&gt;-Todo -insistía Risso-, absolutamente todo puede sucedernos y vamos a estar siempre contentos y queriéndonos. Todo; ya sea que invente Dios o inventemos nosotros.&lt;br /&gt;En realidad, nunca había tenido antes una mujer y creía fabricar lo que ahora le estaban imponiendo. Pero no era ella quien lo imponía, Gracia César, hechura de Risso, segregada de él para completarlo, como el aire al pulmón, como el invierno al trigo.&lt;br /&gt;La tercera foto demoró tres semanas. Venía también de Paraguay y no le llegó al diario, sino a la pensión y se la trajo la mucama al final de una tarde en que él despertaba de un sueño en que le había sido aconsejado defenderse del pavor y la demencia conservando toda futura fotografía en la cartera y hacerla anecdótica, impersonal, inofensiva, mediante un centenar de distraídas miradas diarias.&lt;br /&gt;La mucama golpeó la puerta y él vio colgar el sobre de las tabillas de la persiana, comenzó a percibir cómo destilaba en la penumbra, en el aire sucio, su condición nociva, su vibrátil amenaza. Lo estuvo mirando desde la cama como a un insecto, como a un animal venenoso que se aplastara a la espera del descuido, del error propicio.&lt;br /&gt;En la tercera fotografía ella estaba sola, empujando con su blancura las sombras de una habitación mal iluminada, con la cabeza dolorosamente echada hacia atrás, hacia la cámara, cubiertos a medias los hombros por el negro pelo suelto, robusta y cuadrúpeda. Tan inconfundible ahora como si se hubiera hecho fotografiar en cualquier estudio y hubiera posado con la más tierna, significativa y oblicua de sus sonrisas.&lt;br /&gt;Solo tenía ahora, Risso, una lástima irremediable por ella, por él, por todos los amantes que habían amado en el mundo, por la verdad y error de sus creencias, por el simple absurdo del amor y por el complejo absurdo del amor creado por los hombres.&lt;br /&gt;Pero también rompió esta fotografía y supo que le sería imposible mirar otra y seguir viviendo. Pero en el plano mágico en que habían empezado a entenderse y a dialogar, Gracia estaba obligada a enterarse de que él iba a romper las fotos apenas llegaran, cada vez con menos curiosidad, con menor remordimiento.&lt;br /&gt;En el plano mágico, todos los groseros o tímidos hombres urgentes no eran más que obstáculos, ineludibles postergaciones del acto ritual de elegir en la calle, en el restaurante o en el café al más crédulo e inexperto, al que podía prestarse sin sospecha y con un cómico orgullo a la exposición frente a la cámara y al disparador, al menos desagradable entre los que pudieran creerse aquella memorizada argumentación de viajante de comercio.&lt;br /&gt;-Es que nunca tuve un hombre así, tan único, tan distinto. Y nunca sé, metida en esta vida de teatro, dónde estaré mañana y si volveré a verte. Quiero por lo menos mirarte en una fotografía cuando estemos lejos y te extrañe.&lt;br /&gt;Y después de la casi siempre fácil convicción, pensando en Risso o dejando de pensar para mañana, cumpliendo el deber que se había impuesto, disponía las luces, preparaba la cámara y encendía al hombre. Si pensaba en Risso, evocaba un suceso antiguo, volvía a reprocharle no haberle pegado, haberla apartado para siempre con un insulto desvaído, una sonrisa inteligente, un comentario que la mezclaba a ella con todas las demás mujeres. Y sin comprender; demostrando a pesar de noches y frases que no había comprendido nunca.&lt;br /&gt;Sin exceso de esperanzas, trajinaba sudorosa por la siempre sórdida y calurosa habitación de hotel, midiendo distancias y luces, corrigiendo la posición del cuerpo envarado del hombre. Obligando, con cualquier recurso, señuelo, mentira crapulosa, a que se dirigiera hacia ella la cara cínica y desconfiada del hombre de turno. Trataba de sonreír y de tentar, remedaba los chasquidos cariñosos que se hacen a los recién nacidos, calculando el paso de los segundos, calculando al mismo tiempo la intensidad con que la foto aludiría a su amor con Risso.&lt;br /&gt;Pero como nunca pudo saber esto, como incluso ignoraba si las fotografías llegaban o no a manos de Risso, comenzó a intensificar las evidencias de las fotos y las convirtió en documentos que muy poco tenían que ver con ellos, Risso y Gracia.&lt;br /&gt;Llegó a permitir y ordenar que las caras adelgazadas por el deseo, estupidizadas por el viejo sueño masculino de la posesión, enfrentaran el agujero de la cámara con una dura sonrisa, con una avergonzada insolencia. Consideró necesario dejarse resbalar de espaldas e introducirse en la fotografía hacer que su cabeza, su corta nariz, sus grandes ojos impávidos descendieran desde la nada del más allá de la foto para integrar la suciedad del mundo, la torpe, errónea visión fotográfica, las sátiras del amor que se había jurado mandar regularmente a Santa María. Pero su verdadero error fue cambiar las direcciones de los sobres.&lt;br /&gt;La primera separación, a los seis meses del casamiento, fue bienvenida y exageradamente angustiosa. El Sótano-ahora Teatro Municipal de Santa María-subió hasta El Rosario. Ella reiteró allí el mismo viejo juego alucinante de ser una actriz entre actores, de creer en lo que sucedía en el escenario. El público se emocionaba, aplaudía o no se dejaba arrastrar. Puntualmente se imprimían programas y críticas; y la gente aceptaba el juego y lo prolongaba hasta el fin de la noche, hablando de lo que había visto y oído, y pagado para ver y oír, conversando con cierta desesperación, con cierto acicateado entusiasmo, de actuaciones, decorados, parlamentos y tramas.&lt;br /&gt;De modo que el juego, el remedo, alternativamente melancólico y embriagador, que ella iniciaba acercándose con lentitud a la ventana que caía sobre el fjord, estremeciéndose y murmurando para toda la sala: "Tal vez... pero yo también llevo una vida de recuerdos que permanecen extraños a los demás", también era aceptado en El Rosario; Siempre caían naipes en respuesta al que ella arrojaba, el juego se formalizaba y ya era imposible distraerse y mirarlo de afuera.&lt;br /&gt;La primera separación duró exactamente cincuenta y dos días y Risso trató de copiar en ellos la vida que había llevado con Gracia César durante los seis meses de matrimonio. Ir a la misma hora al mismo café, al mismo restaurante, ver a los mismos amigos, repetir en la rambla silencios y soledades, caminar de regreso a la pensión sufriendo obcecado las anticipaciones del encuentro, removiendo en la frente y en la boca imágenes excesivas que nacían de recuerdos perfeccionados o de ambiciones irrealizables.&lt;br /&gt;Eran diez o doce cuadras, ahora solo y más lento, a través de noches molestadas por vientos tibios y helados, sobre el filo inquieto que separaba la primavera del invierno. Le sirvieron para medir su necesidad y su desamparo, para saber que la locura que compartían tenía por lo menos la grandeza de carecer de futuro, de no ser medio para nada.&lt;br /&gt;En cuanto a ella, había creído que Risso daba un lema al amor común cuando susurraba, tendido, con fresco asombro, abrumado:&lt;br /&gt;-Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos.&lt;br /&gt;Ya la frase no era un juicio, una opinión, no expresaba un deseo. Les era dictada e impuesta, era una comprobación, una verdad vieja. Nada de lo que ellos hicieran o pensaran podría debilitar la locura, el amor sin salida ni alteraciones. Todas las posibilidades humanas podían ser utilizadas y todo estaba condenado a servir de alimento.&lt;br /&gt;Creyó que fuera de ellos, fuera de la habitación, se extendía un mundo desprovisto de sentido, habitado por seres que no importaban, poblado por hechos sin valor.&lt;br /&gt;Así que solo pensó en Risso, en ellos, cuando el hombre empezó a esperarla en la puerta del teatro, cuando la invitó y la condujo, cuando ella misma se fue quitando la ropa.&lt;br /&gt;Era la última semana en El Rosario y ella consideró inútil hablar de aquello en las cartas a Risso; porque el suceso no estaba separado de ellos y a la vez nada tenía que ver con ellos; porque ella había actuado como un animal curioso y lúcido, con cierta lástima por el hombre, con cierto desdén por la pobreza de lo que estaba agregando a su amor por Risso. Y cuando volvió a Santa María, prefirió esperar hasta una víspera de jueves-porque los jueves Risso no iba al diario-, hasta una noche sin tiempo, hasta una madrugada idéntica a las veinticinco que llevaban vividas.&lt;br /&gt;Lo empezó a contar antes de desvestirse, con el orgullo y la ternura de haber inventado, simplemente, una nueva caricia. Apoyado en la mesa, en mangas de camisa, él cerró los ojos y sonrió. Después la hizo desnudar y le pidió que repitiera la historia, ahora de pie, moviéndose descalza sobre la alfombra y casi sin desplazarse de frente y de perfil, dándole la espalda y balanceando el cuerpo mientras lo apoyaba en una pierna y otra. A veces ella veía la cara larga y sudorosa de Risso, el cuerpo pesado apoyándose en la mesa, protegiendo con los hombros el vaso de vino, y a veces solo los imaginaba, distraída, por el afán de fidelidad en el relato, por la alegría de revivir aquella peculiar intensidad de amor que había sentido por Risso en El Rosario, junto a un hombre de rostro olvidado, junto a nadie, junto a Risso.&lt;br /&gt;-Bueno; ahora te vestís otra vez-dijo él, con la misma voz asombrada y ronca que había repetido que todo era posible, que todo sería para ellos.&lt;br /&gt;Ella le examinó la sonrisa y volvió a ponerse las ropas. Durante un rato estuvieron los dos mirando los dibujos del mantel, las manchas, el cenicero con el pájaro de pico quebrado. Después él terminó de vestirse y se fue, dedicó su jueves, su día libre, a conversar con el doctor Guiñazú, a convencerlo de la urgencia del divorcio, a burlarse por anticipado de las entrevistas de reconciliación.&lt;br /&gt;Hubo después un tiempo largo y malsano en el que Risso quería volver a tenerla y odiaba simultáneamente la pena y el asco de todo imaginable reencuentro. Decidió después que necesitaba a Gracia y ahora un poco más que antes. Que era necesaria la reconciliación y que estaba dispuesto a pagar cualquier precio siempre que no interviniera su voluntad, siempre que fuera posible volver a tenerla por las noches sin decir que sí ni siquiera con su silencio.&lt;br /&gt;Volvió a dedicar los jueves a pasear con su hija y a escuchar la lista de predicciones cumplidas que repetía la abuela en las sobremesas. Tuvo de Gracia noticias cautelosas y vagas, comenzó a imaginarla como a una mujer desconocida, cuyos gestos y reacciones debían ser adivinados o deducidos; como a una mujer preservada y solitaria entre personas y lugares, que le estaba predestinada y a la que tendría que querer, tal vez desde el primer encuentro.Casi un mes después del principio de la separación, Gracia repartió direcciones contradictorias y se fue de Santa María.&lt;br /&gt;-No se preocupe -dijo Guiñazú-. Conozco bien a las mujeres y algo así estaba esperando. Esto confirma el abandono del hogar y simplifica la acción que no podrá ser dañada por una evidente maniobra dilatoria que está evidenciando la sinrazón de la parte demandada.&lt;br /&gt;Era aquél un comienzo húmedo de primavera, y muchas noches Risso volvía caminando del diario, del café, dándole nombres a la lluvia, avivando su sufrimiento como si soplara una brasa, apartándolo de sí para verlo mejor e increíble, imaginando actos de amor nunca vividos para ponerse en seguida a recordarlos con desesperada codicia.&lt;br /&gt;Risso había destruido, sin mirar, los últimos tres mensajes. Se sentía ahora, y para siempre, en el diario y en la pensión, como una alimaña en su madriguera, como una bestia que oyera rebotar los tiros de los cazadores en la puerta de su cueva. Solo podía salvarse de la muerte y de la idea de la muerte forzándose a la quietud y a la ignorancia. Acurrucado, agitaba los bigotes y el morro, las patas; solo podía esperar el agotamiento de la furia ajena. Sin permitirse palabras ni pensamientos, se vio forzado a empezar a entender; a confundir a la Gracia que buscaba y elegía hombres y actitudes para las fotos, con la muchacha que había planeado, muchos meses atrás, vestidos, conversaciones, maquillajes, caricias a su hija para conquistar a un viudo aplicado al desconsuelo, a este hombre que ganaba un sueldo escaso y que solo podía ofrecer a las mujeres una asombrada, leal, incomprensión.&lt;br /&gt;Había empezado a creer que la muchacha que le había escrito largas y exageradas cartas en las breves separaciones veraniegas del noviazgo era la misma que procuraba su desesperación y su aniquilamiento enviándole las fotografías. Y llegó a pensar que, siempre, el amante que ha logrado respirar en la obstinación sin consuelo de la cama el olor sombrío de la muerte, está condenado a perseguir -para él y para ella-la destrucción, la paz definitiva de la nada.&lt;br /&gt;Pensaba en la muchacha que se paseaba del brazo de dos amigas en las tardes de la rambla, vestida con los amplios y taraceados vestidos de tela endurecida que inventaba e imponía el recuerdo, y que atravesaba la obertura del Barbero que coronaba el concierto dominical de la banda para mirarlo un segundo. Pensaba en aquel relámpago en que ella hacía girar su expresión enfurecida de oferta y desafío, en que le mostraba de frente la belleza casi varonil de una cara pensativa y capaz, en que lo elegía a él, entontecido por la viudez. Y, poco a poco, iba admitiendo que aquella era la misma mujer desnuda, un poco más gruesa, con cierto aire de aplomo y de haber sentado cabeza, que le hacía llegar fotografías desde Lima, Santiago y Buenos Aires.&lt;br /&gt;Por qué no, llegó a pensar, por qué no aceptar que las fotografías, su trabajosa preparación, su puntual envío, se originaban en el mismo amor, en la misma capacidad de nostalgia, en la misma congénita lealtad.&lt;br /&gt;La próxima fotografía le llegó desde Montevideo; ni al diario ni a la pensión. Y no llegó a verla. Salía una noche de El Liberal cuando escuchó la renguera del viejo Lanza persiguiéndolo en los escalones, la tos estremecida a su espalda, la inocente y tramposa frase del prólogo. Fueron a comer al Baviera; y Risso pudo haber jurado después haber estado sabiendo que el hombre descuidado, barbudo, enfermo, que metía y sacaba en la sobremesa un cigarrillo humedecido de la boca hundida, que no quería mirarle los ojos, que recitaba comentarios obvios sobre las noticias que UP había hecho llegar al diario durante la jornada, estaba impregnado de Gracia, o del frenético aroma absurdo que destila el amor.&lt;br /&gt;-De hombre a hombre-dijo Lanza con resignación-. O de viejo que no tiene más felicidad en la vida que la discutible de seguir viviendo. De un viejo a usted; y yo no sé, porque nunca se sabe, quién es usted. Sé de algunos hechos y he oído comentarios. Pero ya no tengo interés en perder el tiempo creyendo o dudando. Da lo mismo. Cada mañana compruebo que sigo vivo, sin amargura y sin dar las gracias. Arrastro por Santa María y por la redacción una pierna enferma y la arterioesclerosis, me acuerdo de España, corrijo las pruebas, escribo y a veces hablo demasiado. Como esta noche. Recibí una sucia fotografía y no es posible dudar sobre quién la mandó. Tampoco puedo adivinar por qué me eligieron a mí. Al dorso dice: "Para ser donada a la colección Risso", o cosa parecida. Me llegó el sábado y estuve dos días pensando si dársela o no. Llegué a creer que lo mejor era decírselo porque mandarme eso a mí es locura sin atenuantes y tal vez a usted le haga bien saber que está loca. Ahora está usted enterado; solo le pido permiso para romper la fotografía sin mostrársela.&lt;br /&gt;Risso dijo que sí y aquella noche, mirando hasta la mañana la luz del farol de la calle en el techo del cuarto, comprendió que la segunda desgracia, la venganza era esencialmente menos grave que la primera, la traición, pero también mucho menos soportable. Sentía su largo cuerpo expuesto como un nervio al dolor del aire, sin amparo, sin poderse inventar un alivio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cuarta fotografía no dirigida a él la tiró sobre la mesa la abuela de su hija, el jueves siguiente. La niña se había ido a dormir y la foto estaba nuevamente dentro del sobre. Cayó entre el sifón y la dulcera, largo, atravesado y teñido por el reflejo de una botella, mostrando entusiastas letras en tinta azul.&lt;br /&gt;-Comprenderás que después de esto... -tartamudeó la abuela. Revolvía el café y miraba la cara de Risso, buscándole en el perfil el secreto de la universal inmundicia, la causa de la muerte de su hija, la explicación de tantas cosas que ella había sospechado sin coraje para creerlas-. Comprenderas-repitió con furia, con la voz cómica y envejecida.&lt;br /&gt;Pero no sabía qué era necesario comprender y Risso tampoco comprendía aunque se esforzara, mirando el sobre que había quedado enfrentándolo, con un ángulo apoyado en el borde del plato.&lt;br /&gt;Afuera la noche estaba pesada y las ventanas abiertas de la ciudad mezclaban al misterio lechoso del cielo los misterios de las vidas de los hombres sus afanes y sus costumbres. Volteado en su cama Risso creyó que empezaba a comprender, que como una enfermedad, como un bienestar, la comprension ocurría en él, liberada de la voluntad y de la inteligencia. Sucedía, simplemente, desde el contacto de los pies con los zapatos hasta las lágrimas que le llegaban a las mejillas y al cuello. La comprensión sucedía en él, y él no estaba interesado en saber qué era lo que comprendía, mientras recordaba o estaba viendo su llanto y su quietud, la alargada pasividad del cuerpo en la cama, la comba de las nubes en la ventana, escenas antiguas y futuras. Veía la muerte y la amistad con la muerte, el ensoberbecido desprecio por las reglas que todos los hombres habían consentido acatar, el auténtico asombro de la libertad. Hizo pedazos la fotografía sobre el pecho, sin apartar los ojos del blancor de la ventana, lento y diestro, temeroso de hacer ruido o interrumpir. Sintió después el movimiento de un aire nuevo, acaso respirado en la niñez, que iba llenando la habitación y se extendía con pereza inexperta por las calles y los desprevenidos edificios, para esperarlo y darle protección mañana y en los días siguientes.&lt;br /&gt;Estuvo conociendo hasta la madrugada, como a ciudades que le habían parecido inalcanzables, el desinterés, la dicha sin causa, la aceptación de la soledad. Y cuando despertó a mediodía cuando se aflojó la corbata y el cinturón y el reioj pulsera, mientras caminaba sudando hasta el pútrido olor a tormenta de la ventana, lo invadió por primera vez un paternal cariño hacia los hombres y hacia lo que los hombres habían hecho y construido. Había resuelto averiguar la dirección de Gracia, llamarla o irse a vivir con ella.&lt;br /&gt;Aquella noche en el diario fue un hombre lento y feliz, actuó con torpezas de recién nacido, cumplió su cuota de cuartillas con las distracciones y errores que es común perdonar a un forastero. La gran noticia era la imposibilidad de que Ribereña corriera en San Isidro, porque estamos en condiciones de informar que el crédito del stud El Gorrión amaneció hoy manifestando dolencias en uno de los remos delanteros, evidenciando inflamación a la cuerda lo que dice a las claras de la entidad del mal que lo aqueja.&lt;br /&gt;-Recordando que él hacía Hípicas-contó Lanza-, uno intenta explicar aquel desconcierto comparándolo al del hombre que se jugó el sueldo a un dato que le dieron y confirmaron el cuidador, el jockey, el dueño y el propio caballo. Porque aunque tenía, según se sabrá, los más excelentes motivos para estar sufriendo y tragarse sin más todos los sellos de somníferos de todas las boticas de Santa María, lo que me estuvo mostrando media hora antes de hacerlo no fue otra cosa que el razonamiento y la actitud de un hombre estafado. Un hombre que había estado seguro y a salvo y ya no lo está, y no logra explicarse cómo pudo ser, qué error de cálculo produjo el desmoronamiento. Porque en ningún momento llamó yegua a la yegua que estuvo repartiendo las soeces fotografías por toda la ciudad, y ni siquiera aceptó caminar por el puente que yo le tendía, insinuando, sin creerla, la posibilidad de que la yegua-en cueros y alzada como prefirió divulgarse, o mimando en el escenario los problemas ováricos de otras yeguas hechas famosas por el teatro universal-, la posibilidad de que estuviera loca de atar. Nada. Él se había equivocado, y no al casarse con ella sino en otro momento que no quiso nombrar. La culpa era de él y nuestra entrevista fue increíble y espantosa. Porque ya me había dicho que iba a matarse y ya me había convencido de que era inútil y también grotesco y otra vez inútil argumentar para salvarlo. Y hablaba frìamente conmigo, sin aceptar mis ruegos de que se emborrachara. Se había equivocado, insistía; él y no la maldita arrastrada que le mandó la fotografía a la pequeña, al Colegio de Hermanas. Tal vez pensando que abriría el sobre la hermana superiora, acaso deseando que el sobre llegara intacto hasta las manos de la hija de Risso, segura esta vez de acertar en lo que Risso tenía de veras vulnerable. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-3146306370015032850?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/3146306370015032850/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=3146306370015032850' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/3146306370015032850'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/3146306370015032850'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2009/09/juan-carlos-onetti.html' title='JUAN CARLOS ONETTI. El infierno tan temido'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-8079645917942676748</id><published>2009-01-15T22:36:00.000-08:00</published><updated>2009-01-15T22:41:09.902-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Francia'/><title type='text'>GUSTAVE FLAUBERT. Memorias de un loco</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a title="Gustave flaubert.jpg" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:Gustave_flaubert.jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gustave Flaubert está considerado no sólo como uno de los grandes escritores del siglo XIX, francés y occidental, sino también como el mejor ejemplo posible para cualquier persona que desee iniciarse en la literatura. Él representa la dedicación absoluta, la dis- ciplina total al trabajo, la búsqueda de la palabra exacta.&lt;br /&gt;Alone, un crítico chileno, expone con acierto la forma como escribía Flaubert y el verdadero esfuerzo que implica llevarlo a cabo:&lt;br /&gt;Si se deseaba ser escritor, debían tenerse en cuenta esas reglas, ese ejemplo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; “…escribir una página a mano, siguiendo la redacción en voz alta, escuchando la musicalidad interna de las frases.&lt;br /&gt;Una vez con la página escrita entre las manos, volver a leerla en voz alta, escuchando con suma atención el sonido interno que llevaba.&lt;br /&gt;Si surgía -siempre surgía- la necesidad de cambiar una palabra, Flaubert se sentaba y volvía a escribir la página, en voz alta, escuchando… su oído, su mente, su sensibilidad era la de un cazador, de un paciente y sanguinario cazador.&lt;br /&gt;Sus presas eran las asonancias, las disonancias, las consonancias, las palabras repetidas.&lt;br /&gt;Contaba las sílabas y si por ahí saltaba cual si fuera un conejillo una frase que se pasaba en dos sílabas y alteraba ligeramente su peso y su ritmo, desequilibrando un período, a corregir y a volver a escribir la página con idéntica metodología.&lt;br /&gt;A veces debía copiarla diez, veinte veces, hasta que quedara perfecta.&lt;br /&gt;Era un trabajo de horas y a veces de días.&lt;br /&gt;Flaubert corregía, siempre en voz alta, siempre a la hora en que la gente duerme, siempre haciendo retumbar la casa con sus pasos de gigantón concentrado en la monótona desesperación de hallar la frase perfecta, la página terminada”.&lt;br /&gt;Así era o debía ser el trabajo de escribir.&lt;br /&gt; Pero Alone advierte:&lt;br /&gt;“Desde luego, su aplicación exige una amplitud de conocimientos y una abundancia de recursos casi universales.&lt;br /&gt;Se necesita conocer bien el léxico para no repetir los términos sin abrir el diccionario.&lt;br /&gt;Es preciso saber a fondo la gramática para atreverse a ciertas construcciones antigramaticales.&lt;br /&gt;Se debe cultivar el oído para evitar las terminaciones cacofónicas y la acumulación de los períodos ascendentes y descendentes.&lt;br /&gt;En seguida, ¡qué tensión y qué atención!&lt;br /&gt;No empezar siempre con el sujeto ni siempre con el atributo.&lt;br /&gt;Que  no todos los sustantivos de una frase resulten masculinos o femeninos, plurales o singulares, largos o cortos, concretos o abstractos.&lt;br /&gt;Huirle a la composición amazacotada, permitirle al lector respirar, distraerse, ofrecerle blancos reposantes, pero temerle, también, al desmenuzamiento de los diálogos que impiden sentar pie.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde muy joven, Flaubert aceptó la disciplina a que obligaba la dedicación literaria. Discutía con sus amigos lo bien o lo mal que resultaba cada página escrita, cada obra terminada. El veredicto de ellos era definitivo. Se cuenta que al leerles La tentación de San Antonio, la posición adversa de su círculo literario lo llevó a reescribirla íntegramente.&lt;br /&gt;Esta misma disciplina tal vez fue lo que limitó su producción. Al lado de la amplia bibliografía de un Balzac, incluso de un Stendhal, las novelas de Flaubert son tres: Madame Bovary, Salambó y La Educación sentimental. Incluso agregando Bouvard y Pécuchet, El diccionario de lugares comunes, La tentación de San Antonio, Tres cuentos y los escritos de juventud, son más bien pocos los volúmenes necesarios para llevar a cabo, por ejemplo, una edición de las Obras completas, en papel biblia y letra pequeña.&lt;br /&gt;Una importante fuente de enseñanza, de opiniones literarias, y de  reve-laciones biográficas, es su correspondencia con Luisa Colet, escritora y amante distante de Flaubert. Ahí se encuentran sus dudas, los avances y los retrocesos durante la escritura de sus libros y, sobre todo, sus opiniones literarias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El texto que ahora se publica, pertenece a sus escritos más tempranos, a sus inicios de escritor. La idea esencial surgió cuando tenía 15 años, y la redacción a los 17 años. Como casi todo escrito de un principiante, gran parte de lo narrado es autobiográfico. Se habla del colegio, de las amistades y sobre todo de una mujer de la que el narrador se enamora y a la que ve dándole el pecho a su hijo. Se dice que esta historia es la premonición de la historia real que viviría meses después al ver a Elisa Schlesinger, en Trouville, durante el verano, encarnado la escena que tanto lo turbaría al verla.&lt;br /&gt;Elisa sería desde ese año juvenil hasta su muerte el gran amor platónico que lo acompañara en sus escritos y que volverá a revivir en la Educación sentimental en una escena que la mayoría de los críticos consideran el final real de su gran amor de juventud.&lt;br /&gt;Debido seguramente al “sacerdocio” literario de Flaubert, sus 59 años de vida (1821-1880) carecen de incidentes aparatosos. Sólo podrá narrarse un  viaje al Oriente en busca de material para Salambó y otro por Bretaña, ambos en compañía de Du Camp; unas pocas aventuras sexuales, un eternizado amor platónico, y uno real, aunque  distante, La otra dimensión biográfica surge de sus relaciones familiares, de las preocupaciones económicas y de los problemas familiares. En realidad, la vida de Flaubert está en sus libros y en su enseñanza.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt; MEMORIAS DE UN LOCO&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                     A ti, mi querido Alfred,  dedico y confío estas páginas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contienen un alma entera. ¿La mía?, ¿la de otro? En un principio quise hacer una novela íntima, en la que el escepticismo fuera llevado a los últimos extremos de la desesperación; pero, poco a poco, mientras iba escribiendo, la impresión personal se abrió paso a través de la fábula, el alma zarandeó la pluma y la venció.&lt;br /&gt;Prefiero pues dejarlo en el misterio de las conjeturas; lo que tú no harás.&lt;br /&gt;Únicamente creerás quizás en muchos lugares que la expresión es forzada y el cuadro sombrío por capricho; no olvides que es un loco quien ha escrito estas páginas, y, si la palabra parece a menudo sobrepasar el sentimiento que expresa, es que, por lo demás, ha cedido bajo el peso del corazón.&lt;br /&gt;Adiós, piensa en mí y por mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué escribir estas páginas? ¿Para qué sirven? ¿Qué sé yo? A mi juicio, es bastante necio ir a preguntar a los hombres el motivo de sus acciones y de sus escritos. ¿Sabe usted, acaso, por qué abre las miserables hojas que la mano de un loco va a trazar?&lt;br /&gt;¡Un loco!, horror. ¿Qué eres tú lector? ¿En qué categoría te sitúas? ¿En la de los necios o en la de los locos? Si te fuera dado elegir, tu vanidad preferiría aún la última condición. Sí, una vez más, pregunto en verdad ¿de qué sirve un libro que no es instructivo, ni divertido, ni químico, ni filosófico, ni agrícola, ni elegiaco? Un libro que no procura ninguna receta ni para las ovejas ni para las pulgas, que no habla ni de ferrocarriles, ni de la Bolsa, ni de los íntimos recovecos del corazón humano, ni de los hábitos medievales, ni de Dios, ni del diablo, sino que habla de un loco, es decir del mundo, este gran idiota, que gira desde hace tantos siglos en el espacio sin avanzar un paso, y que aúlla y babosea, y se desgarra a sí mismo.&lt;br /&gt;Sé tan poco como tú lo que vas a decir, pues no se trata de una novela, ni de un drama con un plan fijo, o una idea premeditada, con jalones para hacer serpentear el pensamiento por avenidas trazadas a cordel.&lt;br /&gt;Mi única intención es poner sobre el papel todo lo que me pase por la cabeza, mis ideas, mis recuerdos, mis impresiones, mis sueños, mis caprichos, todo lo que acontece en el pensamiento y en el alma; risa y llantos, lo blanco y lo negro, sollozos surgidos primero del corazón y extendidos semejantes a una pasta en períodos sonoros, y lágrimas diluidas en metáforas románticas. Me duele, sin embargo, pensar que voy a romper la punta de un paquete de plumillas, que consumiré una botella de tinta, que voy a aburrir al lector y que también yo me aburriré; tan habituado estoy a la risa y al escepticismo que, desde el principio al fin, parecerá una broma continua, y a la gente que le gusta reír, al final podrá reírse del autor y de sí misma.&lt;br /&gt;Se verá cómo se debe creer en el plan del universo, en los deberes morales del hombre, en la virtud y en la filantropía, palabra que deseo hacer inscribir en mis botas, cuando las tenga, con el objeto de que todo el mundo la lea y la aprenda de memoria, incluso las miradas más bajas, los cuerpos más pequeños, más rastreros y más cercanos al arroyo.&lt;br /&gt;¡Sería un error ver en ello algo distinto a las expansiones de un pobre loco! ¡Un loco!&lt;br /&gt;Y tú, lector, ¿acabas tal vez de casarte o de pagar tus deudas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Voy a escribir pues la historia de mi vida. ¡Qué vida! Pero, ¿he vivido? Soy joven, no tengo arrugas en el rostro, ni pasión en el corazón. -¡Oh!, ¡cuan apacible fue, cuan dulce y feliz, tranquila y pura parece! ¡Oh!, sí, apacible y silenciosa, como una tumba cuyo cadáver sería el alma.&lt;br /&gt;Apenas he vivido: no he conocido nada el mundo, es decir, no tengo amantes, ni aduladores, ni criados, ni dotaciones; no he ingresado (como se dice) en la sociedad, pues siempre me ha parecido falsa y sonora, cubierta de oropeles, engorrosa y afectada.&lt;br /&gt;Por lo tanto, mi vida no consiste en hechos; mi vida es mi pensamiento.&lt;br /&gt;¿Cuál es pues este pensamiento que ahora, a la edad en que todo el mundo sonríe, es feliz, en la que uno se casa, ama, a la edad en que tantos otros se embriagan de todos los amores y de todas las glorias, cuando brillan tantas luces y los vasos están llenos en el festín, me lleva a hallarme solo y desnudo, frío a toda inspiración, a toda poesía, sintiéndome morir y riendo cruelmente de mi lenta agonía, como este epicúreo que se hizo abrir las venas, se bañó en un baño perfumado y murió riendo, como un hombre que sale ebrio de una orgía que le ha fatigado.&lt;br /&gt;¡Oh!, ¡cuán largo fue este pensamiento! Me devoró con todas sus caras semejantes a una hidra. Pensamiento de duelo y de amargura, pensamiento de bufón que llora, pensamiento de filósofo que medita...&lt;br /&gt;¡Oh!, ¡sí!, ¡cuántas horas han transcurrido en mi vida, largas y monótonas, pensando, dudando!&lt;br /&gt;¡Cuántos días invernales, cabizbajo ante mis tizones blanqueados por los pálidos reflejos del sol poniente, cuántas veladas de estío, por los campos, en el crepúsculo, mirando cómo huyen y se despliegan las nubes, cómo se doblan las espigas bajo la brisa, oyendo cómo se estremecen los bosques y escuchando a la naturaleza que suspira durante las noches!&lt;br /&gt;¡Oh!, ¡cuán soñadora fue mi infancia! ¡Qué pobre loco era sin ideas fijas, sin opiniones positivas! Miraba fluir el agua por entre la espesura de los árboles que inclinan sus cabelleras de hojas y dejan caer flores, desde mi cuna contemplaba la luna sobre su fondo de azur que iluminaba mi habitación y dibujaba formas extrañas en las murallas; tenía éxtasis ante un sol radiante o una mañana primaveral, con su neblina blanca, sus árboles floridos, sus margaritas en flor.&lt;br /&gt;También me gustaba -y ése es uno de mis más tiernos y deliciosos recuerdos- mirar el mar, las olas burbujeando unas sobre otras, el oleaje rompiéndose en espuma, extendiéndose sobre la playa y gritando al retirarse sobre los guijarros y las conchas.&lt;br /&gt;Corría por las rocas, agarraba la arena del océano que dejaba esparcirse al viento entre mis dedos, mojaba unas cuantos algas y aspiraba a pleno pulmón aquel aire salado y fresco del océano que te impregna el alma de tanta energía, de tan poéticos y amplios pensamientos; miraba la inmensidad, el espacio, el infinito, y mi alma se perdía ante este horizonte sin límites&lt;br /&gt;¡Oh!, pero no es allí donde se encuentra el horizonte sin límites, el inmenso abismo. ¡Oh!, no, un abismo mucho mayor y más profundo se abrió ante mí. Este abismo no es tempestuoso; si hubiera en él una tempestad, estaría lleno -¡y está vacío!&lt;br /&gt;Yo era alegre y risueño, amaba la vida y a mi madre. ¡Pobre madre!&lt;br /&gt;Aún recuerdo mis pequeños regocijos al ver a los caballos corriendo por el camino, al ver el vahó de su aliento, y el sudor inundando sus atelajes; me gustaba el trote monótono y cadenciado que hace oscilar las ballestas; y luego, cuando se paraban, todo enmudecía en los campos. Se veía salir el vaho de sus ollares, el carruaje sacudido quedaba fijado sobre sus ballestas, el viento silbaba contra los cristales; y era todo...&lt;br /&gt;¡Oh!, cómo abría también los ojos ante la multitud vestida de fiesta, alegre, tumultuosa, gritona, mar de hombres borrascosa, más colérica aún que la tempestad y más necia que su furia.&lt;br /&gt;Me gustaban los carros, los caballos, los ejércitos, los trajes de guerra, los redoblantes tambores, el ruido, la pólvora, y los cañones rodando sobre el adoquinado de las ciudades.&lt;br /&gt;De niño, amaba lo que se ve; adolescente, lo que se siente; como hombre, ya no amo nada.&lt;br /&gt;Y, sin embargo, ¡cuántas cosas tengo en el alma, cuántas fuerzas intimas y cuántos océanos de cólera y amores entrecruzan, estallan en este corazón tan frágil, tan débil, tan hundido, tan hastiado, tan agotado!&lt;br /&gt;¡Me dicen que vuelva a la vida, que me mezcle con la multitud!... ¿Y cómo puede dar frutos la rama desgajada?, ¿cómo puede reverdecer la rama que ha sido arrancada por el viento y arrastrada por el polvo? Y ¿por qué tanta amargura siendo tan joven? ¿Qué sé yo? Tal vez era mi destino vivir así, cansado antes de haber llevado la carga, jadeante antes de haber corrido...&lt;br /&gt;He leído, he trabajado en el ardor del entusiasmo, he escrito. ¡Oh!, ¡qué feliz era entonces!, ¡cuan alto ascendía mi pensamiento en su delirio, a estas regiones que los hombres desconocen, donde no hay mundos, ni planetas, ni soles! Poseía un infinito más inmenso, si es posible, que el infinito de Dios, donde la poesía se mecía y desplegaba sus alas en una atmósfera de amor y de éxtasis; y luego era preciso descender de estas regiones sublimes a las palabras. ¿Y cómo transcribir en palabras esta armonía que se eleva en el corazón del poeta, y los pensamientos de gigante que hacen doblegar las frases, como una mano fuerte e hinchada hace reventar el guante que la cubre?&lt;br /&gt;De nuevo ahí, la decepción; ¡pues tocamos a tierra, a esta tierra de hielo, donde todo fuego muere, donde toda energía se debilita! ¿A través de qué peldaños descender de lo infinito a lo positivo?, ¿por medio de qué gradación la poesía se rebaja sin romperse?, ¿cómo empequeñecer este gigante que abraza el infinito?&lt;br /&gt;Entonces tenía momentos de tristeza y desesperación, sentía mi fuerza que me destrozaba y esta debilidad que me avergonzaba, pues la palabra no es más que un eco lejano y debilitado del pensamiento; maldecía mis sueños más queridos y mis horas silenciosas pasadas en el límite de la creación; sentía algo vacío e insaciable que me devoraba.&lt;br /&gt;Hastiado de la poesía, me lancé al campo de la meditación.&lt;br /&gt;Al principio me quedé prendado de este estudio imponente que el hombre se propone por objetivo, y que quiere explicárselo, yendo hasta disecar las hipótesis y a discutir sobre las suposiciones más abstractas y a ponderar geométricamente las palabras más vacías.&lt;br /&gt;El hombre, grano de arena arrojado al infinito por una mano desconocida, pobre insecto de débiles patas que, al borde del abismo, quiere agarrarse a todas las ramas, que se apega a la virtud, al amor, al egoísmo, a la ambición, y que hace virtudes de todo ello para sostenerse mejor, que se aferra a Dios, y que se debilita todos los días, afloja las manos y cae.&lt;br /&gt;Hombre que quiere comprender lo que no existe, y hacer una ciencia de la nada; hombre, alma hecha a imagen de Dios, y cuyo genio sublime se detiene ante una brizna de hierba y no puede resolver el problema de una mota de polvo.&lt;br /&gt;Y el hastío me invadió; acabé dudando de todo. Joven, era viejo; mi corazón tenía arrugas, y al ver viejos aún vivos, llenos de entusiasmo y de creencias, me reía amargamente de mí mismo, tan joven, tan desengañado de la vida, del amor, de la gloria, de Dios, de todo lo que existe, de todo lo que puede existir.&lt;br /&gt;Tuve, no obstante, un horror natural antes de abrazar esta fe en la nada; al borde del abismo, cerré los ojos; -caí.&lt;br /&gt;Me alegré, ya no podía padecer otra caída. Estaba frío y apacible como la losa de una tumba. Creía encontrar la felicidad en la duda; ¡cuan insensato era! A causa de ella, uno se desliza en un vacío inconmensurable. Este vacío es inmenso y eriza los cabellos de horror cuando alguien se aproxima al borde.&lt;br /&gt;De la duda de Dios desemboqué en la duda de la virtud, frágil idea que cada siglo ha erigido como ha podido sobre el andamio de las leyes, más vacilante aún.&lt;br /&gt;Más tarde les contaré todas las fases de esta vida taciturna y meditabunda, pasada junto al fuego, de brazos cruzados, con un eterno bostezo de fastidio, solo durante el día entero, y dirigiendo de vez en cuando mis miradas hacia la nieve de los tejados vecinos, hacia la puesta de sol con sus rayos de luz pálida, al pavimento de mi habitación o hacia una calavera amarilla, desdentada, y gesticulando sin cesar, encima de mi chimenea -símbolo de la vida y, como ella, fría y escarnecedora.&lt;br /&gt;Quizás más adelante leas todas las angustias de este corazón tan abatido, tan lastimado de amargura. Sabrás las venturas de esta vida tan apacible y tan trivial, tan repleta de sentimientos, tan vacía de hechos.&lt;br /&gt;Y, seguidamente, me dirás si no es todo irrisión y una broma, si todo lo que se canta en las escuelas, lo que se expresa en los libros, todo lo que te ve, se oye, se dice, si todo lo que existe...&lt;br /&gt;No termino de tanto que me amarga decirlo. ¡Bueno!, sí, por último, ¡todo ello no es piedad, humo, nada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui al colegio a partir de los diez años, y tempranamente adquirí una profunda aversión hacia los hombres. Esta sociedad de niños es tan cruel para sus víctimas como la otra pequeña sociedad, la de los hombres.&lt;br /&gt;Igual injusticia de la multitud, igual tiranía de los prejuicios y de la fuerza, igual egoísmo, pese a lo que se haya dicho acerca del desinterés y la fidelidad de la juventud. ¡Juventud!, edad de locura y de sueños, de poesía y de estupidez, sinónimos en la boca de personas que juzgan el mundo sanamente. Me ofendieron por todos mis gustos; en la clase, por mis ideas; en los recreos, por mis inclinaciones de salvajismo solitario. Desde entonces, fui un loco.&lt;br /&gt;Allí lo pasé pues solo y aburrido, atormentado por mis maestros y burlado por mis compañeros. Mi humor era burlón, e independiente, y mi mordaz y cínica ironía no respetaba menos el capricho de uno solo que el despotismo de todos.&lt;br /&gt;Aún me veo, sentado en los bancos de la clase, absorbido en mis sueños sobre el futuro, pensando en lo más sublime que la imaginación de un niño puede soñar, mientras el pedagogo se burlaba de mis versos latinos, mientras mis compañeros me miraban mofándose. ¡Qué imbéciles!, ¡ellos, reírse de mí!, ellos, tan débiles, tan vulgares, con un cerebro tan estrecho; de mí, cuyo espíritu se ahogaba en los límites de la creación, que me hallaba perdido en todos los mundos de la poesía, que me sentía superior a todos ellos, que recibía goces infinitos y que tenía éxtasis celestes ante todas las revelaciones íntimas de mi alma.&lt;br /&gt;Yo, que me sentía tan grande como el mundo y que uno solo de mis pensamientos, si hubiera sido de fuego como el relámpago, habría podido reducirme a cenizas, ¡pobre loco!&lt;br /&gt;Me veía joven, con veinte años, rodeado de gloria; soñaba en lejanos viajes a las regiones del Sur; veía el Oriente y sus inmensos desiertos, sus palacios que pisan los camellos con sus campanillas de bronce; veía las yeguas brincando hacia el horizonte rojizo a causa del sol; veía olas azules, un cielo puro, una arena plateada; sentía el perfume de esos océanos tibios del Midi; y luego, junto a mí, bajo una tienda, a la sombra de un áloe de anchas hojas, alguna mujer de piel bronceada, con la mirada ardiente, que me rodeaba con sus dos brazos y me hablaba la lengua de las huríes.&lt;br /&gt;El sol se hundía en la arena, los camellos y los jumentos dormían, el insecto zumbaba en sus ubres, el viento del atardecer pasaba junto a nosotros.&lt;br /&gt;Y, una vez llegada la noche, cuando esta luna plateada arrojaba sus pálidas miradas sobre el desierto, las estrellas brillaban en el cielo sereno, entonces, en el silencio de esta noche cálida y perfumada, soñaba en goces infinitos, voluptuosidades que pertenecen al cielo.&lt;br /&gt;Y seguía siendo la gloria, con sus palmadas, con sus fanfarrias hacia el cielo, sus laureles, su polvareda de oro arrojada a los vientos; era un teatro brillante con sus mujeres aderezadas, diamantes refulgentes, un aire pesado, pechos palpitantes; luego un recogimiento religioso, palabras devoradoras como un incendio, llantos, risas, sollozos, la ebriedad de la gloria, gritos de entusiasmo, el pataleo de la multitud, ¡qué! —vanidad, ruido, nada.&lt;br /&gt;Cuando niño soñaba en el amor; de joven, en la gloria; y hombre, en la tumba, —ese último amor de los que ya no tienen ninguno.&lt;br /&gt;También percibía la antigüedad de los siglos pasados y de las razas enterradas bajo la hierba; veía la banda de peregrinos y de guerreros andando hacia el calvario, deteniéndose en el desierto, muriendo de hambre, implorando a ese Dios que iban a buscar, y, fatigada de sus blasfemias, andando siempre hacia este horizonte sin límites; después, cansada, sin aliento, llegando al final de su viaje, desesperada y vieja, para abrazar algunas piedras amigas, homenaje del mundo entero.&lt;br /&gt;Veía a los caballeros cabalgando sobre los caballos con armaduras de hierro al igual que ellos; y los lanzazos en los torneos; y el puente de madera descendiendo para recibir al señor feudal que vuelve con mi espada enrojecida y algunos cautivos sobre la grupa de sus caballos; la misma noche, en la oscura catedral, toda la nave adornada con una guirnalda de pueblos que ascienden hacia la bóveda, en los vitrales, y. en la noche de Navidad, toda la vieja ciudad, con sus tejados puntiagudos cubiertos de nieve, iluminándose y cantando.&lt;br /&gt;Pero era Roma lo que me gustaba, la Roma imperial, esta bella reina revolcándose en la orgía, ensuciando sus nobles vestiduras con el vino del desenfreno, más orgullosa de sus vicios que de sus virtudes. ¡Nerón! Nerón con sus carros de diamante volando en la arena, con sus mil carruajes, sus amores de tigre y sus festines de gigante.&lt;br /&gt;Lejos de las clásicas lecciones, Roma, me transportaba a tus inmensas voluptuosidades, tus iluminaciones sangrientas, tus diversiones abrasadoras.&lt;br /&gt;Y, mecido en estas vagas ensoñaciones, estos sueños en el futuro, arrebatado por este pensamiento aventurero escapado como una yegua desbocada, que atraviesa los torrentes, escala los montes y vuela en el espacio, permanecía horas enteras, con la cabeza entre las manos, mirando el suelo de mi sala de estudio, o una araña proyectando su tela sobre la tarima de nuestro maestro. Y cuando me despertaba, con la mirada estupefacta, se reían de mí, el más perezoso de todos, que nunca tendría una idea positiva, que no mostraba inclinación por alguna profesión, que sería inútil en este mundo donde se necesita  que cada uno tome su parte del pastel, y que en fin nunca sería bueno para nada, —todo lo más para hacer de él un bufón, un exhibidor de animales, o un hacedor de libros.&lt;br /&gt;(Aunque de una salud excelente, mi tipo de carácter, perpetuamente ofendido por la existencia que llevaba y por el contacto de los demás, había ocasionado en mí una irritación nerviosa que me hacía vehemente y exaltado, como el toro enfermo por la picadura de los insectos. Tenía sueños, pesadillas horribles.)&lt;br /&gt;¡Oh!... ¡Qué época tan triste y tediosa! Aún me veo errante, solo por los largos corredores blanquecinos de mi colegio, mirando cómo desplegaban el vuelo de las cúpulas de la iglesia los búhos y las cornejas, o bien tendido en estos lóbregos dormitorios iluminados por la lámpara, cuyo aceite se helaba. Durante las noches, escuchaba largo rato el viento que soplaba lúgubremente en los espaciosos cuartos vacíos, y que silbaba en las cerraduras haciendo temblar los cristales en sus marcos; oía el paso del celador de ronda que andaba lentamente con su linterna, y, cuando pasaba junto a mí, simulaba estar dormido y en efecto me dormía, medio en sueños, medio en llantos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía visiones espantosas, para volverse loco de terror. Estaba acostado en la casa de mi padre; todos los muebles se hallaban conservados, pero todo lo que me rodeaba, sin embargo, estaba impregnado de un tinte rojo. Era una noche de invierno y la nieve desprendía una luminosidad blanca en mi habitación. De pronto, la nieve se fundió y las hierbas y los árboles adquirieron un tinte rosa y quemado, como si un incendio hubiera iluminado mis ventanas; oí ruidos de pasos, subían la escalera; un aire caliente, un vapor fétido ascendió hasta mí. Mi puerta se abrió por sí sola, entraron. Eran muchos, tal vez siete u ocho, no tuve tiempo de contarlos. Había pequeños y grandes, cubiertos con barbas negras y rudas, sin armas, pero todos sujetaban una hoja de acero entre los dientes, y como se acercaron en círculo alrededor de mi, sus dientes se pusieron a crujir y fue horrible.&lt;br /&gt;Separaron mis cortinas blancas, y cada dedo dejaba una huella de sangre; me miraron con grandes ojos fijos y sin párpados; también yo los miraba, no podía hacer ningún movimiento, quise gritar.&lt;br /&gt;Entonces me pareció que la casa se desprendía de sus fundamentos, como si la hubiera levantado una palanca.&lt;br /&gt;Me miraron así largo rato, luego se separaron, y vi que todos tenían un lado de la cara sin piel y que sangraba lentamente. Me quitaron toda la ropa, y toda estaba ensangrentada. Se pusieron a comer, y el pan que despedazaron rezumaba sangre que caía gota a gota; y se pusieron a reír como el estertor de un moribundo.&lt;br /&gt;Luego, cuando desaparecieron, todo lo que habían tocado, los artesonados, la escalera, el suelo, todo estaba de color rojo debido a ellos.&lt;br /&gt;Tenía un sabor amargo en el corazón, me pareció que había comido carne, y oí un grito prolongado, ronco, agudo, y las ventanas y las puertas se abrieron lentamente, y el viento las hacía golpear y gritar, como una canción extraña de la que cada silbido me desgarraba el pecho como un estilete.&lt;br /&gt;En otra ocasión, estaba en un campo verde y ornado con flores, a lo largo de un río; mi madre andaba junto a mí por el lado de la orilla; cayó. Vi cómo burbujeaba el agua, cómo se agrandaba y desaparecían los círculos de repente. El agua volvió a retomar su curso, y luego ya no oí más que el ruido del agua que pasaba por entre los juncos y curvaba las cañas.&lt;br /&gt;De pronto, mi madre me llamó: “¡Socorro!... ¡socorro!, ¡ay, pobre hijo mío, socorro!, ¡auxilio!”&lt;br /&gt;Me tendí boca abajo sobre la hierba para mirar, no vi nada; los gritos continuaban.&lt;br /&gt;Una fuerza invencible me pegaba a la tierra, y oía los gritos: “¡Me ahogo!, ¡me ahogo!, ¡auxilio!”&lt;br /&gt;El agua se deslizaba, se deslizaba límpida, y esta voz que oía desde el fondo del río me llenaba de desesperación y de rabia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así es cómo era, soñador, despreocupado, con el humor independiente y escarnecedor, forjándose un destino y soñando en toda la poesía de una existencia llena de amor, viviendo también de mis recuerdos, tantos como pueden tenerse a los dieciséis años.&lt;br /&gt;El colegio me resultaba antipático. Sería un estudio curioso esa profunda aversión manifestada al instante por el contacto y la fricción entre los hombres. Nunca me ha gustado una vida reglamentada, con un horario fijo, una existencia cronometrada, donde es preciso que el pensamiento se detenga a toque de campana, donde todo se remonta de antemano a siglos y generaciones. Esta regularidad, sin duda, puede convenir a la mayoría, pero para el pobre niño que se nutre de poesía, de sueño y quimeras, que piensa en el amor y en todas las sandeces, supone despertarlo incesantemente de este sueño sublime, supone no dejarle un momento de reposo, supone asfixiarlo devolviéndolo a nuestra atmósfera de materialismo y sentido común, por la que siente horror y aversión.&lt;br /&gt;Andaba solo, con un libro de versos, una novela, poesía, cualquier cosa que hiciera estremecer a este corazón de hombre joven, virgen de sensaciones y tan descoso de experimentar.&lt;br /&gt;Recuerdo con qué voluptuosidad devoraba entonces las páginas de Byron y de Werther; con qué transporte leí Hamlet, Romeo, y las obras más candentes de nuestra época, en fin todas esas obras que funden el alma en delicias o la hacen arder de entusiasmo.&lt;br /&gt;Me alimenté, en consecuencia, de esta poesía áspera del Norte, que resuena tan bien como las olas del mar, en las obras de Byron. A menudo, a la primera lectura retenía fragmentos enteros, y me los repetía a mí mismo, como una canción que les ha encantado y cuya melodía los persigue siempre.&lt;br /&gt;Cuántas veces no he dicho al principio del “Giaour”: Ni una gota de aire, o bien en “Childe-Harold”: Antaño en la antigua Albión, y: ¡Oh mar!, siempre te he amado. La insipidez de la traducción francesa desapareció ante los solos pensamientos, como si éstos hubieran tenido un estilo por sí mismos independientemente de las propias palabras.&lt;br /&gt;El carácter de esta pasión abrasadora, unido a una ironía tan profunda debía ejercer gran impacto sobre una naturaleza ardiente y virgen. Todos estos ecos desconocidos en la suntuosa dignidad de las literaturas clásicas tenían para mí un perfume de novedad, un incentivo que me atraía sin cesar hacia esta poesía gigantesca que da el vértigo y nos hace caer en el abismo sin fondo del infinito.&lt;br /&gt;Me había deformado el gusto y el corazón, como decían mis profesores, y entre tantos seres con inclinaciones innobles, mi independencia de espíritu me había hecho considerar el más depravado de todos; era degradado al rango más bajo por la propia superioridad. Apenas me concedían la imaginación, es decir, según ellos, una exaltación del cerebro próxima a la locura.&lt;br /&gt;He ahí cuál fue mi ingreso en la sociedad, y la estima que me atraje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si calumniaban mi carácter y mis principios, no atacaban mi corazón, pues en aquel entonces era bueno, y las miserias ajenas me hacían derramar lágrimas.&lt;br /&gt;Recuerdo que de niño, me gustaba vaciar mis bolsillos en los de un pobre. ¡Con qué sonrisa acogían mi paso y qué placer tenía yo también en hacerles un bien!&lt;br /&gt;Es una voluptuosidad, que ignoro desde hace tiempo pues ahora tengo el corazón endurecido, las lágrimas se han secado. Pero, ¡malditos los hombres que me han vuelto corrupto y malo, con lo bueno y puro que era! ¡Maldita esta aridez de la civilización que reseca y debilita todo lo que se eleva al sol de la poesía y del corazón! Esta vieja sociedad corrupta que lo ha echado todo a perder y lo ha consumido todo, ese viejo juez codicioso morirá de marasmo y de agotamiento sobre estos montones de escombros que llama sus tesoros, sin poeta para cantar su muerte, sin cura para cerrarle los ojos, sin oro para su mausoleo, ya que lo habrá derrochado todo para sus vicios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuándo pues tendrá fin esta sociedad degradada por todos los desenfrenos espirituales, corporales y anímicos?&lt;br /&gt;Entonces, sin duda reinará una alegría sobre la tierra, cuando muera este vampiro mentiroso e hipócrita al que llaman civilización; se abandonará la capa real, el cetro, los diamantes, el palacio que se derrumba, la ciudad que cae, para ir al encuentro de la yegua y de la loba.&lt;br /&gt;Tras haber pasado su vida en los palacios y haber desgastado sus pies sobre el adoquinado de las grandes ciudades, el hombre irá a morir en los bosques.&lt;br /&gt;La tierra se secará a causa de los incendios que la secaron, y estará cubierta por la polvareda de los combates; el soplo de desolación que pasó sobre los hombres, paso también sobre ella, y no dará más que frutos amargos y con espinas, y las razas se extinguirán en la cuna, como las plantas azotadas por los vientos muertas sin haber florecido.&lt;br /&gt;En efecto, será preciso que todo acabe y que la tierra se consuma a fuerza de ser pisada; pues la inmensidad finalmente debe estar harta de este grano de polvo que hace tanto ruido y turba la majestad de la nada. Será preciso que el oro se agote a fuerza de pasar de mano en mano y de corromper; será preciso que este vapor de sangre se apacigüe; que el palacio se derrumbe bajo el peso de las riquezas que oculta, que la orgía termine y que uno se despierte.&lt;br /&gt;Entonces, se producirá una inmensa risa de desesperación, cuando los hombres vean este vacío, cuando se deba abandonar la vida por la muerte, por la muerte que come, que siempre está hambrienta. Y todo crujirá para derrumbarse en la nada, y el hombre virtuoso maldecirá su virtud y su vicio aplaudirá.&lt;br /&gt;Algunos hombres todavía errantes en una tierra árida se llamarán mutuamente; irán al encuentro unos de otros, y retrocederán de espanto, horrorizados de sí mismos, y morirán. ¿Qué será entonces el hombre, él que ya es más feroz que las bestias salvajes y más vil que los reptiles? ¡Adiós para siempre, carros deslumbrantes, fanfarrias y reputaciones; adiós al mundo, a estos palacios, a estos mausoleos, a las voluptuosidades del crimen, y a los goces de la corrupción! La piedra caerá de pronto derribada por sí sola, y la hierba crecerá debajo. Y los palacios, los templos, las pirámides, las columnas, mausoleo del rey, tumba del pobre, cadáver del perro, todo esto se hallará a la misma altura, bajo el pasto de la tierra.&lt;br /&gt;Entonces, el mar sin diques se romperá calmado en las orillas e ira a bañar sus olas sobre la ceniza de las ciudades humeantes aún, los árboles crecerán, verdecerán, sin una mano para cortarlos y destruirlos; los ríos fluirán en prados ornados, la naturaleza será libre, sin hombre para violentarla, y esta raza se extinguirá pues era maldita desde la infancia.&lt;br /&gt;¡Triste y asombrosa época la nuestra! ¿Hacia qué océanos corre este torrente de iniquidades? ¿Adonde vamos en una noche tan profunda? Los que quieren palpar este mundo enfermo se retiran rápidamente, horrorizados por la corrupción que agita en sus entrañas.&lt;br /&gt;Cuando Roma se sintió agonizante, al menos tenía una esperanza, detrás del sudario entreveía la Cruz radiante, brillando sobre la eternidad. Esta religión ha durado dos mil años y he aquí que se agota, que no basta, y es objeto de burla; he ahí que sus iglesias se derriban, y sus cementerios llenos de muertos desbordan.&lt;br /&gt;Y nosotros, ¿qué religión tendremos? Ser tan viejos como somos, y andar todavía por el desierto como los hebreos que huían de Egipto.&lt;br /&gt;¿Dónde estará la Tierra prometida?&lt;br /&gt;Lo hemos probado todo y renegamos de todo sin esperanza. Y además una extraña avidez se ha apoderado de nuestra alma y de la humanidad, hay una inquietud inmensa que nos roe, hay un vacío en nuestra multitud; sentimos a nuestro alrededor un frío sepulcral.&lt;br /&gt;La humanidad se ha puesto a manejar máquinas, y viendo el oro que manaba de ellas, se ha exclamado “Es Dios”. Y ese Dios, ella se lo come. ¡Hay! Es que todo ha terminado, ¡adiós! ¡adiós!- dijo antes de morir. Cada uno se precipita allí donde le impulsa su instinto, el mundo hormiguea como los insectos sobre un cadáver, los poetas pasan sin tener tiempo para esculpir sus pensamientos, tan pronto como los arrojan sobre hojas, las hojas vuelan; todo brilla y todo resuena en esta mascarada, bajo sus realezas de un día y sus cetros de cartón; el oro circula, el vino mana, el desenfreno frío levanta su vestido y remueve... ¡horror!, ¡horror!&lt;br /&gt;Y luego, sobre todo ello hay un velo del que cada uno coge su parte y se oculta lo más que puede. ¡Irrisión! ¡Horror! ¡Horror!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay días que me invade un cansancio inmenso y allí donde voy me envuelve un aburrimiento sombrío como una mortaja; sus pliegues me enredan y me molestan, la vida me pesa como un remordimiento. ¡Tan joven y tan cansado de todo, y cuando los hay viejos y todavía llenos de entusiasmo! ¡Y yo estoy tan abatido tan desencantado! ¿Qué hacer? ¿Mirar por la noche la luna que arroja sobre mis artesonados sus rayos temblorosos como un gran follaje, y, durante el día, el sol dorando los tejados vecinos? ¿Esto es vivir? No, es la muerte, sin el reposo del sepulcro.&lt;br /&gt;Y yo tengo pequeñas alegrías para mí solo, reminiscencias infantiles que siguen reconfortándome en mi aislamiento como reflejos de sol poniente a través de los barrotes de una cárcel: nada, la menor circunstancia, un día lluvioso, un sol radiante, una flor, un mueble viejo, me evocan una serie de recuerdos que pasan todos confusos, borrosos como sombras. Juegos de niños sobre la hierba entre margaritas en los prados, detrás de la encina florida, a lo largo de la viña con los racimos dorados, sobre el musgo oscuro y verde, bajo las anchas hojas, las frescas sombras; evocaciones tranquilas y risueñas, como un recuerdo de la infancia, pasáis junto a mí como rosas marchitas.&lt;br /&gt;¡La juventud, sus fervientes transportes, sus instintos confusos del mundo y del corazón, sus palpitaciones de amor, sus lágrimas, sus gritos! Amores del hombre joven, ironías de la edad madura. ¡Ay!, a menudo volvéis con vuestros colores oscuros o tiernos, huyendo empujadas las unas por las otras, como las sombras que pasan corriendo sobre los muros en las noches invernales. Y yo me sumo frecuentemente en éxtasis ante el recuerdo de cierto buen día pasado hace mucho tiempo, día enloquecedor y alegre con estallidos y risas que aún vibran en mis oídos, y que aún palpitan de alegría, y que me hacen sonreír de amargura. Se trataba de cierta carrera con un caballo saltarín y cubierto de espuma, cierto paseo muy ensoñador bajo una amplia  avenida cubierta de sombra, mirando el agua deslizándose por entre los guijarros; o la contemplación de un bello sol resplandeciente, con sus haces de fuego y sus aureolas rojas. Y todavía oigo el galope del caballo, sus ollares humeantes; oigo el agua que fluye, la hoja que tiembla, el viento que curva las espigas como un mar.&lt;br /&gt;Otros son taciturnos y fríos como días lluviosos; recuerdos amargos y crueles que también vuelven; horas de calvario pasadas llorando sin esperanza, y luego riendo forzosamente para expulsar las lágrimas que ocultan los ojos, los sollozos que ocultan la voz.&lt;br /&gt;¡He permanecido durante muchos días, muchos años, sentado sin pensar en nada, o en todo, sumergido en el infinito que yo quería abrazar y que me devoraba!&lt;br /&gt;Oía caer la lluvia en los desaguaderos, sonar las campanas llorando; veía el sol poniéndose lentamente y la noche avecinándose, la noche sosegante que los apacigua, y luego el día reaparecía, siempre igual, con sus hastíos, su mismo número de horas para vivir, y que yo veía morir con alegría.&lt;br /&gt;Soñaba en el mar, los viajes lejanos, los amores, los triunfos, todas ellas cosas abortadas en mi existencia —cadáver antes de haber vivido.&lt;br /&gt;¡Ay de mí! ¿Nada de todo eso estaba pues hecho para mí? No envidio a los demás, ya que cada uno se lamenta del fardo cuya fatalidad le abruma; los unos lo echan antes de que la existencia termine, otros lo llevan hasta el final. Y yo, ¿lo llevaré?&lt;br /&gt;Apenas vi la vida, una inmensa aversión nació en mi alma; he llevado todos los frutos a mi boca, me han parecido amargos, los he despreciado y he ahí que me muero de hambre. ¡Morir tan joven, sin esperanza en la tumba, sin estar seguro de quedarse dormido, sin saber si su paz es inviolable! ¡Echarse en los brazos de la nada y dudar  si los recibirá!&lt;br /&gt;Sí, me muero, ¿acaso es vivir ver su pasado como el agua fundida con el mar, el presente como una jaula, el futuro como un sudario?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay cosas insignificantes que me han sorprendido enormemente y que siempre conservaré como la marca de un hierro candente, aunque sean triviales y tontas.&lt;br /&gt;Nunca olvidaré una especie de castillo no lejos de mi ciudad, y que íbamos a ver a menudo. En él habitaba una de estas viejas mujeres del siglo pasado. En su casa todo había conservado el recuerdo pastoril; aún veo los retratos empolvados, los trajes azul cielo de lo hombres, y las rosas y los claveles arrojados sobre los artesonados con pastoras y rebaños. Todo tenía un aspecto viejo y sombrío; los muebles, casi todos de seda bordada, eran espaciosos y cómodos; la casa era vieja; antiguas fosas, entonces plantadas de manzanos, la rodeaban, y las piedras que se desprendían de vez en cuando de las antiguas almenas iban a rodar hasta el fondo.&lt;br /&gt;No lejos estaba el parque, de grandes árboles, con alamedas sombrías, bancos de piedra cubiertos de musgo, medio derribados, entre los ramajes y las zarzas. Había una cabra paciendo, y cuando se abría la verja de hierro, se escapaba por entre el follaje.&lt;br /&gt;Los días de buen tiempo, pasaban algunos rayos de sol a través de las ramas y doraban el musgo, aquí, y allá. Era triste, el viento se infiltraba en estas anchas chimeneas de ladrillos y me daba miedo, por la noche sobre todo, cuando los búhos lanzaban sus gritos en los espaciosos graneros.&lt;br /&gt;A menudo, prolongábamos nuestras visitas hasta bastante tarde en la noche, reunidos alrededor de la vieja hostelera, en una gran sala revestida de losas blancas junto a una amplia chimenea de mármol. Aún veo su tabaquera de oro provista del mejor tabaco de España, su pequeño perro con largos pelos blancos y su bonita patita, envuelta en un hermoso zapato de tacón alto adornado con una rosa negra. ¡Cuánto tiempo hace de todo esto! La hostelera ha muerto, sus perritos también, su tabaquera se encuentra en el bolsillo del notario; el castillo sirve de fábrica, y el pobre zapato ha sido arrojado al río.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Tras tres semanas de interrupción)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; ...Estoy tan hastiado que siento una profunda desgana por continuar, tras haber releído lo que precede. ¿Pueden divertir al público las obras de un hombre aburrido? Sin embargo, voy a esforzarme en recrear más a uno y otro.&lt;br /&gt;Aquí empiezan verdaderamente las Memorias...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí están mis más tiernos y a la vez más penosos recuerdos, y los abordó con una devoción completamente religiosa. Se hallan vivos en mi memoria y casi calientes aún para mi alma, de tanto que la ha hecho sangrar esta pasión. Es una gran cicatriz en el corazón que durará siempre, pero en el momento de narrar esta pagina de mi vida, mi corazón palpita como si  fuera a remover ruinas queridas.&lt;br /&gt;Ya son viejas estas ruinas; al andar en la vida el horizonte ha desaparecido por detrás, y ¡cuántas cosas desde entonces!, pues los días parecen largos uno a uno, desde la mañana hasta la noche, pero el pasado parece rápido, por lo mucho que el olvido empequeñece el marco que lo ha contenido.&lt;br /&gt;Para mí, todo parece estar ocurriendo aún. Oigo y veo el temblor de las hojas, veo hasta el menor pliegue de su vestido; oigo el timbre de su voz, como si un ángel cantara junto a mí —voz dulce y pura, que nos exalta y que nos hace morir de amor, voz que tiene un cuerpo, tan bella es, y que seduce como si hubiera un hechizo en sus palabras.&lt;br /&gt;Decirte el año preciso me sería imposible; pero entonces era muy joven, tenía, creo, quince años; este año fuimos a los baños de mar de..., pueblo de Picardía, encantador con sus casas hacinadas unas sobre otras, negras, grises, rojas, blancas, expuestas a los cuatro vientos, sin alineamiento y sin simetría, como un montón de conchas y de guijarros que la marea ha arrojado sobre la costa.&lt;br /&gt;Hace unos años, nadie venía aquí, pese a que su playa tenga una longitud de media legua y una ubicación envidiable; pero, desde hace poco, ha vuelto a ponerse en boga. La última vez que estuve, vi cantidad de guantes amarillos y de libreas; incluso se proponía construir una sala de espectáculos.&lt;br /&gt;Entonces todo era simple y salvaje; apenas había sino artistas y gente del país. La orilla estaba desierta y, con la marea baja, se veía una playa inmensa con una arena gris y plateada que resplandecía al sol, completamente húmeda aún por las olas. A la izquierda, había unas rocas contra las que el mar golpeaba perezosamente, en sus días de sueño, sus superficies ennegrecidas de algas; luego, a lo lejos, el océano azul bajo un sol ardiente, y mugiendo sordamente como un gigante que llora.&lt;br /&gt;Y de regreso al pueblo, se hallaba el espectáculo más pintoresco y más animado. Redes negras y corroídas por el agua en los umbrales de las puertas, los niños corriendo medio desnudos sobre guijarros grises -el único pavimento del lugar-, marinos con sus trajes rojos y azules; y todo ello simple en su gracia, ingenuo y fuerte, todo eso impregnado de un carácter de vigor y de energía.&lt;br /&gt;A menudo iba solo a pasearme por la playa. Un día el azar me condujo hacia el lugar en el que ella se bañaba. Era una playa, no lejos de las últimas casas del pueblo, frecuentada más especialmente para este uso; hombres y mujeres nadaban juntos, se desvestían en la orilla o en su casa, y dejaban su capa sobre la arena.&lt;br /&gt;Ese día, había quedado una encantadora pelliza roja a rayas negras en la orilla. La marea ascendía, el borde estaba festoneado de espuma; una ola más impetuosa ya había mojado las franjas de seda de esta capa. La saqué para colocarla en un sitio más alejado; la tela era suave y ligera, se trataba de un capuchón.&lt;br /&gt;Aparentemente me habían visto, pues el mismo día durante el almuerzo, y como todo el mundo comía en una sala común en la hospedería donde nos hallábamos alojados, oí a alguien que me decía:&lt;br /&gt;—Señor, le agradezco su galantería.&lt;br /&gt;Me giré; era una joven mujer sentada con su marido en la mesa de al lado.&lt;br /&gt;-¿Cómo? -le dije yo inquieto&lt;br /&gt;-Por haber recogido mi capa; ¿no ha sido usted?&lt;br /&gt;-Sí, señora -proseguí perplejo.&lt;br /&gt;Me miró. Yo bajé los ojos y enrojecí. ¡Qué mirada, en efecto!, ¡qué bella era aquella mujer! Aún veo aquella pupila ardiente bajo una ceja negra fijándose en mí como un sol.&lt;br /&gt;Era grande, morena, con magníficos cabellos negros que le caían en trenzas sobre los hombros; tenía nariz griega, ojos abrasadores, cejas altas y admirablemente arqueadas, su piel era ardiente y como aterciopelada con oro; era delgada y fina, se veían venas de azur serpenteando sobre aquella garganta morena y púrpura. Añadirle una pelusilla masculina y enérgica capaz de hacer palidecer las bellezas rubias. Se le habría podido reprochar excesiva robustez o más bien una negligencia artística. Por lo demás, las mujeres en general la encontraban de mal tono. Hablaba lentamente, tenía una voz modulada, musical y dulce...&lt;br /&gt;Llevaba un vestido fino, de muselina blanca, que dejaba al descubierto los contornos suaves de su brazo.&lt;br /&gt;Cuando se levantó para salir, se puso una capota con un solo nudo rosa; la ató con una mano fina y rolliza, una de esas manos con las que se sueña mucho tiempo y que se abrasaría a besos.&lt;br /&gt;Cada mañana iba a verla mientras se bañaba; la contemplaba de lejos bajo el agua, envidiaba la ola suave y apacible que golpeaba sus costados y cubría de espuma este pecho palpitante, veía el contorno de sus miembros bajo los vestidos mojados que la cubrían, veía cómo latía su corazón, cómo se hinchaba su pecho; contemplaba maquinalmente su pie posándose sobre la arena, y mi mirada permanecía fija sobre la huella de sus pasos, y casi habría llorado al ver cómo el oleaje los borraba lentamente.&lt;br /&gt;Y luego, cuando volvía y pasaba junto a mí y yo oía el agua chorreando de sus vestidos y el roce de su andar, mi corazón latía con violencia; entornaba los ojos, la sangre se me subía a la cabeza, me sofocaba. Sentía este cuerpo de mujer medio desnudo pasando junto a mí con el perfume de las olas. Sordo y ciego, habría adivinado su presencia cuando pasaba así, pues en mí se producía algo íntimo y dulce, que se ahogaba en éxtasis y gratos pensamientos.&lt;br /&gt;Todavía creo ver el lugar donde me hallaba amarrado en la orilla; veo las olas acudiendo de todas partes, rompiéndose, extinguiéndose; veo la playa festoneada de espuma, oigo el ruido de las voces confusas de los bañistas hablando entre sí, oigo el ruido de sus pasos, oigo su aliento como cuando pasaba junto a mí.&lt;br /&gt;Yo estaba inmóvil de estupor, como si la Venus hubiera descendido de su pedestal y se hubiera puesto a andar. Lo que sucedía es que, por primera vez entonces, sentía mi corazón, sentía algo místico, extraño, como un sentido nuevo. Estaba empapado de sentimientos infinitos, tiernos; era mecido por imágenes nebulosas, vagas; era más grande y a la vez más orgulloso.&lt;br /&gt;Amaba.&lt;br /&gt;¡Amar, sentirse joven y lleno de amor, sentir la naturaleza y sus armonías palpitando en uno mismo, tener necesidad de esta fantasía, de esta acción del corazón y sentirse dichoso de ello! ¡Ah!, ¡los primeros latidos del corazón del hombre, sus primeras palpitaciones de amor!, ¡qué dulces y extrañas son! Y más tarde, ¡cuan necias y tontamente ridículas parecen! ¡Asombroso! En este insomnio, la pena y la alegría son inseparables. ¿Sigue siendo por vanidad? ¡Ah!, ¿y si el amor no fuera más que orgullo? ¿Hay que negar lo que los más impíos respetan? ¿Habría que reírse del corazón?&lt;br /&gt;-¡Ay! ¡Ay!, las olas han borrado los pasos de María.&lt;br /&gt;Primero fue un estado singular de sorpresa y admiración, una sensación completamente mística en cierto modo, excluida de toda idea de voluptuosidad. No fue hasta más tarde cuando experimenté este ardor frenético y oscuro de la carne y del alma, y que devora a uno y otro.&lt;br /&gt;Me encontraba ante el extrañamiento del corazón que experimenta su primera pulsación. Me sentía como el primer hombre cuando hubo conocido todas sus facultades.&lt;br /&gt;En qué soñaba, seria casi imposible decirlo: me sentía nuevo y absolutamente ajeno a mí mismo; una voz me había llegado al alma. Nada, un pliegue de su vestido, una sonrisa, su pie, la menor palabra insignificante me impresionaban como cosas sobrenaturales, y tenía para soñar todo un día. Seguía su rastro en el ángulo de un largo muro, y el roce de sus vestidos me hacía palpitar de gozo. Cuando oía sus pasos, las noches que ella andaba o avanzaba hacia mí... No, no sabría decirles cuántas sensaciones dulces, ni qué ebriedad del corazón, de beatitud y de locura hay en el amor.&lt;br /&gt;Y ahora, pese a reírme tanto de todo, a hallarme tan amargamente persuadido de lo grotesco de la existencia, siento aún que el amor, este amor tal como lo soñé en el colegio sin conocerlo y que he experimentado más tarde, que me ha hecho llorar tanto y del que tanto me he reído, ¡hasta qué punto creo aún que debe ser a la vez la cosa más sublime de todas o la necedad más jocosa!&lt;br /&gt;¡Dos seres arrojados sobre la tierra por un azar, cualquier cosa, y que se encuentran, se aman, porque uno es mujer y el otro hombre! Helos allí sin aliento el uno por el otro, paseándose juntos por la noche y mojándose con el rocío, mirando la luz de la luna y pareciéndoles diáfana, admirando las estrellas, y diciendo en todos los tonos: te amo, me amas, me ama, nos amamos, y repitiéndolo entre suspiros, besos; y luego vuelven impulsados ambos por un ardor sin igual, pues esas dos almas tienen sus órganos violentamente excitados. ¡Y ahí los tienen, muy pronto grotescamente acoplados entre rugidos y suspiros recelosos uno y otro por reproducir a un imbécil sobre la tierra, un desdichado que los imitará! Contémplelos, más bestias en este momento que los perros y las moscas, desvaneciéndose, y ocultando precavidamente a los ojos de los hombres su goce solitario -pensando tal vez que la felicidad es un crimen y la voluptuosidad una vergüenza.&lt;br /&gt;Se me perdonará, supongo, no hablar del amor platónico, este amor exaltado como el de una estatua o de una catedral, que rechaza toda idea de celos y de posesión, y que debería hallarse entre los hombre» mutuamente, pero que rara vez he tenido ocasión de percibir. Amor sublime si existiera, pero que nada más es un sueño, como todo lo que es bello en este mundo.&lt;br /&gt;Me detengo aquí, pues el sarcasmo del anciano no debe marchitar la virginidad de los sentimientos del hombre joven; yo, lector, me habría indignado tanto como tú, si entonces alguien se me hubiera dirigido con un lenguaje muy cruel. Yo creía que una mujer era un ángel... ¡Oh!, ¡cuánta razón tuvo Moliere al compararla con un potaje!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María tenía un hijo; era una niña; la querían, la abrazaban, la colmaban de caricias y besos. ¡Cómo habría recogido uno solo de estos besos, semejantes a perlas, dados con profusión sobre la cabeza de esta niña en pañales!&lt;br /&gt;María la criaba ella misma, y un día la vi descubrir su escote y ofrecerle su seno.&lt;br /&gt;Tenía una garganta gruesa y redonda, de piel oscura y venas de azur que se hacían visibles bajo aquella carne ardiente. Nunca había visto a una mujer desnuda hasta entonces ¡Oh!, en qué éxtasis tan singular me sumió la vista de aquel seno; ¡cómo la devoré con los ojos, cuánto me hubiera gustado tocar solamente este pecho! Me parecía que, de haber puesto mis labios, mis dientes la habrían mordido de rabia; y mi corazón se fundía en delicias pensando en las voluptuosidades que procuraría aquel beso.&lt;br /&gt;¡Oh!, ¡cuánto tiempo he vuelto a ver a aquel escote palpitante, aquel largo cuello gracioso y aquella cabeza inclinada, con sus cabellos negros enrollados en papillotes, hacia esta niña que mamaba, y a la que ella mecía lentamente sobre sus rodillas, canturreando una melodía italiana!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardamos en entablar una intimidad mayor: digo tardamos, pues yo me habría expuesto mucho dirigiéndole una palabra, en el estado en que su vista me había sumido.&lt;br /&gt;Su marido procedía del medio entre el artista y el viajante de comercio; llevaba bigote; fumaba intrépidamente, era vivo, buen muchacho, amistoso; no despreciaba para nada la mesa, y una vez lo vi andar tres leguas para ir a buscar un melón a la ciudad más próxima; había venido en su silla de posta con su perro, su mujer, su hija y veinticinco botellas de vino del Rhin.&lt;br /&gt;En los baños de mar, en el campo o de viaje, uno se habla con mayor facilidad, uno desea conocerse; poca cosa basta para iniciar la conversación, la lluvia y el buen tiempo son más frecuentes que en cualquier otra parte; se protesta sobre la incomodidad de los alojamientos, sobre lo detestable de la comida de hospedería. Este último rasgo sobre todo es del mejor tono posible. “¡Oh!, ¡la ropa está sucia! ¡Está demasiado picante; está demasiado sazonado! ¡Ay!, ¡horror!, querida.”&lt;br /&gt;Si se va a pasear en grupo, se atribuye a quien más se extasía ante la belleza del paisaje. ¡Qué maravilloso es!, ¡qué maravilloso es el mar! Agreguen algunas palabras poéticas y enfáticas, dos o tres reflexiones filosóficas entreveradas con suspiros y aspiraciones nasales más o menos fuertes; si saben dibujar, saquen su álbum de cuero, o mejor aún, húndanse el gorro hasta los ojos, crucen de brazos y duérmanse para simular que piensan.&lt;br /&gt;Hay mujeres que he presentido cultivadas a un cuarto de hora lejos, únicamente por la manera en que miraban las olas.&lt;br /&gt;Deben quejarse de los hombres, comer poco y apasionaros por una rosa, admirar un prado y morirse de amor por el mar. ¡Ay!, entonces serán deliciosos, dirán: ¡Qué joven encantador!, ¡qué hermosa blusa lleva!, ¡qué finas botas calza!, ¡qué gracia!, ¡qué hermosa alma! Es una necesidad hablar de este instinto de ir en rebaño a cuya cabeza van los más osados, el que ha hecho en el origen las sociedades y que en nuestros días compone las reuniones.&lt;br /&gt;Sin duda, lo que nos hizo conversar por primera vez fue un motivo semejante. Era a primera hora de la tarde, hacía calor y el sol irradiaba en la sala, a pesar de los aleros. Algunos pintores, María, su marido y yo nos habíamos quedado tendidos en unas sillas fumando y bebiendo ponche.&lt;br /&gt;María fumaba, o por lo menos, si un resto de necedad femenina se lo impedía, le gustaba el olor a tabaco (¡monstruosidad!), ¡incluso me ofreció cigarrillos! Charlamos de literatura, tema inagotable con las mujeres; participé cuanto pude, hablé largamente, y con ardor; María y yo éramos perfectamente del mismo parecer en materia de arte. Nunca he oído a nadie sentirlo con mayor ingenuidad y menores pretensiones; ella utilizaba palabras simples y expresivas que resaltaban, y sobre todo con tanta negligencia y gracia, tanto abandono, tanta indolencia, que se hubiera dicho que cantaba.&lt;br /&gt;Una noche, su mando nos propuso una salida en barca. Como hacía el tiempo más bueno del mundo, aceptamos.&lt;br /&gt;XIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo describir con palabras estas cotas para las que no hay lenguaje, estas impresiones del corazón, estos misterios del alma que ella misma desconoce? ¿Cómo decirles todo lo que experimenté, todo lo que pensé, todo lo que gocé aquella velada?&lt;br /&gt;Era una hermosa noche de verano; hacia las nueve, subimos a la chalupa, colocaron los remos, partimos. El tiempo era apacible, la luna se reflejaba sobre la superficie indiferenciada del agua y la estela de la barca hacía vacilar su imagen sobre las olas. La marea empezó a subir y sentimos las primeras olas meciendo lentamente la chalupa. Todos estábamos callados. María se puso a hablar. No sé lo que dijo, me dejaba hechizar por el sonido de sus palabras tal como se dejaba mecer por el mar. Se hallaba junto a mí, sentía el contorno de su hombro y el contacto de su vestido; alzaba su mirada al cielo puro, estrellado, resplandeciente de diamantes y mirándose en las olas azules. Parecía un ángel, viéndola así, la cabeza erguida con esta mirada celeste.&lt;br /&gt;Yo estaba ebrio de amor, escuchaba a los dos remos levantándose cadenciosamente, a las olas golpeando los dos flancos de la barca; me dejaba afectar por todo ello, y escuchaba la voz de María dulce y vibrante.&lt;br /&gt;¿Acaso podré expresarles todas las melodías de su voz, todas las gracias de su sonrisa, todas las bellezas de su mirada? ¡Les contaré alguna vez que, esta noche llena del perfume del mar, con sus olas transparentes, su arena plateada por la luna, esta onda bella y apacible, este cielo resplandeciente, y además esta mujer junto a mí, era algo para hacer morir de amor! ¿Todos los goces de la tierra, todas sus voluptuosidades, lo que hay de más dulce, de más exaltante? Tenía todo el encanto de un sueño con todos los goces de la verdad. Me dejaba arrastrar por todas estas emociones, me anticipaba a ellas con una alegría insaciable, me exaltaba sin fundamento a causa de esta calma llena de voluptuosidades, de esta mirada de mujer, de esta voz; me sumergía en mi corazón y hallaba en él voluptuosidades infinitas. ¡Qué feliz me sentía!, felicidad del crepúsculo que cae en la noche, felicidad que pasa como la ola expirada, como la orilla...&lt;br /&gt;Regresamos, desembarcamos: Acompañé a María hasta su casa, no le dije una sola palabra, era tímido; la seguía, soñaba con ella, con el ruido de su andar y, cuando hubo entrado, miré largo rato el muro de su casa iluminado por los rayos de la luna; vi su luz brillando a través de los cristales, y la mirada de vez en cuando mientras volvía por la playa; luego, cuando esta luz desapareció: Duerme, me dije. Y luego, de pronto, me asaltó un pensamiento, pensamiento de rabia y de celos: ¡Oh! no, no duerme, y mi alma experimentó todas las torturas de un condenado. Pensé en su marido, en ese hombre vulgar y jovial, y se me aparecieron las imágenes más horrendas. Me asemejaba a estas personas a las que se hace morir de hambre dentro de jaulas y rodeadas de los platos más exquisitos.&lt;br /&gt;Estaba solo en la playa. Solo. Ella no pensaba en mí. Al mirar esta soledad inmensa ante mí y esta otra soledad, más terrible aún, me puse a llorar como un niño, pues no lejos de mí, a unos pasos, estaba ella, detrás de esos muros que yo devoraba con la mirada; allí estaba ella, bella y desnuda, con todas las voluptuosidades de la noche, todas las gracias del amor, todas las castidades del lumen. Este hombre sólo tenía que abrir los brazos y ella se echaba en ellos sin esfuerzos, sin demora, se acercaba a él. Se amaban, se abrazaban. Para él todos los goces, todas sus delicias para él; mi amor bajo sus pies; para él esta mujer toda entera, su cabeza, su garganta, sus senos, su cuerpo, su alma, sus sonrisas, sus dos brazos envolventes, sus palabras de amor; para él todo, para mi nada.&lt;br /&gt;Me puse a reír, pues los celos me inspiraron pensamientos obscenos y grotescos; entonces los mancillé a los dos. Acumulé sobre ellos las ridiculeces más amargas, y me esforcé en reírme de piedad por estas imágenes que me habían hecho llorar de envidia.&lt;br /&gt;La marea empezaba a descender, y de trecho en trecho se veían grandes espacios llenos de agua plateada por la luna, espacios de arena todavía mojada cubiertos de algas, aquí y allí algunas rocas a flor de agua o, alzándose más arriba, negras y blancas; hilillos formados y desgarrados por el mar, que se retiraba rugiendo.&lt;br /&gt;Hacía calor, me sofocaba. Volví a la habitación de mi hospedería con la intención de dormir. Seguía oyendo las olas a los lados del bote, oía cómo caía el remo, oía la voz de María que hablaba; tenía fuego en las venas, todo esto pasaba de nuevo ante mí, y el paseo del atardecer, y el de la noche por la orilla del mar; veía a María acostada, y me detenía allí, pues lo demás me hacía estremecer. Tenía lava en el alma; todo ello me fatigaba en exceso y, tendido de espaldas, miraba cómo se quemaba mi candela y cómo temblaba su disco en el techo; veía el sebo deslizándose alrededor del candelabro de cobre y la chispa negra alargándose en la llama, con un atontamiento estúpido.&lt;br /&gt;Finalmente amaneció y me dormí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XIV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuvimos que partir; nos separamos sin poder decirle adiós. Abandonó los baños el mismo día que nosotros. Era un domingo. Ella partió por la mañana, nosotros por la tarde.&lt;br /&gt;Partió y no volví a verla. ¡Adiós para siempre! Partió como la polvareda que se levantó detrás de sus pasos. ¡Cuánto he pensado en ello desde detrás de sus pasos! ¡Cuánto he pensado en ello desde entonces!, ¡cuántas horas confundido ante el recuerdo de su mirada o la entonación de sus palabras!&lt;br /&gt;Hundido en el carruaje, transportaba mi corazón mucho más lejos del camino que habíamos recorrido, volvía a situarme en el pasado que ya no volvería; pensaba en el mar, en sus olas, en su orilla, en todo lo que acababa de ver, todo lo que había sentido; las palabras dichas, los gestos, las acciones, la menor cosa, todo eso palpitaba y vivía. En mi corazón había un caos, un murmullo inmenso, una locura.&lt;br /&gt;Todo había sido como un sueño. ¡Adiós para siempre a estas bellas flores de la juventud tan pronto marchitas y hacia las que más tarde uno se transporta de vez en cuando con amargura y placer a un mismo tiempo! Finalmente vi las casas de mi ciudad, volví a mi hogar, todo me pareció desierto y lúgubre, vacío y hueco; me puse a vivir, a beber, a comer y a dormir.&lt;br /&gt;Llegó el invierno y regresé al colegio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si les dijera que he amado a otras mujeres, mentiría como un infame. Sin embargo, lo he creído, me he esforzado por vincular mi corazón a otras pasiones, se ha deslizado por encima suyo como sobre hielo.&lt;br /&gt;De niño, se han leído tantas cosas sobre el amor, esta palabra parece tan melodiosa, se sueña tanto con ella, se desea tan fuerte experimentar este sentimiento que nos hace palpitar en la lectura de novelas y dramas, que ante cada mujer que uno ve se dice: “¿no es eso el amor?”. Uno trata de amar para hacerse hombre.&lt;br /&gt;No he estado exento más que ningún otro de esta debilidad infantil, he suspirado como un poeta elegiaco, y, tras muchos esfuerzos, me quedaba completamente sorprendido de encontrarme algunas veces quince días sin haber pensado en la que había escogido para soñar. Toda esta vanidad infantil se desvaneció ante María.&lt;br /&gt;Pero debo remontarme más lejos: he hecho el juramento de decirlo todo; parte del fragmento que van a leer había sido compuesto en diciembre pasado, antes de que se me ocurriera la idea de hacer las Memorias de un loco. Como debía ir separado, lo había colocado en el marco que sigue.&lt;br /&gt;Ahí está, tal cual:&lt;br /&gt;De todos los sueños del pasado, los recuerdos de antaño y mis reminiscencias de juventud, he conservado un número muy reducido, con lo que me entretengo en las horas de aburrimiento. A la evocación de un hombre, vuelven todos los personajes, con sus trajes y su lenguaje, para representar su papel tal como lo desempeñaron en mi vida, y los veo actuar ante mí como un Dios que se divirtiera mirando sus mundos creados. Sobre todo uno, el primer amor, que nunca fue violento ni apasionado, borrado después por otros deseos, pero que permanece en el fondo de mi corazón como una antigua vía romana que se hubiera recorrido con el innoble vagón de un ferrocarril; es el relato de estas primeras pulsaciones del corazón, de estos inicios de voluptuosidades infinitas y vagas, de todas las cosas etéreas que acontecen en el alma de un niño al ver los senos de una mujer, sus ojos, al oír sus cantos y sus palabras; es esta  miscelánea de sentimiento y de fantasía lo que debía exhibir como un cadáver ante un círculo de amigos, que vinieron un día, durante el invierno, en diciembre, para reconfortarse, y hacerme charlar apaciblemente junto al fuego, fumando una pipa cuya aspereza se remedia con un líquido cualquiera.&lt;br /&gt;Después que todos llegaran y se sentaran, tras proveer su pipa y llenarse los vasos, y nos halláramos dispuestos en corro alrededor del fuego, uno con las pinzas en mano, otro soplando, un tercero removiendo las cenizas con su bastón, y cuando cada uno tuvo una ocupación, empecé:&lt;br /&gt;-Mis queridos amigos -les dije-, tengan la amabilidad de excusar alguna que otra cosa, alguna palabra vanidosa que surja en mi relato. (Una adhesión de todas las cabezas me indujo a empezar.)&lt;br /&gt;Recuerdo que era un jueves, por el mes de noviembre, hace dos años estaba en quinto, creo. La primera vez que la vi, estaba comiendo en casa de mi madre, cuando entré con un paso precipitado, como un escolar que ha olido toda la semana la comida del jueves. Ella se volvió; apenas la saludé, pues entonces era tan bobo y tan infantil que no podía ver a una mujer, de las que al menos no me llamaban un niño como las señoras, o un amigo, como las niñas, sin enrojecer o más bien sin hacer nada ni decir nada.&lt;br /&gt;Pero, gracias a Dios, desde entonces he ganado en vanidad y en desfachatez, todo lo que he perdido en inocencia y candor.&lt;br /&gt;Eran dos muchachas, hermanas, compañeras de la mía, unas pobres inglesas que habían hecho salir de su pensionado para llevarlas al campo a airearse, para pasearlas en carruaje, hacerlas correr en el jardín y por último divertirlas, sin el ojo de un vigilante que aplaca y modera las expansiones infantiles. La mayor tenía quince, la segunda apenas doce; ésta era pequeña y delgada, sus ojos eran más vivos, más grandes y más bellos que los de su hermana mayor, pero esta otra tenía una cabeza tan redonda y tan graciosa, su piel era tan fresca, tan rosada, sus dientes cortos tan blancos bajo sus labios, y todo ello quedaba tan bien encuadrado mediante mechones de hermosos cabellos castaños, que resultaba imposible no concederle la preferencia. Era pequeña y tal vez un poco gruesa, éste era un defecto más visible; pero lo que más me complacía en ella, era una gracia infantil sin pretensiones, un perfume de juventud que exhalaba en derredor suyo. Había tal ingenuidad y candor en ella que ni los más impíos podían dejar de admirarla.&lt;br /&gt;Me parece estar viéndola todavía a través de los cristales de mi habitación, mientras corría en el jardín con otras compañeras; aún veo cómo su vestido de seda ondula bruscamente sobre sus talones retumbando, y cómo sus pies alzan el vuelo para correr por las caminos arenosos del jardín, y luego se detienen sin aliento, se agarran recíprocamente por el talle y se pasean gravemente charlando, sin duda, de fiestas, danzas, placeres y amores. ¡Pobres muchachas!&lt;br /&gt;La intimidad surgió muy pronto entre todos nosotros; al cabo de cuatro meses la abrazaba como a mi hermana, todos nos tuteábamos. ¡Me gustaba tanto charlar con ella!, su acento extranjero tenía algo de fino y delicado que hacía su voz fresca como sus mejillas.&lt;br /&gt;Por otra parte, en las costumbres inglesas hay una negligencia natural y un abandono de todas nuestras conveniencias que podría tomarse por una coquetería refinada, pero que sólo es un encanto que atrae tanto, como estos fuegos fatuos que huyen sin cesar. A menudo, hacíamos paseos en familia, y recuerdo que un día, en invierno, fuimos a visitar a una anciana que vivía en una zona que domina la ciudad.&lt;br /&gt;Para llegar a su casa, había que atravesar huertos plantados de manzanos, donde la hierba era alta y húmeda; una niebla envolvía la ciudad y, desde lo alto de nuestra colina, veíamos los tejados hacinados y paralelos cubiertos de nieve, y luego el silencio del campo, y a lo lejos el ruido lejano de los pasos de una vaca o un caballo, cuya pata se hunde en los surcos. Al atravesar una valla de color blanco, su abrigo se engancho a las espinas de la haya; fui a desatarla, me dijo: gracias, con tal desenvoltura y confianza que soñé con ella todo el día.&lt;br /&gt;Luego se pusieron a correr, y sus abrigos, que el viento levantaba tras ellas, Rotaban ondulándose como una ola en descenso; se detuvieron sofocadas. Aún me acuerdo de sus alientos que susurraban en mis oídos y que salían por entre sus dientes blancos en un vaho vaporoso.&lt;br /&gt;¡Pobre muchacha! ¡Era tan buena y me abrazaba con tanta ingenuidad!&lt;br /&gt;Llegaron las vacaciones de Pascua, fuimos a pasarlas al campo. Recuerdo un día... hacía calor, no se distinguía la cintura, su vestido no era entallado; nos paseamos juntos, pisando el rocío de las hierbas y de las flores. Llevaba un libro en la mano; era de versos, creo; lo dejó caer. Nuestro paseo continuó.&lt;br /&gt;Ella había corrido, la tomé del cuello, y mis labios permanecieron pegados sobre esta piel aterciopelada y humedecida de un sudor embalsamado.&lt;br /&gt;No sé de qué hablamos, de lo primero que se nos ocurría.&lt;br /&gt;-Serás animal- dijo uno de los auditores interrumpiéndome.&lt;br /&gt;-De acuerdo, querido, el corazón es estúpido.&lt;br /&gt;Por la tarde, sentía mi corazón lleno de una alegría dulce y vaga; soñaba deliciosamente, pensando en sus cabellos enrollados en papillotes que encuadraban sus vivos ojos, y en su garganta ya formada que siempre abrazaba tan abajo como me lo permitía un ridículo rigorista fui al campo, me adentré en los bosques, me senté en un claro, y me puse a pensar en ella.&lt;br /&gt;Me hallaba tendido boca abajo, arrancaba las briznas de hierba, las margaritas de abril, y cuando alcé la cabeza, el cielo blanco, azul y mate formaba encima de mí una cúpula de azur que se hundía en el horizonte detrás de los prados reverdecientes; por casualidad, llevaba papel y lápiz, e hice unos versos... (Todo el mundo se puso a reír.) ...los únicos que he hecho en mi vida; quizás había treinta, apenas necesité una media hora, pues siempre tuve una admirable facilidad de improvisación para todo tipo de tonterías; aunque la mayor parte de estos versos eran falsos como declaraciones de amor, cojos como la bondad.&lt;br /&gt;Recuerdo entre otros:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...cuando al atardecer&lt;br /&gt;Fatigado, de jugar y de mecerme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me aguijoneaba para pintar un calor que nunca he visto sino en los libros; luego, a propósito de nada, pasaba a una melancolía sombría y digna de Anthony, aunque realmente tuviera el alma empapada de un candor y un tierno sentimiento mezclado de estupidez, de reminiscencias suaves y de perfumes del corazón, y decía a propósito de nada:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi dolor es amargo, mi tristeza profunda,Y estoy sepultado como un hombre en la tumba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los versos ni siquiera eran versos, pero tuve el sentido común de quemarlos, manía que debería atormentar a la mayoría de los poetas.&lt;br /&gt;Volví a casa y la encontré jugando en el parterre. La habitación en la que se acostaron estaba junto a la mía; las oí reír y charlar durante largo rato, mientras yo... Me dormí en seguida como ellas, pese a todos los esfuerzos que hice por mantenerme despierto lo más posible. Pues, indudablemente, ustedes habrán hecho lo que yo a los quince años, y alguna vez han creído amar con este amor ardiente y frenético, como han leído en los libros, mientras en la epidermis del corazón no tenían más que un rasguño de esta garra de hierro que se llama pasión, y soldaban con todas las fuerzas de su imaginación sobre este modesto fuego que apenas ardía.&lt;br /&gt;¡Son tantos los amores del hombre en la vida! A los cuatro años, amor por los caballos, por el sol, por las flores, por las armas que brillan, por las libreas de soldado; a los diez, amor por la niña que juega con ustedes; a los trece, amor por una gran mujer de senos rollizos, pues recuerdo que lo que los adolescentes adoran con locura es un pecho de mujer, blanco y mate, y como dice Marot:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pechito relleno más blanco que un huevo. Pechito de raso blanco todo nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuve a punto de desmayarme la primera vez que vi desnudos los dos pechos de una mujer. Finalmente, a los catorce o quince años, amor por una muchacha que viene a vuestra casa, un poco más que una hermana, menos que una amante; luego a los dieciséis años, amor por otra mujer hasta los veinticinco; luego se ama tal vez a la mujer con la que uno se casará.&lt;br /&gt;Cinco años más tarde, se ama a la bailarina que hace saltar su vestido de gasa sobre sus muslos carnosos; en fin, a los treinta y seis, amor por ser diputado, amor por la especulación y por las condecoraciones; a los cincuenta, amor a cenar con el ministro o con el alcalde; a los sesenta, amor por la prostituta que nos llama a través de los cristales y hacia la cual se dirige una mirada de impotencia, un reproche hacia el pasado. ¿No es cierto todo esto? Pues yo he padecido todos estos amores; sin embargo, no todos, ya que no he vivido todos mis años, y cada año, en la vida de muchos hombres, está marcado por una pasión nueva, la de las mujeres, la del juego, la de los caballos, la de las botas finas, la de los bastones, la de los lentes, la de los carruajes, la de los cargos. ¡Cuántas locuras en un hombre! ¡Oh!, es obvio que no son más vahados los matices del disfraz de arlequín que las locuras del espíritu humano, y los dos llegan al mismo resultado, el de raerse uno y otro y hacer reír algún tiempo: al público por su dinero, el filósofo por su ciencia.&lt;br /&gt;-¡Al grano! -dijo uno de los oyentes, impasible hasta entonces, y dejó su pipa para lanzar sobre mi digresión, que se desviaba por las ramas, la saliva de su reproche&lt;br /&gt;—Apenas sé qué decir a continuación, pues hay una laguna en la historia, un verso de menos en la elegía. Pasó vano tiempo así. En el mes de mayo, la madre de estas niñas vino a Francia a traer a su hermano. Era un muchacho encantador, rubio como ellas, con vivas muestras de granujería y de orgullo británico.&lt;br /&gt;Su madre era una mujer pálida, delgada e indolente. Iba vestida de negro; sus modales y sus palabras, su aspecto tenían un aire indolente, un poco fofo, es cierto, pero que se asemejaba al farniente italiano. No obstante, todo eso estaba perfumado de buen gusto, dejando relucir un barniz aristocrático. Se quedó un mes en Francia.&lt;br /&gt;Luego partió de nuevo, y vivimos así como si te dos fueran de la familia, yendo siempre juntos en nuestros paseos, nuestras vacaciones, nuestros días de asueto. Todos éramos hermanos y  hermana.&lt;br /&gt;En nuestras relaciones diarias había tanta gracia y efusión, intimidad y abandono, que es quizás degeneró en amor, al menos por su parte y tuve pruebas evidentes de ello.&lt;br /&gt;Cuanto a mí, puedo atribuirme el papel de un hombre moral, pues no tenía ninguna pasión Y lo habría querido.&lt;br /&gt;A menudo, se me acercaba, me cogía por el talle me miraba, charlaba. ¡Encantadora niña! Me pedía libros, piezas de teatro de las que me devolvía muy pocas; subía a mi habitación, yo estaba muy turbado. ¿Podía suponer tanta ingenuidad? Un día se tendió en mi diván en una posición muy equívoca; yo estaba sentado junto a ella sin decir nada.&lt;br /&gt;Ciertamente, el momento era crítico, no lo aproveché, la dejé marchar.&lt;br /&gt;Otras veces, me abrazaba llorando. Yo no podía creer que me amaba realmente. Ernest estaba persuadido de ello, me lo hacía observar, me trataba de imbécil pues era tímido e indolente a la vez.&lt;br /&gt;Era algo dulce, infantil, que ninguna idea de posesión ensombrecía pero que por este mismo motivo, carecía de energía; sin embargo, era demasiado inocente para tratarse de platonismo.&lt;br /&gt;Al cabo de un año, su madre vino a vivir a Francia; luego al cabo de un mes regresó a Inglaterra. Sus hijas habían sido sacadas de pensión y se alojaban con su madre en una calle desierta, en el segundo piso.&lt;br /&gt;Durante su viaje, las veía a menudo en las ventanas. Un día, que yo pasaba, Caroline me llamó. Subí. Estaba sola, se echó a mis brazos y me abrazó efusivamente; fue la última vez, pues después se casó.&lt;br /&gt;Su profesor de dibujo había ido a visitarla con frecuencia; se proyectó una boda, se concertó y deshizo cien veces. Su madre volvió de Inglaterra sin su marido, del que nunca más se oyó hablar; Carolina se casó el mes de enero. Un día la encontré con su marido  Apenas me saludó.&lt;br /&gt;Su madre ha cambiado de domicilio y de modales, ahora recibe a jóvenes modistos y estudiantes en su casa, va a los bailes de máscaras y lleva allí a su hija menor.&lt;br /&gt;Hace dieciocho meses que no las hemos visto.&lt;br /&gt;He ahí cómo termina una relación que prometía convertirse tal vez en una pasión con la edad, pero que se desvaneció por sí misma.&lt;br /&gt;¿Es preciso decir que ello había sido con respecto al amor lo que el crepúsculo a la hora cumbre del día, y que la mirada de María hizo desaparecer el recuerdo de esta pálida niña?&lt;br /&gt;Es un fuego insignificante del que ya no queda más que fría ceniza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XVI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta página es corta, yo quisiera que todavía lo fuera más. Ocurrió lo siguiente.&lt;br /&gt;La vanidad me impulsó al amor, no, a la voluptuosidad; ni siquiera a esto, a la carne.&lt;br /&gt;Se mofaban de mi castidad, a causa de ello enrojecía, me avergonzaba, me apenaba como si fuera una corrupción.&lt;br /&gt;Se me presentó una mujer, la tomé; y me arranqué de sus brazos completamente hastiado y amargado. Pero entonces, podía hacer el Lovelace de cafetín, decir tantas obscenidades como otro cualquiera ante un bol de ponche; entonces era un hombre, ha-bía ido a realizar el vicio, como si fuera un deber, y luego me había jactado de ello. Tenía quince años, hablaba de mujeres y de amantes.&lt;br /&gt;A esta mujer le agarré odio; se me acercaba, la dejaba; dispensaba sonrisas que me desagradaban tanto como una mueca espantosa.&lt;br /&gt;Tuve remordimientos, como si el amor de María hubiera sido una religión que yo hubiera profanado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XVII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo me preguntaba si aquéllas eran las delicias que había soñado, esos transportes de fuego que me había imaginado en la virginidad de aquel corazón infantil.&lt;br /&gt;¿Eso es todo? ¿Acaso tras este frío goce, no debía haber otro más sublime, más vasto, casi divino, y que haga sumirse en éxtasis? ¡Oh!, no, todo había terminado, había ido a apagar en el cieno ese fuego sagrado de mi alma. ¡Oh!, María, había arrastrado al fango el amor que tu mirada había creado, lo había derrochado caprichosamente, en la primera mujer que apareció, sin amor, sin deseo, impulsado por una vanidad infantil, por un cálculo de orgullo para no enrojecer más de una manera licenciosa, para tener apostura en una orgía. ¡Pobre María!&lt;br /&gt;Estaba hastiado, un tedio profundo me invadió el alma, sentí piedad por estas alegrías de un momento, y estas convulsiones de la carne. Tenía que ser muy miserable, yo que estaba tan vanidoso de aquel amor tan alto, de aquella pasión sublime y que consideraba mi corazón más vasto y más bello que los de los demás hombres; ¡yo, ir como ellos!... ¡Oh!... no, ni uno solo lo ha hecho quizás por los mismos motivos; casi todos han sido impulsados a ello por los sentidos, han obedecido al instinto de la naturaleza como un perro; pero había mayor degradación en hacer un cálculo, excitarse en la corrupción, entregarse en los brazos de una mujer, manosear su carne, lanzarse al arroyo para levantarse y mostrar sus manchas.&lt;br /&gt;Y luego me avergoncé de ello como de una vil profanación; habría querido ocultar a mis propios ojos a la ignominia de la que me había jactado.&lt;br /&gt;Me transportaba a estos tiempos en que para mí la carne no tenía nada de innoble y en que la perspectiva del deseo me mostraba formas vagas y voluptuosidades que mi corazón me creaba. No, nunca podrán expresarse todos los misterios del alma virgen, todas las cosas que siente, ni todos los mundos que concibe. ¡Cuan deliciosos son sus sueños!, ¡cuan etéreos y tiernos son sus pensamientos!, ¡cuan amarga y cruel es su decepción!... ¡Haber amado, haber soñado con el cielo, haber visto todo lo que el alma tiene de más puro, de más sublime, y encadenarse seguidamente a todas las pesadeces de la carne, toda la languidez del cuerpo! ¡Haber soñado con el cielo y caer en el cieno!&lt;br /&gt;Quién me devolverá, ahora, todas las cosas que he perdido, mi virginidad, mis sueños, mis ilusiones, cosas todas marchitas —pobres flores que la helada ha matado antes de abrirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XVIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si he experimentado momentos de entusiasmo, se los debo al arte; y, sin embargo, ¡qué vanidad es el arte!, querer pintar al hombre en un bloque de piedra o el alma en palabras, los sentimientos a través de sonidos y la naturaleza sobre una tela barnizada. ..&lt;br /&gt;No sé qué poder mágico posee la música; durante semanas enteras he soñado en el ritmo cadenciado de una melodía o en los amplios contornos de un coro majestuoso; hay sonidos que penetran en mi alma y voces que me funden en delicias. Me gustaba la orquesta retumbando con sus olas de armonía, sus vibraciones sonoras y este vigor inmenso que parece tener músculos y que muere al final del arco; mi alma seguía la melodía desplegando sus alas hacia el infinito y ascendiendo en espirales, pura y lenta, como un perfume que se eleva hacia el cielo. Me gustaba el ruido, los diamantes que destellan a las luces, todas estas manos de mujer enguantadas y aplaudiendo con flores; miraba el ballet chispeante, los vestidos rosas ondulantes; escuchaba el ruido cadencioso de los pasos al andar; miraba cómo se separaban débilmente las rodillas con los tallos inclinados.&lt;br /&gt;Otras veces, recogido ante las obras del genio, sacudido por las cadenas con las que nos ata. Entonces, entre el murmullo de estas voces, el aullido pretencioso, ese zumbido lleno de encantos, ambicionaba el destino de estos hombres fuertes que manejan a la multitud como el plomo, que la hacen llorar, gemir, trepidar de entusiasmo. ¡Cuan vasto debe de ser el corazón de aquellos que hacen entrar al mundo en él, y cómo se aborta todo en mi naturaleza! Convencido de mi impotencia y de mi esterilidad, soy víctima de un odio celoso; me decía que eso no era nada, que sólo el azar había dictado estas palabras. Arrojaba al cieno las cosas más altas, que envidiaba.&lt;br /&gt;Me había mofado de Dios, bien podía reírme de los hombres.&lt;br /&gt;Sin embargo, este humor sombrío era solamente pasajero, y experimentaba un verdadero placer en contemplar el genio resplandeciente en la morada del arte, como una gran flor que abre un rosetón de perfume ante un sol estival.&lt;br /&gt;¡El arte!, ¡el arte!, ¡qué bella vanidad!&lt;br /&gt;Si sobre la tierra y entre todas las nadas se adora una creencia, si hay algo de santo, de puro, de sublime, algo que vaya con este deseo inmoderado de lo infinito y de lo vago que nosotros llamamos alma, es el arte. ¡Y qué pequeñez! Una piedra, una palabra, un sonido, la disposición de todo eso que llamamos lo sublime. Quisiera algo que no tuviera necesidad de expresión ni de forma, algo casi tan puro como un perfume, casi tan fuerte como la piedra, casi tan inasible como un canto, que fuese a la vez todo eso y nada de ninguna de estas cosas. Todo me parece limitado, restringido, abortado en la naturaleza.&lt;br /&gt;El hombre, con su genio y su arte, no es más que un miserable mono de algo más elevado.&lt;br /&gt;Yo quisiera lo bello en el infinito y allí no encuentro más que la duda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XIX&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Oh!, ¡el infinito, el infinito, hoyo inmenso, espiral que asciende de los abismos a las más altas regiones de lo desconocido, vieja idea a cuyo entorno giramos, presos del vértigo, abismo que cada cual tiene en el corazón, abismo inconmensurable, abismo sin fondo! En vano durante muchos días y muchas noches nos preguntaremos en nuestra angustia: “¿Qué significan estas palabras: Dios, Eternidad, Infinito?” Damos vueltas ahí dentro llevados por un viento de la muerte, como la hoja arrastraba por el huracán. Se diría que entonces el infinito se complace en que nos mezamos a nosotros mismos en esta inmensa duda.&lt;br /&gt;Sin embargo, siempre nos decimos: “Tras muchos siglos, millares de años, cuando todo se habrá consumido, será preciso que haya un límite.” -¡Ay! la eternidad se nos aparece y le tenemos miedo, miedo de esta cosa que debe durar tanto tiempo, si bien nosotros duramos tan poco.&lt;br /&gt;¡Tanto tiempo!&lt;br /&gt;Sin duda, cuando el mundo ya no exista, ¡entonces sí que desearé vivir, sin naturaleza, vivir sin hombres, qué grandeza este vacío!, sin duda entonces, habrá tinieblas, un poco de ceniza quemada que habrá sido la tierra, y quizás algunas gotas de agua, el mar. ¡Cielos! nada más el vacío... que la nada extendida en la inmensidad como una mortaja&lt;br /&gt;¡Eternidad! ¡Eternidad! ¿Durará siempre esto? ¿Siempre, sin fin?&lt;br /&gt;Pero, no obstante, lo que permanecerá, la menor parcela de los escombros del mundo, el último soplo de una creación agonizante, el mismo vacío deberá estar cansado de existir; todo reclamará una destrucción total. Esta idea de algo sin fin nos hace palidecer, ¡ay!, y nosotros estaremos allí dentro, nosotros los que vivimos ahora y esta inmensidad nos arrollará a todos. ¿Qué será de nosotros? No seremos nada, ni siquiera un soplo.&lt;br /&gt;He pensado durante mucho tiempo en los muertos que se hallan en los ataúdes en los largos siglos que pasan así bajo la tierra llena de ruidos, de rumores, de gritos, ellos tan tranquilos, en sus planchas podridas cuyo lóbrego silencio es interrumpido a veces, ora por un cabello que cae ora por un gusano que se desliza sobre un pedazo de carne. ¡Cómo duermen tendidos, sin hacer ruido, bajo la tierra, bajo el pasto florido!&lt;br /&gt;Sin embargo, en invierno, deben tener frío, bajo la nieve.&lt;br /&gt;¡Ay! si despertasen, si empezaran a revivir y vieran todas las lágrimas que se vertieron sobre su mortaja secada, todos esos sollozos ahogados, todas las muecas terminadas, tendrían horror a esta vida que han llorado al dejarla, y volverían en seguida a la nada, tan tranquila y tan verdadera.&lt;br /&gt;Ciertamente, se puede vivir, e incluso morir, sin haberse preguntado ni una sola vez lo que es la vida y la muerte; pero, para quien mira cómo tiemblan las hojas, cuándo sopla el viento, cómo serpentean los arroyos en los prados, cómo se atormenta y da vueltas a las cosas la vida, cómo viven los hombres, cómo hacen el bien y el mal, cómo hace rodar sus olas el mar y despliega sus luces el cielo, y se pregunta: “¿Por qué estas hojas?, ¿por qué fluye el agua?, ¿por qué la vida misma es un torrente tan terrible y que va a perderse en el océano sin limites de la muerte?, ¿por qué los hombres dudan y trabajan como hormigas?, ¿por qué la tempestad?, ¿por qué el cielo tan puro y la tierra tan infame?” Estos interrogantes conducen a tinieblas de las que no se sale.&lt;br /&gt;Y la duda surge después: es algo que no se dice, sino que se siente. El hombre entonces se asemeja al viajero perdido en las dunas, que busca por todas partes una pista que le lleve al oasis, y no ve más que el desierto. La duda, es la vida. ¡La acción, la palabra, la naturaleza, la muerte, en todo hay duda!&lt;br /&gt;La duda es la muerte para las almas; es una lepra que se apodera de las razas degeneradas, es una enfermedad que proviene de la ciencia y que conduce a la locura. La locura es la duda de la razón; tal vez es la misma razón del que lo prueba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XX&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay poetas que tienen el alma toda llena de perfumes y de flores, que miran la vida como la aurora del cielo; otros que no tienen nada más que lobreguez, nada más que amargura y cólera; hay pintores que todo lo ven azul, otros todo amarillo, todo negro. Cada uno de nosotros percibe el mundo desde un prisma distinto; dichoso aquel que distingue en él colores vivos y cosas alegres. Hay hombres que en el mundo solo ven un título, mujeres, el banco, un nombre, un destino, ¡locuras! Conozco algunos que sólo ven ferrocarriles, mercados o ganados; unos descubren en él un plan sublime, otros una farsa obscena.&lt;br /&gt;Y es probable que ésos les pregunten qué es lo obsceno; pregunta tan embarazosa de responder, como todas las preguntas.&lt;br /&gt;Me gustaría otro tanto dar la definición geométrica de un bonito par de botas o de una mujer bella, dos cosas importantes. Las personas que ven nuestro globo como un montón de cieno grande o pequeño, son personas singulares o de difícil acceso.&lt;br /&gt;Acaban de hablar con una fe de estas personas infames, personas que no se denominan filántropos, y que, sin temor a que se les llame carlistas, no votan por la demolición de las catedrales; pero muy pronto se  detendrán y se reconocerán vencidos pues son personas sin principios que miran la virtud como una palabra, y el mundo como una bufonada. Parten de allí para considerarlo todo bajo un punto de vista innoble; sonríen ante las cosas bellas, y cuando les hablan de filantropía, se encogen de hombros y dicen que la filantropía se ejerce mediante una suscripción para los pobres. ¡Qué interesante una lista de nombres en un periódico!&lt;br /&gt;¡Extraña cosa, esta diversidad de opiniones, de sistemas, de creencias y de locuras! Cuando se habla a ciertas personas, se detienen de repente horrorizadas y preguntan: “¡Cómo!, ¿negarías esto?, ¿dudarías de ello? ¿Acaso se puede revocar el plan del universo y los deberes del hombre?” Y sí, desgraciadamente, la mirada de ustedes ha dejado adivinar un sueño del alma, se detienen repentinamente y terminan allí su victoria lógica, como estos niños espantados por un fantasma imaginario, y que cierran los ojos sin atreverse a mirar.&lt;br /&gt;Ábrelos, hombre débil y orgulloso, pobre hormiga que se arrastra penosamente sobre tu gramo de polvo; te dices libre y grande, te respetas a ti mismo, pero tan vil fue tu vida y, para escarnio sin duda, saludas a tu cuerpo podrido que pasa. Y luego piensas que una vida tan bella, agitada entre un poco de orgullo que llamas grandeza y ese interés bajo que es la esencia de tu Sociedad, será coronada por la inmortalidad. ¿Inmortalidad para ti, más lascivo que un mono, el tigre y la serpiente, para la lujuria, la crueldad, la bajeza, un paraíso para el egoísmo, una eternidad para este polvo, la inmortalidad para esta nada. ¿Te jactas de ser libre, de poder hacer lo que tú llamas el bien y el mal? Sin duda, para que se te condene más deprisa, pues ¿qué sabrías hacer de bueno? ¿Hay uno solo de tus gestos que no sea estimulado por el orgullo o calculado por el interés?&lt;br /&gt;¡Tú, libre! Desde tu nacimiento, estás sometido a todas las debilidades paternas; tú recibes con el día la simiente de todos tus vicios, de tu propia estupidez, de todo lo que te hará juzgar el mundo, tú mismo, todo lo que te rodea, según este término de cooperación, esta medida que tú tienes en ti. Naces con un pequeño espíritu estrecho, con ideas forjadas o que te forjarán, sobre el bien o el mal. Te dirán que debes amar a tu padre y cuidarlo en su vejez; harás lo uno y lo otro, y no necesitabas que te lo dijeran, ¿no es así?, eso es una virtud innata como la necesidad de comer; mientras que, detrás de la montaña donde naciste, enseñarán a tu hermano a matar a su padre envejecido, y lo matará, pues eso, piensa él, es natural, y no era necesario que nadie se lo mostrase. Te educarán diciéndote que debes abstenerte de amar con un amor carnal a tu hermana o a tu madre, mientras que tú, al igual que los demás hombres, desciendes de un incesto, ya que el primer hombre y la primera mujer, ellos y sus hijos, eran hermanos y hermanas; mientras que el sol se pone sobre otros pueblos que tienen el incesto por una virtud y el fratricidio por un deber. ¿Ya eres libre con respecto a los principios por los que regirás tu comportamiento? ¿Eres tú quien gobierna tu educación? ¿Eres tú quien ha querido nacer con un carácter feliz o triste, tísico o robusto, dócil o malo, moral o vicioso?&lt;br /&gt;Pero en primer lugar, ¿por qué has nacido?, ¿acaso lo has querido?, ¿te han aconsejado al respecto? En consecuencia has nacido fatalmente, porque tu padre, un día, habrá vuelto de una orgía, enardecido por el vino y palabras intemperantes, y tu madre se habrá aprovechado de ello, habrá puesto en juego todos los ardides de mujer impulsada por sus instintos carnales y animales que le ha dado la naturaleza haciendo de ello un alma, y habrá logrado alentar a ese hombre que las fiestas públicas han fatigado desde la adolescencia. Por muy grande que seas, primero has sido algo tan sucio como la saliva y más fétido que la orina; luego has experimentado metamorfosis como un gusano, y finalmente llegaste al mundo, casi sin vida, llorando, gritando y cerrando los ojos, como por odio hacia este sol que has invocado tantas veces. Te dan de comer, creces, brotas como una hoja; es una gran casualidad si el viento no se te lleva temprano, pues ¿a cuántas cosas estás sometido? Al aire, al fuego, a la luz, al día, a la noche, al frío, al calor, a todo lo que te rodea, todo lo que existe.&lt;br /&gt;Todo eso te domina, te apasiona; amas la hierba, las flores, y te pones triste cuando se marchitan; amas a tu perro, lloras cuando muere; si se te aproxima una araña, retrocedes de espanto; te estremeces algunas vives al mirar tu sombra, y cuando tu propio pensamiento se sumerge en los misterios de la nada, te quedas horrorizado y tienes miedo de la duda.&lt;br /&gt;Te dices libre, y cada día actúas impulsado por mil cosas. Ves a una mujer y la amas, te mueres de amor por ella, ¿eres libre de apaciguar esta sangre que bulle, de calmar esta cabeza ardiente, de contener este corazón, de apaciguar estos ardores que te devoran?  ¿Eres libre de tu pensamiento? Te detienen mil trabas. Ves a un hombre por primera vez, te desconcierta uno de sus rasgos, y a lo largo do tu vida sientes aversión por este hombre, que tal vez habrías querido de haber tenido la nariz menos gorda. Te sientes mal del estómago y eres brutal para con aquel que habrías acogido con benevolencia. Y de todos estos hechos se desprenden o se encadenan, también fatalmente, otras series de hechos, de los que a su vez derivan otros. ¿Eres el creador de tu constitución física y moral? No, tú sólo podrías dirigir enteramente si la hubieras hecho y modelado a tu antojo. ¿Te dices libre porque tienes un alma? En primer lugar, eres tú quien ha hecho este descubrimiento que no sabrías definir. Una voz íntima te dice que sí; primero, mientes, una voz te dice que eres débil, y tú sientes en ti un inmenso vacio que quisieras rellenar con todas esas cosas que arrojas sobre él. Incluso, aunque creyeras que sí, ¿estás seguro de ello?, ¿quién te lo ha dicho? Cuando, largo tiempo combatido por dos sentimientos opuestos, tras haber vacilado mucho, dudado mucho, te inclinas por un sentimiento, crees haber sido el dueño de tu decisión; pero para serlo, sería preciso no tener ninguna inclinación. ¿Eres dueño de hacer el bien, si tienes el gusto del mal enraizado en el corazón, si has nacido con malas inclinaciones desarrolladas a través de tu educación? Y si tú eres virtuoso, si el crimen te produce horror, ¿podrás cometerlo? ¿Eres libre de hacer el bien o el mal? Como es el sentimiento del bien el que te guía siempre, no puedes hacer el mal.&lt;br /&gt;Este combate es la lucha de estas dos inclinaciones y, si haces el mal, significa que eres más vicioso que virtuoso y que la fiebre más fuerte ha llevado la ventaja. Cuando dos hombres se pelean, es obvio que el más débil, el menos diestro, el menos ágil será vencido por el más fuerte, el más diestro, el más ágil; por mucho que dure la lucha, siempre habrá un vencido. Sucede lo mismo con tu naturaleza interior incluso cuando lo que tú sientes como bueno la arrebata, ¿acaso la victoria es siempre la justicia? Lo que tú juzgas el bien, ¿es acaso el bien absoluto, inmutable, eterno?&lt;br /&gt;Todo son tinieblas alrededor del hombre; todo es vacío, y él quisiera algo fijo; él mismo gira en esta inmensidad de la ola en la que quisiera detenerse, se agarra a todo y todo le falla; patria, libertad, creencia, Dios, virtud, tomó todo eso y todo eso le ha caído de las manos; es como un loco que deja caer un vaso de cristal y se ríe ante todos los pedazos que ha hecho.&lt;br /&gt;Pero el hombre tiene un alma inmortal y hecha a imagen de Dios; dos ideas por las que ha derramado su sangre, dos ideas que no comprende: un alma, un Dios pero de las que está convencido.&lt;br /&gt;Este alma es una esencia a cuyo alrededor gira nuestro ser físico como la tierra alrededor del sol; este alma es noble, pues siendo un principio espiritual, sin nada terrestre, no podría tener nada de bajo, ni de vil. Sin embargo, ¿no es el pensamiento quién guía nuestro cuerpo? ¿No es él quien hace levantar nuestro brazo cuando queremos matar? ¿No es él quien anima nuestra carne? ¿Acaso el espíritu es el principio del mal, y el cuerpo su agente?&lt;br /&gt;¡Veamos cuan elástica y flexible es esta alma! Esta conciencia, ¡cuan blanda y manejable, con qué facilidad se doblega bajo el cuerpo que pesa sobre ella o que apoya sobre el cuerpo, que se inclina, cuan venal y baja es esta alma, cómo se arrastra, cómo adula, cómo miente, cómo engaña! Es ella quien vende el cuerpo, la mano, la cabeza y la lengua; ella es quien exige sangre y pide oro, siempre insaciable y ávida de todo en su infinito; se encuentra en nosotros como una sed, un ardor cualquiera, fuego que nos devora, un eje que nos hace girar sobre él.&lt;br /&gt;¡Eres grande, hombre! No por el cuerpo, sin duda, sino por este espíritu que te ha hecho, según tú, el rey de la naturaleza; eres grande, enérgico y fuerte.&lt;br /&gt;Cada día, en efecto, trastornas la tierra, cavas canales, construyes palacios, encauzas los ríos entre piedras, cortas la hierba, la amasas y la comes; remueves el océano con la quilla de tus buques y crees bello todo eso; tú te crees mejor que el animal feroz que comes, más libre que la hoja arrastrada por los vientos, más grande que el águila que se cierne sobre las torres, más fuerte que la tierra de la que extraes tu pan y tus diamantes, y que el océano sobre el que corres. Pero, ¡ay! la tierra que tú remueves, reaparece, renace por si sola, los canales se destruyen, los ríos invaden tus campos y tus ciudades, las piedras de tus palacios se desensamblan y caen por sí mismas, las hormigas corren sobre tus troncos, todas tus flotas no podrían dejar más huella de su paso sobre la superficie del océano que una gota de agua o el aleteo de un pájaro. Y tú mismo, atraviesas este océano de las edades sin dejar más huellas tuyas de las que deja tu navío sobre las olas. Te crees grande porque trabajas sin tregua, pero este trabajo es una prueba de tu debilidad. Estabas irremediablemente condenado a aprender todas estas cosas inútiles a costa de tus sudores; eras esclavo antes de haber nacido y desdichado antes de vivir. Miras los astros con una sonrisa de orgullo porque le has dado nombres, has calculado su distancia, como si quisieras medir el infinito y encerrar el espacio en los límites de tu espíritu. Pero ¡te equivocas! ¿Quién te dice que detrás de estos mundos de luces, no hay otros infinitos aún, y siempre así? ¿Quizás ocurre que tus cálculos se detienen a unos pies de altura, y allí empieza una nueva escala de hechos? ¿Comprendes tú mismo el valor de las palabras que empleas... extensión, espacio? Son más vastas que tú y todo tu globo.&lt;br /&gt;Eres grande y mueres, como el perro y la hormiga, con mayor pena que ellos; y luego, te pudres; y yo te pregunto, ¿dónde estás tú, hombre, cuando los gusanos te han devorado, cuando tu cuerpo se ha disuelto en la humedad de la tumba y tu polvo ya no existe?, ¿dónde se halla igualmente tu alma?, esta alma que era el motor de tus acciones, que entregaba tu corazón al odio, a la envidia, a todas las pasiones, esta alma que te vendía y te hacía cometer tantas bajezas, ¿dónde se halla?, ¿existe un lugar lo bastante santo para acogerla? Te respetas y le honras como a un Oíos, has inventado la idea de la dignidad del hombre, idea que nada en la naturaleza podría tener viéndote a ti; quieres que se te honre y te honras a ti mismo, quieres incluso que este cuerpo, tan vil durante su vida, sea honrado cuando ya no existe. Quieres que uno se descubra ante tu carroña humana, que se pudre de corrupción, pese a ser aún más pura que tú cuando vivías. ¿Reside allí tu grandeza? ¡Grandeza de polvo! ¡Majestad de nada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XXI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví allí dos años más tarde; ¿suponen adónde...? Ella no estaba.&lt;br /&gt;Su marido estaba solo, había venido con otra mujer, y se había marchado dos días antes de mi llegada.&lt;br /&gt;Di vueltas por la orilla; ¡qué vacía estaba! Desde allí, podía ver el muro gris de la casa de María, ¡qué soledad!&lt;br /&gt;Volví pues a aquella misma sala de la que les hablé; estaba llena, pero ya no había ninguna de aquellas caras, las mesas estaban ocupadas por personas que nunca había visto; la de María estaba ocupada por una anciana, que se apoyaba en aquel mismo lugar donde, tan a menudo, había descansado su codo.&lt;br /&gt;Hizo unos días de mal tiempo y lluvia sobre las pizarras, el ruido lejano del mar y de vez en cuando, algunos gritos de marineros en el muelle, recordé todas estas viejas rosas que el espectáculo de los mismos lugares hacía revivir.&lt;br /&gt;Volvía a ver el mismo océano con sus mismas olas, siempre inmenso, triste y mugiendo sobre sus rocas; este mismo pueblo con su montón de lodo, sus ronchas pisoteadas y sus casas de planta. Pero todo lo que yo había amado, todo lo que rodeaba a María, la gente que pasaba junto a ella, todo eso había partido sin retorno. ¡Oh!, ¡cuánto quisiera únicamente uno de esos días sin igual!, ¡internarme en él sin cambiarle nada!&lt;br /&gt;¡Cómo! ¿Nada de todo eso volverá más? Siento cuan vacío está mi corazón, pues todos estos hombres que me rodean me hacen un desierto donde muero Me acordé de estas largas y cálidas tardes de verano en las que yo hablaba sin que ella sospechase que la amaba y su mirada indiferente me penetraba como un rayo de amor hasta el fondo de mi corazón.&lt;br /&gt;¿Cómo habría podido en efecto ver que la amaba, ya que entonces no la amaba y he mentido en todo lo que les he dicho; era ahora cuando la amaba, la deseaba, cuando, solo en la orilla, en los bosques o por el campo, me la creaba allí, andando a mi lado, hablándome, mirándome. Cuando me tendía sobre la hierba, y miraba las hierbas curvándose bajo el viento y la ola chocando contra la arena, pensaba en ella, y reconstruía en mi corazón todas las escenas en las que ella había actuado, hablado. Estos recuerdos constituían una pasión.&lt;br /&gt;Si recordaba haberla visto andar por un lugar, lo recorría a mi vez; he querido reencontrar el timbre de su voz para deleitarme a mí mismo, era imposible. ¡Cuántas veces he pasado por delante de su casa y he mirado su ventana!&lt;br /&gt;Pasé pues estos quince días en una contemplación amorosa, soñando con ella. Me acuerdo de cosas lastimosas. Un día volvía, hacia el ocaso, andaba a través de los pastos cubiertos de bueyes, andaba de prisa, sólo el ruido de mis pasos que frotaban la hierba; iba cabizbajo y mirando la tierra. Este movimiento regular me adormeció por decirlo de algún modo, creí oír a María andando junto a mí; me cogía del brazo y giraba la cabeza para verme, era ella quien andaba por entre las hierbas. Sabía perfectamente que era una alucinación que yo mismo alentaba, pero no podía dejar de sonreír y me sentía feliz. Alcé la cabeza, el tiempo era sombrío, frente a mi, en el horizonte, un magnífico sol se ponía bajo las olas, se veía un haz de fuego elevándose en redes, desapareciendo bajo enormes nubes negras que se deslizaban penosamente sobre éstas y un reflejo de este sol poniente reapareciendo más lejos detrás mío, en un rincón del cielo límpido y azul.&lt;br /&gt;Cuando vislumbré el mar, casi había desaparecido; su disco se hallaba hundido hasta la mitad bajo el agua y un ligero tinte rosáceo seguía extendiéndose y debilitándose hacia el cielo.&lt;br /&gt;En otra ocasión, volví a caballo costeando la playa, miraba maquinalmente las olas cuya espuma mojaba los pies de mi yegua, miraba los guijarros que ella hacía saltar al andar y sus pies hundiéndose en la arena; el sol acababa de desaparecer súbitamente y sobre las olas predominaba un color oscuro, como si algo negro se hubiera cernido sobre ellas. A mi derecha, había unas rocas entre las cuales se agitaba la espuma con el soplo del viento como un mar de nieve, las gaviotas pasaban por encima de mi cabeza y veía sus alas blancas rozando de muy cerca aquella agua oscura y apagada. Nada podrá expresar lo bello que era todo aquello, aquel mar, aquella orilla con su arena sembrada de conchas, con sus rocas cubiertas de algas húmedas por el agua, y la espuma blanca que se balanceaba sobre ellos con el soplo de la brisa. Les diría muchas otras cosas, mucho más bellas y más dulces, si pudiera decir todo el amor, éxtasis, lamentos, que experimenté. ¿Pueden ustedes decir mediante palabras la pulsación del corazón?, ¿podéis decir una lágrima y pintar su cristal húmedo que baña el ojo con una amorosa languidez? ¿Pueden decir todo lo que experimentan en un día?&lt;br /&gt;¡Pobre debilidad humana!, con tus palabras, tus lenguas, tus sonidos, hablas y balbuceas; defines a Dios, el cielo y la tierra, la química y la filosofía, y no puedes expresar, con tu lengua, toda la alegría que te produce una mujer desnuda... o un pudín de ciruela!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XXII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Oh, María! María, querido ángel de mi juventud, a ti que he visto en la lozanía de mis sentimientos, a ti que he amado con un amor tan dulce, tan lleno de perfume, de tiernos sueños, ¡adiós!&lt;br /&gt;¡Adiós! Surgirán otras pasiones, quizás te olvidaré, pero permanecerás siempre en el fondo de mi corazón, porque el corazón es una tierra que cada pasión socava, remueve y labra sobre las ruinas de otras. ¡Adiós!&lt;br /&gt;¡Adiós! ¡Y, sin embargo, cómo te he amado, cómo te habría besado, estrechado entre mis brazos! ¡Ah! Mi alma se deshace en deleites ante todas las locuras que mi amor inventa. ¡Adiós!&lt;br /&gt;¡Adiós! Y, sin embargo, pensaré en ti; seré arrojado al torbellino del mundo, moriré tal vez aplastado bajo los pies de la masa, deshecho en pedazos. ¿Adonde voy? ¿Qué seré? Quisiera ser viejo, tener los cabellos blancos; no, quisiera ser bello como los ángeles, tener la gloria, el genio, y todo depositado a tus pies, para que tú lo pises. Pero no tengo nada de todo esto, y me has mirado tan fríamente como a un lacayo o a un mendigo.&lt;br /&gt;Y yo, ¿no he pasado una noche, un día, una hora, sin pensar en ti, sin volver a verte saliendo de debajo de las olas, con tus negros cabellos sobre tus espaldas, tu morena piel con sus perlas de agua salada, tu ropa chorreando y tu blanco pie de uñas rosadas hundiéndose en la arena, y que esta visión la tengo siempre presente, y que ella murmura en mi corazón? ¡Oh, no!, todo está vacío.&lt;br /&gt;¡Adiós! Y, sin embargo, cuando te vi, si hubiera tenido cuatro o cinco años más, más coraje..., ¡oh!, no enrojecería ante cada una de tus miradas. ¡Adiós!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XXIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando oigo sonar las campanas y su doliente tañido, siento en el alma una vaga tristeza, algo indefinible y de ensueño, como vibraciones agonizantes. Una serie de pensamientos surge ante el lúgubre tañido de la campana cuando dobla; me parece ver el mundo en sus más hermosos días de fiesta, con sus gritos de triunfo, sus carros y coronas y, por encima de todo, un eterno silencio y una eterna majestad.&lt;br /&gt;Mi alma vuela hacia la eternidad y el infinito y planea en el océano de la duda, al son de esta voz que anuncia la muerte.&lt;br /&gt;Voz singular y fría como las tumbas y que, sin embargo, suena en todas las fiestas, y ahora en todos los duelos; me gusta dejarme aturdir por tu armonía, que ahoga el ruido de la ciudad; me gusta en los campos, en las colinas doradas con trigales maduros, escuchar el sonido frágil de la campana del pueblo que canta en medio del campo, mientras el insecto zumba bajo la hierba y el pájaro murmura entre el follaje.&lt;br /&gt;Permanecí largo tiempo en el invierno, en esos días sin sol, iluminados con una luz sombría y macilenta, escuchando todas las campanas tocar los oficios. De todas partes salían las voces que se elevaban al cielo en suave armonía, y concentraba mi pensamiento en este gigantesco instrumento. Era grande e infinito; sentía en mí sonidos, melodías, ecos de otro mundo, cosas inmensas que morían también.&lt;br /&gt;¡Oh campanas! Sonarán también en mi muerte y, un minuto después, en un bautismo; eres, pues, una burla, como todo, y una mentira, como la vida, de la cual anuncias todas las etapas: el bautismo, el matrimonio, la muerte. ¡Pobre bronce, perdido y oculto entre las nubes, servirías igualmente en un campo de batalla, o para errar los caballos, convertido en lava ardiente!&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-8079645917942676748?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/8079645917942676748/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=8079645917942676748' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/8079645917942676748'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/8079645917942676748'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2009/01/gustave-flaubert-memorias-de-un-loco.html' title='GUSTAVE FLAUBERT. Memorias de un loco'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-8255929651564237260</id><published>2008-08-22T09:36:00.000-07:00</published><updated>2010-07-19T01:45:10.947-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Argentina'/><title type='text'>ROBERTO J. PAYRÓ: El casamiento de Laucha.</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;i&gt;Enrique Anderson Imbert, el crítico argentino que llevó a la primera fila de la literatura de su país esta novela de Roberto J. Payro, afirma que &lt;/i&gt;El casamiento de Laucha&lt;i&gt; es la historia de una infamia, de una vileza, de una canallada, y, para que al lector no le queden dudas sobre ese juicio, le endosa a Laucha –apodo y no apellido- una docena de adjetivos capaces de asustar a cualquiera: vagancia, pereza, inmoralidad, engaño, traición, robo, egoísmo, vicio, pendencia, crueldad, villanía, ignominia… Pero, en el mismo trabajo el crítico se pregunta: “¿Por qué este canallita resulta simpático?"&lt;br /&gt;Y es verdad, ¿por qué?&lt;br /&gt;Anderson Imbert lo atribuye a la picardía artística del novelista, quien ha sabido situar a su personaje en el estrado y dejarlo hablar con todos sus modismos, su ausencia de sentimientos morales, su naturalidad, y la muy probable seguridad de que al terminar merecerá el aplauso de sus oyentes.&lt;br /&gt;Aunque es cierto que Anderson Imbert advierte que esta utilizando los conceptos “pícaro” y “picaresca” en sentido amplio y moderno, es difícil, al menos para mí, aceptar que Laucha sea un pícaro y Payro el autor de una novela picaresca.&lt;br /&gt;Los parámetros para medir la picaresca tienen como canon El Lazarillo de Tormes, y además se maneja en otros ámbitos argumentales. En &lt;/i&gt;El casamiento de Laucha&lt;i&gt; no se dan los elementos fundamentales del canon: no hay mozo de muchos amos, no existe un escalamiento de sapiencia a base de golpes, caídas y coscorrones, y menos aún ese comportamiento de crónica policial que hallamos en cada acto de Laucha. En ningún momento el personaje central de &lt;/i&gt;El casamiento de Laucha&lt;i&gt; realiza algún gesto que no tenga connotaciones criminales. Él va a lo suyo, directo como una navaja, y sin sentimentalismos.&lt;br /&gt;Laucha vive el minuto, no guarda nada, y el único cambio visible es que se despide de sus marranadas montado a caballo y mejor vestido (y tal vez algunos pesos en el bolsillo, que gastará de inmediato). Su rumbo es hacia "Pago Chico", el territorio literario de Payro, distante sólo a “un trote” del lugar donde está la pulpería de la que era dueña la viuda que cayó en sus redes. Y en las historias de "Pago Chico", Laucha volverá a dejarse ver e incluso servirá como comparación para explicar a diversos personajes.&lt;br /&gt;Otro acierto de los comentarios de Anderson Imbert -a quien sigo en toda esta nota- es señalar la diferencia entre gaucho y pueblero, caracterizando a este último como ese tipo de gente que anda rodando de pueblo en pueblo, buscando pasar el día de la manera más cómoda y, sobretodo, sin esfuerzo ni trabajo. Saben chistes, anécdotas, cuentos, jugar a los naipes o al billar.&amp;nbsp; También actúan como seductores, dispuestos a alzar el vuelo apenas agoten honras y fortunas. Nada de eso es picardía, es maldad; son sinvergüenzas que se van difumando, camuflando en las costumbres campiranas. De ahí su lenguaje de evidentes “rasgos fonéticos, morfológicos y sintácticos del peón rural”, que -vuelve a informar Anderson Imbert-, “sospecho que sólo el argentino (por lo menos el argentino del litoral) puede apreciar la viva unidad de entonación de &lt;/i&gt;El casamiento de Gaucha&lt;i&gt;. La intención orgánica de Laucha, que está contando su vida cara a cara con el auditorio, infunde a sus palabras ritmo, matices de sonido, tonos, figuras acústicas; y todo el relato se conforma sonoramente en una sola confidencia. El argentino lee &lt;/i&gt;El casamiento de Laucha&lt;i&gt; y de pronto oye como le canta al oído la lengua vernácula. Estos ritmos y tonos se asocian inmediatamente a la imagen familiar de compatriotas que conversan.”&lt;br /&gt;Pero no se asuste el lector. Es muy probable que los extranjeros no podamos gozar al máximo de ese divertemento linguistico, formado por un peculiar lenguaje, lleno de sonidos característicos, pero igual nos sucedería leyendo cualquier novela costumbrista de América Latina e incluso de cualquier país del mundo. Pero esto es justamente la magia de lo expresado en &lt;/i&gt;El casamiento de Laucha&lt;i&gt;: es muy fácil entender cada línea y entender el fondo de las palabras. Incluso cuando el supuesto cura italiano habla con Laucha, ese dialecto algo castellano y más aún italiano, se entiende perfectamente la forma y el fondo.&lt;br /&gt;Publicada originalmente en los inicios del siglo XX, 1906, en pleno asentamiento del modernismo, resulta sorprendente como &lt;/i&gt;El casamiento de Laucha&lt;i&gt;, una clara manifestación de lo autóctono, de ese realismo no mágico sino costumbrista campirano, tan propio de las literaturas nacientes del continente, que parecía haber quedado subordinado a un mundo de princesas, castillos y otros exotismos, pero que aquí logra abrirse campo hasta ocupar un puesto destacado en la literatura argentina y en la hispanoamericana. Fue un gran logro de Roberto J. Payro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la finalidad de dar unas breves notas sobre la vida y la obra del autor, recurriré una vez más, como en toda esta nota, a Enrique Anderson Imbert y copiaré lo que él llamó “Prescindible ficha bio-bibliográfica” en su excelente y definitivo trabajo sobre la obra de su compatriota:&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;i&gt;"Roberto J. Payró (1867-1928) nació en Mercedes, provincia de Buenos Aires, pero su educación fue porteña. Su abuelo, Antonio Payró, había sido un inmigrante catalán que llegó al país en los años que precedieron a la exaltación de Rosas al poder. Por sus otros costados era de viejo linaje porteño, con raíces en la Colonia. Ya autor de varios libros de relatos, Payró fue a Bahía Blanca (1887) y fundó un periódico de oposición al régimen imperante. Bahía Blanca era entonces un pueblo en formación. Los cuentos de "Pago Chico" se inspiran en esa realidad. Ingresó en las filas de la Unión Cívica, nueva fuerza política, liberal y democrática. En 1890 estaba de vuelta en Buenos Aires: fue uno de los revolucionarios que en ese año se alzaron contra Juárez Celman. En 1892 ingresó en La Nación y se vinculó con la generación de los periodistas. Fraternizó con Rubén Darío, quien había llegado a Buenos Aires en 1893. Poco después actuó en el incipiente movimiento socialista, siendo uno de los fundadores del Partido socialista. Viajó por todo el país y escribió copiosamente. En 1907 fue a Europa, paseó por España y durante poco menos de dos años vivió en Barcelona. Después de una jira por Francia, Alemania y Bél-gica se radicó en Bruselas, donde escribió las &lt;/i&gt;Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira&lt;i&gt; (1910). Cuando estalló la guerra y Alemania invadió Bélgica, Payró, valientemente, permaneció en Bruselas sin disimular sus simpatías por los aliados. Por momentos se temió por su vida. Regresó a la Argentina pera radicarse definitivamente en 1923”, donde murió en 1928.&lt;br /&gt;Payro escribió poesía, teatro, cuento y novela. La poesía es descartable, el teatro tuvo éxitos en las representaciones, los cuentos son buenos y muchos de ellos seleccionables para antologías hispanoamericanas; de las novelas, poniendo en segunda fila a las históricas y las nacidas a partir de circunstancias determinadas (los cuentos ambientados en Bélgica), quedan en primer lugar Pag&lt;/i&gt;o Chico&lt;i&gt; (1908), posible también de leer como cuentos, las &lt;/i&gt;Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira&lt;i&gt; (1911) y, claro, El casamiento de Laucha.&lt;br /&gt;Y esta nota introductoria la cerraré con otro brillante párrafo de Anderson Imbert: Payro “no fue un gran escritor sino un escritor con gran tema. Su gran tema: la Argentina de los que venimos naciendo desde Caseros, el granuja y el figurón como fuerzas de una oligarquía poderosa, la irradiación de la capital sobre los pueblos y ciudades de provincia, la realidad urbana y la rural, las fortunas nuevas, los descendientes de emigrantes, los movimiento de la democracia en gestación…”&lt;/i&gt;   (2008).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;span style="font-size: large;"&gt;LAUCHA&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;    &lt;br /&gt;El nombre de Laucha* -apodo y no apellido- le sentaba a las mil maravillas.&lt;br /&gt;Era pequeñito, delgado, receloso, móvil; la boca parecía un hociquillo orlado de poco y rígido bigote; los ojos negros, como cuentas de azabache, algo saltones, sin blanco casi, añadían a la semejanza, completada por la cara angostita, la frente fugitiva y estrecha, el cabello descolorido, arratonado...&lt;br /&gt;Laucha era, por otra parte, su único nombre posible. Laucha le llamaron cuando niño en la provincia del interior donde nació; Laucha comenzaron a apodarle después, allí donde lo llevó la suerte de su vida, desde temprano aventurera; por Laucha se le conoció en Buenos Aires, llegado apenas, sin que a nadie se pudiese atribuir la invención del sobrenombre, y Laucha le han dicho grandes y pequeños durante un período de  &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;treinta y &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;un años, desde que cumplió los cinco, hasta que murió a los treinta y seis...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;*&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;Laucha equivale a “ratón”, y por extensión  a personas aprovechadas. Su origen es araucano (N. del E.)&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;De sus mismos labios oí la narración de la aventura culminante de su vida y, en estas páginas, me he esforzado por reproducirla tal como se la escuché. Desgraciadamente, Laucha ya no está aquí para corregirme si incurro en error; pero puedo afirmar que no me aparto de la verdad muchos centímetros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; I&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;Pues, señor, después de andar unos años por Tucumán, Salta, Jujuy y Santiago, ganándome la vida perra como Dios me daba a entender, unas veces de bolichero, otras de mercachifle, de repente de peón, de repente de maestro de escuela, aquí en un pueblo, allí en una ciudad, allá en una estancia, más allá en un ingenio, siempre pobre, siempre rotoso, algunos días con hambre, todos los días sin plata, comencé por fin a temar con que puede ser que me fuera mejor en Buenos Aires, en donde nunca me podría ir peor, porque esas provincias nunca son buenas para hombres así como yo, sin un peso, ni mucha letra menuda, ni mucha fuerza... ni muchas ganas de trabajar tampoco... Y tanto temé, que al fin resolví largarme y principié a hacer economías de a centavo -¡yo que nunca había juntado plata!- hasta que reuní todo lo que necesitaba para el viaje... lo preciso y nada más.&lt;br /&gt;No he de contar los milagros y otras vivezas que tuve que hacer para juntar la platita: ya se lo imaginarán, y de no, poco importa. El caso es que un día me acomodé en el tren -¡claro que en segunda, porque no había boleto de perro!-, llegué hasta Córdoba, subí al Central Argentino, y en el Rosario me embarqué para Campana en el vapor de la carrera, porque la cosa salía más barata... Campana era entonces el puerto de salida y de llegada de los vapores del Paraná, y ahí mismo se tomaba el tren para Buenos Aires.&lt;br /&gt;Desembarqué con mi equipaje, que era un poncho grueso de lana, criollo, de los tejidos a mano, muy lleno de colorinches, y que le había ganado a la taba a un peón catamarqueño en Tucumán: se lo había hecho la mujer qué sé yo en qué punta de años...&lt;br /&gt;¡Ah!, ya había volado hasta el último cobre en las comidas y copetines del viaje; así es que me encontré en Campana con que para seguir a Buenos Aires tenía que empeñar o vender alguna prenda... y a no ser el poncho... Creerán que esto no tiene nada que ver con mi casamiento; pero esperen un poco... La miseria, como buena vieja brava hace con el hombre lo que se le antoja... A mí me hizo llegar hasta el casorio; ya verán...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; II&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;Bueno, pues, anduve de tienda en tienda queriendo vender el poncho y sacar boleto con la platita, pero sin suerte porque no encontraba ningún aficionado.&lt;br /&gt;-Esos ponchos no se usan por acá -me decía uno.&lt;br /&gt;-Ya tengo demasiados ponchos -me decía otro.&lt;br /&gt;-No compro ropa usada -me gritó furioso un tendero gallego que no tenía más que clavos del tiempo de ñaupa.&lt;br /&gt;Por fin un bolichero me dio por él cuatro nacionales -y digo nacionales porque ya habían cambiado la moneda antigua (bolivianos o pesos del carnerito), tan linda y tan rendidora-.&lt;br /&gt;El boleto de segunda de Campana a Buenos Aires valía entonces alrededor de peso y medio o dos pesos, y no como ahora que cobran cerca de cinco. Así es que yo estaba bien, al fin y al cabo, gracias al ponchito catamarqueño... Pero mi maldita suerte, que no me va a dejar en la pucha vida, quiso que mientras andaba entretenido en el cambalache del poncho, el tren se mandara mudar sin esperarme... ya ven, no tenía reloj, y aunque tuviera no me iba a ir sin boleto y sin plata.&lt;br /&gt;Lo peor es que para ese tiempo no había más que un tren al día, y me tuve que quedar en Campana, y comer y dormir en un bodegón y posada en que sabían parar los reseros que llevaban hacienda para el saladero, que después se hizo frigorífico. La historia me costó peso y medio, así es que me quedó tecleando. ¡Miren qué polaina!&lt;br /&gt;A la noche anduve ronciando la mesa de los reseros que despuntaban el vicio al mus. Los ojos se me iban, pero jugaban muy fuerte, cinco pesos la caja... ¡Figúrense!, yo no iba a pedir media caja, está claro... Me quedé con las ganas y me fui a dormir.&lt;br /&gt;Al otro día me clavé en la estación media hora antes que el tren... y no lo perdí esa vez. Pero ¡vean si no me sobra razón para hablar de mi suerte perra! Bajé en una estación para tomar una copa, y cuando acordé el tren iba pita que te pita, ¡a cinco cuadras!&lt;br /&gt;No, no se me rían: no estaba ni alegrón siquiera, aunque otro pasajero llevaba un frasco de ginebra marca llave (que no es como la de ahora) y de vez en cuando me convidara a pegarle un beso... ¡Bueno, bueno!; sea como sea, el caso es que me quedé en la estación Benavídez, que no tenía, ¡qué iba a tener!, ni sombra de los pobladores que tiene hoy. Volví bastante tristón a la pulpería de frente al tren, donde había estado antes, y que era un boliche con cuatro botellas locas, un queso viejo del país, un pedazo de dulce de membrillo amohosado, y media docena de salchichones entre una pila de cajas de sardinas...&lt;br /&gt;Me puse a conversar con el pulpero, y al rato éramos amigotes. Lo convidé con una copa -porque todavía me quedaban unos centavos-, y cuando le hablé de lo pobre y apurado que estaba, me dijo que por las chacras de ahí cerca andaban necesitando peones para el maíz y que era fácil que me conchabaran si no era muy mulita y no me rendía de estarme al sol el día en peso. Yo, la verdad, no he nacido sino para trabajos de escritorio, de ésos de no hacer nada, sentadito a la sombra; pero la necesidad tiene cara de hereje, y ese mismo día me conchabé con un chacarero que, del partido de las Conchas, donde está la estación Benavídez, me llevó para el Pilar, a recoger maíz.&lt;br /&gt;¡Qué quieren! A los dos días ya no podía más, charqueado por el sol, y trasijado por el trabajo bruto. Le cobré dos jornales al chacarero, que me raboneó unos cuantos centavos como buen gringo, me largué a Belén, que estaba cerquita, a buscar otro acomodo más conveniente, y ahí fue donde empezó el baile... o donde siguió, porque ya hacía rato que había principiado...&lt;br /&gt;No hice huesos viejos en Belén. Antes de la semana ya me había ido sin rumbo, y seguí de pueblo en pueblo y de chacra en estancia, alejándome cada vez más de Buenos Aires, como si en mi perra vida hubiera pensado ver a los porteños. Válgale a la suerte que juega con el hombre como el viento con la paja voladora.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; III&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;Una mañanita que estaba en una es-quina, muy lejos para el suroeste, ma-tando el bicho con una copa de caña paraguaya, me puse a conversarle al patrón, porque yo era el único marchante y él se aburría como yo, del otro lado de la reja, medio echado de barriga sobre el mostrador y con la cara muerta de sueño entre las manos. Yo andaba otra vez sin trabajo y con poquitos cobres en el bolsillo... Es que no me puedo conformar con que me manden, ni con echar los bofes como una mula...&lt;br /&gt;-¿Para dónde va ese camino? -le pregunté entre otras cosas al pulpero, mostrándole con la zurda -en la otra tenía el vaso- una huella que agarraba para el sur.&lt;br /&gt;-A Pago Chico. Esa huella sigue derechito como unas seis leguas, y va a dar a la misma estación del ferrocarril del Pago...&lt;br /&gt;Yo había oído las mentas de ese partido, y me entraron ganas de ir, por puro gusto: al fin y al cabo, lo mismo era trabajar allí que en cualquier otra parte, y el mismo gusto tiene una copa de ginebra legítima. Pero como no tenía caballo ni de dónde sacarlo, y seis leguas a pie son mucha música, le pregunté al pulpero si no caería alguna carreta o algún carro que me llevara.&lt;br /&gt;-No, amigo -me contestó-: esas huellas son de las tropas que pasaban antes con lana para Buenos Aires; pero desde hace un año ya no andan, porque todo se lo lleva el tren.&lt;br /&gt;-¡Caramba, amigo, qué lástima!&lt;br /&gt;-¡Mire qué casualidad! -siguió el pulpero al ratito-. ¡No me acordaba, hombre! Tiene suerte, porque hoy mismo, y cuando más mañana, va a venir la jardinera del almacén del pueblo que trae el surtido para todas las esquinas del camino al Pago, y para mi casa también.&lt;br /&gt;-¿Y de ahí?&lt;br /&gt;-El repartidor lo llevará, si se le hace amigo.&lt;br /&gt;-¡Oh, y cómo no! Lo voy a esperar no más, porque de veras que tengo muchas ganas de conocer Pago Chico. Es un pueblo grande, ¿no?&lt;br /&gt;-Bastante.&lt;br /&gt;-¿Y tiene escritorios y tiendas?&lt;br /&gt;-¡Ya lo creo!&lt;br /&gt;-¡Magnífico!&lt;br /&gt;Y me quedé tomando una que otra copita con el pulpero que era un buen gallego acriollado, hasta que a eso de las diez de la mañana, apareció sobre un albardón una manchita negra que iba agrandándose despacio entre el verde del campo.&lt;br /&gt;-¿Ve eso? -me preguntó el pulpero-. ¿Y sabe lo que es?&lt;br /&gt;-¡Sí, la jardinera! La cuestión será que me quiera llevar el almacenero...&lt;br /&gt;-Por eso pierda cuidado, porque es un muchacho bueno y servicial, y a más, si usted sabe ganarle el lado de las casas, hará lo que quiera con él...&lt;br /&gt;Con esta seguridad, y aunque me quedara tecleando la platita, le compré provisiones para el viaje, salchichón, queso, galleta, cigarros, fósforos, y... nada más... Aunque también me parece que le pedí dos cuartas de vino carlón...&lt;br /&gt;Llegó el repartidor del almacén, y después de unas cuantas copas y un poco de jarana, no tuvo inconveniente en llevarme, como me había dicho el pulpero.&lt;br /&gt;El hombre era conversador, yo nunca he sido manco; así es que la charla empezó en cuanto salimos de la pulpería... eso sin contar el aperital de adentro...&lt;br /&gt;Volvía de vacío, los caballos eran buenos, oscurecía tarde, y de consiguiente podíamos llegar ese mismo día a Pago Chico.&lt;br /&gt;Le conté mi vida; él me contó la suya desde que vino de España: siempre detrás del mostrador, sin salir ni los días de su santo, hasta que lo hicieron repartidor, y andaba como bola sin manija, trotando en la jardinera, y tardándose dos y tres días para volver al Pago. Cuando le hablé que buscaba conchabo, me dijo:&lt;br /&gt;-Si usted quiere trabajar sin deslomarse, ya sé lo que le conviene. Lo dejaré a una legua de Pago Chico, en la pulpería de doña Carolina, que allí encontrará en qué pichulear algo.&lt;br /&gt;-¡Magnífico, amigo! Yo para todo estoy pronto, en tratándose de trabajar, y más cuando ya casi no me queda ni un centavo, como ahora...&lt;br /&gt;-Entonces, doña Carolina anda buscando un dependiente que le convenga... Pero es muy delicada, y una punta han tenido que volverse sin que los tomase... Por eso ahora ya nadie va. En fin: de todos modos, usted encontrará trabajo, porque ahí cerquita está el campo de los Torres y siempre necesitan peones.&lt;br /&gt;Almorzamos, sin dejar el trote y galope; yo pesqué un rato despertándome con los barquinazos; volvimos a charlar, a fumar, a tomar unos traguitos; por fin, a la tardecita llegamos al destino de que hablara el hombre, y nos apeamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; IV&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;La casa era bastante grandecita, con negocio de almacén, tienda, y un poco de ferretería. Tenía también un despacho de bebidas, con gran reja de fierro adelante del mostradorcito, y sin mesas, ni bancos, ni menos sillas, para que el paisanaje y el gringaje, no teniendo en qué sentarse, se largara en cuantito tomaba la tarde o la mañana.&lt;br /&gt;Entramos a la ramada, y del otro lado de la reja se nos apareció una mujer de más de treinta años -después supe que tenía treinta y cuatro-, bastante buena moza todavía, alta, muy blanca, de pelo negro y ojos oscuros. Cuando nos contestó las buenas tardes, conocí que era italiana.&lt;br /&gt;-Doña Carolina -le dijo el repartidor-, aquí le traigo un forastero que anda medio en desgracia, y como el hombre busca trabajo, yo le he dicho que aquí puede ser que encuentre. ¿Qué le parece?&lt;br /&gt;-Sí -contestó la mujer, mirándome con atención-; si se queda por acá, luego o mañana no más, han de venir del establecimiento de Torres... Lo pueden conchabar...&lt;br /&gt;-Y usted, doña Carolina, ¿por qué no lo toma de dependiente? Es mozo vivo y capaz de ayudarla.&lt;br /&gt;-¡Oh, yo! -dijo la gringa, suspirando-; ya no pienso en eso. Se me ha ido la idea.&lt;br /&gt;-No importa -le dije-; me quedaré a esperar a los de Torres. Y, de mientras, sírvanos dos vasos de vino que sea bueno, que estoy galgueando de sed, y este compañero no le digo nada.&lt;br /&gt;Tomamos el vino, que era bastante rico, y el repartidor se despidió porque tenía apuro de llegar al pueblo. Yo me quedé a la espera, mirando la casa, para matar el tiempo. El almacén estaba regularcito de surtido, con muchas bebidas, latas de conservas en un estante, salchichones y tocino colgados del techo, queso y dulce de membrillo en una vidriera, junto con masas de facturería, caramelos largos, pan viejo y galleta.&lt;br /&gt;Había también cosas de ferretería, frenos, facones, cuchillos, tijeras de esquilar, hachas, lebrillos y cacerolas y una punta de chirimbolos, pero del otro lado de la reja, lo mismo que las cosas de tienda, bramante, zaraza, coleta, ponchos, camisetas, pañoletas, calzoncillos, chiripás, hilo, canutillo, pañuelos de seda celestes y colorados, y qué sé yo qué más.&lt;br /&gt;La casa era un galpón grande con techo de fierro, y al fondo tenía un cuartito que me pareció el dormitorio de doña Carolina. Afuera, a unas diez varas y como cuadrando la especie de patio de tierra pisoteada, que quedaba entre la ramada y el palenque, había otro galpón más chico, pelado, sin otra cosa que un fogón en el medio, hecho con una llanta de carro y lleno de ceniza: no había cama, ni en qué sentarse, pero era la comodidad de los forasteros que se quedaban a dormir en el negocio. Eso no es nada para cualquier hombre de campo, que arma cama con el recado; pero yo, sin más que lo puesto, ni una pilcha para abrigo, lo iba a pasar muy mal si no llegaban a tiempo los de Torres...&lt;br /&gt;Me llamó muchísimo la atención no ver a nadie más que a doña Carolina, ni en las casas, ni en el galpón, ni por ahí cerca. Los animales que andaban en un pastizal medio alambrado, eran cinco o seis guachitos y un overo rosado que, por la pinta, debía ser viejo y manso y de la silla de doña Carolina.&lt;br /&gt;Afuera de la ramada había colgado un cuarto de carne, y una nube de moscas revoloteaban alrededor, mientras que otras, paradas, estaban acresándolo. Pero de balde miré a todos lados a ver si había gente: no vi a nadie.&lt;br /&gt;-¿Cómo puede vivir esta pobre mujer, en tanta soledad? -pensé-. Los perros no bastan para cuidarla, porque cualquier malevo los achura, y después a ella, y le roba hasta la última hilacha... ¡Se necesita ser guapa!... Sólo que la gente haya ido al pueblo...&lt;br /&gt;Ya me empezaba a interesar la gringa; así es que me volví a las casas y le pregunté:&lt;br /&gt;-Perdone, misia Carolina; pero, ¿usted está sola aquí, en esta casa?&lt;br /&gt;-Sí -me contestó-; no somos más que yo y un viejito que está ahí, en el bajo del arroyo, cuidando los chanchos. Es el que me ayuda un poco.&lt;br /&gt;-¡Caramba, señora! ¿Y no tiene miedo de vivir tan retirada del pueblo, en esta soledad? Porque el viejo poco ha de servir para compaña...&lt;br /&gt;-¡Así es, el pobre está muy viejo!... Y aunque yo tengo una escopeta, y soy capaz de usarla, a veces me da miedo... Por eso pensaba tomar alguno para que me acompañara y me ayudara a despachar... ¡pero, qué quiere!&lt;br /&gt;Al decir esto, me miró muy seria, muy atenta, y después se quedó callada.&lt;br /&gt;-¿Y por qué no lo ha hecho? -le pregunté por fin.&lt;br /&gt;-¡Eh!, ¡por qué!, ¡por qué!... Porque los que querían conchabarse no me convenían... y como no puedo pagar más de quince pesos al mes... Por ese sueldo hoy no se acomodan nada más que los que no sirven, aunque se les dé la casa y la comida...&lt;br /&gt;Yo, entonces, medio serio, medio riéndome, le dije:&lt;br /&gt;-¿Y yo también soy de los que no sirven?&lt;br /&gt;-¡Oh!, ¡usted no! -me contestó mirándome a los ojos.&lt;br /&gt;-¿Y entonces?, ¿no le dijo mi amigo el repartidor?...&lt;br /&gt;-Sí; son cosas que se dicen, y después...&lt;br /&gt;-Pues mire, señora, lo que es yo, trabajaría con usted, no digo por esa plata... hasta por mucho menos... Estoy cansado de andar rodando... Lo que tiene, que no traigo recomendaciones... ni tengo en el Pago más conocido que el repartidor...&lt;br /&gt;Doña Carolina me volvió a mirar un rato, sin abrir la boca, como para verme las intenciones en la cara. Yo no soy un buen mozo, ya lo sé; pero tengo algo, algo que me hace simpático, sobre todo a las mujeres. ¿Se ríen? ¡Oh!... pues si yo les contara... El caso es que a doña Carolina le debí parecer buen muchacho, porque en seguida me dijo:&lt;br /&gt;-Si fuera sólo por eso de las recomendaciones, no importaría, porque usted no tiene laya de ser mala persona, ¡al contrario!... Pero, ¡qué ha de querer una colocación así, cuando hasta de peón puede ganar dos o tres pesos diarios, cuando menos!&lt;br /&gt;Le conté entonces que yo era más pueblero que hombre de campo, y que no me gustaba trabajar al viento y al sol, como tenía que hacerlo para no morirme de hambre desde que principié a andar en la mala y perdí lo poco mío que tenía. Le dije que me quitaron un empleíto en Buenos Aires, por intrigas de un compañero traidor que me quería sustituir; que después anduve por las provincias del interior, corriendo tierras y buscando la suerte, pero que todo me salió mal hasta que tuve que volverme con una mano atrás y otra adelante. En fin, le hice un cuento de los que no se empardan, y ella me escuchaba con mucho interés y atención: hasta me parece que lagrimeó un poco...&lt;br /&gt;En esto entraron unos carreros a tomar la copa y yo me salí para el patio.&lt;br /&gt;Los carreros andaban apurados y se fueron en seguida. Doña Carolina me chistó:&lt;br /&gt;-Bueno -me dijo-; si quiere, quédese aquí unos días para probar...&lt;br /&gt;-¡Qué probar ni qué probar! ¡Si me quedo aquí, será para toda la vida! -dije entusiasmado.&lt;br /&gt;-¡Quién sabe!... En fin, le pagaré por ahora los quince pesos, y después... si los negocios andan bien, veremos... Le daré un poco de ropa, tiene la comida asegurada, y puede dormir en el galpón, que yo le prestaré unas jergas para blandura y un ponchito para que se tape.&lt;br /&gt;Ahí no más cepillé un gato de puro contento.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; V&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;Cuando volví a salir al patio ya era casi de noche, y me encontré al viejo de los chanchos que había vuelto al entrarse el sol. Estaba pitando un cigarro negro, sentado en una cabeza de vaca, a la puerta del galpón, por la que se veían las llamaradas de una fogata de leña y un humazo terrible que no dejaba divisar las paredes.&lt;br /&gt;-¿Tomando el fresco, paisano? -le pregunté, para entrar en conversación.&lt;br /&gt;-Ansina mismo es, don -me contestó-; demientras se calienta l'agua y medio si asa el churrasco. ¿Quiere dentrar ya prenderle a un verde?&lt;br /&gt;-Con mucho gusto, amigo don...&lt;br /&gt;-Cipriano, p'a servirlo -añadió el viejo, que se sacó el pucho negro de la boca, mirándolo y remirándolo, como con pena de que se le acabara tan pronto.&lt;br /&gt;Entramos en el galpón. Al lado del fuego, que ardía con grandes llamas y chisporroteo de leña verde, echando un humo espeso y agrio que hacía lagrimear, hervía una inmensa pava, negra de hollín; al lado estaba la enorme yerbera cuadrada, de palo, mediada de yerba parnanguá, entre la que se asentaba el mate, una galleta muy bien retobada con miga. Al calor de la llama se iba asando un pedazo de carne de la que vi colgada, y ahí no más, cerquita, el porrón de la salmuera. El viejo era amigo de su comodidad. Entró la cabeza de vaca, yo me senté en otra, y comenzamos a matear y a menearle taba.&lt;br /&gt;-¿Y p'ande va, amigo? -me preguntó don Cipriano, brindándome un amargo-. Porque usted no es del Pago, ¿no?&lt;br /&gt;-No; no soy del Pago, pero voy a ser - le dije.&lt;br /&gt;-¡Ajá, está bueno! ¿Y ande piensa trabajar?... si me permite la pregunta.&lt;br /&gt;-Aquí mismo. Me quedo a ayudar a la patrona.&lt;br /&gt;-¡Bien haiga! Falta le hacía a la pobrecita, dende que murió el finao, aura hará un año p'a la yerra... La mujer no ha di andar sola, dispués de haber tirao en yunta... solita, se hace mañera, y no sirve ni p'a noria.&lt;br /&gt;Al principio no entendí bien lo que me quería decir el viejo, pero la agachada era demasiado clara, para que al fin no cayese en cuenta. Refregándome los ojos que me ardían con el humo, le dije con retintín...&lt;br /&gt;-¡Sola!... tan sola no vivía, desde que estaba con usted.&lt;br /&gt;-Se mi hace que l'incomoda la huma-dera, amigo, y que ya no ve lo maceta que mi han puesto los años... Y cómo será cuando tuavía no gastábamos más leña que la de oveja, ni pitábamos más que naco o cuerda, y yo era viejón y duro de coyunturas... No friegue, pues, mocito.&lt;br /&gt;Yo me eché a reír. El viejo, después de estarse callado un rato, siguió con los cuentos de la patrona.&lt;br /&gt;-Dende que murió el finau, que Dios tenga en gloria, doña Carolina anda como pan que no se vende. A esa moza-por qu'es moza tuavía- le falta algo, ¡claro está! Y la verdá, que anqu'es trabajadora y se levanta al alba, la esquina suele ser de mucho trajín p'a ella sola, pobrecita...&lt;br /&gt;Chupó tranquilamente el mate, y después siguió:&lt;br /&gt;-Y es buenaza la patroncita... Cuando vivía el finau, todo era mimos y comiditas... Aura rejunta cuanto guacho encuentra y los trata como a hijos... A mí, a su lau no me falta nada, y eso que soy un viejo deslomao que no vale ni una sé di auga... Y hace mucha caridá, y no hay rancho de pobre por ahí cerca, en que no la quieran como al pan bendito...&lt;br /&gt;-Me alegro de tener una patrona así -le dije-; de ese modo me voy a quedar aquí toda la vida.&lt;br /&gt;Me miró con risita fregona, y después de un rato agregó, mientras encendía un candil de sebo de carnero:&lt;br /&gt;-¡Mire!... usté, lo que debe hacer, mocito, es indilgársele derecho viejo, y ronciarla de lo lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté no me parece lerdo, más que para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la pobre, necesita compaña... Óigale a este viejo que no ha visto al ñudo tanta madrugada, y siga su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y aura, vamos a tender el asador y a echarle la salmuera p'a que acabe di asarse al rescoldito... ¡Ya verá qué churrasco! También ya no sirvo p'a otra cosa.&lt;br /&gt;Saqué el cuchillo y busqué dónde afilarlo, pensando en lo que me había dicho el viejo ño Cipriano, que no dejó de interesarme mucho. La verdad que allí podían acabar mis penurias, sin hacer mal a nadie, y principiar una vida tranquila y honrada, con una buena mujer, unos pesos siempre listos en el bolsillo, trabajo descansado y divertido, una copita cuando se me antojara, comida abundante, cama blanda...&lt;br /&gt;-A naides ha querido conchabar de todos los que han venido a ofrecerse -dijo ño Cipriano-. Y si lo ha tomado a usté, es porque ya tiene más de la mitá del camino andau. ¡Arriejesé sin miedo, mozo!&lt;br /&gt;Le iba a contestar, cuando oí que doña Carolina me llamaba desde la ramada:&lt;br /&gt;-¡Eh!, joven, ¡eh! Venga aquí, haga el favor.&lt;br /&gt;Todavía no le había dicho mi nombre.&lt;br /&gt;Salí y fui a la ramada.&lt;br /&gt;-¡No! -gritó doña Carolina-. Entre nomás por el patio, que los dos vamos a comer aquí adentro, en esta mesa.&lt;br /&gt;Había puesto un mantel limpito, dos cubiertos, una pila de platos, pan con grasa, queso fresco, una caja de sardinas abierta, y un gran platazo de nueces y pasas.&lt;br /&gt;-Aquí se come a lo pobre, y usté dispensará porque no hay cómo hacer muchas cosas.&lt;br /&gt;-¡No diga, señora! -le contesté-. Si viera los gofios que he comido todo este tiempo, y el maíz cocido de las provincias del norte, no pensaría eso. Muchos días me lo he pasado con una galleta y un traguito de aguardiente, y otros, sin galleta...&lt;br /&gt;-¡Pobre mozo! -dijo doña Carolina, que se había puesto tristona, y medio lagrimeaba, como yo en el galpón con el humo-. Pero ahora, siempre tendrá lo más preciso; porque aquí, gracias a Dios, nunca falta qué comer...&lt;br /&gt;Y aquella noche, al menos, era verdad, porque comimos sopa de fideos, las sardinas, una ensalada de carne, asado, el queso, las pasas y nueces, y qué sé yo, hasta que tuve que decir que no quería más, al servirme la segunda botella del vino que habíamos probado con el repartidor...&lt;br /&gt;¿A qué contarles la conversación mientras cenamos, ni lo alegre que me acosté, ni lo bien que dormí esa noche en un montón de bajeras y cueros de carnero bien lavados y blandísimos... ¡y hasta con sábanas!&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; VI&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;Me levanté al alba, agarré una escoba y me puse a barrer la ramada y el corredor de la casa, porque misia Carolina todavía estaba durmiendo encerrada adentro.&lt;br /&gt;De repente se me apareció, me quitó la escoba de las manos, como si estuviese muy enojada, y me dijo:&lt;br /&gt;-¡No quiero que haga eso! Más bien entre al negocio; arrégleme las bebidas y después... ¿Sabe escribir?&lt;br /&gt;-¿Cómo no, señora? Y tengo bastante linda letra.&lt;br /&gt;-Bueno, me alegro. Entonces, me va a poner en limpio la libreta de cuentas.&lt;br /&gt;-¡Perfectamente, señora: yo haré todo lo que me mande! Pero tampoco me incomoda lo de barrer; así es que si usted quiere, puedo hacer las tres cosas, porque las mañanas son muy largas todavía.&lt;br /&gt;-¡No, no! Vaya al negocio nomás; yo le iré a ayudar en seguida.&lt;br /&gt;¿Eh?, ¿qué tal?, ¿qué me dicen? Me parece que los primeros golpes estaban bien dados, ¿eh?&lt;br /&gt;Entré al almacén, tomé mi mañana, más abundante y mejor que de costumbre, y me puse a arreglar las botellas, que en su mayor parte eran falsificadas en la licorería de Pago Chico y unas misturas asquerosas. Al ver esto, se me ocurrió una invención que debía dar muy buenos resultados. Cuando acabé con las botellas busqué una libreta nueva, y principié a copiar la vieja toda ajada y mugrienta de tanto manoseo, llena de garabatos, rayas y borrones. Escribí que era un primor, y ya estaba acabando cuando entró misia Carolina, que se quedó embobada al ver mi trabajo y me miró con admiración, casi con susto de que me le fuera a ir. Para admirarla todavía más, le dije sobre el pucho:&lt;br /&gt;-¿Sabe, señora, lo que se me ha ocurrido? Que, como yo sé fabricar coñá, hacer dos cuarterolas de vino de una sola, falsificar el bíter, el ajenjo, el anís, y todo lo demás, lo mismo que misturar la yerba buena con la mala sin que se conozca, podemos hacer aquí todas esas cosas. Usté ganaría muchísimo más que ahora, que está regalando la platita al licorero falsificador de Pago Chico.&lt;br /&gt;Misia Carolina abrió tamaños ojos, se rió un poquito, pero no consintió en seguida.&lt;br /&gt;-¡Eso es tan difícil! ¡Se necesitan tantas cosas!&lt;br /&gt;-No crea, señora; con poco se hace.&lt;br /&gt;-No importa; por ahora, no; después veremos. ¡Hay tiempo!&lt;br /&gt;Pero yo ya le había ganado la voluntad, y medio se me recostó en el hombro, para volver a ver la primorosa libreta.&lt;br /&gt;Tan bien iban las cosas, que esa mañana el almuerzo fue mejor todavía que la cena de la noche antes, porque además de puchero, hubo gallina con arroz, tortilla, mazamorra con leche y dulce de membrillo. La patrona echaba el resto o poco menos.&lt;br /&gt;Entonces principié la vida gorda, las grandes charlas y beberaje con los marchantes, las jugadas al mus, al truco y a la taba, las payadas y guitarreos, los viajes de todo un día, hasta el Pago, en el overo maceta.&lt;br /&gt;-Diviértase, diviértase nomás -decía misia Carolina-, que para eso es joven; y mientras no me falte al trabajo...&lt;br /&gt;La verdad es que la gringa no hablaba del todo así, como he dicho. Se conocía que era italiana, y decía coven, trabaco... Pero eso no le hace. Al fin yo me divertía y gozaba sin tener que pensar en na-a. ¿Qué importa la habla entonces? Yo también suelo ser fino cuando quiero -¡oh!, ¿y de no?-, pero me gusta que todos me entiendan...&lt;br /&gt;Bueno, pues: como las cosas iban tan bien, me le animé a la gringa. Ya hacía tiempo que la andaba pastoreando para eso, pero no hallaba cómo principiar la declaración y me daba miedo de pegar una rodada... En fin, aquella tardecita me dije: «Amigo Laucha» (yo también me he acostumbrado a lo de Laucha), «amigo Laucha, lo que es de esta hecha, que no se te escape». Y así fue nomás...&lt;br /&gt;Cuando ya estábamos acabando de comer, le busqué la vuelta y le dije:&lt;br /&gt;-Conque desde que enviudó, misia Carolina, ha estado solita... ¿solita y su alma?&lt;br /&gt;Le hablé con la voz tembleque y mirándola medio al soslayo.&lt;br /&gt;-¡Hace más de un año! -y suspiró la gringa.&lt;br /&gt;Yo aproveché la bolada:&lt;br /&gt;-¡Qué lástima, tan joven! -y en seguida le soplé más despacito: -¡Y tan hermosa!&lt;br /&gt;A la verdad, doña Carolina no tenía entonces nada de fea, y era grande y gorda, como a mí me gustan, puede ser por lo que soy así flacón y bajito.&lt;br /&gt;-¡Qué quiere!, ¡así son las cosas de la vida! -dijo suspirando otra vez, y como si no hubiese oído el piropo-. Y sola y mi alma me he de morir, porque ¿quién me va a querer a mí, vieja y fea como soy?...&lt;br /&gt;La gringa había esperado para retrucarme el cumplimiento, pero con toda baquía me dejaba un juego lindazo para mis intenciones... y las de ella.&lt;br /&gt;-¡Señora! -le contesté, sobre el pucho y muy estirado-, usted está en una posi-ión mejor que la mía, que si no, y perdone el atrevimiento, yo me comprometería a hacerla feliz, y que se olvidara del finadito. Y ¿sabe por qué?... porque a gatas la vi, me fue muy simpática, y hoy ya la quiero de alma...&lt;br /&gt;Doña Carolina se agachó al plato, como para seguir comiendo; pero no comió, y al rato me dijo despacio, como con miedo de que le hiciera caso a lo que me decía:&lt;br /&gt;-No hablemos más de esas cosas.&lt;br /&gt;Yo me quedé callado, porque no había para qué estirar mucho la prima, y era mejor pasar por corto de genio... Ella fue la que habló primero, mientras estaba sirviendo el postre...&lt;br /&gt;-Cuénteme algo de lo suyo... de su vida -me dijo-. Ya sabe que me gusta mucho oírlo hablar.&lt;br /&gt;-¡Mi vida ha sido tan triste hasta ahora, misia Carolina!... Puras penas nomás... He sufrido mucho y no quisiera molestarla con mis recuerdos...&lt;br /&gt;-Bueno -contestó medio afligida-. No quiero que se vuelva a entristecer -y entusiasmándose, siguió-: Ya no ha de pasar más penurias, porque no va a estar toda la vida conmigo como un dependiente... Usté es trabajador, aunque le gusta divertirse a veces... Lo voy a hacer entrar como socio: ya sabe que en este boliche se gana platita. ¡Ya ve que todas las noches saco treinta o treinta y cinco pesos del cajón, y hay, también, que contar los fiados y las libretas... Pero, si usté mismo hace las bebidas, que son lo más caro, tenemos que ganar mucho más.&lt;br /&gt;-¡Así es, señora! -le dije con los ojos como patacón.&lt;br /&gt;-Dígame entonces lo que necesita -siguió ella-, y yo le daré la plata para que se vaya a Chivilcoy, o al mismo Buenos Aires, si es mejor, y se traiga todo...&lt;br /&gt;-¡Mire, doña Carolina, me hace llorar de buena que es! ¡Y créame que no favorece a un desagradecido!&lt;br /&gt;E hice la farsa de limpiarme los ojos con un pañuelo de seda celeste -¡ah criollo!- que ella me había regalado en los primeros días y que tenía limpito y muy planchado. Después seguí:&lt;br /&gt;-¡Bueno, señora!, me iré mañana mismo, si le parece, y con doscientos pesos haré el viaje y compraré las cosas y las mixturas que me hacen falta. Y en un año, no habrá que comprarle al indino del licorero más que la soda y la cerveza...&lt;br /&gt;-¡Está bueno! Mañana mismo irá.&lt;br /&gt;Pensé acercármele al ver que le brillaban los ojos, pero en seguida me pareció que quién sabe si no corcoveaba...&lt;br /&gt;Yo, al fin, soy un poco corto de genio... ¡aunque no tanto!...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;VII&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;Esa noche quedó arreglado y convenido todo lo de la fabricación, y en buen camino las otras cosas, que por lo visto no le habían disgustado mucho a la gringa. ¡Ah!, ¡me olvidaba! También me dijo:&lt;br /&gt;-Usté no tiene capital, y aquí en el boliche hay un capitalito de unos pocos miles de pesos. Pero haremos cuenta que la mitá es de usté, para no andar con embrollos.&lt;br /&gt;Yo me largué contentísimo al galpón, donde tenía mi cama; pero aunque era blandita, casi me pasé toda la noche revolviéndome, sin poder pegar los ojos.&lt;br /&gt;Pues en cuantito principió a clarear, ya estaba con los huesos de punta y con todo aprontado para el viaje...&lt;br /&gt;Tomé unos cimarrones con ño Cipriano, que dormía en la otra punta del galpón sobre unas pilchas viejas, y con quien nos habíamos hecho amigazos. Cuando le conté lo de la sociedad y el viaje, bailando de gusto, me dijo muy serio:&lt;br /&gt;-Tenga mucho cuidau, paisano, con lo qui hac'en la ciudá; no vay'a dejar qu'el asau si arda antes de qu'esté en su punto. Usté va lejos, pero más lejos van las mujeres... De puro desconfiadas y ladinas, cuand'uno va, ya están de güelta. No se me descuide, y se me quede di a pie cuando ya está estribando.&lt;br /&gt;Me hice el desentendido y me reí, brindándole el mate que cebábamos una vez cada uno, a lo resero. Después me levanté para irme.&lt;br /&gt;-Bueno, hasta la vuelta, amigo don Cipriano.&lt;br /&gt;-Que le vaya bien y hasta la güelta, mozo: no se tarde, que al güay lerdo... ya sabe...&lt;br /&gt;Me fui a despedir de la gringa que me dio tres o cuatro sacudones de manos, con los ojos aguachentos, monté el sotreta overo que ya había ensillado, y con su galope de ratón seguí hasta un almacén de al lado de la estación de Pago Chico. Ahí dejé el mancarrón, muy recomendado, y me entretuve tomando unas cañitas, porque todavía faltaba rato para el tren...&lt;br /&gt;En Buenos Aires compré etiquetas con todos los nombres y todas las marcas de las bebidas, corchos, lacre, cápsulas de lata, esencias de todo, y unas damajuanas de aguardiente muy fuerte, que es lo principal para los licores. No me olvidé tampoco de los polvitos de anilina para dar color, ni de una punta de yerbas y palos de droguería que necesitaba. Compré también por si acaso un «Manual del Licorista», y sin perder tiempo, acordándome del buen consejo de ño Cipriano, me volví a Pago Chico, y enderecé en seguida para la esquina «La Polvadera», como le sabían decir a la casa de negocio.&lt;br /&gt;No se me da la gana de decirles cómo me recibió doña Carolina, pero les aseguro que no fue mal... ¡No!, lo que es eso, ¡no!; hasta ahí no llegaba la broma todavía...&lt;br /&gt;Bueno, pues, al otro día mismo, ya me puse a hacer mis menjunjes, y de ahí salió anís, coñá, ginebra, guindado, hasta vermú; rebajé todo el vino que había (dejando unas damajuanas aparte para nuestro uso), le eché mucho aguardiente, un poco de anilina, y de cada cuarterola alcancé a hacer más de dos, como se lo había prometido a mi gringa. Y todavía me acuerdo que, entusiasmado con el trabajo, hasta inventé licores, o más bien dicho, el color y así hice caña de duraznos azul, ginebra amarilla como el oro, bítter de naranja verde y colorado, y un licorcito muy dulce de vainilla, color violeta claro, que los reseros sabían llevarle a la novia de regalo, por lo rico, y sobre todo por lo lindo que era.&lt;br /&gt;La cosa resultó magnífica, y a los marchantes les gustaban más algunas bebidas hechas por mí que las legítimas, puede ser que porque eran más fuertes. Y decían al pedirlas:&lt;br /&gt;-¡Eh, mozo!, una caña... de la que toma el patrón, ¡eh!&lt;br /&gt;Carolina estaba muerta de contenta, y un día me dijo:&lt;br /&gt;-Usté tiene unas manos de ángel (decía anquel) y estamos ganando mucha plata. Y... ¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era un joven (coven) como usté... Y ahora que lo conozco bien... ya le puedo prometer que... que vamos a ser felices en todo sentido...&lt;br /&gt;Yo no había vuelto a hablarle del asunto serio, pero en todo aquel tiempo la miraba con ojos de carnero degollado, ronciándola y pensando: «¡Ya has de caer!, ¡ya has de caer, mi vida!», seguro de que no se me iba a escapar. Y todavía, haciéndome el sonso, le salí con esta agachada:&lt;br /&gt;-¿Qué quiere decirme, señora, con felices en todo sentido?&lt;br /&gt;La gringa se desentendió, contestándome colorada:&lt;br /&gt;-Conversaremos esta noche, después de cerrar el negocio... Entonces le diré la contestación...&lt;br /&gt;Yo hubiera bailado en una pata, de puro contento.&lt;br /&gt;Y efectivamente... Cuando acabamos de comer, cerré la puerta de la ramada -que se cerraba por afuera-, entré al negocio por la del patio, y me encontré a Carolina que me estaba esperando. [&lt;br /&gt;-Ahora puede decirme -principié despacito, para quitarle los últimos recelos.&lt;br /&gt;Pero ya no había necesidad de tantas historias.&lt;br /&gt;-Bueno, conversemos -dijo muy seria-. Pero antes digamé la verdad... ¿Usted se casaría conmigo?...&lt;br /&gt;Le iba a contestar, pero no me dejó.&lt;br /&gt;-Soy un poco vieja y fea -siguió con una especie de coqueteo que hoy me da risa-, pero lo quiero mucho; y, como le dije hoy, podemos ser felices en todo sentido... La cosa es, que hay que casarse, si no, ninte!&lt;br /&gt;Yo nunca había pensado en semejante cosa, pero comprendí que la gringa no iba a aflojar ni por un queso, y conseguí ponerle buena cara.&lt;br /&gt;-¡Oh, misia Carolina! Nunca creí otra cosa, y casarme con usted será mi felicidad -le dije.&lt;br /&gt;Se rió muy contenta, y me dio la mano que me apretó mucho, con los ojos medio llorosos.&lt;br /&gt;-¡Bueno, bueno! -siguió-. Entonces yo le daré lo que quiera, y si no tiene inconveniente, mañana mismo se va a Pago Chico, a comprar todo lo que haga falta para casarnos en cuanto pasen las amonestaciones...&lt;br /&gt;Y como para ensartarme más de lo que estaba, dijo que el negocio no era más que una parte de su fortunita, porque tenía un campito ahí cerca, arrenda-do a unos vascos, unos pesitos puestos en Buenos Aires, en el Banco de Italia, y algunas cositas más que vería después.&lt;br /&gt;-¡Aunque no tuviera en qué caerse muerta, misia Carolina! -le dije contentísimo-. ¡Sería lo mismo para mí, y me casaría con usté inmediatamente!... ¡Sí! Mañana mismo me voy al Pago, a hacer las compras, a ver al cura, a buscar los padrinos, y mandarme hacer una ropita decente, porque no me he de casar como un zaparrastroso.&lt;br /&gt;Y agarrándola por la cintura, como para bailar, le grité:&lt;br /&gt;-¡Ya verás, m'hijita, qué felices vamos a ser!...&lt;br /&gt;Pero aunque el negocio me conviniera mucho, yo no dejaba de tener un poco de vergüenza, por las relaciones y la familia, que no iban a dejar de saber mi casamiento, porque al fin y al cabo yo no soy un cualquiera, aunque anduviese más pobre que las ratas... ¡Y se me ocurrió una idea macanuda!&lt;br /&gt;-Mirá, hijita -le dije sobre el pucho-: como vos sos viuda y yo soy un poquito más joven, como no tengo un real ni para remedio, fuera de lo que vos me das, será mejor que tratemos de no dar que hablar a las lenguas largas: ya sabés lo mala y enredadora que es la gente, sobre todo en Pago Chico. Casémonos, pero sin fiesta, que para fiesta bastantes somos los dos...&lt;br /&gt;-¿Y de ahí? -me preguntó medio alarmada.&lt;br /&gt;-¡Mirá! Arreglamos con el cura Papagna la dispensa de las amonestaciones; viene aquí mismo, nos casa, con algún vecino, o el mismo ño Cipriano, y una amiga de confianza, de padrinos, y después, cuando todo el mundo sepa y se haya acostumbrado, si se nos antoja podemos dar cuanta farra se nos dé la gana, sin que nadie se ría de nosotros, ni ande con habladurías, ni levantadas...&lt;br /&gt;-¡Hacé lo que querás! -me dijo por fin la gringa, que estaba más contenta que cuzco recién desatado-. Con tal de que nos case el cura, y nos eche la bendición delante de los padrinos, a mí no me importa nada. ¡Hacé lo que querás!...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;VIII&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;¡Pues, señor! Echo en saco roto una punta de menudencias para contarles lo del cura, que es realmente divertido, como que a mí mismo me dejó pasmado, y medio sonso, aunque haya visto tantas cosas raras en la vida.&lt;br /&gt;Este cura, que era un napolitano cerrado de lo que no hay, hacía poco que estaba en el Pago, pero por las mentas ya se había puesto riquísimo y pensaba irse pronto a su tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el favor, ¿cómo puede ponerse rico un cura en un pueblo de campo, aunque le lluevan las limosnas y le goteen las velas para los santos y haga como el sacristán de Nuestra Señora de la Estrella: «la mitá p'a mí, la mitá p'a ella»? Yo no creía, ni muchos creían tampoco, que el cura Papagna estuviese regularón siquiera; pero es que era un verdadero pillo, un gran canalla, un fraile como no he visto en todas mis recorridas por esta tierra, en que he hallado unos muy buenos, otros regular no más, y otros muy malos... ¡No, lo que es como aquél!...&lt;br /&gt;El cura Papagna era bajito, gordinflón, muy narigueta, bastante canoso, con unas manos peludas y como patas de carancho, pero más gruesas, ¡natural! Andaba siempre con la sotana perdida de lamparones, y la barba sin afeitar de muchos días; así es que parecía -y era- ¡un sucio! Yo no sé si han notado que hay gente que se diría que no se afeita nunca; pero entonces, ¿cómo es que siempre tienen cortos los pelitos de la barba?...&lt;br /&gt;Bueno, pues, cuando salía al campo, a casar y bautizar, iba en un bayo tan peludo y tan sucio como él. Por el pueblo poco se le veía, sino en la misma iglesia y a la hora de la misa, o cuando había rosario, novenas, o qué sé yo. Según decían los comerciantes del Pago, nunca gastaba un cobre, y hasta vendía las gallinitas y pollitos que le llevaban de regalo las beatas. Siempre andaba llorando miseria aunque el cuerpo le destilara grasa por todos lados. ¡Corrían unos cuentos de él!... Muchos vecinos se habían quejado varias veces al arzobispo, no me acuerdo bien por qué, pero el arzobispo se hizo la chancha renga, y el cura Papagna siguió tan suelto de cuerpo en la parroquia, casando, bautizando, diciendo misa y predicando... ¡Vieran los sermones!... Eran cosa de perecer de risa. No se oían más que las mentas de las barbaridades y bolazos que largaba medio en napolitano, porque ni el italiano sabía bien. Cuando fui a hablar con él, estaba en la sacristía, sentado cerca de una mesa mugrienta, con las manos cruzadas sobre la barriga, redonda como un tremendo queso de bola.&lt;br /&gt;-¿Qué vulite? -me preguntó.&lt;br /&gt;-Yo, señor cura... venía... venía porque me voy a casar...&lt;br /&gt;-Va bene!, va bene! Songo diechi na-chonale... E un qui se ne casa?... Bisoña pagá antichipate pei publicazione... amonestazione... A mushash é de acá?... ¡Eh!... vedite... diechi nachonale é poca roba!&lt;br /&gt;-¡Espere un poco, señor cura!... Es que yo quisiera la, ¿cómo se dice?, ¡ah!, ¡sí!, la despensa de las amonestaciones...&lt;br /&gt;-Allora so tranta!&lt;br /&gt;-Y que nos casara en casa de la novia...&lt;br /&gt;-Allora so sesanta... Un pozo fá de meno.&lt;br /&gt;-¡Oh!, por eso no importa, señor cura: se le pagarán los sesenta pesos... Pero ¿cuándo nos podrá casar?&lt;br /&gt;-Cuanne vulite... ¿E qui é á compro-mesa?&lt;br /&gt;-¿La qué dice?&lt;br /&gt;-La mushás...&lt;br /&gt;-¡Ah! ¡Sí! Doña Carolina, la viuda, ¿sabe? la de la pulpería de la Polvadera...&lt;br /&gt;-Va bene, va bene.&lt;br /&gt;Y el cura se quedó un rato callado, como pensando. Después, medio riéndose, se levantó de la silla, se me acercó, y agarrándome la solapa de la chapona, me dijo despacito, como para que nadie lo pudiese oír, aunque no hubiese nadie en la sacristía...&lt;br /&gt;¡Ah! Como me parece que alguno de ustedes no entiende el nápoli, lo voy a hacer hablar en Castilla.&lt;br /&gt;-¿Pero usté quiere casarse de veras?... ¿en el libro de la parroquia? -me dijo.&lt;br /&gt;Al principio no entendí lo que quería decirme y lo miré azorado.&lt;br /&gt;-¿Por qué me dice eso? -le pregunté por fin.&lt;br /&gt;-¿Eh? -me contestó el muy sinvergüenza-. Porque hay algunos que quieren casarse, sí, pero que no les pongan el casamiento en el libro... Entonces, yo les hago un certificado en un papel suelto, y se lo doy para que lo guarden. Entonces... pero no va a decir nada, ¿eh?&lt;br /&gt;-¡Qué esperanza, padre!&lt;br /&gt;-¿De veras?&lt;br /&gt;-¡Mire: por éstas!&lt;br /&gt;-Entonces, si la mujer es buena, ellos lo guardan; pero si no es buena, lo rompen y se mandan mudar si quieren y la mujer no puede hacer nada, ¡eh!... Yo tengo permiso para casar así, pero nadie tiene que saberlo, porque es un secreto de la Iglesia... y también es mucho más caro que el otro casamiento...&lt;br /&gt;¡Qué iba a tener permiso el cura picarón! Era una historia que había inventado para far l'América, y llenar pronto el bolsillo aunque se fuera al infierno derechito; tantas ganas tenía de volverse a su tierra a comer pulenta y macarrones.&lt;br /&gt;Pero, después de un rato... la verdá... pensé que no sería malo casarse así, como él decía, aunque nunca, ni menos entonces, se me había pasado por la cabeza engañar a la gringa, tan buena y cariñosa... El diablo del cura me tentó, yo no tenía la culpa, al fin y al cabo, y como lo que era por plata no había que echarse atrás, porque Carolina tenía bastante, pisé el palito, me pareció que éso era una gran seguridad para mí, y le dije al cura:&lt;br /&gt;-¿Y cuánto sería el gasto de ese modo, padre Papagna?&lt;br /&gt;-Trechento pesi.&lt;br /&gt;-¿No puede ser algo menos? -le pregunté, porque para rebajar siempre hay tiempo.&lt;br /&gt;-¡Ni un chentavo!... Y además, usté me va a jurar, por el santo Dios y la Santísima Virgen, que no le va a decir nada a nadie, de mientras yo esté en cuest'A-mérica!...&lt;br /&gt;-¡Qué quiere, padre! ¡No puedo darle tanto! Y ni le pago, ni juro -añadí, para obligarlo a rebajar.&lt;br /&gt;Él medio se me asustó, y palmeándome el hombro, comenzó a ver si me amansaba. Pero no aflojé, ni él tampoco, y así estuvimos un rato largo regateando. ¡Miren qué negocio para regatear! ¡Hoy mismo me estoy haciendo cruces!... En fin, cuando me dejó la cosa en ciento cincuenta pesos, le dije:&lt;br /&gt;-Bueno, le pagaré y juraré -pegándole una palmadita en la panza, porque ya le había perdido el respeto. ¡Y de no!&lt;br /&gt;Saqué el rollo que me había dado Carolina y me puse a contar. ¡Le vieran los ojos al fraile! ¡Parecía que se quería tragar la plata!&lt;br /&gt;Cuando le di los ciento cincuenta, los agarró con sus uñas de carancho, de medio luto por la mugre, los contó él también, y los volvió a contar. Se alzó la sotana y se los metió bien al fondo del bolsillo del pantalón que tenía debajo, como para que no se le escapasen.&lt;br /&gt;¡Y qué agarrado! Mientras estaba guardándolos, temblaba todo, como si fuera perlático. ¡Nunca he visto cosa igual!... Después se sosegó un poco:&lt;br /&gt;-Bueno, ahora vamos a jurar.&lt;br /&gt;Me llevó a la iglesia por la puerta de la sacristía, me hizo hincar enfrente del altar mayor, y con mucha seriedad, principió:&lt;br /&gt;-¿Jura por Dios y por el Santísimo Sacramento y por la Santa Virgen, no decir nunca a nadie cómo lo he casado, mientras yo esté en Pago Chico y en América?&lt;br /&gt;-¡Sí, juro! -contesté fuerte.&lt;br /&gt;-¡Ponga la mano sobre este libro, que es el Evangelio, y de esta cruz, y jure otra vez!... Y si falta al juramento, ¡los diablos lo perseguirán en esta vida, y lo harán arder en la otra!...&lt;br /&gt;Puse la mano como él decía, y volví a jurar.&lt;br /&gt;-¡Bueno!, ahora levántese, dígame cuándo quiere casarse, y se puede ir no más.&lt;br /&gt;-Hoy es jueves. El lunes a la noche, ¿no le parece?&lt;br /&gt;-¡Benissimo!; a la nove, no?&lt;br /&gt;-Muy bien... y ¿no tendremos que confesarnos?&lt;br /&gt;-¡Eh!, ¡qué confesarnos, ni confesarnos!... ¡para esta clase de casamiento no se prechisa!...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; IX&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;Figúrense lo contento que me iría a comprar los muebles, aunque hubiesen mermado tanto los pesitos que me dio la gringa Carolina. Los gasté todos y todavía quedé debiendo a nombre de la gringa, para pagar a los dos o tres meses; el mueblero no tuvo inconveniente en fiarme, porque ya se sabía en el Pago que yo era socio de la pulpería y algunos me la achacaban de querida a la gringa. ¡La gente es tan mala!...&lt;br /&gt;Bueno, pues nos casamos el lunes que habíamos dicho con el cura, y salieron de padrinos el viejo ño Cipriano y una parda medio adivina que vivía en un ranchito cerca del negocio, y siempre andaba descalza y de pañuelo colorado en la cabeza.&lt;br /&gt;Carolina se había encajado un gran traje de seda negra, con pollera de volados y bata de cadera, y se había puesto una manteleta en la cabeza, que le pasaba por detrás de las orejas y se ataba debajo de la barba, unas caravanas larguísimas de oro que le zangoloteaban a los lados de la cara redonda y colorada, y un tremendo medallón con el retrato del finadito, de medio cuerpo. Después se puso el mío...&lt;br /&gt;El cura, que fue en su bayo peludo, sin sacristán ni nada, nos echó sus jerigonzas, en dos minutos, hizo firmar la partida de casamiento, la firmó él también, salió al patio conmigo, me dio el papel sin que nadie lo viera, montó el sotreta, y se largó al trotecito para el pueblo, gritando:&lt;br /&gt;-¡Eh! que siano feliche!...&lt;br /&gt;No se quedó a comer como lo había invitado Carolina -y eso que era un gran tragaldabas-, seguramente porque en el Pago no se fuera a maliciar la cosa del casorio falluto.&lt;br /&gt;Pero se llevó un pollo asado, una botella de Chianti y otras cositas más...&lt;br /&gt;Carolina, que se pintaba sola para esas cosas, había hecho una cenita de regular arriba, y los cuatro -yo, ella, ño Cipriano y la parda- nos sentamos a comer y a chupar en grande. ¡No, si era chacota!... El viejo se le prendió al vino como guacho hambriento a leche recién ordeñada. La parda, de consiguiente. Carolina se puso medio alegrona, y yo... ¡no les digo nada!... A los postres, ño Cipriano, para rematar la fiesta, se le prendió a la caña de durazno y soltando refranes y dando consejos, se mamó tan fiero, que tuvimos que llevarlo al galpón entre los tres...&lt;br /&gt;-¡Cosas de la vida! ¡Cosas de la vida! -decía la parda, trastabillando, lagrimeando y babosa con la tranca.&lt;br /&gt;Al rato se enloqueció del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo que quedar aquella noche. Al otro día le dijo a Carolina que había soñado que un ángel bajaba del cielo para venir a bendecirla a ella y a mí, y que ésa era seña segura de que íbamos a ser lo más felices. Que también soñó que le regalaban unas gallinitas y un corte de vestido... ¡Miren la parda ladina!&lt;br /&gt;La gringa, de puro contenta, porque yo no le había mezquinado aquella noche -y si no ¡juéguenle risa no más! ¡después de andar galgueando tanto tiempo!-, le regaló efectivamente las gallinas y el generito y hasta me parece que un par de pesos de yapa, con lo que la parda se fue contentísima, blanqueándole los dientes y relampagueándole los ojos.&lt;br /&gt;Yo la atajé cerca del palenque, para decirle que no fuera a decir nada del casamiento, que tenía que ser cosa muy secreta.&lt;br /&gt;-¿Y a quién l'he d'ecir -me contestó-, si pronto voy a dirme del Pago!...&lt;br /&gt;Y era verdad, porque a los dos meses se fue.&lt;br /&gt;Pero ¡miren lo que son las cosas! Habíamos empezado tan bien cuando ¡zás-trás!, no faltó quien viniera a descomponer el baile. En esta vida no hay fiesta completa.&lt;br /&gt;Ño Cipriano, que dejamos tumbado en el galpón, no aparecía aunque el sol ya estuviese alto.&lt;br /&gt;Al principio no nos fijamos, pero Carolina me preguntó de repente:&lt;br /&gt;-¿Ché, lo has visto al viejo?&lt;br /&gt;-No, ¿y vos? -le contesté.&lt;br /&gt;-Yo tampoco.&lt;br /&gt;-Se habrá ido p'al arroyo con los chanchos.&lt;br /&gt;-¿Qué no ves los chanchos encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si no le ha pasado algo!...&lt;br /&gt;-Estará durmiendo la mona; pero, no le hace, vamos a ver.&lt;br /&gt;Fuimos al galpón ¡y qué les cuento!, nos encontramos al viejo ño Cipriano tendido panza arriba, todo como acalambrado, con la cara color violeta, y frío, helao. Carolina, asustada, comenzó a darle fletaciones, pero ¡qué caray! al divino botón: el pobre viejo con la mamúa, había cantado para el carnero. La gringa se me puso a llorar como una Magdalena.&lt;br /&gt;-Pero ¿qué te da, hijita, para llorar de ese modo? -le pregunté.&lt;br /&gt;-Es que... ¡es que ño Cipriano era tan bueno! Y además...&lt;br /&gt;-Además, ¿qué?&lt;br /&gt;-¡Que me parece que tenemos que ser muy desgraciados! ¡Miren qué casamiento, con un difunto en la casa, desde el primer día!...&lt;br /&gt;-¡Bah!, ¡no seas pava! -le dije, enojado-. Ño Cipriano estaba muy viejo, y cualquier día tenía que estirar la pata... ¡Eso no quiere decir nada; ya sabés... muertos no hablan!... ¡Y, fuera de eso, acordate de lo del ángel y no llorés, sonsa!&lt;br /&gt;Medio se calmó con lo que le dije, pero ya quedó sentida para siempre, y asustadiza y tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de agüerías!&lt;br /&gt;Yo tuve que costearme al pueblo, a avisar a la autoridad. A la tarde se presentaron el comisario Barraba, el doctor Calvo, que era médico de policía, y dos milicos. Después de mucho registrar y molernos a preguntas, de cómo había sido, y cómo no, se llevaron a ño Cipriano en un carrito, para abrirlo y ver de qué espichó, y me quedé solo con Carolina, todavía más triste y asustada.&lt;br /&gt;-¡Lo van a achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!... Maledetta sorte!&lt;br /&gt;Y volvió a llorar a sollozos.&lt;br /&gt;-¡Miren, la mujer tan grande y tan pazguata!... Déjese de llanto, misia Carolina, que eso es de criaturas -le dije en broma-. ¡Para lo que va a sufrir ño Cipriano con que le anden adentro a estas horas! ¡Vaya!, vamos a tratar de divertirnos un poco. Los muertos no quieren andar estorbando a los vivos, sino que los dejen quietos. Récele si gusta, pero vamos a ver si comemos, ¡y bien!&lt;br /&gt;¿No les parece natural? ¡Natural!&lt;br /&gt;Carolina se sosegó un poco, fue a cocinar, comimos después de cerrar la pul-ería, yo traté de alegrarla con una punta de dichos y hasta milongas, y tempranito no más nos acostamos... Desde el otro día, principió la vidorria y farra, después de enterrar a ño Cipriano, que resultó bien muerto y sin culpa de nadie.&lt;br /&gt;Los amigos -y ya tenía una punta- caían como moscas a La Polvadera, y yo los obsequiaba lo mejor que podía.&lt;br /&gt;Carolina se pasaba la vida con las ollas y acomodando la casa. Nosotros, para matar el tiempo, y menudeándole a las copas, armábamos jugarretas de truco y taba; después hicimos riñas de gallos, y hasta dimos bailongos en el patio, entre el palenque y la ramada.&lt;br /&gt;En la taba y en las riñas, el comisario -que me había dado permiso, aunque el juego estuviera prohibido en toda la provincia- no se llevaba más que la mitad de la coima; así es que todo me hubiera salido perfectamente, si no me da la loca por jugar fuerte a mí también.&lt;br /&gt;Como siempre perdía, Carolina principió a rezongar.&lt;br /&gt;-¡Ya decía yo, cuando encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había de traer desgracia! ¡Ya todo empieza a andar mal! ¡Oh, Madona, Madona mía!&lt;br /&gt;Y estos lloriqueos y rezongos fueron empeorando, empeorando. La gringa echó un genio de la gran perra. Se me quería imponer y teníamos un sinfín de peloteras; pero, ¡qué había de poder conmigo, ni qué se iba a poner mis pantalones, que tengo tan bien puestos!... ¡A cada zafarrancho yo, de gusto, lo hacía peor, cataba una mona, y el vino de reserva era el que pagaba el pato!&lt;br /&gt;Por consejo de un amigote, y aunque rabiara la gringa, hice arreglar bien el camino real, en el retazo que estaba frente a la Polvadera, que quedó parejito como un billar. Y ahí no más armé carreras los domingos, también con permiso del comisario Barraba, que sabía a veces presentarse a cobrar la coima en persona, para que no hubiese barullo, ni peleas, decía.&lt;br /&gt;¡Vieran qué lindas farras! Los paisanos caían que era un gusto, y el beberaje y el fandango duraban desde la mañana hasta ya anochecido, el cajón se nos llenaba de cobres, y yo tenía negocio y diversión a un tiempo.&lt;br /&gt;Pero compré un potrillo zaino, parejero, y ésa fue mi perdición...&lt;br /&gt;Una suerte perra me perseguía sin darme alce. Agarraba una taba y ¡zas!, culo sin fallar una vez. Al mus siempre había quien se desemporotora primero, y ¡a pagar! Al truco, ¡parecía cosa del diablo!, los compañeros me embromaban con que era capaz de perder el envido con treinta y tres de mano. Si cantaba flor, me echaban el contraflor el resto, y si caía el bicho de parra, ya podía estar seguro de que el contrario empacaba el de amansar locos para darme en el mate. Mis gallos, cuando no me resultaban juidos, tenían que clavar el pico a las primeras de cambio. «¡Pucha que había sido mulita, amigo!» -me sabían decir los camaradas. Era una maldición, y yo, como es natural, me calentaba más cada vez y buscaba el desquite como un toro furioso.&lt;br /&gt;Y como de uvita a uvita se acaba un parral, los pesos volaban que era un contento. Pero tenía una gran esperanza, que era el potrillo zaino, lindo animal, fino de patas, de pescuezo largo y cabeza chica, delgado, sin ni esto de barriga, voluntario como él solo, y más manso que el overo rosado de Laguna. Yo mismo le daba de comer, lo bañaba, lo rasqueteaba, y todas las mañanitas salía a varearlo donde no me vieran. Y en unas cuantas largadas que hicimos de balde y en secreto con unos amigos, el pingo resultó de mi flor. ¡Qué parejero! ¡Con él no me habían de ganar ni por chiripa!&lt;br /&gt;Carolina, a todo esto, viendo que la plata se le iba como el agua de una tina sin arcos, comenzó a armarme camorra peor que nunca.&lt;br /&gt;-¡Así no podemos seguir! ¡Estás tirando todo lo que he ganado con mi trabaco, canalla! -me decía medio rabiando, medio llorando.&lt;br /&gt;Cuando me hacía enojar mucho, yo gritaba también y más fuerte que ella.&lt;br /&gt;-¡Dejame en paz! ¡Sos una gringa de porra! ¡No me incomodés, que te puede costar muy caro! ¡Callate la boca, y más que ligero!, ¿eh?, ¿me has entendido?... ¡Si no te callás, te va a pesar!&lt;br /&gt;¡Era que entonces me acordaba de lo del casamiento y del papel que me había dado el cura, pero sin intención de largarla, pobrecita!...&lt;br /&gt;Quiso esconder la plata, pero, ¡por dónde no la iba a encontrar yo, cuando me entraban ganas de echar una talladita al monte o hacer un truco de cuatro! Y Carolina, al ver que se la había pispado, gritaba y maldecía primero, y después se metía a llorar en un rincón.&lt;br /&gt;-¡No es por la plata!, ¡no es por la plata! ¡Es que veo que no me querés y que no pensás en mañana!&lt;br /&gt;-Dejá, hijita -le contestaba yo entonces, amansado por sus lloriqueos-. Ya verás cómo nos desquitamos. ¡No te aflijás, sonsa!, ¡si hemos de ser muy felices!&lt;br /&gt;-¡Ah, Madona, Madona mía! -suspiraba la gringa.&lt;br /&gt;En cuanto creí que el zaino estaba en punto de caramelo, me apronté a dar el gran golpe. Lo había tenido tapado, como ya les dije, y no lo conocían más que dos o tres amigos, que pensaban jugar fuerte a sus patas, y que no me iban a descubrir ni por un queso.&lt;br /&gt;Un domingo de madrugada agarré y lo tusé desparejo, lo entrepelé, le llené la cola de barro y abrojos y lo puse, en fin, que parecía el último matungo de una chacra de gallegos. Después le puse un apero viejo, y encargué a un peón de lo de Torres, que tenía comprado, que a la hora de las carreras cayese montándolo a la pulpería. El peón se llevó el parejero.&lt;br /&gt;-Hoy voy a correr con el zaino -le dije a Carolina.&lt;br /&gt;-Dejate de esas cosas -me contestó-. ¡Qué carreras, ni carreras! El juego es la perdición del cristiano.&lt;br /&gt;-¡Esta vez estoy seguro de ganar! Al zaino lo he puesto desconocido, lo van a tomar por un sotreta, y ya verás la ponchada de pesos que nos ganamos.&lt;br /&gt;-Prometeme, al menos -dijo la gringa, aprovechándose al verme blandito-, prometeme, al menos, que si de esta hecha perdés, no vas a volver a jugar.&lt;br /&gt;-¡Mirá, por éstas! -le contesté, besan-do la cruz de los dedos...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;X&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt; &lt;br /&gt;¡Qué quieren que les diga! Principió a caer gente y La Polvadera se llenó como la misma plaza de Pago Chico para un veinticinco de Mayo. Se largaron varias carreras. Corrió el coperío, que no dábamos abasto para despachar. El paisanaje se calentaba ya de lo lindo, cuando llegó el peón con mi zaino.&lt;br /&gt;Había un tal Contreras, que le tenía mucha fe a su crédito, un tordillo ligerón, es cierto, pero no gran cosa. Mi parejero no tenía ni para empezar.&lt;br /&gt;Contreras era diablón, mal intencionado, peleador de alma atravesada, y jugaba platales que se agenciaba no sé cómo: dicen que se los daba el pillo del escribano Ferreiro, para que le guardara las espaldas, y para que asustara a sus contrarios políticos... ¡con nada!, palizas y hasta puñaladas y tajos si a mal no venía.&lt;br /&gt;-¡Lindo su tordillo! -le dije, eligiéndolo de ahijado, porque era hombre de meterle un cien y es lo que me convenía-. ¡Lástima que se haya puesto tan gordo!&lt;br /&gt;-¿Gordo?, ¡no embrome! Está en carnes, compadre, y es capaz de tragarse al más pintau. Y eso, que venimos de lejos...&lt;br /&gt;¡Mentira! Hacía una semana que lo tenía descansadito en el Pago, preparándolo.&lt;br /&gt;-¡Bah! -le volví a decir para calentarlo más-. En cuanto principian a echar panza...&lt;br /&gt;Me miró riéndose para que no le conocieran la rabia.&lt;br /&gt;-¡No cargue, que no hay quien lave, paisano! Si quiere verle la panza, tiene que ponerse antiojos. Y, barrigón o no -siguió gritando-: ¿a ver quién es el mozo guapo que quiere perder cien pesos?&lt;br /&gt;Muchos se acercaron y nos rodearon.&lt;br /&gt;-En ese estau del caballo -le contesté sobre el pucho, medio riéndome-, yo le corro con cualquier maceta.&lt;br /&gt;-¡Oiganlé! ¿Y con cuál?&lt;br /&gt;-Con este zaino abrojudo, sin ir más lejos. ¿Me lo empriesta, paisano?&lt;br /&gt;-¡Cómo no! -contestó el peón que lo había llevado-. ¡Corra no más!&lt;br /&gt;Contreras miró con atención el caballo, lo palmeó, lo hizo andar un poquito.&lt;br /&gt;-Este mancarrón no es lo que parece -me dijo-. ¡A mí con l'uña! Pero... porque no se diga... le corro, ¡bah!&lt;br /&gt;-¿Por los cien pesos?&lt;br /&gt;-¡Y entonces!&lt;br /&gt;-¡Depositemos!&lt;br /&gt;-¿Depositemos? ¡Avise, compadre! -rezongó, revolviéndose los ojos.&lt;br /&gt;Yo, sabiendo que aquello quería decir pelea, me callé la boca, desensillé el zaino, le puse bocado y una jerguita, me saqué el saco y el chaleco, me hice una vincha con un pañuelo colorado, y ¡ya estuvo!&lt;br /&gt;El paisanaje, caliente, jugaba a raja cincha. Muchos ofrecían doble a sencillo contra mi zaino. Yo agarré una punta de paradas, y los amigos que sabían de la cosa, de consiguiente.&lt;br /&gt;El tiro era de dos cuadras. Después de unas cuantas partidas, largamos y mi potrillo principió a sacar su ventajita, primero la cabeza, después un pescuezo, después medio cuerpo, ¡sin castigar! ¡Contreras venía a dos rebenques, lonja y lonja!... Claro que el tordillo se le iba a aplastar, pero estaba ciego de rabia con la fumada... Yo vi mía la carrera, y por no dar a conocer todo el juego del animalito, lo llevaba sobre la rienda... Asimismo saqué un cuerpo de ventaja, cuando ¡malhaya!, medio matando su tordillo, Contreras me alcanza, le mete pierna al zaino, que rueda largándome por las orejas y pasa como un refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!...&lt;br /&gt;Por suerte yo caí parado, pero, ¡vieran el avispero que se armó! El paisanaje gritaba, se insultaba, hasta zangoloteaba al juez de la carrera... Salieron a relucir cuchillos, y si no se mete el comisario Barraba, la cosa hubiera acabado mal.&lt;br /&gt;Contreras volvía al tranquito, golpeándose la boca, muy contento... ¡Me dio una rabia!...&lt;br /&gt;En cuanto me alcanzó -yo iba a juntarme con los otros frente a la pulpería, cabrestiando al zaino rengo-, no pude más y grité:&lt;br /&gt;-¡Canalla! ¡Tramposo, sinvergüenza! Me has metido pierna, ¡hijuna gran!...&lt;br /&gt;Ahí no más se tiró del caballo pelando el fiyingo. Yo me eché atrás para desenvainar también.&lt;br /&gt;A mí no me gustan mucho esas cosas, ¿a qué decir? Soy bajito, bastante delgadón, no tengo gran fuerza, y a más, no entiendo mucho de cuchillo. Pero él me apuraba, los paisanos habían corrido a ver, y había que hacer la pata ancha...&lt;br /&gt;Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme, mal que mal. ¡Pero las papas quemaban, compañeros!...&lt;br /&gt;-A la larga no hay cotejo -me gritaba Contreras, bailándome alrededor y con unas risitas calentadoras, como chungueándome.&lt;br /&gt;Yo ya me encomendaba a la Virgen viendo la cosa mal parada, y el bárbaro aquel de seguro me achura, si no llega Carolina, corriendo y chillando, hecha una loca, y no sé cómo, con la desesperación, ¡seguro!, le arranca el cuchillo de la mano.&lt;br /&gt;-¡Y ustedes lo decan, y ustedes lo decan! -les gritaba a los mirones.&lt;br /&gt;Los gauchos nos rodearon, desapartándonos, y recién entonces se acercó el comisario Barraba. Yo había hecho la chambonada de no decirle la cosa del zaino, y él le jugó al tordillo... ¡Se necesita andar en la mala!...&lt;br /&gt;Contreras, y la mayor parte de los paisanos, alegaban que el tordillo había ganado en buena ley, y que la rodada fue porque el zaino mancarrón, flojo de patas, no era para correr... El juez de la carrera se desgañitaba al cuete; no le llevaban el apunte, ni a mí, ni a mis amigos tampoco.&lt;br /&gt;-¡Que resuelva el señor Comisario! -gritaron algunos, de repente.&lt;br /&gt;-¡Sí, eso es!... ¡eso es! -rebuznaron todos los que habían jugado al tordillo.&lt;br /&gt;El gran pillo de Barraba dio la sentencia:&lt;br /&gt;-La carrera es legal. ¡Ha ganau Contreras!&lt;br /&gt;Contra la fuerza no hay resistencia.&lt;br /&gt;-Pero, señor Comisario... -principié.&lt;br /&gt;-¡Callate y pelá! Tenés que pagar a todo el mundo.&lt;br /&gt;Y tuve que pagar no más, calladito la boca, y ahí se me fueron los últimos pesos guardaditos... ¡y hasta los del cajón del mostrador!...&lt;br /&gt;Carolina me miraba con los ojos saltones, y de veras que la cosa no era para menos.&lt;br /&gt;-¡Mi alma!, ¡te debo la vida! -le dije.&lt;br /&gt;-¡Sí, sí! -contestó medio llorando-. Pero no cugués, ¡no cugués más, por Dios!&lt;br /&gt;-¡Sí, perdé cuidau!&lt;br /&gt;Y me puse a despachar copas y a chupar yo también, para olvidarme de tanta pena, y ¡qué quieren!, el ginebrón me hizo voracear y empecé a las convidadas. ¡Miren qué momento para darme corte!&lt;br /&gt;-¡Eh, paisanos, tomen lo que gusten!&lt;br /&gt;Y al ratito no más, dale, otra vuelta y otra...&lt;br /&gt;-¿Qué gustan servirse, caballeros?&lt;br /&gt;Carolina se había puesto furiosa.&lt;br /&gt;-¡Ma!... ¡Ma!... – me decía atorada de rabia.&lt;br /&gt;-La patrona está llamando a la mama -decía un paisano.&lt;br /&gt;-¡O a la ma... múa del patrón! -retrucó otro.&lt;br /&gt;¡Después, nunca me pude acordar! Creo que hubo payada y baile, y que repartí cuanto había de comer y de chupar en la casa.&lt;br /&gt;Lo cierto es que la pulpería quedó tecleando. Pero también, ¡qué farra!&lt;br /&gt;A la otra mañana, me encontré tirado en un zanjón que había junto al palenque. Se me está haciendo que allí dormí, pero no sé cómo fui a parar a semejante cama. ¡Cuando uno agarra uno de esos de P. P. y W.!...&lt;br /&gt;La gringa estaba encerrada en su cuarto, y no me quería abrir ni a cañón, y según me dijo después, se había pasado la noche llorando desesperada. Cuando conseguí que me abriera, tanto lloró y suplicó, que me ablandé, y le prometí que aquella era la última vez, y le dije que me iba a poner a trabajar de veras, como un burro si era necesario, para desquitarnos de todo lo que habíamos perdido, sin volver a pensar en jugar, ni en gallos, ni en carreras.&lt;br /&gt;-¿Te crés que m'he olvidar que te debo la vida? -le dije-; porque si no sos vos, ¡Contreras me achuraba!...&lt;br /&gt;Pero el hombre propone y Dios dispone...&lt;br /&gt;¡Bueno! ¿y qué hay con eso? Me parece que no hay que asustarse por tan poco... Yo no soy el primero que haya olvidado sus juramentos por seguir sus gustos. Ni el último, tampoco... Así es el hombre, caballeros, y hasta el más pintado, si no es un hipócrita, confesará que ha sabido olvidarse muchas veces de sus buenas intenciones -de las que no había desembuchado por lo menos-, para dar satisfacción a lo que le tiraba más.&lt;br /&gt;Esto es sin vuelta. Lo que hay, es que algunos saben pararse a tiempo, o tienen maña o baquía para hacer lo que les da la gana, a lo mosca muerta, sin que nadie diga nada. ¡No, y de no!&lt;br /&gt;Unos juegan y se maman en los clubs, sin dar que hablar, y pelean en los duelos, a vista y paciencia de los policianos, y hacen lo mismo que hice yo, y peor, que, como ellos lo hacen no parece tan malo y nadie les saca el cuero...&lt;br /&gt;En fin, ¡qué tanto servir a usted p'a decir cómo le va! El caso es, que el droguis y la jugarreta, me volvieron a agarrar de lo lindo, y como, de sonso, sabía jugar bastante en trinquis, ¡todo el mundo me aprovechaba como a una criatura! Así se fue, detrás de la platita guardada, el campito de Carolina. ¡Pero qué agarrada la de ese día, santo Dios! La gringa -¿querrán creer?- hasta me arañó la cara, que anduve una punta de días medio cebrunos...&lt;br /&gt;-¡Mirá, gringa! -le grité-. ¡No sabés lo que hacés! ¡El día menos pensado, ya verás!...&lt;br /&gt;Le iba a soltar lo de que no estábamos casados, pero caí en la cuenta de que con la rabia era capaz de no firmar la escritura y hasta de echarme de la pulpería... y ¡como un poste!&lt;br /&gt;-¡Si yo hubiera sabido! -gritaba la gringa-. ¡Si yo hubiera sabido! Porca…&lt;br /&gt;Y se agarraba de los pelos. Pero firmó...&lt;br /&gt;¿A qué decirles que los pesos del Banco de Italia ya se habían ido por un camino? Quedaba la pulpería... pero casi tan pelada como la misma palma de la mano... ni un frasco, ni una pilcha. Yo me preguntaba muchas veces cómo se lo había llevado todo pateta, sin atinar con tanto bochinche, hasta que caí en la cuenta de que la Carolina, con sus lloriqueos y rabietas al botón, descuidaba el negocio y lo dejaba ir barranca abajo...&lt;br /&gt;Entonces quise remediar yo solo las cosas, compré mucho al fiado, y principié a medio querer arreglar el boliche... Pero, la verdad: el ginebrón y las barajas, con la yapa de la taba y de los gallos, hicieron que de repente comenzaran a llover demandas y más demandas, toda una papelería. El alguacil no hacía más que viajar del Pago a La Polvadera, como conchabado... Y no teníamos adónde buscar madre que nos envolviera ¡ni el zaino, que de la rodada quedó manco del encuentro!... Entonces me acordé de lo que sabía decir el viejo ño Cipriano:&lt;br /&gt;-¿Ande irá el guay, que nu are?&lt;br /&gt;La desgracia me había perseguido siempre; ¿por qué me había de dejar entonces?&lt;br /&gt;Carolina comprendió que estábamos más fregados que unos atorrantes, que nos iban a vender la pulpería para cobrarse, que no nos quedaba ni un cobre, y un día, me armó una zafacoca. ¡Cristo santo!, ¡ni me quiero acordar!... Cebada con lo de los arañones, hasta agarró un palo, y principió a darme de garrotazos... ¡Como que éstas son cruces! ¡Una paliza!... ¡A mí!...&lt;br /&gt;Yo, ¡qué quieren!, pelé el cuchillo, naturalmente sin intención de lastimarla; y sólo cuando me vio con él en la mano, se me separó, pero saltándole los ojos, y echando espuma por la boca. ¡Nunca la había visto tan rabiosa!... ¡Parecía una tigra!...&lt;br /&gt;-¡Canalla! ¡Bandido! ¡Ladrón!... ¿De ese modo te acordás que me debés la vida? Devolveme mi plata, ¡birbante, canaglia!&lt;br /&gt;Y yo, ¿cómo iba a dejar que siguiera diciéndome esas cosas, y hasta zurrándome como a una criatura?&lt;br /&gt;-¡Mirá, Carolina! -le dije sin soltar el cuchillo-. Yo ahora me mando mudar y para siempre, ¿entendés? ¡Ya no te puedo aguantar más!&lt;br /&gt;Se le cambió la cara, pero todavía siguió gritando e insultándome.&lt;br /&gt;-¡Qué! ¿Te pensás ir? ¡Madona!, ¡después de haberme dejado desnuda y en la calle, canalla, sinvergüenza, ladrón! ¡Ah, no, per Dio! Sos mi marido, y tenés que quedarte aquí, a trabacar como yo, porca la...&lt;br /&gt;Yo me reía a carcajadas.&lt;br /&gt;-¿Y quién te ha dicho que soy tu marido? -le dije-. ¡Pues no hay tal! No sos más que mi querida.&lt;br /&gt;-¡Mentís, canalla!&lt;br /&gt;-¿Que es mentira? ¡Sí!, andá, preguntaseló al cura y verás...&lt;br /&gt;-El cura Papagna...&lt;br /&gt;-¡Qué!, tu nápolis se ha ido hace un mes a mangiar macaroni en tu tierra... Andá, preguntáselo al nuevo, si hay apunte de tu casamiento en la iglesia...&lt;br /&gt;Me miraba con tamaña boca abierta, sin querer creer lo que decía... De repente le pareció que debía ser cierto... Asustada, desesperada, loca, salió corriendo. Vi que se largaba a pie camino del Pago, en cabeza, con la ropa de entre casa... Seguro que iría a averiguar...&lt;br /&gt;Yo saqué los pocos pesos que por casualidad había en el cajón, ensillé el maceta, ¡y si te he visto no me acuerdo! Agarré para otro lado, después de hacer pedazos el papel de Papagna, muy tranquilo y segurito de que no me iban a perseguir... ¡Qué!, ¿y se afligen por tan poco?... Pero fijensé, y verán que era muchísimo mejor para mí... y también para Carolina...&lt;br /&gt;¿Que si tengo noticias? Sí. Ayer supe que estaba perfectamente: de enfermera en el hospital del Pago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-8255929651564237260?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/8255929651564237260/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=8255929651564237260' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/8255929651564237260'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/8255929651564237260'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2008/08/roberto-j-payr-el-casamiento-de-laucha.html' title='ROBERTO J. PAYRÓ: El casamiento de Laucha.'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-1599707854613042398</id><published>2008-08-13T23:51:00.000-07:00</published><updated>2009-09-22T09:53:39.554-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='España - México'/><title type='text'>CERVANTES DE SALAZAR. La fantasma</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Siempre me pensé vocación de antólogo, de saqueador de libros, suelo decir entre burlas y verás. Debo tener notas y selecciones para armar en minutos decenas de ellas -¡lo juro, decenas!- Sólo publiqué unas cuantas, casi al azar, sin poner mi nombre o utilizando un seudónimo casual. Algunas son divertidas y otras un poco pesadas o minoritarias. Pero hay algo importante por aclarar: es preciso marcar una clara dife-rencia entre la naturaleza de una antología erudita y la de una antología literaria; digamos, una erudita es la demostración de una hipótesis y la literaria es resultado de unas preferencias o un gusto estético. Las eru-ditas, que son las de mi campo, buscan el hecho de la escritura y no el logro de una cota estética. Pedantearé; durante años busqué cuentos en las crónicas de la conquista de América. Mucho es lo registrado por los cronistas a partir de la realidad —la distorsión por formación mental sigue apoyándose en la realidad y es inconsciente-, y, a la vez, mucho es producto de la propia imaginación o de las fantasías de otras perso-nas. El caudal de cuentos existentes en las crónicas es asombroso. In-cluso podría afirmar la presencia de una obvia voluntad de contar, de armar un cuento. Narran esforzándose en establecer las tres partes clá-sicas de toda narración apreciada en la época: principio, medio y final. Esta voluntad de hacer literatura se manifiesta tanto en la narración de un hecho imaginado o inventado como de uno real. Con el propósito de disculpar mi pedantería, copiaré aquí un cuento, escrito en México alrededor de 1558 por el toledano Francisco Cervantes de Salazar e incluido en su Crónica de la Nueva España. No lo he visto citado, re-producido o comentado en antologías temáticas o en estudios sobre la narrativa colonial hispanoamericana; pero por haber abandonado hace años este interés, no me animaría a meter la mano al fuego al sostener mi afirmación. Sólo tengo registrada una referencia, de pasada, pues no era su tema, del mexicano José Luis Martínez, y la de un fragmento incluida por el argentino Alberto Salas en alguna de sus antologías. &lt;span style="font-size:78%;"&gt;(Moía, Soler de Terrades, 2005)&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt; &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;strong&gt;LA FANTASMA&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un tal Alonso de Ávila, comisionado por Cortés para llevar al Rey de España la primera gran muestra de la riqueza de México, fue obligado en alta mar a rendirse con su navío al corsario francés Florín, quien se lo llevó preso a Francia bajo la idea de ser “usanza de la guerra que el capitán vencedor vendiese al capitán vencido”. Florín, al descubrir las enormes riquezas en-contradas en el barco, atribuyó al capitán capturado una gran importancia personal y lo entregó al Rey bajo esa impresión. De inmediato fue encarcela-do en una fortaleza donde sólo estaban presos algunos señores. Se pidió cua-trocientos mil ducados por su rescate.&lt;br /&gt;Ávila “estuvo tres años enteros preso en aquella fortaleza, aunque bien tratado, pero guardado con gran diligencia, por que no se fuese; y el primer año, casi desde el primero día que en aquella fortaleza entró, todas las noches sin faltar ninguna, después de apagadas las velas, de ahí a poco, sentía abrir la cortina de su cama y echarse al lado una cosa que, al parecer del andar y abrir la cama, parecía persona; procuró las primeras noches de abrazarse con ella, y como no halla cuerpo, entendió ser fantasma. Le habló, le dijo muchas cosas y la conjuró muchas veces, y como no le respondió, determinó de callar y no dar cuenta al Alcaide ni pedirle otro aposento, porque no entendiese que hombre español y caballero había de tener miedo.&lt;br /&gt;Pasados ya muchos días que, sin faltar noche, le aconteció esto, estando una tarde sentado en una silla, muy triste y pensativo, se sintió abrazar por las espaldas, echándole los brazos por los pechos, le dijo la fantasma: “Mosiur, ¿por qué estás triste?” Oyó la voz y no pudo ver más de los brazos, que le parecieron muy blancos, y volviendo la cabeza a ver el rostro, se desapareció.&lt;br /&gt;A cabo de un año que esto pasaba, viendo el Alcaide por la conversación que con él y con otros caballeros tenía, que podía ya fiarse algo de él, consin-tió que un clérigo que mucho se había aficionado a Alonso de Ávila, quedase a gran instancia suya a dormir aquella noche en el aposento, donde hecha la cama, frontero de la de Alonso de Ávila, apagadas las velas y cansados ya de hablar, ya que el clérigo se quería dormir, sintiendo que persona, abriendo las puertas, entraba por el aposento, habiéndolas él cerrado por sus manos, y que abría la corina y se echaba en la cama, despavorido y espantado de esto, le-vantándose con gran presteza, abrió las puertas y salió dando grandes voces; alteró la fortaleza; despertó al Alcaide, el cual acudió con la gente de guardia, pensando que Alonso de Ávila se huía. Llegado el Alcaide, el clérigo pidió lumbre, diciendo que el demonio andaba en aquel aposento. Metida una hacha encendida, no se halló cosa más de a Alonso de Ávila en su cama, el cual, sonriéndose, contó lo que había pasado un año continuo, y la causa por la que había callado. Se maravilló mucho el Alcaide y los que con él venían, y tuvieron de ahí en adelante en más su persona, y así miraban por él con menos recato.&lt;br /&gt;Mucho pesó después a Alonso de Ávila de haber descubierto lo que había pasado, porque jamás sintió la fantasma, y como le había abrazado y hablado tan amorosamente, pensó que a no haber descubierto el secreto, le dijera alguna cosa en lo tocante a su prisión, en la cual estuvo dos años des-pués, porque no querían los franceses acabar de desengañar, creyendo siem-pre que era algún gran señor y no un particular caballero.” &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-1599707854613042398?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/1599707854613042398/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=1599707854613042398' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/1599707854613042398'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/1599707854613042398'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2008/08/la-fantasma-de-cervantes-de-salazar.html' title='CERVANTES DE SALAZAR. La fantasma'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-2252551426697855694</id><published>2008-08-13T23:14:00.001-07:00</published><updated>2008-08-13T23:26:37.957-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='España - México'/><title type='text'>ANDRÉS DE TAPIA: Conquista de México</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Una de las primeras cosas que debe saber el lector de esta crónica de Andrés de Tapia sobre la conquista de México y la destrucción del imperio azteca, es la peculiar vicisitud que pasa este tipo de documentos históricos.&lt;br /&gt;Contándolo brevemente, se debe comenzar indicando que no se sabe cuándo escribió este soldado de a pie de Hernán Cortés su testimonio sobre los hechos en los que participó. El historiador español Germán Vázquez, supone que entre 1540 y 1547, y también que es sólo un apunte realizado a petición de Francisco López de Gomara, en Árgel, para que pusiera por escrito lo que le había narrado oralmente. Como era de esperar, el contenido de estas páginas las utilizó López de Gomara en su famosa historia sobre la Conquista de México.&lt;br /&gt;Y aquí se abre otro interrogante al lado del cuándo y el por qué anteriores: cuáles fueron los caminos para que estas pocas páginas, además ser utilizadas por el destinatario original, López de Gomara (1552), también influyeran -siguiendo a Vázquez- en las crónicas de Cervantes de Salazar (1595), Herrera y Tordesillas (1601), Argensola (1630), Solís (1648) y Diego Luis Moctezuma (1686).&lt;br /&gt;Pues bien, estos tan importantes papeles se extraviaron durante casi tres siglos, hasta que a mitades del siglo XIX,  Joaquín García Icazbalceta leyó una mención del testimonio en el prólogo del primer tomo de los Historiadores primitivo8s  de Indias (preparados por Enrique de Vedia y publicado por Ribadeneyra). De inmediato el célebre historiador me-xicano pidió una copia a España y, por motivos circunstanciales, la copia tardó cincuenta meses (más de cuatro años) en llegar a sus manos. Y no fue una simple copia la que le enviaron, sino un testimonio autorizado de que era un traslado fiel del original.&lt;br /&gt;Sin pensárselo dos veces, García Icazbalceta incluyó la copia en el segundo tomo de su Colección de Documentos para la Historia de México (1866), diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“este documento, enteramente desconocido hasta ahora, es de la mayor importancia. Su autor era uno de los capitanes más notables del ejército de Cortés, se halló en todas las guerras y expediciones, figuró mucho en las discordias entre los gobernadores de México, fue con Cortés a España, y al fin se avecindó en México, donde murió. Es una lástima que su relación no pase de la prisión de Narváez. Si hubiera escrito por completo y de ese modo la historia de todos los sucesos en que tuvo parte, apenas tendríamos documentos que lo igualase en extensión e importancia.”&lt;br /&gt;     &lt;br /&gt;A pesar de este tan elocuente juicio, la crónica quedó nuevamente no extraviada pero sí olvidada. Casi tres cuartos de siglo más tarde, en 1939, Agustín Yáñez la recuperó para incluirla en el segundo tomo de la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM -Crónicas de la Conquista-, y en la presentación anotó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“En ninguna parte del relato se pierde la dimensión épica, y en algunas adquiere proporciones extremadas. Tapia es más objetivo que Bernal Díaz del Castillo y su historia está casi exenta de digresiones y alegatos personales. También es más crédulo y propenso a la interpretación maravillosa, clímax de lo épico. El arrojo heroico y la humana flaqueza, la crueldad bárbara y la cristiana compasión, las penas, los enojos violentos, las alegrías de la victoria, se conjugan con fluencia vital, con dramático realismo, en este enjundioso cronicón.”&lt;br /&gt;      &lt;br /&gt;Y ahí quedó. Medio siglo después, Ger- mán Vázquez  la incluyó en La conquista de Tenochtitlan (1988), de  la colección Historia 16. Veinte años más tarde, publicamos esta cuarta edición en castellano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al margen de cualquier juicio literario o histórico, debe señalarse que la lectura del testimonio de Tapia se lee con asombro e interés. Molesta, como debe molestar, esa redacción llena de arcaísmos, de palabras fuera de uso, y la construcción más oral que escrita. Pero la curiosidad supera estos estorbos. En esta edición se han corregido algunos de estos problemas, pero no todos; se ha mantenido una rigurosa disciplina en no alterar el más mínimo sentido de lo escrito o dictado por Tapia. Por momentos estuvimos tentados a modernizar la totalidad del texto para hacerlo más asequible al lector común, pero no nos atrevimos: todas nuestras correcciones pecan de timidez.&lt;br /&gt;En este punto del prólogo, quizá sería conveniente preguntarse ¿por qué ese empeño de los editores de textos históricos en conservar una redacción y una ortografía que llega a sobrepasar la paciencia del lector no diestro en este tipo de lecturas? Aceptar que las ediciones para especialistas mantengan escrupulosamente el texto original, no justifica extender las dificultades de lectura  al lector curioso o interesado en el tema de manera no profesional. Mucho ganaría la historia y los lectores con la modernización total del texto original, evitando la pérdida del sentido de lo expresado por el autor, lo cual no es tarea difícil. Además, y esto debería resaltarse, la mayoría de los conquistadores que dieron testimonio sobre sus actos, estaban más próximos al analfabetismo que a una capacidad de redacción. Pero en fin…&lt;br /&gt;Poco más es posible agregar sobre la crónica de Andrés de Tapia. Su testimonio lo revela como incondicional admirador de “el marqués”, tal como acostumbra referirse a Cortés. Temporalmente abarca desde las vísperas de la salida de Cuba de la armada preparada por Cortés, hasta la increíble derrota del ejército de Narváez, muy superior en hombres y en armas. Algo absolutamente asombroso es la facilidad con que Cortés avanzó desde Veracruz para llegar hasta el mismísimo Moctezuma, y la delirante tranquilidad con que lo tomó prisionero dentro de su propio palacio.&lt;br /&gt;Pero si la historia contada por Tapia es un terrible testimonio sobre el arrojo de un grupo de españoles en un territorio desconocido y ante un imperio con un poder infinitamente más grande que el suyo -por lo menos en gente-, no lo es menos el incompresible temor de los líderes aztecas y de sus ejércitos a las armas cortantes, a los caballos, a las armaduras, a los perros, a los cañones y a las balas, así como la delirante explicación de Moctezuma sobre su derrota y su entrega, atribuyendo a Cortés la propiedad natural del imperio según las profecías.&lt;br /&gt;Aparte de esta tenebrosa historia central, la narración de Tapia esta plagada de anécdotas. Se cuenta la veracidad del dios parlanchín de los indígenas; el reencuentro con Jerónimo de Aguilar, el español que estuvo cautivo de los mayas durante mas de diez años, y de su compañero, Gonzalo Guerrero, que prefirió quedarse entre los mayas; la captura de un tiburón que se había tragado desde treinta tocinos de puerco hasta zapatos  y un plato de estaño; la del lebrel, abandonado por Grijalva, que se dedica a cazar conejos para ofrecer a los españoles; la ayuda que reciben los soldados de a pie de un misterioso guerrero a caballo; la cantidad de indios que suponen los atacan (cuarenta y ocho mil o cien mil, fácilmente); el regalo de la Malinche a Cortés; la realidad del quemazón de las naves por Cortés; las historias sobre dio ses mayas; las comidas de Moctezuma,&lt;br /&gt;su zoológico, su templo, sus ídolos, sus esposas y las mujeres para regalar; y finalmente la captura de Narváez y de todo su ejercito.&lt;br /&gt;Es de verdad una lástima que no continuara Tapia su testimonio. Pero así como se encuentra, tal como ha llegado a nosotros, tiene un gran valor histórico y es una narración de primera mano de una increíble aventura en un mundo que aún se estaba comenzando a conocer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;Soler de Terrades, Moía, 2008.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;strong&gt;                                              Relación&lt;br /&gt;                                      de algunas cosas&lt;br /&gt;                                  de las que acaecieron&lt;br /&gt;                               al Muy Ilustre Señor Don&lt;br /&gt;                                      Hernando Cortés,&lt;br /&gt;                                     Marqués del Valle,&lt;br /&gt;                                desde que se determinó&lt;br /&gt;                                    ir a descubrir tierra&lt;br /&gt;                                      en la Tierra Firme&lt;br /&gt;                                         del mar Océano&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;El cual salió de la isla de Cuba, que está en las dichas Indias, y fue hasta el puerto de la Villa Rica de la Veracruz, que es el primer nombre que puso a una villa que pobló y fundó en lo que él después llamó Nueva España.&lt;br /&gt;Llevaba el marqués una bandera que tenía unos fuegos blancos y azules, una cruz colorada en medio, y letras que decían: Amici, sequamur crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus*.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;*Amigos, sigamos a esta cruz, y si tenemos fe verdadera, con este signo venceremos. (N. del E.).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salió de la isla de Cuba el señor marqués, no tan abastecido como él quisiera, para continuar su viaje, y se fue por la costa de la isla de Cuba a un puerto que en ella se encuentra, que se llama Macaca, donde hizo hacer cierto pan de raíces, llamadas yucas, que nacen sembrándolas en unos montones de tierra, y salen como nabos; estas raíces, antes de ser desmenuzadas y cocidas de una cierta manera, son ponzoña y tóxico, y después de ralladas y estrujadas se convierten en pan y en razonable mantenimiento.&lt;br /&gt;Y de aquí, de este puerto, despachó ciertos navíos a la punta de la isla, y otro navío a otra isla que se llama Jamaica, con cosas de bastimentos de Castilla y con algún oro para comprar de este pan que hemos dicho, y tocinos de puerco, porque en aquella isla los había en ese tiempo más que en la isla de Cuba.&lt;br /&gt;Y, asimismo, tuvo aviso de que un na-vío de un vecino de Cuba venía cargado de este pan para ir a venderlo al lugar donde se cogía oro en esa isla; y mandó a algunos de su compañía a buscar ese navío y, por fuerza o por su voluntad, lo trajesen a la punta de la isla, donde él había ordenado ir a sus navíos. Lo cual fue hecho como el marqués lo mandó, y de esta manera abasteció algo más su armada, y pagó con algunas joyas de oro lo que valían las provisiones y el navío que así tomó.&lt;br /&gt;Después de lo cual el marqués anduvo perdido quince o veinte días entre unos bajos e islotes, y finalmente fue a la villa de San Cristóbal, del puerto de La Habana, que está en la isla de Cuba, donde negoció (utilizando las joyas de oro que tenía) con uno que tenía los diezmos de la dicha isla arrendados, y con otro que era receptor de unas bulas, y por el precio de ellas le daban tocinos y pan, porque en aquella parte no se coge oro. Y con esto se acabó de aprovisionar, mas  una que otra provisión que después com-pró a los vecinos, y se fue rumbo a otro puerto que se dice Guaniguanico, que es en la misma isla de Cuba.&lt;br /&gt;En el puerto de Guaniguanico juntó el señor marqués del Valle sus navíos, y repartió entre ellos las provisiones que habían y a la gente. Y nombró capitanes, a los cuales dio las instrucciones según creía que debían seguir las derrotas, y sobre cómo se habían de regir y gobernar la gente que cada uno llevaba.&lt;br /&gt;Y luego que se desabrazó de la isla, dio en su armada un temporal que dispersó los navíos, pero por las instrucciones que les había dado sobre por donde habían de navegar, llegaron todos a una isla pequeña que en la mar se encontró, cerca de la Tierra Firme, a quien los indios de ella llaman Aqucamil. Y de todos los navíos no faltó más de uno, del que después diremos.&lt;br /&gt;En la dicha isla se hallarían como dos mil hombres, y la isla será de cinco leguas por lo más largo, y una y media o dos de ancho. Adoraba la gente de ella a ídolos, a los cuales hacían sacrificios, en especial a uno que estaba en la costa de la mar en una torre alta. Este ídolo era de barro cocido y hueco, pegado con cal a una pared, y por detrás de la pared había una entrada secreta por donde parecía que un hombre podía entrar y acomodarse dentro del ídolo, y así debía de ser, porque los indios decían, según después se entendió, que aquel ídolo hablaba.&lt;br /&gt;En esta isla se halló delante del ídolo, abajo de la torre, una cruz* de cal, de  una  altura de estado y medio, y un cerco y alrededor de ella, donde los indios decían que ofrendaban codornices y sangre de ellas, y quemaban cierta resina a manera de incienso, y que esto hacían cuan- do tenían necesidad de agua, y haciéndolo, llovía.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;*Está comprobado que no existe alguna relación entre las cruces halladas en América y el cristianismo (N. del E.)&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;En esta isla se entendió por señas, o como mejor se pudo entender, que en la Tierra Firme que estaba frente a esta isla, había hombres con barbas como nosotros, hasta tres o cuatro.&lt;br /&gt;El señor marqués del Valle dio a un indio ciertas joyas y cosas de rescate de las que él llevaba, para que llevase una carta a aquellos cristianos, y con este indio envió un bergantín y cuatro bateles, y un capitán. Y porque el indio decía que estaban cerca de la costa de la mar, les escribió en la carta que aquellos bajeles los esperarían cinco días, y no más. Y con este fin se fueron el bergantín y los bajeles, y estuvieron ocho días, y el indio que llevó la carta volvió con nuestra gente, e dijo por señas de que no querían venir, y por eso regresaron todos a la isla.&lt;br /&gt;Y luego el señor marqués mandó embarcar a toda su gente, y él también se embarcó e hizo la señal de que todos se hiciesen a la vela, y así lo hicieron. Y de improviso se volvió el viento tan contrario que fue necesario regresar al puerto, sin poder hacer otra cosa, y volver a de-sembarcar.&lt;br /&gt;Y otro día estando en un navío el que esta relación da, y otros gentiles hombres, vieron venir por la mar una canoa, que así se llama, que es en lo que los indios navegan, y es hecha de una pieza de un árbol cavada. Y al darse cuenta que venía a tomar tierra en la isla, salieron del navío a tierra, y por la costa se fueron lo más encubiertamente que pudieron, y al llegar donde la canoa quería tomar tierra, y la tomó, vieron tres hombres desnudos, tapadas sus vergüenzas, atados los cabellos atrás como mujeres, y sus arcos y flechas en las manos, y les hicimos señas que no tuviesen miedo.&lt;br /&gt;Y uno de ellos se adelantó, y los otros dos mostraban tener miedo y querer huir a su canoa, y el que se adelantó les habló en una lengua que no entendimos, y se vino hacia nosotros, diciendo en nuestro castellano: "Señores, ¿sois cristianos, y cuyos vasallos?" Le dijimos que sí, y que del rey de Castilla éramos vasallos. Y se alegró y nos rogó que diésemos gracias a Dios, y él así lo hizo con muchas lágrimas.&lt;br /&gt;Y levantados de la oración, fuimos caminando al real, y él llevó los dos compañeros suyos, que eran indios, consigo. Y por el camino nos fue diciendo que hacía diez años yendo en un navío por la mar, no sabe a qué parte, sólo que había partido de la isla de Santo Domingo, y yendo a la Tierra Firme, hacia las Perlas, se les abrió el navío, y que trece hombres de él tomaron el batel y le pusieron una vela, y corrieron donde el viento lo quiso llevar.&lt;br /&gt;El navío se fue a fondo con los demás, y que a ellos los había llevado Dios a aquella tierra, en la que él había trabajado en contentar a un señor indio en cuyo poder había estado, y que otro español había tomado por mujer a una señora india, y que a los demás, los indios los habían muerto. Y que él sintió del otro, su compañero, que no quería venir, por otras veces que le había hablado: decía que tenía horadadas las narices y orejas y pintado el rostro y las manos; y por esto no lo llamó cuando se vino.&lt;br /&gt;El señor marqués se holgó mucho con este español, el cual servía de intérprete, y con él hizo llamar los indios de la isla, y les predicó e hizo amonestaciones. Y les rogó que derribasen sus ídolos, y lo hicieron de buena voluntad, al parecer, y le pidieron imágenes, y se las dio de Nuestra Señora la Virgen María. Y puso e hizo poner por toda la isla en partes y en la torre donde estaba el ídolo, cruces. Y dando a los indios de lo que él tenía y que veía que le parecía bien, y así se partió de la dicha isla. Y después supimos que cuando por allí algún navío venía, los indios salían a él en una canoa con una imagen de Nuestra Señora, y le daban de lo que tenían.&lt;br /&gt;Partió el dicho señor marqués con su armada de esta isla, algo llegado a la Tierra Firme, en busca del navío que le faltaba. Y yendo por la derrota que había mandado seguir, halló en un portezuelo el navío que le faltaba. El cual navío te-nía por la jarcia de él mucho número de pellejos de conejos y liebres, y algunos pellejos de venado, pequeños y grandes. Y dijeron los españoles del dicho navío, que luego que allí llegaron vieron andar un perro español por la costa, y ladraba hacia el navío; y como saltaron en tierra el capitán del navío y algunos españoles, vieron una lebrela de buen talle, y se vino a ellos y los halagaba, y se volvió al monte, y les comenzó a traer conejos, y con esta lebrela cazaban los días que allí estuvieron, y tenían hecha alguna cecina de conejos y venados.&lt;br /&gt;De aquí partió el señor marqués y fue a la punta que llamó de las Mujeres, porque todos los ídolos que en unas salinas que ende había estaban, eran a manera de mujeres. Allí estuvo dos días por falta de buen tiempo.&lt;br /&gt;Y yo vi que en el navío donde yo estaba tomamos un pescado que llaman tiburón, que es a la manera de marrajo, y según pareció había comido todas las raciones que daban de carne a los soldados y personas que iban en el armada, que como era de puerco salada, para echarla en mojo cada cual la ataba al bordo de su navío en el agua; y le tomamos en nuestro navío con un anzuelo y con ciertos lazos que le echaron por la veta do iba el anzuelo; y no pudiéndolo subir con los aparejos porque daba mucho lado el navío, con el batel lo matamos en el agua, y como pudimos lo metimos a pedazos en el batel y en el navío con los aparejos, y tenía en el cuerpo más que treinta tocinos de puerco, y un queso, y dos o tres zapatos, y un plato de estaño, que parecía después haberse caído el plato y el queso de un navío que era del adelantado Alvarado, a quien el señor marqués ha-bía hecho capitán de un navío de los de su armada.&lt;br /&gt;Eran los navíos que llevaba trece, e  irían en toda la armada quinientas y sesenta personas. Los navíos eran el mayor de hasta cien toneladas, y los otros tres, de sesenta hasta ochenta toneles; y de los demás de allí abajo, pequeños.&lt;br /&gt;                   La carne que se sacó del pescado comimos, porque estaba más desalada que la otra y sabía mejor.&lt;br /&gt;                   De aquí partió la armada y fue a un río, y llamaban Tabasco a la provincia por donde él pasa.&lt;br /&gt;                   Dejó los navíos mayores fuera en la mar, y metió la gente y la artillería en los bajeles más pequeños, y entró con ellos por el río, donde le salieron ciertos in-dios de guerra, y con el intérprete les habló y prometió de no tomarles cosa alguna, ni consentirles hacer mal si lo recibiesen de paz y le escuchasen la razón porque allí era venido.&lt;br /&gt;                   Ellos tomaron de término para responder hasta el otro día en la mañana, y el dicho señor marqués se estuvo con su gente en sus bajeles en una islitilla que el río hacía; y según pareció pedían el tér- mino para alzar su ropa.       &lt;br /&gt;Otro día como a las diez, el marqués llegó con su gente junto a la tierra en los bateles, y los indios se mostraban de guerra con sus arcos y flechas y varas, y tiraban hacia los bateles, y el marqués les tornó a requerir muchas veces que lo recibiesen de paz, y que se les rogaba tanto porque sabía que habían de ser destruidos si otra cosa hacían, y no quisieron, sino amenazarnos que si saltábamos en tierra que nos matarían; y así saltamos y se les ganó el pueblo, y en un patio de aposentos de la gente que servía a los ídolos del dicho pueblo se aposentó el dicho señor marqués y su gente; y después de recogida, puso esa noche guarda en su real.&lt;br /&gt;Y por la mañana envió por tres partes a alguna de su gente, por caminos anchos que de pueblos salían, los cuales iban a buscar algunas cosas de yerbas y frutas para comer, y los caminos los llevaron a los unos y a los otros a las labranzas de los de aquel pueblo, y hallaron alguna gente con quien pelearon. Y trajeron ciertos indios que llegados al real dijeron cómo ellos se andaban juntando para darnos batalla y pelear con todo su poder para matarnos y comernos; y que estaba acordado entre ellos que si los cristianos los vencían, de servirlos desde en adelante como a señores, lo cual se entendió por el intérprete español de quien ya dijimos.&lt;br /&gt;                   El señor marqués les habló y los envió por mensajeros, y los aseguró de que si quisiesen no pelear se les haría muy buen tratamiento y él los tendría como a sus hijos. No volvieron con respuesta.&lt;br /&gt; Pero alguna gente que andaba de guerra entre unas acequias y rías, decían a los nuestros que en tres días sería junta toda la tierra y nos comerían; y así se juntaron y aparecieron una mañana.&lt;br /&gt;El marqués y toda su gente oyeron misa, y salió a ellos. Y porque la tierra es acequiada, y por el camino por donde habíamos de ir había rías hondas, tomó con diez de a caballo, de trece que tenía, y se fue sobre la mano izquierda a lo largo de la ría, para ver dónde podría encubrirse con unos árboles y dar contra los enemigos o por las espaldas o por un lado. Y la gente de píe fue camino derecho pasando acequias.&lt;br /&gt;Y como los indios sabían los pasos, que son más sueltos que los españoles, pasaban por las acequias, y desde la otra parte nos tiraban muchas flechas y varas y piedras con hondas. Y aunque matábamos a algunos de ellos con ciertos tirillos de campo que teníamos, y con las ballestas, ellos nos hacían gran daño por ser mucho número de gente como eran. Y nos vimos en mucho peligro, y no sa-bíamos del marqués, porque no halló por donde pasar contra los enemigos, pues hallaba muchos malos pasos de acequias.&lt;br /&gt;Y cuando los enemigos nos tuviesen ya cercados a los peones por todas partes, apareció por la retaguardia de ellos un hombre en un caballo rucio picado, y los indios comenzaron a huir y a dejarnos algún tanto. Por el daño que aquel jinete en ellos hacía; y nosotros creyendo que fuese el marqués, arremetimos y matamos algunos de los enemigos, y el de caballo no apareció más por entonces.&lt;br /&gt;Y al volver los enemigos sobre nosotros, nos tornaban a maltratar como de primero, y tornó a aparecer el de caballo más cerca de nosotros, haciendo daño en ellos, por manera que todos lo veíamos, y tornamos a arremeter, y se tornó a desaparecer como de primero. Y así que lo hizo otra vez, de manera que fueron tres veces las que apareció y lo vimos, y siempre creímos que fuese alguno de los de la compañía del marqués.&lt;br /&gt;El marqués con sus nueve de a caballo volvieron a venir por nuestra retaguardia, y nos hizo saber cómo no había podido pasar, y le dijimos cómo habíamos visto uno de a caballo y dijo: "Adelante, compañeros, que Dios está con nosotros", y arremetió estando ya fuera de las acequias, y dio en los enemigos, y la gente de pie tras él, y así los desbaratamos, matando a muchos de ellos y huyendo los demás a guarecer en los malos pasos entre las acequias.&lt;br /&gt;                   El marqués se volvió al real con su gente, y de algunos prisioneros que se habían tomado hizo mensajeros, y los envió a decir a los enemigos que le pesaba el daño que en ellos había hecho y que todavía los tendría por amigos si ellos quisiesen venir a obediencia. Y vinieron ciertos señores y trajeron aves que acá llamamos gallinas de las Indias, y frutas de aquella tierra, y otras cosas de bastimento, y dieron la obediencia al dicho marqués. Y él les rogó que quitasen sus ídolos y pusiesen cruces en el lugar donde los tenían, y así se hizo en lo que por allí vimos.&lt;br /&gt;                   Y tomando algún maíz, que es una semilla con que ellos se mantienen, y algunas frutas, y enviándolo a los navíos, los señores de la tierra dieron al marqués veinte mujeres de las que ellos tenían por esclavas, para que moliesen pan. Y después de andada la procesión el Domingo de Ramos, y dicha la misa en el patio de los ídolos, nos fuimos a embarcar.&lt;br /&gt;                   Decían los indios que serían los que con nosotros habían peleado hasta cuarenta y ocho mil hombres, porque su manera de contar es de ocho en ocho mil, y decían que se habían juntado por copia seis veces ocho mil.&lt;br /&gt;                   Salidos de aquí nos hizo buen tiempo para ir por la costa abajo, y llegamos el Viernes Santo al puerto de San Juan, que así lo llaman los españoles. El marqués sacó la más de su gente a tierra, dejando guarda en los navíos, y en el nombre del rey de Castilla, nuestro señor, fundó una villa, a quien puso por nombre la Villa Rica de la Veracruz.&lt;br /&gt;                   Aquí vinieron indios de aquella tierra a hablarle, y nuestro intérprete español no los entendía, porque es la lengua muy diferente de la de donde él había estado. Y nos daban los dichos indios algunas cosas para que comiésemos, de frutas y pan de maíz, de lo que ellos comen.&lt;br /&gt; El marqués había repartido algunas de las veinte indias que dijimos que le dieron, entre ciertos caballeros, y dos de ellas estaban en la compañía donde estaba el que esto escribe; y pasando ciertos indios, una de ellas les habló, de manera que sabe dos lenguas, y nuestro intérprete español la entendía, y supimos de ella que siendo niña la habían hurtado unos mercaderes y llevándola a vender a aquella tierra donde se había criado*. Y así tornamos a tener intérprete, y con él el marqués hizo llamar a ciertos indios de los principales que por allí parecían, y les preguntó por el señor o señores de aquella tierra, y le dijeron que toda ella era de un gran señor o gobernador, y que todos eran vasallos de este.&lt;br /&gt;                   Este Muteczuma** se servía de sus vasallos de esta manera: que como él y sus antecesores fuesen extranjeros de esta tierra donde él señoreaba, y hubiesen entrado en ella bajo su especie de religión, y creció mucho su partido. Estando metidos en una isla que se hacía donde ahora es la ciudad de México, y lo de alrededor era agua y acequias hondas, de manera que en algunas partes sembraban de cierta manera. Viéndose con poder para ello,  hicieron guerra a  los naturales&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*Aunque no diga el nombre, se trata de la célebre Malinche.&lt;br /&gt;**El original escribe Muteczuma. Lo cambiamos en todo el texto por Moctezuma (N. del E.)&lt;br /&gt;de la tierra, y los que se les daban de paz, sin querer pelear con ellos, tomaban ellos cierto tributo y parias, y a los que vencían por la fuerza de las armas, no queriéndoseles dar de paz, se servían de ellos como de esclavos, y tenían por suyo todo lo que los tales poseían; y además de servir con sus personas y de sus hijos y mujeres, desde que el sol sa-lía hasta que se ponía, en lo que se les mandaba, si después en su casa les hallaban algo, también se lo tomaban los recaudadores de las rentas de los señores; y en esta costa había de estos algunos pueblos y provincias.&lt;br /&gt;                   Informado el marqués de esto, procuró de hablar con algunos de los naturales de la tierra que vivían en esta sujeción, los cuales se le quejaron y pidieron, y él les ofreció que haría por ellos con todo su poder, y que no consentiría que les hiciesen agravio.&lt;br /&gt;                   Envió la costa abajo a ciertos navíos ligeros a que viesen la costa, y que buscasen algún puerto, si había.&lt;br /&gt;Visto esto, los indios que por Moctezuma estaban, y le hacían de mensajeros que iban y venían muy en breve, maguer haya sesenta leguas desde el puerto de Sant Juan a la ciudad de México, donde Moctezuma estaba; y él mandó que le diesen al marqués cierto presente de oro y plata, y con ello una rueda de oro y otra de plata, cada una del tamaño de una rueda de carreta, aunque no muy gruesas, las cuales decían que tenían hechas a semejanza del sol y de la luna. El marqués dio ciertas ropas de su persona, y gorras y calzas y collares de cuentas de vidrio de colores, para que llevasen a Moctezuma; y asimismo dio de lo que tuvo a los mensajeros y a otros señores de los que venían a verle y hablar.&lt;br /&gt;                   Y aquí hubo noticia de un motín que entre su gente se pensaba hacer, e hizo prender a ciertos gentiles hombres de su compañía, y meterlos en los navíos con buena guarda e irse a un puerto pequeño que está diez leguas abajo de este, porque era mejor tierra para pueblo de españoles, y tenía más cerca buenas aguas y montes.&lt;br /&gt;Y el marqués se fue por tierra, la costa abajo, con la más de su gente, y halló una ciudad en el camino, adonde asimismo se le quejaron de agravios que Moctezuma y sus recaudadores les ha- cían, y él les dijo que a Moctezuma lo tenía por amigo, pero no por eso consentiría que se hiciese agravio alguno a ellos ni a otros que quisiesen ser amigos del dicho marqués; y así le envió a rogar a Moctezuma, y lo dijo a sus criados, que le rogaba que no quisiesen hacer agravio a los naturales de la tierra.&lt;br /&gt;Llegó el marqués al puerto donde ha- bía mandado ir los navíos, y allí asentó el pueblo de españoles que había hecho en el puerto de San Juan. Y halló a media y a una legua del puerto, ciertos pueblos de indios que asimismo se le quejaron como los demás de agravios que recibían de ciertos recaudadores que a la sazón allí eran venidos a pedirles tributos y mandar a que hiciesen otras cosas que ellos no solían hacer. El marqués les dijo lo que otras veces les había dicho, y les certificó que sería su amigo, y no les consentiría hacer mal ni daño.&lt;br /&gt;Y con este favor, ellos acuerdan de dar en los recaudadores y gente que con ellos venía, y ataron a muchos de ellos y les dieron de palos; algunos se huyeron donde el marqués estaba, y como a él no le pesaba la discordia que entre ellos hubiese, solamente los amparó para que no los matasen, pero no del todo se los quitó de poder, y así hizo soltar algunos de ellos, a quienes envió a Moctezuma diciéndole que él era llegado en aquella tierra, y que había hallado allí aquella gente suya a quien los de aquellos pueblos habían querido matarlos, que él los había amparado, y que le dicen que sin ser obligados a dar tributo se les pedía, y como recién llegado a la tierra no sabía la razón que cada uno tenía o no; que él le hacía saber lo sucedido; y así quedaron rebelados contra el servicio del dicho Moctezuma todos aquellos, y muy amigos del marqués y de los cristianos.&lt;br /&gt;                   Visto el marqués que entre los suyos había algunas personas que no le tenían buena voluntad, y que de estos y de los otros que mostraban voluntad de tornarse a la isla de Cuba, de donde habíamos salido, había cierto número, habló con algunos de los que iban por maestros de los navíos, y a algunos les rogó que diesen barrenos a los navíos, y a otros que le viniesen a decir que sus navíos estaban mal acondicionados; y cuando así lo hacían, les decía: "Pues no están para navegar, vengan a la costa, y rompeldos, porque se excuse el trabajo de sostenerlos". Y así dieron al través con seis o siete navíos, y en uno, que era la capitana, en que él había ido a aquella tierra, hizo meter todo el oro que le habían dado y las cosas que en aquella tierra había habido, y lo envió al rey de Castilla, nuestro señor, que entonces era rey de romanos, electo Emperador.&lt;br /&gt;Y hubo personas españolas en su compañía que pusieron en plática y por obra hurtar un navío pequeño, y salir a robar lo que llevaban para el rey. Sabido por el marqués, prendió a algunos e hizo justicia de los más culpados, y a otros perdonó e hizo decir en su real que él quería enviar un navío, que era el mejor de los que allí había, a la isla de Cuba, y por tanto los que no quisiesen su compañía se podrían ir en él. Y así vinieron algunas personas a pedirle licencia para irse, y él se las daba, y decía: "Porque yo determino de ganar de comer en esta tierra o morir en ella, échense todos los demás navíos al través, además de los que ya se habían echado, y los que no quisiesen seguir mi opinión, ahí queda ese para que se vayan"; y así los echó al través. Y después que los otros fueron echados al través, echó también este, y así quedó certificado quiénes eran los que no que-rían su compañía.&lt;br /&gt;Es así que un Diego Velázquez, gobernador que era de la isla de Cuba, a quien el almirante don Diego Colón había enviado a la dicha isla de Cuba por su teniente de gobernador; y el dicho Diego Velázquez, con ayuda del marqués del Valle y de otros, había conquistado la dicha isla y tenido inteligencia en Castilla con los del consejo del rey, para que le diesen una cédula del rey, como se la dieron, por donde se le mandaba que no acudiese al almirante con la dicha isla y que tuviese la gobernación de ella.&lt;br /&gt;Este Diego Velázquez, que teniendo la dicha gobernación se hizo rico, y habiéndosele muerto su mujer, procuró amistad con D. Juan de Fonseca, obispo de Burgos, que a la sazón era presidente del consejo de Indias, y señaló a algunos de los del consejo del rey pueblos de indios en la dicha isla, para aprovecharlos. El dicho obispo pretendía casarle con una parienta suya, y así estaba hablado y concertado, y de esta manera el dicho Diego Velázquez se creía que en el consejo del rey tener mucho favor.&lt;br /&gt;Como supiese que un Francisco Her- nández de Córdoba y otro vecino de la villa de la Trinidad, que es en la isla de Cuba, habían enviado un navío que tenían, con intención de pasar a unas islas que dicen de los Guanajos a traer gente para sus minas, con una tormenta que les dio aportaron a una parte de la Tierra Firme, y habían descubierto en cierta parte de la costa, que es algo bajo de la isla de Cozumel, tierra poblada, determinó el dicho Diego Velázquez de enviar una armada.&lt;br /&gt;Y la envió por la vía que aquel navío de los dos vecinos había ido, y en ella por capitán a un su deudo, o que decía que lo era, que se llamaba Juan de Grijalva, y éste fue y desembarcó con su gente donde el otro navío había llegado. Y allí peleó con los naturales de la tierra, y le mataron un hombre que se decía Juan de Guitalla, y al capitán dieron con una flecha por la boca, donde derribaron un diente. Y se tornó a embarcar con asaz peligro de su gente, y anduvo por la costa bajo, y viéndola poblada no se atrevió a quedar en ella; Y en tanto que este capitán era ido, se platicó entre Diego Velázquez y el marqués del Valle que ahora es, que entonces era vecino de la isla de Cuba, de que el dicho marqués fuese en busca del dicho Grijalva, y para esto se comenzó a hacer de alguna gente.&lt;br /&gt;Y como Diego Velázquez viese que el marqués gastaba largo de su hacienda, y hacía más gente de la que a él le parecía que bastaba, receló y quiso estorbar la ida del dicho marqués. Pero el marqués estaba muy bien quisto de la gente que había hecho, y el dicho Diego Velázquez no fue bastante para estorbarle la ida.&lt;br /&gt;Y así el marqués salió de aquel puerto de la ciudad de Santiago, que es en Cuba, no tan bien abastecido como fuera menester y se fue por el largo de la isla abasteciendo y llegando navíos y gente, como ya hemos dicho.&lt;br /&gt;Y Diego Velázquez no hiciese público que el marqués fuese contra su voluntad, ni el marqués tampoco publicaba que iba enemigo del dicho Diego Velázquez, puesto que el marqués decía a sus amigos: “ved si será bien que habiendo yo gastado toda mi hacienda, y tanta que con ella pudiera vivir en España,  que acuda a Diego Velázquez con la tierra que hallare, y con lo que trabajaremos en buscarla”. Y por esto Diego Velázquez pretendía hacer suya la conquista y demanda que el marqués traía, magüer que en ella no había gastado mucho.&lt;br /&gt;Porque el que esto escribe llegó al puerto de Cuba, donde es la ciudad de Santiago, y le dije a Diego Velázquez cómo yo le iba a servir, y que quería ir a aquella jornada con el marqués del Valle. Y él me dijo: "No sé que intención se lleva Cortés para conmigo, y creo que mala, porque él ha gastado cuanto tiene y queda empeñado, y ha recibido oficiales para su servicio, como si fuera un señor de los de España; pero con todo holgaré que vayáis en su compañía, que no hace más de quince días que salió de este puerto, y en breve lo tomaréis, y yo os socorreré a vos y a los que más quisieran ir".&lt;br /&gt;Nos juntamos ciertos gentiles hombres, y nos dio de socorro a cada uno un libramiento de cuarenta ds. (ducados) para que nos lo diesen en ropa en una tienda, que era lo que en ella se vendía del dicho Diego Velázquez. Con decirme a mí que era su sobrino y hacerme muchos ofrecimientos, me dieron por los cuarenta pesos de oro cosas que por diez pesos hubimos yo y otros mis compañeros más cantidad de ellas en otras tiendas; y por esto nos hizo hacer obligaciones, a cada uno de los dichos cuarenta pesos, y se las hicimos y se los pagamos después.&lt;br /&gt;Lo dicho en este capítulo es para que se entienda la razón que tuvieron después, para enviar una armada de españoles contra el dicho marqués y contra sus compañeros, y sepa quien esto leyere, que es así, que cuando el navío de que hemos dicho se partió a traer lo que hasta entonces habíamos habido a nuestro rey, nos juntamos todos unánimes y dijimos al dicho marqués del Valle nuestro parecer acerca de lo que teníamos que podría suceder por la confederación y amistad que había entre el obispo de Burgos, presidente de Indias, y Diego Velázquez.&lt;br /&gt;Y todos de acuerdo escribimos a S.M. el Emperador y rey nuestro señor, una carta firmada de todos a los más de los que había en la compañía del marqués, y dada cuenta a S.M. de lo sucedido hasta entonces, le jurábamos y prometíamos que por lo que a su real servicio conve- nía, y porque creíamos que Diego Velázquez, con favor del obispo de Burgos, podría ganar o habría ganado alguna provisión de S.M., y se le concediese creyendo ser como en alguna otra parte de las Indias de lo que hasta entonces estaba descubierto; por ende, que todas las cartas y provisiones de S.M. y su consejo que nos fuesen mostradas, las obedece-ríamos como mandado de nuestro rey y señor, y cuanto a la ejecución del cumplimiento, suplicamos desde entonces de ello y suplicaríamos hasta ser certificado que S.M. era informado de aquella nuestra relación y de lo que habíamos trabajado y pensábamos trabajar en su servicio; y para que otra cosa en contrario de ello que le escribíamos no se hiciese, que S.M. sin saber de qué hacía mercedes no se hiciese, estábamos prestos a morir y tener la tierra en su real nombre hasta ver la respuesta de esta carta que le escribíamos.&lt;br /&gt;Ido el navío para España, hubo algunas revueltas entre los naturales de la tierra, y no queriendo los de un pueblo que se llama Ticapancinga dejar de hacer daño a otros, aunque el marqués se lo envió a decir que no le hiciesen, el marqués fue a castigarlos con cierta gente, y los castigó, magüer ellos se pusieron en armas.&lt;br /&gt;Y dejando en la villa que había poblado, la gente que le pareció que bastaba para estar seguros, con toda la demás que tenía se partió la tierra adentro, por do le decían que era la vía para ir donde Moctezuma estaba*.&lt;br /&gt;A este tiempo ningún indio de los vasallos de Moctezuma había quedado, pa-&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*En el margen del manuscrito se lee: “Aquí ha de entrar  lo de los navíos de Garay”, haciendo referencia a la llegada de los barcos del gobernador de Jamaica y al fracasado intento del capitán de la flota, Alonso Álvarez de Pineda, de pactar con Cortés.&lt;br /&gt;ra no mostrarnos el camino, y como mejor sabían los naturales de aquella tierra a casi a tiento lo iban mostrando; y después de haber andado el marqués con toda su gente poco más de veinte leguas de despoblado, salido de la tierra de estos que se habían dado por nuestros amigos, las cuales veinte leguas anduvo por cabe unos largos salados de agua como de la mar y por tierra de salitrales, donde el dicho marqués y su gente pasaron alguna necesidad de hambre, aunque más de sed, y llegó a un pueblo que se dice Zacotlán. Preguntó al señor de él si era vasallo de Moctezuma, y él le respondió: "¿Pues quién hay que no sea vasallo de ese señor?"&lt;br /&gt;El marqués del Valle hacía poner cruces en todos los lugares donde llegaba, y puestas en éste se partió de él con once de a caballo que en su compañía llevaba, y algunos peones, los más sueltos que le parecían, iba siempre descubriendo el campo. Y subida una cuesta, mandó decir al capitán de la gente de pie que caminase aprisa. Y el marqués con los de a caballo se adelantó y fue a dar con ciertos indios que estaban por espías, que dicen que serían hasta ocho; y queriendo tomar alguno de ellos para saber de dónde eran, se defendieron y mataron de dos cuchilladas dos caballos, e hirieron a dos españoles, y al fin no pudieron tomar a ninguno de los dichos indios con vida. Allí nos esperó el marqués, porque ya era tarde, y llegamos a él puesto el sol, y supimos y vimos lo que he dicho.&lt;br /&gt;El marqués hizo poner sus centinelas y durmió allí aquella noche, y al otro día levantó su real, y como a cosa de las ocho del día, salía contra nosotros tanto número de gente de guerra, que me parece que serían más que cien mil, y hay opiniones que eran mucho más de los que digo. Algunos de ellos nos aguardaron en ciertas quebradas hondas de unos arroyos que atravesaban el camino; y pasándolas con harto trabajo, nos metía- mos en medio de ellos. Nos ayudaban algo ciertos indios que iban con nosotros de los que se habían dado por amigos en la costa de la mar, lo que ya dijimos. El marqués y los de caballo iban siempre en la delantera peleando, y volvía de cuando en cuando a concertar su gente, y hacerlos que fuesen juntos en buen concierto, y así iban.&lt;br /&gt;Hubo indios que arremetían contra los de caballo para tomarles las lanzas. Y así peleando se fue este día a aposentar a una casa de un ídolo que tenía alrededor de sí dos o tres casillas, y allí pusieron los españoles el hato que llevaban: salieron a pelear en el orden que el marqués les mandaba. Estuvimos en este cerro diez y ocho días, y se tenía en el pelear este orden.&lt;br /&gt;Los indios venían ordinariamente a pelear con nosotros unas veces por la mañana, y otras algo más tarde, y otras veces a la puesta del sol. Y como probasen esto los primeros tres días, acordaron que para saber el daño que hacían en nosotros, venir a hablar al marqués; y le dijeron que les pesaba mucho de que en aquella tierra se le hiciese enojo, y que no era por voluntad de ellos, sino que aquella gente que con nosotros peleaba era de otra nación, y que moraban tras de unas sierras que nos señalaban, y que ellos le dicen que no lo hicieran, y ellos que no querían hacer menos; y de esta manera ordinariamente venían y traían algunas tortillas de pan y algunas gallinas, y cerezas, y luego preguntaban: "¿Qué daño han hecho estos bellacos en vosotros?"&lt;br /&gt;El marqués les decía que se lo agrade-cía, y que no era ninguno el daño que en nosotros hacían, y que le pesaba mucho el que ellos recibían. Y con tanto se volvían, y los veíamos entrar entre la gente de guerra que con nosotros peleaba. De esta manera ellos probaron su fortuna en todas las horas del día, y viendo que no les aprovechaba cosa alguna, dieron en nuestro real ciertas otras veces de noche, e iban algo aflojando en acometernos.&lt;br /&gt;Y el marqués, viendo que aflojaban, los iba a buscar por una y por otra parte del real, hacia donde de noche veíamos que había humos y podría haber población, y siempre hallábamos pueblos y gente en ellos con quien pelear, y ellos venían a buscarnos, aunque no tantas veces.&lt;br /&gt;Con que luego que allí llegamos, en este tiempo dieron al marqués ciertas calenturas, y acordó de purgarse, y llevaba cierta masa de píldoras que en la isla de Cuba había hecho; y como no hubiese quien las supiese desatar para ablandarlas y hacer las píldoras, partió ciertos pedazos y se los tragó así duros. Y al otro día, comenzando a purgar, vimos venir mucho número de gente, y él cabalgó, y salió a ellos y peleó todo ese día, y a la noche le preguntamos cómo le había ido con la purga, y nos dijo que se le había olvidado de que estaba purgado, y purgó otro día como si entonces tomara la purga.&lt;br /&gt;El marqués posaba en la torre del ídolo, como ya hemos dicho, y algunas veces de noche, en lo que le cabía de dormir, miraba desde allí a todas partes para ver humos, y vio a algo más de cuatro leguas de allí cabe, unos peñoles de sierra y por entre cierto monte cantidad de humos, por donde creyó haber mucha gente en aquella parte.&lt;br /&gt;Y al otro día partió con su gente y dejó en el real la que le pareció, y luego que fueron dos o tres horas, de noche comenzó a caminar hacia los peñoles a tino, porque la noche era oscura, y yendo como una legua del real, súbitamente dio en los caballos una manera de torozón, que se caían en el suelo sin poderlos menear. Y el primero que se cayó y se lo dijeron al marqués, dijo: "Pues vuélvase su dueño con él al real"; y al segundo dijo lo mismo, y le comenzamos a decir algunos de los españoles, “Señor, mira que es mal pronóstico, y mejor sería que dejemos amanecer; luego veremos por donde vamos.” Él dice: “¿Por qué miráis en agüeros? No dejaré la jornada, porque se me figura que de ella ha de seguir mucho bien esta noche, y el diablo por estorbar pone estos inconvenientes”.&lt;br /&gt;Y luego se le cayó a él su caballo, como a los otros, e hizo un poco alto, y de diestro llevaban los caballos, que serían ocho, y así caminamos hasta que perdimos el tino de la vía de los peñoles, y dimos en una mala tierra de pedregales y barrancas y atinando a una lumbrecilla que estaba en una choza, fuimos allá y tomamos dos mujeres. Y unos españoles que el marqués había puesto en un camino, tomaron dos indios: estos nos llevaron hacia los peñoles, y llegamos allá a amanecer, y los caballos iban ya buenos.&lt;br /&gt;Y llegando cabo los peñoles a un pueblo grande que allí estaba, que se dice Zimpanzingo; como habíamos ido fuera de camino, estaba la gente de él muy descuidada, y el marqués mandó que no matasen ningún indio, ni les tomasen cosa alguna, y cada uno de ellos salía de su casa, y haciéndoles señas que no tuviesen miedo, se reposaron algún tanto, puesto que todavía huían.&lt;br /&gt;Y luego que comenzó a salir el sol, el marqués se puso en un alto a descubrir tierra, y vio lo más de la población de Tascala, que desde allí se parecía, y llamó a los españoles y dijo: "Ved qué hiciere al caso matar unos pocos indios que había en este pueblo, donde tanta multitud de gente debe haber".&lt;br /&gt;Tres o cuatro días antes de esto, habían venido ciertos indios al real, y traído al marqués cinco indios, diciéndole: "Si eres dios de los que comen sangre y carne, cómete estos indios, y traerte hemos más; y si eres dios bueno, ves aquí incienso y plumas; y si eres hombre, ves aquí gallinas y pan y cerezas". El marqués siempre les dice: "Yo y mis compañeros hombres somos como vosotros; y yo mucho deseo tengo de que no me mintáis, porque yo siempre os diré verdad, y de verdad os digo que deseo mucho que no seáis locos ni peleéis, porque no recibáis daño".&lt;br /&gt;Y luego que estos se fueron, a la tarde pareció atravesar por cabo un cerro mucho número de gente, y desde a poco vinieron al marqués de hacia aquella parte quince o veinte indios en compañía de unos mensajeros que vinieron a decir que venían a saber cómo estábamos, y qué pensábamos hacer. El marqués les dijo con los intérpretes dichos: "Os he ya avisado siempre que conmigo habláis, que no me mintáis, porque yo nunca os miento, y ahora venís por espías y con mentiras"; y los apartó unos de otros, y confesaron que era verdad, y que aquella noche habían de dar en nosotros mucha cantidad de gente, y morir o matarnos.&lt;br /&gt;El marqués les hizo a algunos de ellos cortar las manos, y así los envío diciendo que a todos los que hallase que era es- pías haría lo mismo, y que luego iba a pelear con ellos. Y puesta su gente en orden, hizo que los de caballo se pusiesen pretales de cascabeles, y ya anoche- cía cuando salió hacía donde había visto pasar la gente, y con el ruido que llevaban, y con haber visto sus espías sin manos, se pusieron en huída, y el marqués los siguió hasta dos horas de la noche.&lt;br /&gt;(Y este capítulo se había olvidado de poner antes.)&lt;br /&gt;Pues como los indios vieron la buena obra que se les había hecho en no quererlos matar, y el marqués los llamó y les dijo con los intérpretes que llamasen a los señores, y los esperó con toda su gente cabo una fuente grande que cabo aquel pueblo está. Vinieron algunos indios principales y trajeron  cantidad de comida, y dijeron que agradecían mucho el daño que se les había dejado de hacer y que servirían desde ahora en adelante en lo que se les mandase, y llamarían a los señores de toda aquella tierra. El marqués les certificó que sabía que aunque le llevaban de comer eran ellos los que con nosotros peleaban, y que todo  se lo perdonaba y les rogaba fuesen amigos, por excusar el daño que en ellos se hacía, pues veían lo poco que recibíamos. El marqués se volvió a su real, y mandó que no se callase daño a indio alguno desde ahora en adelante.&lt;br /&gt;Llegado el marqués al real, muy alegre de lo sucedido, dijo: "Yo creo que la guerra de esta provincia placerá a Dios que hoy la hemos acabado, y que estos serán nuestros amigos de aquí en adelante, y conviene que pasemos a la tierra de este gran señor, de quien nos dicen".&lt;br /&gt;Y llamó a un indio principal que con él andaba, y se había ido en nuestra compañía desde la costa por capitán de cierta gente, y se llamaba este indio Teuche, y era hombre cuerdo, y según él decía criado en las guerras entre ellos. Este indio dijo al marqués:&lt;br /&gt;"Señor, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, por que yo siendo mancebo fui a México, y soy experimentado en las guerras, y conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres y no dioses, y que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; y te hago saber que pasado de esta provincia hay tanta gente, que pelearán contigo cien mil hombres ahora, y muertos o vencidos estos, vendrán luego otros tantos, y así podrán remudarse o morir por mucho tiempo de cien mil en cien mil hombres, y tú y los tuyos, aunque seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sois hombres, y yo no tengo más que decir de que miréis en esto que he dicho, y si determinares morir, yo iré con vos".&lt;br /&gt;El marqués se lo agradeció y le dijo que a pesar de todo aquello quería pasar adelante, porque sabía que Dios que hizo el cielo y la tierra los ayudaría, y que así él lo creía. Antes de esto había habido plática entre los españoles, y se hablaba en que sería bien hablar al marqués para que no pasase adelante, antes se volvía a la costa, y de allí poco a poco se tenía inteligencia con los indios, y se haría según el tiempo mostrase que era bien hacerse. Y así se lo habían hablado al marqués algunos en secreto.&lt;br /&gt;Y estando él una noche en la torre del ídolo, habían alrededor de ella algunas chozas donde los españoles se metían, oyó que en una de ellas hablaban ciertos soldados, diciendo: "Si el capitán quisiere ser loco y irse donde lo maten, váyase solo, y no lo sigamos"; y otros decían que si lo siguiesen había de ser como Pedro Carbonero, que por entrarse en tierra de moros a hacer salto, se había quedado él y todos los que con él iban, y habían sido muertos.&lt;br /&gt;El marqués hizo llamar dos amigos suyos, y les dijo: "Mirad qué están diciendo aquí; y quien lo osa decir, osado ha hacer. Por tanto conviene irnos hacia donde está este señor que nos dicen".&lt;br /&gt;Y venían indios de Tascala, que en aquella provincia donde entonces estábamos, le dijeron: "Hecho hemos nuestro poder por matarte, y a tus compañeros, y nuestros dioses no valen nada para ayudarnos contra ti; determinamos de ser tus amigos y servirte, y te rogamos que porque estamos cercados de todas partes en esta provincia de enemigos nuestros, nos ampares de ellos, y te rogamos te vayas a la ciudad de Tascala a descansar de los trabajos que te hemos dado".&lt;br /&gt;El marqués hizo poner cruces en el real y en la torre del ídolo y en otras partes de alrededor, y mandó alzar el real y caminó con buen concierto para la ciudad de Tascala.&lt;br /&gt;Llegados allí, el marqués se aposentó en unos aposentos de unos ídolos y man- dó hacer señales y poner límites para donde los de su compañía llegasen, y nos mandó que de allí nos pasásemos ni saliésemos, y así es verdad que lo cumplimos, y que para llegar a un arroyo a un tiro de piedra, le pedíamos licencia.&lt;br /&gt;Estos indios por todas partes de su provincia partían término con sus enemigos, vasallos de Moctezuma y de otros sus aliados; y cada vez que Moctezuma quería hacer alguna fiesta y sacrificio a sus ídolos, juntaba gente y enviaba sobre esta provincia a pelear con los de ella y a cautivar gentes para sacrificar, puesto que muchas veces los de la provincia mataban mucha gente de los contrarios. Pero muy averiguado parecía que si Moctezuma y sus vasallos y aliados quisieran poner su poder a dar cada cual por su parte en esta provincia, los desbarataran en breve y feneciera la guerra con ellos.&lt;br /&gt;Y así yo que esto escribo, pregunté a Moctezuma y a otros de sus capitanes, qué era la causa porque teniendo aquellos enemigos en medio no los acababan en un día, y me respondían: "bien lo pudiéramos hacer; pero luego no quedara donde los mancebos ejercitaran sus personas, sino lejos de aquí: y también queríamos que siempre hubiese gente para sacrificar a nuestros dioses".&lt;br /&gt;Estos de esta provincia no alcanzaban sal, ni en su tierra la había, sino por gran des rescates la habían de sus enemigos comarcanos; y asimismo no alcanzaban oro ni ropa de algodón sino de rescate.&lt;br /&gt;El marqués estuvo allí con su gente ciertos días, y de los naturales de la tierra se venían muchos a vivir con los españoles y mostraban ser verdadera la amistad. Y el marqués siempre que con ellos hablaba, les encargaba mucho que dejasen sus ídolos: algunos decían que el tiempo andando verían nuestra manera de vivir, y entenderían mejor nuestras condiciones y las razones que se les daban, y podría ser tornarse cristianos.&lt;br /&gt;El marqués hacía poner cruces en todas las partes donde le parecía que estarían  preeminentemente, y con licencia de los indios hizo una iglesia en una casa de un ídolo principal, donde puso imágenes de Nuestra Señora y de algunos santos, y a veces se ocupaba en predicarles a los indios, y les parecía bien nuestra manera de vivir, y cada día se vienen muchos a vivir con los españoles.&lt;br /&gt;El marqués se partió de aquí habiendo, tomado la más noticias que pudo de la tierra de adelante, y los indios de aquella provincia dijeron que irían con él a mostrarle hasta donde ellos sabían el camino; y dijeron cómo cuatro leguas de ahí había una ciudad que se llamaba Chitrula, que eran sus contrarios, y señoría por sí, aliada y amigos de Moctezuma, que era en nuestro camino. Y así salieron para esta ciudad en compañía de los españoles hasta cuarenta mil hombres de gue- rra, apartados de nosotros, porque así se lo mandaba el marqués.&lt;br /&gt;Llegados a Chitrula, un día por la mañana, salieron en escuadro- nes diez o once mil hombres, y traían pan de maíz y algunas gallinas, y cada escuadrón llegaba al marqués a darle la enhorabuena de su llegada, y se apartaban a una parte, y rogaron con mucha instancia al marqués que no consintiese que los de Tascala entrasen por su tierra. El marqués les mandó que se volviesen y ellos dijeron: "Mira que estos de esta ciudad son mercaderes y no gente de guerra, y hombres que tienen un corazón y muestran otro, y siempre hacen sus cosas con mañas y con mentiras, y no te querríamos dejar, pues nos dimos por tus amigos".&lt;br /&gt;Con todo esto, el marqués les mandó que volviesen a enviar toda su gente, y si algunas personas principales se quisiesen quedar, se aposentasen fuera de la ciudad con algunos que les sirviesen y así se hizo.&lt;br /&gt;Y entrando por la ciudad, salió la demás gente que en ella había, por sus escuadrones, saludando a los españoles que topaban, los cuales íbamos en nuestra orden. Y luego tras esta gente salió toda la gente, ministros de los que sirven a los ídolos, vestidos con ciertas vestimentas, algunas cerradas por delante como capuces y los brazos fuera de las vestiduras, y muchas madejas de algodón hilado por orla de las dichas vestiduras, y otros vestidos de otras maneras. Muchos de ellos llevaban cornetas y flautas tañendo, y ciertos ídolos cubiertos y muchos incensarios, y así llegaron al marqués, y después a los demás, echando de aquella resina en los incensarios. Y en esta ciudad tienen por su principal dios a un hombre que fue en los tiempos pasados, y le llamaban Quezalquate, que según se dice fundó aquella ciudad, y les mandaba que no matasen hombres, sino que al creador del sol y del cielo le hiciesen casas a donde le ofreciesen codornices y otras cosas de caza, y que no se hiciesen mal unos a otros ni se quisiesen mal. Y diz que este traía una vestidura blanca como túnica de fraile y encima una manta cubierta con cruces coloradas por ella. Y aquí tenían ciertas piedras verdes, y una de ellas era una cabeza de una mona, y decían que aquellas habían sido de este hombre, y las tenían por reliquias.&lt;br /&gt;En este pueblo el marqués y su gente estuvieron ciertos días. Y de aquí envió a ciertos soldados que de su voluntad quisieron ir a ver un volcán que se parecía en una sierra alta, a cinco leguas de ahí, de donde salía mucho humo; y para que de allí mirasen a una y a otra parte y trajesen nueva de la disposición de la tierra.&lt;br /&gt;A esta ciudad vinieron ciertas personas principales por mensajeros de Moctezuma, y hicieron su plática una y muchas veces; y unas veces decían que a qué íbamos y a dónde, porque ellos no tenían donde vivían bastimento que pudiésemos comer; y otras veces decían que decía Moctezuma que no lo viésemos, porque se moriría de miedo; y otras decían que no había camino para ir.&lt;br /&gt;Y visto que a todo esto el marqués les satisfacía, hicieron a los del pueblo que dijesen que donde Moctezuma estaba había mucho número de leones y tigres y otras fieras, y que cada vez que Moctezuma quería los hacía soltar, y bastaban para comernos y despedazarnos.&lt;br /&gt;Y visto que no aprovechaba nada todo lo que  decían para estorbar el camino, se concertaron los mensajeros de Moctezuma con los de aquella ciudad para matarnos. Y la manera que para ello daban, era llevarnos por un camino sobre la mano izquierda del camino de México, donde había mucho número de malos pasos que se hacían de las aguas que bajaban de la sierra donde el volcán está; y como la tierra es arenisca y tierra liviana, poca agua hace gran quebrada, y hay algunas de más de cien estados en hondo, y son angostas, tanto que hay madera tan larga que basta a hacer de ella puentes en las dichas quebradas, y así las había, por- que después las vimos.&lt;br /&gt;Estando nosotros para partir, una india de esta ciudad de Cherula, mujer de un principal de allí, dijo a la india que llevamos por intérprete con el cristiano, que se quedase allí, porque ella la quería mucho y le pesaría si la matasen, y le descubrió lo que estaba acordado. Y así el marqués lo supo y dilató dos días de su partida, y siempre les decía que de pelear los hombres no se maravillaba ni recibía enojo, aunque peleasen con él; pero que de decirle mentiras le pesaría mucho, y que les avisaba en cosa que con él tratasen no le mintiesen, ni trajesen manera de traición. Ellos se le ofrecieron, que eran sus amigos y lo serían, y que no le mentirían ni le habían mentido.&lt;br /&gt;Y le preguntaron que cuándo se quería ir: él les dijo que otro día, y le dijeron que querían allegar mucha gente para ir con él, y les dijo que no quería más de algunos esclavos para que le llevasen el hato de los españoles. Ellos porfiaron que todavía sería bien que fuese gente, y el marqués no quiso, antes les dijo que no quería más que los que le bastasen para llevar las cargas.&lt;br /&gt;Y otro día de mañana sin rogarlo vino mucha gente con armas de las que ellos usan, y según pareció estos eran los más valientes que entre ellos había, y decían que era esclavos y hombres de carga.&lt;br /&gt;El marqués dijo que se quería despedir de todos los señores de la ciudad; por tanto, que los llamasen. Y en esta ciudad no había ningún señor principal, salvo capitanes de la república, porque eran a manera de señoría, y así se rigen. Y luego vinieron todos los más principales, y a los que pareció ser señores, hasta treinta de ellos metió el marqués en un patio pequeño de su aposento, y les dijo: "Os he dicho verdad en todo lo que con vosotros he hablado, y he mandado a todos los cristianos de mi compañía que no os hagan mal, ni se os ha hecho, y con la mala intención que tenías me dijiste que los de Tascala no entrasen en vuestra tierra; y magüer no me habéis dado de comer como fuera razón, no he consentido que se os tome una gallina, y les he avisado que no me mintáis; y en pago de estas buenas obras tenéis concertado de matarme, y a mis compañeros, y habéis traído gente para que peleen conmigo, de que esté en el mal camino por donde me pensáis llevar. Y por esta maldad que tenías concertada, moriréis todos, y en señal de que sois traidores, destruiré vuestra ciudad, sin que más quede memoria de ella: y no hay para que negarme esto, pues lo sé como os lo digo".&lt;br /&gt;Ellos se maravillaron, y se miraban  unos a otros, y había guardas porque no pudiesen huir, y también  había guarda en la otra gente que estaba fuera en los patios grandes de los ídolos para llevarnos las cargas. El marqués les dijo a estos señores: "Yo quiero que vosotros me digáis la verdad, puesto que yo la sé, para que estos mensajeros y todos los demás la oigan de vuestra boca, y no digan que os lo levanté". Y apartados cinco o seis de ellos, cada uno a su parte, confesaron, sin tormento alguno, que así era verdad como el marqués lo había dicho. Y viendo que conformaban unos con otros, los mandó volver a juntar, y todos lo confesaron así; y decían unos a otros: "Este es como nuestros dioses, que todo lo saben; no hay para que negárselo".&lt;br /&gt;El marqués hizo llamar allí los mensajeros de Moctezuma y les dijo: “Estos me quieren matar y dicen que Moctezuma era en ello, y yo no lo creo, porque lo tengo por amigo, y sé que es gran señor, y que los señores no mienten; y creo que estos me querían hacer este daño a traición, y como bellacos y gente sin señor que son, y por eso morirán, y vosotros no hayáis miedo, que además de ser mensajeros, lo son de ese señor a quien tengo por amigo, y tengo creído que es muy bueno, y no bastará cosa que en contrario se me diga".&lt;br /&gt;Y luego mandó matar a los más de aquellos señores, dejando ciertos de ellos aprisionados, y mandó hacer señal que los españoles diesen en los que estaban en los patios y muriesen todos. Y así se hizo, y ellos se defendían lo mejor que podían y trabajaban de ofender; pero co- mo estaban en los patios cercados y tomadas las puertas, todavía murieron los más de ellos.&lt;br /&gt;Y hecho esto, los españoles e indios que con nosotros estaban, salimos en nuestras escuadras por muchas partes por la ciudad, matando gente de guerra y quemando las casas; y en poco rato vino número de gente de Tascala, y robaron la ciudad, y destruyeron todo lo posible, y quedaron con asaz despojo, y ciertos sacerdotes del diablo se subieron en lo alto de la torre del ídolo mayor y no quisieron darse, antes se dejaron allí quemar, lamentándose y diciendo a su ídolo cuán mal hacía en no favorecerlos.&lt;br /&gt;Así es que se hizo todo lo posible por destruir aquella ciudad, y el marqués mandaba que se guardasen de no matar mujeres ni niños. Y duró dos días el trabajar por destruir la ciudad, y muchos de los de ella se fueron a esconder por los montes y campos, y otros se iban a valer a la tierra de sus enemigos comarcanos.&lt;br /&gt;Luego pasados dos días, mandó el marqués que cesase la destrucción, y así cesó. Y donde a otros dos o tres días, según pareció, se debieron de juntar muchos de los naturales del dicho pueblo, y enviaron a suplicar al marqués los perdonase y les diese licencia para venirse a la ciudad, y para esto tomaron por valedores los de Tascala.&lt;br /&gt;El marqués los perdonó, y les dijo que por la traición que tenían pensada había hecho en ellos aquel castigo, y tenía voluntad de asolar la ciudad, sin dejar en ella cosa enhiesta, y que así lo haría donde en adelante en las partes donde viese que le mostraban buena voluntad y le procuraban de hacer malas obras, porque esto lo tenía por muy malo, y no tenía en tanto que peleasen con él desde luego que a alguna parte llegase: y así se tornó la ciudad a poblar y le prometieron de ser amigos leales en adelante.&lt;br /&gt;Y de aquí despachó los mensajeros que de Moctezuma tenía, a los cuales había hecho siempre mucha honra, y envió con ellos a dar cuenta al dicho Moctezuma de lo que en aquella ciudad había hecho, y la causa porque lo hiciere; y como ellos habían levantado que él era en ello; pero que el marqués no le daba crédito, y que él se partía luego para allá.&lt;br /&gt;Y luego que estos mensajeros se partieron, el marqués se partió de esta ciudad, por donde les pareció a los que ha- bían ido a la sierra del volcán que debía ser el mejor camino.&lt;br /&gt;Y fue un día a dormir cuatro leguas de ahí al pie del volcán, y otro día subió la sierra, y encima de ella halló gente que le salía a recibir y a traer comida. Y ha- lló cierto albergue de casa de paja que los indios habían hecho para donde reposasen, y allí durmió esta noche.&lt;br /&gt;Y porque en la sierra había mucho monte se salió con toda su gente a un raso que en la sierra había, porque le pareció que entre el monte había mucha gente. Llamó e hizo saber a ciertos señores y capitanes de aquella gente, diciéndoles: "Sabed que estos que conmigo vienen no duermen de noche, y si duermen es un poco cuando es de día; y de noche están con sus armas, y cualquiera que ven que anda en pie o entra donde ellos están, luego lo matan; y yo no basto a resistirlo: por tanto, hacedlo así saber a toda vuestra gente, y diles que después de puesto el sol ninguno venga donde estamos, porque morirá, y a mi me pesará de los que muriesen".&lt;br /&gt;Y así mandó esa noche a todos los de su compañía estar apercibidos, y puso sus centinelas y escuchas, y vinieron algunos indios a espiar qué hacíamos, y las escuchas y centinelas los mataban. Y de esto no se habló más por su parte ni por la nuestra.&lt;br /&gt;Y otro día el marqués bajó la sierra, y desde a cuatro leguas de ahí halló una gran población en la costa de una laguna grande, y allí se aposentó; y le hicieron casas de paja donde su gente se albergase y estuviese junta, y le dieron mucha comida. El marqués habló con el señor y con algunos principales de este pueblo y le dijeron cómo eran vasallos de Moctezuma, y en secreto se le quejaron del dicho Moctezuma, diciendo que les hacía muchos y grandes agravios en pedirles tributos y cosas que no eran obligados a dar ni hacer.&lt;br /&gt;Y aquí vinieron mensajeros de Moctezuma y trabajaron con su embajada de que el marqués no fuese a ver a Moctezuma, y él siempre les dijo que no lo dejaría de ver, porque deseaba mucho hablarle, y su venida no era por otra causa más que por conocerle y comunicar. Y haciéndole creer los dichos indios que no había camino, si no era por agua, y con unas canoas muy pequeñas pasaban, determinó de hacer barcas; y en cuatro días que allí estuvo, supo que había camino, aunque peligroso, porque había de ir por una calzada de piedra que por el agua entraba, y a trechos tenía puentes de madera.&lt;br /&gt;Partió el marqués con su gente de este pueblo, y así en él como siempre avisaba a los indios que no entrasen donde los españoles estaban, después de puesto el sol. Y fue a dormir a otro pueblo en la costa de la laguna, y allí vinieron espías por el agua en canoas pequeñas, y nuestras escuchas y centinelas les tiraban con ballestas a bulto, y así no saltaron en tierra.&lt;br /&gt;Y otro día comenzó el marqués con su gente a entrar por una calzada angosta de piedra que por el agua entraba, y puentes a trechos como hemos dicho, y fue a dormir a un pueblo que está en el agua, y tuvo guarda como mejor pudo para que no le rompiesen las puentes ni la calzada; y de dos a dos horas o poco más, venían siempre mensajeros.&lt;br /&gt;Y luego que fue de día caminó y salió de esta calzada a tierra y fue a dormir diez millas de México a una población que estaba en la ribera de una laguna salada, y allí estuvo un día. Este pueblo era de un hermano de Moctezuma, y después que entramos en la tierra de Moctezuma, siempre nos dieron de comer lo que tenían.&lt;br /&gt;Y desde este pueblo fue el dicho marqués y su gente por otra calzada que por el agua entraba, hasta México. Y Moctezuma le salió a recibir, habiendo enviado primero un sobrino con mucha gente y bastimento. Salió el dicho Moctezuma por en medio de la calle, y toda la demás gente arrimada a las paredes, porque así es su uso, y hizo aposentar al marqués en un patio donde era la recámara de los ídolos; y en este patio había salas asaz grandes donde cupieron toda la gente del dicho marqués y muchos indios de los de Tascala y Cherula que se habían llegado a los españoles para servirlos.&lt;br /&gt;En este tiempo, poco antes que en México entrase el marqués, supo que los españoles que había dejado en los poblados de la costa yendo a un pueblo de un vasallo de Moctezuma y decirle que le diese de comer, los del pueblo había peleado con ellos y matado un caballo y un español, y herido a los más de ellos.&lt;br /&gt;El marqués, después que reposó algo de aquel día que a México llegó, con el cuidado de que su vida y de los de su compañía tenía, se andaba paseando por dentro de su aposento, y vio una puerta que le pareció que estaba recién cerrada con piedra y cal, y la hizo abrir, y por ella adentro entró y halló mucho gran número de aposentos, y en algunos de ellos mucha cantidad de oro en joyas y en ídolos, y muchas plumas, y de esto muchas cosas muy para ver; y había entrado con dos criados suyos, y tornose a salir sin llegar a cosa alguna de ello.&lt;br /&gt; Y luego por la mañana hizo apercibir su gente, y temiéndose como en la verdad era sí y lo tenían acordado, que quitando uno o dos puentes de los que por donde habíamos entrado no podríamos escapar las vidas, se fue a la casa de Moctezuma, en la cual había asaz de cosas dignas de notar, y mandó que su gente dos a dos o cuatro a cuatro, se fuesen tras él.&lt;br /&gt;Moctezuma salió a él y lo metió a una sala donde él tenía su estrado, y con él entramos hasta treinta españoles y los demás quedaban a la puerta de la casa, y en un patio de ella, el marqués dijo a Moctezuma con los intérpretes: "Bien sabéis que siempre os he tenido por amigo, y os he rogado por vuestros mensajeros que siempre conmigo se trate verdad, y yo en cosa no os he mentido, y ahora sé que los españoles que dejé en la costa han sido maltratados de vuestra gente, y están los más de ellos heridos, y han muerto a uno, y dicen algunos de los indios que los españoles prendieron peleando, que esto se hizo por vuestro mandado; y para lo que quiero averiguar habéis de ir preso conmigo a mi aposento, donde seréis servido y bien tratado de mí y de los míos: y caso que tengáis alguna culpa de las que os ponen vuestros vasallos, yo miraré por vuestra persona como por mi hermano; y esto hago porque si lo disimulase, los que conmigo vienen se enojarían de mí, diciendo que no me daba nada de verlos maltratar; por tanto mandad a vuestra gente que de esto no se altere, y tened aviso que cualquier alteración que haya la pagareis con la vida, pues es en vuestra mano pacificarlo".&lt;br /&gt;Moctezuma se turbó mucho, y dijo con toda la gravedad que se puede pensar: "No es persona la mía para estar presa, y ya que yo lo quisiese, los míos no lo sufrirían".&lt;br /&gt;Y así estuvieron en razones más de cuatro horas, y al fin se concertaron que Moctezuma fuese con el marqués, y lo llevó a su aposento, y le dio en guarda a un capitán, y de noche y de día siempre estaban españoles en su presencia, y él no decía a los suyos que estaba preso, antes libraba y despachaba negocios tocantes a la gobernación de su tierra, y muchas veces el marqués se iba a hablar con él, y con el intérprete le rogaba que no recibiese pena de estar allí, y le hacía todos los regalos que podía.&lt;br /&gt;Y le dijo: "Estos cristianos son traviesos, y andando por esta casa han topado ahí cierta cantidad de oro, y la han tomado: no recibáis de ello pena".&lt;br /&gt;A él dijo liberalmente: "Esto es de los dioses de este pueblo: dejad las plumas y cosas que no sean oro, y el oro tomáoslo. Y yo os daré todo lo que yo tenga, porque habéis de saber que de tiempo inmemorial a esta parte tienen mis antecesores por cierto, y así se platicaba y platica entre ellos de los que hoy vivimos, que cierta generación de donde nosotros descendimos vino a esta tierra muy lejos (sic) de aquí, y vinieron en navíos, y estos se fueron desde a cierto tiempo, y nos dejaron poblados, y dijeron que volvieren, y siempre hemos creído que en algún tiempo habían de venir a mandarnos y señorear. Y esto han siempre afirmado nuestros dioses y nuestros adivinos, y yo creo que ahora se cumple. Quiero teneros por señor, y así haré que os tengan todos mis vasallos y súbditos a mi poder".&lt;br /&gt;Y así lo hizo. E hizo llamar a muchos de los señores de la tierra, y les dijo: "Ya sabéis lo que siempre hemos tenido creído acerca de no ser señores naturales de estas tierras, y parece que este señor de- bía de ser cuyos somos, y así como a mí me tenéis dada la obediencia, así la dad a él, y yo se la doy".&lt;br /&gt;Y así puestos todos uno ante otro y Moctezuma primero, cada cual hizo su razonamiento ofreciéndose por vasallos y criados de dicho marqués, y poniéndose so su amparo. Y esto fue una cosa muy de ver, lo cual hicieron con muchas lágrimas, diciendo: "Parece que nuestros hados quisieron en nuestro tiempo que se cumpliese lo que tanto ha que estaba pronosticado". Y así el marqués les respondió y consoló, y prometió a Moctezuma que siempre mandaría en su tierra como antes, y sería tan señor y más, porque se ganarían otras tierras de que también fuese señor como de esta suya.&lt;br /&gt;Y Moctezuma le dijo: "Váyanse con estos míos algunos vuestros, y han de mostrarles una casa de joyas de oro y aderezos de mí persona".&lt;br /&gt;Y quien esto escribe y otro gentilhombre fueron por mandado del marqués con dos criados de Moctezuma, y en la casa de las aves, que así la llamaban, les mostraron una sala y otras dos cámaras donde había asaz de oro y plata y piedras verdes, no de las muy finas, y yo hice llamar  al marqués, y fue a verlo, y lo hizo llevar a su aposento.&lt;br /&gt;Después que Moctezuma vio la manera de la conversación de los españoles, parecía holgarse mucho con ellos, y así es que todos le hacían todo el placer posible, y a él le venían a servir sus criados, y le traen cada vez que comía más que cuatrocientos platos de vianda en que había frutas y yerbas y conejos y venados y codornices y gallinas y muchos géneros de pescados guisados de diversas maneras, y debajo de cada plato de los que a sus servidores les parecía que él comería, venía un braserico con lumbres; y sabed que siempre le traían platos nuevos en que comía, y jamás comía en cada plato más de una vez, ni se vestía ropa más de una vez; y se lavaba el cuerpo cada día dos veces.&lt;br /&gt;En este tiempo Moctezuma avisó al marqués que un su sobrino, que se decía Cacamací, señor de una ciudad que esta en la costa de esta laguna y de mucha otra tierra y pueblos, era hombre mal reposado, y como mozo era deseoso de guerra; por tanto que convenía que le pusiese cobro en él. Y él marqués así lo hizo, y lo encomendó a ciertos gentiles hombres españoles.&lt;br /&gt;Este Moctezuma tenía una casa con muchos patios y aposentos en ella, donde tenía ropa y otras cosas. Y en esta casa, en algunos patios de ella, tenía en jaulas grandes leones y tigres, y onzas y lobos y raposos, en cantidad cada uno por sí. Y en otros patios tenía en otra manera de jaulas, halcones de muchas maneras y águilas, y gavilanes y todo género de aves de rapiña. Y era cosa de ver cuán abundantemente daban carne a comer a todas estas aves y fieras, y la mucha gente que había por el servicio de estas. Y había en esta casa en tinajas grandes y en cántaros, culebras y víboras asaz; y todo esto era nomás que por manera de grandeza. En esta casa de las fieras, tenía hombres monstruos y mujeres: unos contrechos, otros enanos, otros corcovados.&lt;br /&gt;Y tenía otra casa donde tenía todas las aves de agua que se pueden pensar, y de toda otra manera de aves, cada género de aves por sí; y es así sin falta, que en el servicio de estas aves se ocupaban más de seiscientos hombres, y había en la misma casa donde apartaban las aves que enfermaban y las curaban. En la casa de estas aves de agua tenía hombres y mujeres todos blancos, cuerpo y cabello y cejas.&lt;br /&gt;El patio de los ídolos era tan grande que bastaba para casas de cuatrocientos vecinos españoles. En medio de él había una torre que tenía ciento y trece gradas de a más de palmo cada uno, y esto era macizo , y encima dos casas de más altura que pica y media, y aquí estaba el ídolo principal de toda la tierra, que era hecho de todo género de semillas, cuantas se podían haber, y estas molidas y amasadas con sangre de niños y niñas vírgenes, a los cuales mataban abriéndolos por los pechos y sacándoles el corazón y por allí la sangre, y con ella y las semillas hacían cantidad de masa más gruesa que un hombre y tan alta, y con sus ceremonias metían por la masa muchas joyas de oro de las que ellos en sus fiestas acostumbraban a traer cuando se ponían muy de fiesta. Y ataban esta masa con mantas muy delgadas y hacían de esta manera un bulto. Y luego hacían cierta agua con ceremonias, la cual con esta masa la metían dentro en esta casa que sobre esta torre estaba, y dicen  que de esta agua daban a beber al que hacían capitán general cuando lo elegían para alguna guerra o cosa de mucha importancia.&lt;br /&gt;Esto metían entre la postrera pared de la torre y otra que estaba delante, y no dejaban entrada alguna, antes parecía no haber allí algo. De fuera de este hueco estaban dos ídolos sobre dos basas de piedra grande, de altura las basas de una vara de medir, y sobre estas dos ídolos de altura de casi tres varas de medir cada uno; serían de gordo de un buey cada uno. Eran de piedra de grano bruñida, y sobre la piedra cubiertos de nácar, que es conchas en que las perlas se crían, y sobre este nácar pegado con betún, a manera de engrudo, muchas joyas de oro, y hombres y culebras y aves e historias hechas de turquesas pequeñas y grandes, y de esmeraldas, y de amatistas, por manera que todo el nácar estaba cubierto, excepto en algunas partes donde lo dejaban para que hiciese labor con las piedras.&lt;br /&gt;Tenían estos ídolos unas culebras gordas de oro ceñidas, y por collares cada diez o doce corazones de hombre, hechos de oro, y por rostro una máscara de oro y ojos de espejo, y tenía otro rostro en el colodrillo, como cabeza de hombre sin carne.&lt;br /&gt;Habría más que cinco mil hombres para el servicio de este ídolo. Eran en ellos unos más preeminentes que otros, así en oficio como en vestiduras; tenían su mayor a quien obedecían  grandemente.&lt;br /&gt;Y a este así Moctezuma como todos los demás señores lo tenían en gran veneración. Levantábanse al sacrificio a las doce de la noche en punto. El sacrificio era verter sangre de la lengua y de los brazos y de los muslos, unas veces de una parte y otras de otra, y mojar pajas en la sangre, y la sangre y las pajas ofrecían ante un muy grande fuego de leña de roble, y luego salían a echar incienso a la torre del ídolo.&lt;br /&gt;Estaban frontero de esta torre sesenta o setenta vigas muy altas, hincadas, desviadas de la torre cuanto un tiro de ballesta, puestas sobre un teatro grande, hecho de cal y piedra, y por las gradas de él muchas cabezas de muertos pegadas con cal, y los dientes hacía afuera. Estaba de un cabo y de otro de estas vigas, dos torres hechas de cal y de cabezas de muerto, sin otra alguna piedra, y los dientes hacia fuera, en lo que se pudiera parecer; y las vigas apartadas una de otra poco menos una vara de medir, y desde lo alto de ellas hasta abajo puestos palos cuan espesos cabían, y en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes en el dicho palo: y quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbría, contaron los palos que había, y multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, como he dicho, hallamos haber ciento treinta y seis mil cabezas, sin las de las torres. Este patio tenía cuatro puertas; en cada puerta un aposento grande, alto, lleno de armas; las puertas estaban a Levante y a Poniente, y al Norte y al Sur.&lt;br /&gt;Moctezuma, cuando lo prendió el marqués, envió por el señor del pueblo que había peleado con los españoles en la costa, y dio un sello con cierto carácter en él figurado, el cual se quitó del brazo, y dijo al marqués: "Váyanse dos de vuestros hombres con estos mensajeros que yo envío, y traerán al que ha hecho el daño n vuestra gente".&lt;br /&gt;Esto porque el marqués se lo pidió así, y dijo a sus mensajeros Moctezuma: "Id y llamad a Qualpupoca (que así se llamaba el señor); y si no quisiese venir por la creencia de esta mi seña, haréis gentes de guerra en mi tierra, y iréis sobre él y destruidlo y prendedlo por fuerza, y no vengáis sin él, y mirad por esos cristianos mucho".&lt;br /&gt;Fueron y lo trajeron, y confesó haber él hecho el daño en los españoles, en caso que dijo que Moctezuma se lo había mandado. El marqués hizo sacar de los almacenes de armas que hemos dicho, todas las que hubo, que eran arcos y flechas y varas y tiradas y rodelas y espadas de palo con filos de pedernal, y se-rían más que quinientas carretadas, y hizo quemarlas y con ellas a Qualpupoca, y para esto dijo que las quemaba para quemar aquél.&lt;br /&gt;El marqués fue al patio de los ídolos, y había enviado a su gente por tres o cuatro partes a ver la tierra, y ciertos de ellos a apaciguar cierta tierra que Moctezuma dijo que se le rebelaba, ochenta leguas de México, y otros eran idos a recoger oro por la tierra en esta manera: que Moctezuma enviaba por su tierra mensajeros que iban con españoles, y llegados a los pueblos, decían al señor del pueblo: "Moctezuma y el capitán de los cristianos os ruegan que para enviar a su tierra del capitán, les deis del oro que tuvieres"; y así lo daban liberalmente, cada cual lo que quería.&lt;br /&gt;Así que a la sazón que el marqués fue al patio de los ídolos, y tenía consigo poca gente de la suya; y andando por el patio me dijo a mí : "Subid a esa torre, y mirad qué hay en ella"; y yo subí y algunos de aquellos ministradores (sacerdotes) de la gente subieron conmigo, y llegué a una manta de muchos dobleces de cáñamo, y por ella había mucho número de cascabeles y campanillas de metal; y queriendo entrar hicieron tan gran ruido que me creí que la casa se caía.&lt;br /&gt;El marqués subió como por pasatiempo, y ocho o diez españoles con él; y por que con la manta que estaba por antepuerta, la casa estaba oscura, con las espadas quitamos la manta, y quedó claro.&lt;br /&gt;Todas las paredes de la casa por dentro eran hechas de imaginería de piedra, de la con que estaba hecha la pared. Estas imágenes eran de ídolos, y en las bocas de estos y por el cuerpo a partes tenían mucha sangre, de grosor de dos o tres dedos, y descubrió los ídolos de pedre-ría, y miró por allí lo que se pudo ver, y suspiró habiéndose puesto algo triste, y dijo, que todos lo oímos: "¡Oh Dios! ¿Por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra? y ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos".&lt;br /&gt;Y mandó llamar los intérpretes, y ya al ruido de los cascabeles se había llegado gente de aquella de los ídolos, y les dijo: "Dios que hizo el cielo y la tierra, os hizo a vosotros y a nosotros y a todos, y cría lo con que nos mantenemos, y si fuéramos buenos nos llevará al cielo, y si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos. Y yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de su Madre Bendita, y traed agua para lavar estas paredes, y quitaremos de aquí todo esto".&lt;br /&gt;Ellos se reían como que no fuera posible hacerse, y dijeron: "No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta, tienen a estos por sus dioses, y aquí está esto por Uchilobos, cuyos somos; y toda la gente no tiene en nada a sus padres y madres y hijos, en comparación de este, y determinarán morir; y cata que de verte subir aquí se han puesto todos en armas, y quieren morir por sus dioses".&lt;br /&gt;El marqués dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Moctezuma, y envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él y respondió a aquellos sacerdotes: "Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada". Y antes que los españoles por quien ha-bía enviado viniesen, se enojó de palabras que oía, y tomó con una barra de hierro que estaba allí, y comenzó a dar en los ídolos de pedrería. Y yo prometo mi fe de gentilhombre, y juro por Dios que es verdad, que me parece ahora que el marqués saltaba sobrenatural, y se abalanzaba tomando la barra por en medio a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, y así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: "A algo nos he- mos de poner por Dios".&lt;br /&gt;Aquella gente le hicieron saber a Moctezuma, que estaba cerca de ahí el aposento, y Moctezuma envió a rogar al marqués que lo dejase venir allí, y que en tanto que venía no hiciese mal en los ídolos. El marqués mandó que viniese con gente que lo guardase, y venido le dice que pusiésemos a nuestras imágenes en una parte y dejásemos sus dioses en la otra. El marqués no quiso. Moctezuma dijo: "Pues yo trabajaré que se haga lo que queréis; pero nos habéis de dar los ídolos que los llevemos donde quisiéremos". Y el marqués se los dio, diciéndoles: "Ved que son piedra, y creed en Dios que hizo el cielo y la tierra, y por la obra conoceréis al maestro".&lt;br /&gt;Los ídolos fueron bajados de allí con una maravillosa manera y buen artificio, y lavaron las paredes de la casa. Y al marqués le pareció que había poco hueco en la casa, según lo que por de fuera parecía, y mandó cavar en la pared frontera, donde se halló el masón de sangre y semillas y la tinaja de agua, y se deshizo, y le sacaron las joyas de oro, y hubo algún oro en una sepultura que encima de la torre estaba.&lt;br /&gt;El marqués hizo hacer dos altares: uno en una parte de la torre, que era partida en dos huecos, y otro en otra, y puso en una parte la imagen de Nuestra Señora en un retablico de tabla, y en el otro la de San Cristóbal, porque no había entonces otras imágenes; y donde en adelante se diciese allí misa.&lt;br /&gt;Y los indios vinieron ciertos días a traer ciertas manadas de maíz verde y muy lacias, diciendo: "Pues que nos quitaste nuestros dioses a quien rogábamos por agua, haced que el vuestro nos la dé, porque se pierde lo sembrado". El marqués les certificó que presto llovería, y a todos nos encomendó que rogásemos a Dios por agua. Y así otro día fuimos en procesión hasta la torre, y allá se dijo misa, y hacía buen sol, y cuando venimos llovía tanto que andábamos en el patio los pies cubiertos de agua, y así los indios se maravillaron mucho.&lt;br /&gt;Y de esta manera estuvimos, y tenía el marqués tan recogida su gente, que ninguno salía un tiro de arcabuz del aposento sin licencia, y la gente tan en paz que se averiguó nunca reñir uno con otro; y Moctezuma siempre daba a los españoles algunas sortijas de oro, y a otros guarniciones de espadas de oro, y mujeres hermosas, y largamente de comer.&lt;br /&gt;En este tiempo Moctezuma habló al marqués y le mostró en una manta pintados diez y ocho navíos, y cinco de ellos en la costa quebrados y transformados en la arena (porque esta es la manera que ellos tienen de hacer relación de las cosas que bien quieren contar), y le dijo cómo había diez y ocho días que habían dado al través en la costa, casi a cien leguas del puerto. Y luego vino otro mensajero que traía pintado cómo ya surgen ciertos navíos en el puerto de la Veracruz. Y luego se temió el marqués que sería armada y gente que debía venir contra nosotros.&lt;br /&gt;Y me llamó a mí, que en ese día había llegado de poner en paz ciertos señores de Cherula y Tascala que reñían sobre unos términos, y me mandó ir fuera del camino usado para que supiese qué se había hecho de la gente que él había dejado en la Villa Rica en la costa. Y llevándome indios a cuestas de noche, y yo caminando de día a pie, llegué en tres días y medio a la Villa Rica, y ya habían hecho mensajeros al marqués el capitán de la dicha villa, y enviándole tres españoles que prendió de los contrarios.&lt;br /&gt;Sabido el marqués en México cómo la armada era de Diego Velázquez, gobernador de Cuba y de la gente que en ella venía, que eran, sin los que se perdieron en los cinco navíos que dieron al través, más de mil y tantos hombres, y que traían muy buena artillería y noventa de caballo y más de ciento y cincuenta ballesteros y escopeteros. Y con todo esto determinó irlos a buscar, y envió sus espías y corredores delante, y luego él se partió tras ellos, y llevó consigo ciertos señores favoritos de Moctezuma y sus vasallos, y dejando poco más que cincuenta hombres en México en guarda de Moctezuma, y con ellos por capitán a don Pedro de Alvarado, que después fue gobernador de una provincia que se llama Guatemala, caminó para donde los españoles contrarios estaban.&lt;br /&gt;Y los que estábamos en la villa que estaba en la costa, porque éramos pocos nos subimos a una sierra, y cuando supimos que él marqués venía salimos a juntarnos con él.&lt;br /&gt;En este tiempo hubo españoles de los de la compañía del marqués, que a vueltas de indios de los que iban a llevar yerba y de comer a los españoles nuestros contrarios, se entraban desnudos y teñidos como los indios, y miraban lo que los contrarios hacían y decían. Y es así que el capitán que con esta gente venía dijo a los indios que él venía no a más que a soltar a Moctezuma y prender el marqués y matarlo. Por tanto que le ayudasen porque luego se había de ir de la tierra y llevándonos de allí y matando al marqués. Y esto hizo mucho daño. Y los indios le servían por mandado de Moctezuma, y también servían al marqués, puesto que ya algunos de los indios le tenían al marqués buena voluntad.&lt;br /&gt;El marqués con hasta doscientos y cincuenta hombres que tenía consigo, se fue a poner en un pueblo de indios cerca de sus contrarios que estaban en otro pueblo, y desde allí envió mensajeros a Pánfilo de Narváez, que así se llamaba el capitán su contrario. Y a ruego de algunos de su compañía, el Narváez envió mensajeros al marqués, y se venían a concentrar por voluntad del Narváez y de los suyos, que darían al marqués en aquella tierra cierta parte de ella, y le harían cierto que no irían contra él en cosa alguna, y que podría estar a su placer hasta tanto que el rey mandase lo que fuese su servicio (esto se entiende que había de estar con su gente y por gobernador de la tierra que decimos que le querían dar).&lt;br /&gt;El marqués le comunicó con las más personas de bien de su compañía, y por su parecer de algunos, el marqués aceptara el partido; y finalmente el marqués envió a mover otro partido, y despachó a los que en su compañía estaban mensajeros de sus contrarios, diciendo que si aquel partido que enviaba a decir quisiese el capitán Narváez aceptar, y si no, que luego que sus mensajeros volviesen daría la tregua por quebrada.&lt;br /&gt;Y así luego que se fueron los mensajeros contrarios y los suyos, se partió tras ellos, y anduvimos aquel día casi diez leguas, y en el camino salieron ciertos puercos monteses y venados y los de caballo los alancearon. Y fuese el marqués a poner a dos leguas de los contrarios.&lt;br /&gt;Y allí vinieron sus mensajeros a decirle cómo el capitán y los de su compañía se reían y burlaban de mover partido por nuestra parte, estando el nuestro tan bajo, y nos certificaron de la mucha y buena artillería que los contrarios tenían, y de cómo el capitán hacía mercedes de nuestras haciendas a los suyos.&lt;br /&gt;Y allí cabo un río, en presencia de los mensajeros, el marqués llamó a todos sus compañeros, y les hizo una plática, diciéndoles: "Yo soy uno, y no puedo hacer por más que uno: partidos me han movido que a sola mi persona estaba bien; y porque a vosotros os estaban mal no los he aceptado. Ya veis lo que dicen, y pues en cada uno de vos está esta cosa, según lo que en sí sintiere de voluntad de pelear o querer paz, aquello diga cada cual, y no se le estorbará que haga lo que quisiere. Veáis aquí me han dicho en secreto estos nuestros mensajeros, cómo en el real de los contrarios se platica y tiene por cierto que vosotros me lleváis engañado a ponerme en sus manos: por ende cada uno diga lo que parece".&lt;br /&gt;Todos o los más le satisficieron a lo de llevarle engañado, y en lo demás le rogamos afectuosamente que él dijese su parecer. Y muy importunado de todos para que primero él lo dijese, dijo como enojado: "Os digo un refrán que se dice en Castilla, que es: “Muera el asno o quien lo aguija”. Y este es mi parecer, porque veo que hacer otra cosa, a todos y a mí nos será grande afrenta; y no porque hagamos lo que ellos quisieren, aseguramos todos las vidas, antes algunas correrán riesgo. Pero sobre mi parecer ved el vuestro, y cada cual tiene razón de decir su parecer".&lt;br /&gt;Y luego todos unánimes alzamos una voz de alegría, diciendo: "Viva tal capitán, que tan buen parecer tiene"; y así lo tomamos en los hombros muchos de nosotros, hasta que nos rogó lo dejásemos. E íbamos mojados porque había llovido, y con deseo de asar la carne de los venados y puercos que los de caballo habían muerto. Y nos fuimos a poner a una legua de los contrarios, y nos mandó el marqués que no hiciésemos lumbre porque no fuéramos vistos. Y puestas centinelas y escuchas dobladas, quisimos reposar algún tanto, y no podíamos, como veníamos mojados, y hacía un aire muy fresco.&lt;br /&gt;El marqués recordó, o por mejor decir, como no podía dormir, llamó sin tocar atambor, y dijo: "Señores, ya sabéis que es muy ordinario en la gente de guerra decir “al alba dar en sus enemigos”; y si hemos sido sentidos, a esta hora nos esperan nuestros contrarios. Pues no podemos dormir, mejor será gastar el tiempo peleando y holgar lo que nos quedare de (desde) que hayamos vencido, que gastarlo con la pasión que el frío nos da".&lt;br /&gt;Y así nos levantamos y nos hizo otra plática diciendo que aun teníamos tiempo de acordar si sería mejor pelear o no; y respondiéndole que queríamos morir o vencer, caminó, y cerca del aposento de los contrarios, poco más que una milla, nuestros corredores tomaron una de dos escuchas que los españoles tenían puestas, y el otro huyó. Y preguntando al que tomamos cómo estaban en su real, nos dijo que habían tenido nueva de indios que íbamos, y estaban acordados de al alba salir a nosotros, y nos dijo la manera de cómo estaba puesta la artillería y la orden que la gente tenía. Y decía verdad. Y el marqués dijo que no le hiciesen mal, porque lo querían ahorcar sobre que dijese verdad.&lt;br /&gt;Y su compañero que se huyó dio mandado en su real, y allá se creyeron que íbamos allí a ponernos para gastar lo que de la noche quedaba, para el alba dar en ellos. Y así tornaron a mandar que reposase la gente y al alba saliesen al campo. Y con todo el capitán y ciertos gentileshombres se armaron y estaban despiertos y hablando en nuestra ida y teniéndonos por locos.&lt;br /&gt;Y el marqués había apartado ochenta hombres para que fuesen a la casa del capitán, sin detenerse en otra parte, y procurasen de prenderlo o matar. Y para esto dio un mandamiento a un gentilhombre que era su alguacil mayor, en que le decía: "Iréis adonde Pánfilo de Narváez está, y mando que le prendáis o matéis porque así conviene al servicio del rey nuestro señor". Y de esto reíamos mucho algunos de nosotros.&lt;br /&gt;Y cuando llegamos junto a los contrarios, llovía y había llovido, y el artillero tenía los fogones de los tiros tapados con cera por el agua. Y así llegamos junto a las centinelas sin que nos sintiesen, e iban huyendo y diciendo: "Arma, arma", y los nuestros tras ellos tocando arma con el atambor. Y estando en el patio de su aposento, el marqués mandó a toda prisa a los ochenta hombres acometiesen a la casa del capitán, y él quedaba detrás de nosotros desarmado y prendiendo a los contrarios.&lt;br /&gt;Porque como tocó su arma y la nuestra junta, vienen los contrarios a nuestra gente, creyendo que eran de los suyos, a preguntar "¿qué es esto?" y así los prendían. Y el marqués tuvo aviso de cortar y hacer cortar los látigos de las cinchas de los caballos, que como pensaban desde a poco salir al campo, todos tenían ensillados sus caballos y comiendo; y algunos que acudían a enfrenarlos, como estaban los látigos cortados, en cabalgando luego caían, o desde a poco.&lt;br /&gt;Y los ochenta hombres que delante íbamos, fuimos a la casa del capitán, y tenía consigo hasta treinta gentileshombres, y delante de su aposento tenía diez o doce tirillos de campo, y el artillero y otros, turbados y sobresaltados, quitaban unas piedras o tejas de sobre los fogones y cebaban sobre la cera, y cuando quisieron poner fuego vimos que los tiros no salían, y les ganamos y peleamos con el capitán y con los que con él estaban, y algunos hizo de nuestros contrarios que vinieron de fuera, y rompiendo por nosotros se metieron con su capitán, y retrajímoslos todos adentro de la casa, y no pudiéndoles entrar, pegamos fuego a la casa, y así se dieron. Y prendimos al capitán y algunos de los otros.&lt;br /&gt;Y luego, antes que la victoria se conociese, el marqués mandó gritar, y a grandes voces decían los suyos: "¡Viva Cortés que lleva la victoria!". Y así se retrajeron a una torre alta de un ídolo de aquel pueblo casi cuatrocientos hombres, y muchos de los de caballo o los más que adobaron sus cinchas y cabalgaron y se salieron al campo.&lt;br /&gt;Y aquí acaeció que como ganamos la artillería, algunos tiros se derribaron de donde estaban, y otros habían llevado los nuestros, y como un caballero mancebo topase con ocho barriles de pólvora y un m (¿medio?) tonel de alquitrán, y oyó decir que los enemigos se hacían fuertes y se salían al campo para aguardar la mañana y venir a pelear. Y como no vio los tiros, con el deseo que tenía de ver por los suyos la victoria, y porque creyó que los contrarios tenían el artillería que él echaba menos, se metió entre los barriles de pólvora, diciendo a otros compañeros: "Haceos afuera, y quemaré esta pólvora, para que los enemigos no la hayan y nos hagan daño con la artillería que tienen". Y con fuego que en la mano llevaba de un haz de paja encendida, procuraba quemar la pólvora y como no podía por estar en barriles, con la espada desfondó uno de ellos, encomendándose a Dios metió el fuego dentro y se dejó caer en el suelo porque la furia de la pólvora no lo tomase. Y acaeció que el marinero que sacó los barriles de pólvora del navío, sacó siete barriles de pólvora y uno de alpargatas, creyendo que fuese de pólvora, porque tenía la marca que los otros. Y como metiese las pajas y fuego en el barril y no ardía, procuraba de abrir otro. Y a esta sazón el marqués vino por allí, que andaba peleando, y ya no hallaba con quién, preguntó: "¿qué es eso?", y yo le dije lo que pasaba, y dijo: "¡Oh hermano! no hagáis eso, que moriréis y a muchos de los nuestros que por aquí cerca están". Y así se entró entre los barriles de pólvora, y con las manos y pies mataba el fuego.&lt;br /&gt;Y llevada la pólvora a una casa pequeña de un ídolo donde él tenía algunos de los contrarios presos, y encomendándolos a un capitán, mandó traer algunos de los tiros, y batía en la torre donde los españoles estaban, y así se dieron, y mandó el capitán que tenía a cargo los presos,&lt;br /&gt;que si viese revuelta alguna o que los del campo venían, matase todos los presos. Y esto le mandó decir en manera que el general de los contrarios y los demás prisioneros lo oyeran. Y el general envió una seña a mandarles y rogar que viniesen a la obediencia del marqués, por darle la vida a él y a los presos.&lt;br /&gt;Y así vinieron y se dieron a prisión, y así el marqués, haciéndoles quitar a todos las armas y tomando juramento de ellos y a otros la fe, se aseguró de ellos, y donde a dos días les mandó volver sus armas, quedando preso el capitán y algunos otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4039806212799282464-2252551426697855694?l=toladehabich.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://toladehabich.blogspot.com/feeds/2252551426697855694/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4039806212799282464&amp;postID=2252551426697855694' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/2252551426697855694'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4039806212799282464/posts/default/2252551426697855694'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://toladehabich.blogspot.com/2008/08/andrs-de-tapia-conquista-de-mxico.html' title='ANDRÉS DE TAPIA: Conquista de México'/><author><name>Fernando Tola de Habich</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10180505530631384038</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4039806212799282464.post-5567986658344672202</id><published>2008-08-08T23:53:00.002-07:00</published><updated>2012-02-07T09:52:23.484-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Francia'/><title type='text'>GUY DE MAUPASSANT: El horla - ¿Qué fue eso? de Fritz-James O'Brien</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family: times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size: 130%;"&gt;La crítica literaria ha dictaminado una lectura biográfica para el “El Horla”, de Guy de Maupassant
